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domingo, 7 de julio de 2019

A QUIEN DIOS NO LE DA HIJOS, EL DIABLO LE DA SOBRINOS



Un viejo aforismo que tiene mucho sentido. Así es, amigos. En el extenso reino que formamos los seres vivos, cada individuo aspira a practicar el sexo. Algunos, muy pocos, como nuestros parientes próximos los bonobos o como nosotros mismos, lo hacemos también con fines recreativos y sociales (conoces gente, se decía). Ahora bien, en la gran mayoría de especies animales el objetivo fundamental del sexo es la transmisión de los genes, de los propios genes, para que se perpetúen en los hijos. Bueno, los bonobos y las estrellas del rock, pongo por caso, lo tienen bastante fácil, pero la naturaleza está llena de seres que no encuentran pareja.


Las hembras no suelen hacer gran cosa al respecto. En casi todos los casos son los machos quienes deben tomar la iniciativa, urgidos como están por sus elevados niveles de testosterona. Las hembras se limitan a esperar a que aparezca un macho de su agrado, cosa que generalmente termina ocurriendo. ¿Y qué pasa con los machos que acaso no son lo bastante grandes o fuertes para atreverse a desafiar a un rival, o lo bastante atractivos para interesar a las hembras? La respuesta está en el grupo. Es frecuente que los machos jóvenes de muchas especies formen bandas con fines esencialmente sexuales. Lo hacen los pavos reales, desplegando sus vistosas colas en coreografías grupales que suelen atraer a un puñado de pavas. Así, en la vorágine de los encuentros, es posible que algún macho con la cola un tanto defectuosa consiga hacer algunas montas. Entre las aves, también los patos se agrupan en bandas que a veces caen sobre una pareja estable, atacando al macho y violando a la hembra de la manera más infame.

Idéntica estrategia suelen emplear los leones marinos. Un puñado de machos que todavía no han adquirido la envergadura y la madurez necesarias para tener harén propio, se precipitan en grupo sobre el de un macho alfa que a veces cuenta con un centenar de hembras para él solito. Mientras unos lo hostigan amagando pelea, otros aprovechan para copular con cuantas hembras les es posible. Coitos fugaces y violentos que muchas veces acaban en tragedia, lesiones y muerte de hembras jóvenes o crías.


Lo mismo que los marinos hacen los leones terrestres. Pequeños grupos de tres o cuatro machos jóvenes recorren la sabana africana en busca de algún grupo de hembras o bien desamparadas o bien escoltadas por un macho ya viejo, en el declive de su reinado, y acaso alguno de sus hijos demasiado joven todavía. En estos casos el comportamiento de los intrusos no puede ser más cruel. Una vez que matan o hacen huir al macho residente, se ensañan con todos los cachorros de la manada, asesinándolos. La pérdida de sus hijos desencadena en las leonas una cascada hormonal que les permite entrar de nuevo en celo, y recibir las atenciones de los nuevos dueños del harén. También los machos de chimpancé tienen la costumbre de atacar a los machos de otras tribus y asesinar a sus crías. Son comportamientos sin duda terribles y hasta reprobables desde nuestra óptica cultural, pero enormemente efectivos para el objetivo que persiguen: la perpetuación de los propios genes.


Porque en casi todas estas bandas de delincuentes sexuales existe un nexo común: todos o buena parte de sus componentes son hermanos. Eso explica que actúen de forma coordinada, y sobre todo, que algunos miembros del grupo acepten un papel no directamente sexual. Es el caso de los leones marinos que distraen al macho residente o de los pavos reales que participan en la coreografía sin llegar a copular con ninguna hembra. Si no puedes transmitir tu propia carga genética, ¿quién o quiénes poseen un ADN más similar al tuyo, prácticamente igual? Naturalmente, tus hermanos.
Estamos ante cooperaciones fraternales con fines reproductores y perpetuadores del acervo genético, digamos de la familia, la famiglia, que diría un capo mafioso juntando las yemas de los dedos en un gesto enfático. Preguntad a cualquier policía. Os confirmará que las bandas formadas por hermanos son las más peligrosas.

