Medio
americana y medio española, Margarita Cansino, más conocida como Rita Hayworth, se convirtió, al menos
durante la década y media que duró su esplendor, en el principal sex symbol de
Hollywood y del mundo entero. Tuvo una infancia difícil con maltrato y
violencia intrafamiliar, lo que quizá la indujo a mantener sus niveles de
autoestima por los suelos, como reconoció en alguna entrevista ya en su edad
madura. Cuando se decidió por fin a volar sola, una mezcla de desparpajo y de
deliberada indefensión, la condujo a frecuentar un número indeterminado, pero
en todo caso muy alto, de camas. En unas acaso encontró la imprescindible dosis
de ternura que se le había negado; en otras tuvo ocasión de tratar a diferentes
productores y magnates de la industria, entre otros al poderoso Alí Khan, que
relanzó su carrera hasta el estrellato.
Rita
era una buena bailarina, oficio que aprendió de su padre entre paliza y paliza.
Era una aceptable cantante. Era una actriz infame, pero tenía un físico que
enamoraba a la cámara, así que comenzó a protagonizar una película tras otra,
con más voluntad que acierto interpretativo, pero siempre con tórridas escenas
de amor y notable lucimiento de su palmito.
Llegó Gilda y llegó Rita a la cumbre de su popularidad. Los bombarderos estamparon su silueta en el fuselaje, y no hubo revista que renunciara a sacarla en la portada. Rita se convirtió en Gilda, algo que probablemente a su pesar, había estado persiguiendo durante años. Gilda fue un fenómeno mundial. Aquí, en la España pueblerina de los cuarenta, la cinta sufrió algunos leves tijeretazos de la censura. En la cartelera de los diarios que clasificaban las películas según su nivel moral (tolerada para menores, mayores, mayores con reparos, etc.) se la calificó como gravemente peligrosa. Si la veías, te tenías que confesar de urgencia. Hasta corrió el rumor, por supuesto infundado, pero que muchos alimentaron, de que en la versión americana, la fetén, Gilda empezaba por quitarse el guante y acababa en cueros vivos. Con eso y la bofetada de Glenn Ford, Gilda se convirtió en un mito.
Después Rita hizo lo posible para librarse de aquel sambenito con un éxito dudoso. Orson Welles la fichó para su cama y para protagonizar La dama de Shanghai, una película formidable que seguramente duró más en las pantallas que Rita en la cama de Welles. Y bueno, con el tiempo, como suele ocurrir tantas veces, la estrella de Rita Hayworth fue poco a poco declinando hasta extinguirse por completo. Así es la vida, y así fue la de Margarita Cansino, más conocida como Rita Hayworth. De nuestra prestada e improvisada filmoteca, extraemos el video (clic en el enlace) de la famosa escena del guante y el bailecito. Rita canta “Échale la culpa a Mame”, y calienta al auditorio.
Rita Hayworth. Gilda. 1946. Número del guante
https://www.youtube.com/watch?v=JsfZX7H_-nA
Próxima
entrega: Walter Pidgeon
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