
En
el siglo II esta antigua forma de casa-hotel se modificó entre la gente rica, y
se agrandó imitando la casa griega. Remedaba el estilo de Pérgamo. A la casa
itálica se añadieron el peristilo y las piezas adyacentes,
con el resultado de que en el nuevo tipo de casa, el antiguo tablinum perdió su condición de alcoba
para transformarse en una pieza de paso y de lujo. La vida íntima de la familia
transcurría en el peristilo y en las
piezas confortables que desembocaban en él. Así el atrium llegó a ser el salón oficial de las recepciones del amo. Con
el peristilo, el resto del lujo del
Oriente griego había pasado a los romanos, como las decoraciones de las
paredes, los pavimentos de mosaico, los techos artesonados, los muebles ornamentados,
los vasos y candelabros de mármol y de bronce, los adornos esculpidos y,
particularmente, esa mezcla de edificios y de follaje que constituía el encanto
de la casa helenística.
Los
banquetes de los ricos los hacían tendidos en los triclinium, conjuntos de
tres divanes con una mesa central donde se disponían las viandas. Como
curiosidad diremos que los divanes se hallaban orientados de manera que los
comensales reposaran sobre su costado izquierdo, lo que facilita enormemente
las digestiones. Este dato, que hoy en día conocen perfectamente quienes
padecen reflujo gastroesofágico, era ya bien conocido por los antiguos romanos.

Carecían
de agua corriente, de manera que sus habitantes se veían forzados a utilizar
las letrinas públicas (letrinarium) mediante el pago de un as,
moneda de escaso valor. En los letrinarium
públicos se hacía vida social, los comerciantes cerraban negocios y los siervos
se ajustaban con nuevos amos por un mejor salario. Consistían en salas
cuadradas o rectangulares con una inclinación suficiente para que el agua
corriente produjera el arrastre de las heces hasta el sumidero. Tres laterales
estaban dotados de bancos bien de madera o bien de planchas de mármol con
agujeros. Cada puesto se separaba de los contiguos por unas pequeñas placas de
apenas diez o quince centímetros, por lo que la intimidad brillaba por su
ausencia. En el centro de la estancia había una fuente donde se enjuagaban las
esponjas, elementos de limpieza de infinitos usos.


Las
termas romanas contaban además con un
espacio al aire libre destinado a practicar ejercicio (palestra), vestuarios (apodyterium),
y hasta con una zona circundante de establecimientos de comidas y bebidas (tabernae).
Para la mayoría de los ciudadanos la visita a las termas se convertía en una especie de fiesta. A menudo pasaban en
ellas varias horas e incluso el día entero, así que puede suponerse que no
practicaban estas medidas higiénicas diariamente ni mucho menos. Los espacios
públicos en Roma y en las demás urbes imperiales no debían oler precisamente a
perfume. Se sabe de emperadores que con motivo de aniversarios y diferentes
efemérides gloriosas, convidaban a bañarse a toda la población mediante el pago
de las termas de su peculio. Así,
durante unos días el ambiente sería algo más respirable.
El
viejo Bigotini emplea tanto tiempo en la limpieza de su enorme nariz, que
apenas tiene ocasión de ocuparse del resto del cuerpo. No obstante, procura
seguir el consejo que cuando niño le dio su difunta abuela: hijo, báñate y múdate la ropa interior cada
sábado, te haga falta o no. Y es que los grandes hombres, amigos, son gente
muy limpia.
Que
me digan disléxico me entra por un odio y me sale por el orto.
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