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero un gato nunca le dirá a la policía dónde está la marihuana.



jueves, 4 de julio de 2019

ME PARECIÓ VER UN LINDO GATITO. ¡ES CIERTO, ES CIERTO, VÍ UN LINDO GATITO!


Salvo que hayáis nacido ayer, tenéis que recordar al simpático e ingenuo canario Twitty (Piolín en España), eternamente acechado y perseguido por el gato Silvestre, siempre empeñado en zampárselo. Silvestre, alter ego del famélico Coyote, perseguidor del Correcaminos, jamás llegaba a conseguir su propósito. Sin embargo, en la vida real, a diferencia de los cortos de animación, los gatos suelen tener un gran éxito en la caza, porque son excelentes cazadores.

El gato doméstico disputa al perro el liderazgo entre las mascotas preferidas de los humanos. Su nombre científico (felis silvestris catus) lo delata. Ya en el antiguo Egipto encontramos al gato como animal de compañía, y a pesar de ello, a pesar de tantos siglos de domesticidad, el gato conserva intacta su condición de criatura silvestris. El engañoso y ambivalente gato, sabe conquistarnos con su ronroneo y sus ocasionales caricias, para obtener un refugio seguro junto a los humanos, un plato de leche y otras comodidades dignas de un príncipe, tales como por ejemplo, el lugar de privilegio en el mejor sofá de la casa (quiénes tienen gatos saben perfectamente que no exagero ni un ápice). Pero al mismo tiempo los gatos son animales independientes que desaparecen por la gatera a veces durante horas, para satisfacer su instinto depredador.


En el post dedicado a la extinción del dodo os contaba que, junto a los marineros occidentales, contribuyeron a ella ciertos pasajeros o polizones que también viajaban en los barcos: perros, cerdos, ratas… y naturalmente gatos. Pues bien, la misma historia se ha repetido infinidad de veces en otros tantos lugares. Concretamente en América y en Australia, lugares ambos a los que los occidentales llegaron en época relativamente reciente, los gatos encontraron amplios territorios vírgenes rebosantes de presas que ni en sus peores pesadillas soñaron tener que vérselas con unos cazadores tan astutos y voraces.

En el viejo continente eurasiático existen desde hace millones de años los gatos monteses (felis silvestris a secas). Por eso los pájaros y los pequeños mamíferos de bosques y llanuras descubiertas han aprendido durante una larguísima sucesión de generaciones, a temerlos y a evitarlos. En América no ocurre lo mismo. Antes de la llegada de los europeos, el nuevo continente albergaba felinos grandes como el jaguar o el puma, que se ceñían a su nicho ecológico y capturaban presas acordes a su tamaño. El gato doméstico llegó después para ocupar el lugar correspondiente a sus características y habilidades. Las consecuencias no han podido ser más devastadoras para la fauna autóctona de aves, reptiles, anfibios, roedores y otros pequeños mamíferos.

Alan Weisman nos da cuenta en El mundo sin nosotros de la estimación aproximada de víctimas de los gatos en América. Un dato estremecedor: se calcula que en la Wisconsin rural hay alrededor de dos millones de gatos domésticos que cada año matan a un mínimo de 7,8 millones de aves. Ciertos autores como Temple y Coleman, afirman que la cifra de aves muertas podría ascender a 219 millones anuales. Y eso sólo en la Wisconsin rural. Imaginad la magnitud de la tragedia. Ocurre que, al igual que los cazadores de Clovis (véase el post de la extinción de la megafauna americana), los gatos no cazan exclusivamente para alimentarse. Nuestros amorosos y lindos gatitos, aunque estén perfectamente bien alimentados en sus hogares de acogida, matan sencillamente por el placer de matar. Deben hacerlo para seguir su instinto.
Alguien dijo que un gato nunca nos acaricia. Lo que hace es acariciarse contra nosotros. En alguna ocasión hemos afirmado aquí que el hombre es el principal depredador de los últimos quince o veinte mil años. Pues bien, el lindo gatito que duerme la siesta acostado en su regazo, no le va a la zaga.

Probablemente el animal que da más vueltas después de muerto es el pollo asado.  Woody Allen.




lunes, 1 de julio de 2019

FONTAINE FOX Y SU TRANVÍA FANTÁSTICO



Nacido en Louisville, Kentucky, en 1884, Fontaine Fox comenzó dibujando en el Lousville Herald de su ciudad natal. Estudió en la universidad de Indiana, y a partir de 1908 dio el salto a Chicago publicando sus tiras cómicas en el Chicago Evening Post. Fue allí donde creó su serie más célebre, Toonerville Folks, un universo fantástico en el que el protagonista principal era un curioso trenecito del que se ocupaba una encantadora pareja de viejecitos.
La serie fue un completo éxito que en los años veinte se leía y disfrutaba de costa a costa, y que en los treinta sería la inspiración de unos exitosos cortos de animación. El mágico mundo de Toonerville conquistó pronto a sus lectores por su gran imaginación y la proximidad de los tipos populares que reflejaba. Los dibujos de Fox eran sencillos al extremo de casi rozar lo infantil. La extraordinaria popularidad de la serie hizo que se versionara en los teatros de vodevil, en las primitivas comedias del cine mudo que produjeron los estudios Hal Roach, e incluso más tarde en el cine sonoro, donde los filmes contaron con la participación del joven Mickey Rooney, un ídolo del público. A partir de 1937 las tiras aparecieron en el prestigioso New York Times.


 https://www.youtube.com/watch?v=_B8Mnks_qNYFontaine Fox falleció a los 80 años, en 1964. En 1995 el simpático trolley de Toonerville apareció en una serie de sellos de correos de los USA. Os dejamos con una selección de páginas e ilustraciones de Fox, autor que por méritos propios merece figurar en nuestra Historia del Cómic, y de paso os brindamos el enlace (clic en la ilustración) para visionar un divertido cortometraje animado producido por los estudios Van Beuren en 1936. Que lo disfrutéis.



























viernes, 28 de junio de 2019

ANTHONY MANN. UN ALEMÁN EN EL OESTE



Parece mentira que un alemán como Anthony Mann llegara a convertirse en uno de los más destacados cineastas que se dedicaron a un género tan genuinamente americano como el western. Y es que no sólo se dedicó, sino que fue, siempre con permiso de John Ford, uno de los principales creadores del género. Títulos tan emblemáticos como Winchester 73 o El hombre de Laramie sirven por sí solos para dar cumplido testimonio de ello.
Mann formó con James Stewart una sociedad humana y artística que dio unos frutos cinematográficos extraordinarios. Stewart protagonizó no menos de seis filmes de su compadre, llenando la pantalla con un empaque y una estatura dramática, que dentro del western sólo es comparable a la de John Wayne.
Anthony Mann fue también actor en sus años mozos, y en la industria pasó por todos los puestos del escalafón, hasta llegar a sentarse y consolidarse en la silla de dirección. Todo un auténtico hombre de cine, que en su última etapa ascendió a dirigir y coproducir algunas de aquellas grandes superproducciones que se rodaron en España porque paradójicamente resultaba más barato que hacerlo en Hollywood. Hasta tuvo tiempo de ser el marido efímero de nuestra Sarita Montiel, un bombón en la plenitud de su apogeo físico.
Hoy traemos a nuestra sui generis Historia del Cine el enlace (clic en la carátula) para visionar la versión española de La brigada suicida, una producción de 1947 perteneciente al cine negro, que se filmó por encargo del departamento del Tesoro americano. Una rareza olvidada que cuenta con el sello y el buen hacer de su singular director.

Próxima entrega: Jane Russell




lunes, 24 de junio de 2019

ESPAÑA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX. LA EDAD DE PLATA



El final de la larga decadencia española que se alcanzó en 1898 con la pérdida de las últimas colonias, sumió a sus habitantes en una depresión histórica, tanto de carácter político, como demográfico y cultural. En 1900 la sociedad española sufría un asfixiante predominio rural. De sus 18,6 millones de habitantes, nada menos que 12,6 vivían en localidades de menos de 10.000 habitantes, lo que se traducía, según expresión de Julio Valdeón, a quien seguimos en este breve comentario, en un insoportable peso de la población activa dedicada al sector primario. Nada menos que el 71% de la población activa se ocupaba en la agricultura o la pesca. Una población rural abrumadoramente mayoritaria, sometida a periódicas crisis de subsistencia por razones climáticas. Sequías, plagas o malas cosechas acarreaban hambrunas y epidemias. La malaria (fiebres cuartanas) era común en muchas áreas, y en la franja levantina persistía como en ningún otro lugar de Europa, la lacra de la lepra.

El panorama, sin embargo, se transforma de forma llamativa en las décadas siguientes. En 1920 los ocupados en el sector primario habían descendido 12 puntos, descenso que se acentuará en el siguiente decenio hasta los 24 puntos en 1930, en términos relativos exactamente lo mismo que en el periodo desarrollista de la segunda mitad del siglo. A la reducción de la mano de obra agraria se sumó un aumento de la productividad media por hectárea del 76%, debido a la diversificación de los cultivos y al mayor consumo de abonos y maquinaria. El valor del producto agrario pasó de 1.036 a 1.826 millones de las pesetas de la época en los primeros treinta años del siglo XX. Dentro de la evidente pobreza de grandes zonas del campo español, las cosas comenzaban a cambiar a un ritmo más rápido y sostenido.


Por otra parte, se disparó el fenómeno de las migraciones internas. Los campesinos que abandonaban la tierra ya no lo hacían para tomar el barco que les llevara a América, sino el tren para dirigirse a las ciudades. Urbes como Barcelona o Madrid adquirieron entonces la fisonomía urbana que las hacía comparables a otras grandes capitales europeas. Ampliaron su superficie, uniéndose a sus cinturones industriales, lo mismo que Bilbao o Gijón, y en menor medida Valencia, Sevilla, Zaragoza o Vigo. Entre 1900 y 1930 la mortalidad descendió del 28 al 18%, mientras la natalidad lo hacía del 35 al 28,5, un tipo de crecimiento demográfico moderno, comparable al de otros países de Europa occidental. Se pasó de 18,6 a 23,7 millones de habitantes, el proceso de urbanización se aceleró, y en 1930 España había dejado de ser un país abrumadoramente rural.


La urbanización habría sido imposible sin un paralelo auge de la industria. La burguesía conoció un desarrollo notable. El predominio de las industrias alimentarias, que en 1900 representaban el 40% de la producción industrial, descendió hasta el 29% en 1930, mientras se ampliaban sectores vinculados a la gran industria y el transporte, electricidad, química, construcción naval, obras públicas… Hubo además un importante retroceso del analfabetismo, que se redujo a la mitad en este tiempo, y aun lo haría mucho más durante el periodo republicano que siguió. Algunos autores se han referido a este principio de siglo como la edad de plata, y no sólo lo fue en el aspecto económico, sin duda muy favorecido también por la neutralidad española en la Gran Guerra, sino muy especialmente en el terreno cultural. Fue un tiempo de esplendor en la producción artística y literaria. Periódicos, libros, revistas… un universo en ebullición. También destacaron ingenieros, arquitectos, biólogos, matemáticos, economistas, historiadores, filólogos…


Muchos españoles, al menos los que formaban parte de las élites intelectuales, comenzaron a viajar. Alemania, Francia o Gran Bretaña se convirtieron en destinos habituales, y algunos se alargaron hasta cruzar el charco, no como emigrantes, sino como profesionales de la arquitectura, la ingeniería, la música o la pintura. Se incrementó de forma notable el laicismo en el espíritu de las gentes. La Iglesia, que ya había perdido hacía tiempo a la clase obrera, vio como los retoños de la burguesía abandonaban sus colegios y dejaban de asistir a misa. Surgieron partidos políticos diferentes a los tradicionales conservador y liberal que de forma machacona habían protagonizado el monótono panorama político de la restauración: el partido Reformista de Melquiades Álvarez, el Radical de Alejandro Leroux, los nacionalistas catalanes o el PNV vasco que moderó un tanto el racismo provinciano y ultracatólico de su fundador Sabino Arana, para presentarse a las elecciones simulando ser un partido moderno.


La clase obrera se afiliaba a sindicatos de mayoritaria militancia como la CNT, o como desde 1910, la UGT, y acudía en las ciudades a tertulias, redacciones o ateneos. Se estaba gestando la Segunda República, y se estaban produciendo profundas transformaciones sociales que desembocarían en sucesos históricos de gran magnitud, como iban a serlo también los que afectarían poco después a Europa entera y buena parte del resto del mundo. Pero esa, como le gusta decir al viejo profe Bigotini, ya es otra historia.

-Hola, traigo el coche porque dice mi mujer que una de las ruedas vibra.
-Hombre… igual está un poco desequilibrada…
-¿Quién, mi mujer?, si, si, mucho.



viernes, 21 de junio de 2019

LUIS DE CAMOES. GLORIA Y MISERIA DEL POETA


Luis Vaz de Camoes (o Camoens) nació en Lisboa en 1524. Fue hijo del gentilhombre Simao Vaz de Camoes, de ascendencia gallega, y de Anna de Sá e Macedo, que estaba lejanamente emparentada con el navegante Vasco de Gama. Aunque no se tiene certeza, parece que estudió en Coimbra, y de vuelta en Lisboa llevó una vida licenciosa. Debió ser todo un seductor en esa época, pues se le atribuyen amoríos tanto con prostitutas como con damas de la corte, incluyendo a la misma infanta María, hija del rey don Manuel. Una historia algo oscura lo hace protagonista de un altercado de armas, tal vez un lance galante, y ayudado por la humanista Luisa Sigeo, huyó a la India, asentándose en la colonia portuguesa de Goa.

De regreso a Portugal, la nao en que viajaba naufragó en las costas de Mozambique, donde padeció mil penalidades hasta que fue socorrido por su amigo Diogo do Couto, que no solo le salvó la vida, sino que sufragó su pasaje de vuelta a Portugal, donde dedicó a su benefactor su obra Tan pobre que vivía de los amigos. Regresó a su patria pobre y enfermo. Su único tesoro eran sus sonetos, que le fueron robados y no pudieron publicarse hasta después de su muerte, y su gran obra Os lusiadas, una epopeya compuesta de diez cantos en octavas reales, considerada universalmente como una de las principales muestras de la épica culta del Renacimiento, y sin duda como la cumbre de la literatura clásica en lengua portuguesa. Consiguió publicarla en 1572 gracias a que algunos amigos influyentes le concertaron una audiencia con el rey Sebastián. Tanto agradó la obra al monarca que la hizo publicar a su costa, y asignó al poeta una modesta pensión que ni siquiera llegó a cobrar nunca por retrasarse la libranza de los dineros en la inextricable maraña burocrática de la corte.


Murió Camoes en 1580 y en la miseria más absoluta, dos años después de la derrota portuguesa de Alcazarquivir, que supuso el fin de la dinastía lusa y la entronización de Felipe II de España como rey de Portugal. Su tumba, sufragada por los amigos, desapareció en el terremoto de Lisboa de 1755. En 1988 los gobiernos de Portugal y Brasil instituyeron el galardón que lleva su nombre, y que premia a los más destacados autores en portugués. Luis de Camoes fue el más grande poeta en esa lengua, su obra lírica, a caballo entre el clasicismo y el manierismo, alcanza cumbres elevadísimas en Os lusiadas, la obra que nuestra biblioteca Bigotini tiene el placer de poner hoy a vuestro alcance. Haced clic en la cubierta y disfrutad de esta versión virtual traducida al castellano.


¿Preguntáis el por qué de este quebranto? Responderlo no sé… Tal vez sería sólo porque os miré, dulce señora. Luis de Camoes.



martes, 18 de junio de 2019

HORMONAS: LA QUÍMICA DEL DESEO


Los organismos de los animales, y por supuesto los nuestros, funcionan como una máquina en la que las hormonas del sistema endocrino son los mensajeros químicos encargados de regular las diferentes funciones, y tanto establecer las respuestas ante estímulos externos, como influir en nuestros comportamientos. Por supuesto, también en el sexo.
Machos y hembras, hombres y mujeres en nuestra especie, mantienen diferentes niveles hormonales. Las hormonas sexuales masculinas son los andrógenos, y las femeninas los estrógenos y los progestágenos. Conviene repasar las funciones de las principales:

Testosterona: Es el principal andrógeno. Podría decirse que la testosterona es la hormona del deseo. En la fase embrionaria masculiniza el organismo de los hombres, siendo clave en el desarrollo de los genitales, función que continúa ejerciendo durante la pubertad, siendo responsable de la distribución masculina del vello corporal, el cambio de la voz y el resto de los caracteres sexuales secundarios. La testosterona se segrega principalmente en los testículos, y algo menos en las glándulas suprarrenales. Sus efectos anabolizantes contribuyen a generar una mayor masa muscular. Es la responsable de comportamientos más agresivos y de mantener la libido. La testosterona se produce también, aunque en mucha menor cantidad, en los ovarios y las suprarrenales femeninas, influyendo asimismo en el deseo sexual, si bien en alguna menor medida que en los hombres. La administración de testosterona en mujeres con inhibición de la libido, provoca distintas respuestas, probablemente en relación no con la cantidad de testosterona administrada, sino con la mayor o menor presencia de receptores celulares de testosterona, lo que podría explicar las distintas respuestas.

Estrógenos: Son lo que podríamos llamar las hormonas de la feminidad. Se producen en los ovarios ya desde la fase embrionaria, y son responsables de la feminización del cuerpo durante la pubertad. También regulan el ciclo menstrual, aumentando sus niveles de forma extraordinaria entre los días 5 y 14 del ciclo, que corresponden a la maduración del ovocito o fase folicular. Disminuyen luego tras la ovulación. Aunque no parecen influir demasiado en el deseo sexual, los estrógenos contribuyen de forma importante a la lubricación vaginal, el incremento del riego sanguíneo en los genitales, y condicionan el comportamiento, generando actitudes más seductoras, y aportando sensación de bienestar. En la menopausia los niveles de estrógenos disminuyen dramáticamente, produciendo sequedad vaginal, apatía y desequilibrios emocionales. En los hombres los niveles de estrógenos son muy bajos, pero permiten la producción de semen y una mayor calcificación de los huesos. En experimentos de laboratorio con ratones, la inyección de estrógenos en los machos induce comportamientos femeninos.

Progesterona: Es la hormona de la maternidad, la que mantiene la gestación. Sus niveles aumentan en la fase lútea, tras la ovulación, y decaen al final del ciclo si no ha habido embarazo. Se especula si la progesterona favorece el deseo. La píldora anticonceptiva de consumo más extendido es una combinación de estrógenos y progestina, un análogo sintético de la progesterona. Actúa porque la progestina inhibe la liberación de gonadotropinas, y por lo tanto evita la ovulación. En cierto modo la píldora “engaña” al organismo, haciéndole creer que existe embarazo. También se prescribe a mujeres, generalmente jóvenes, para reducir los dolores menstruales y la cantidad del sangrado. Un efecto controvertido de la progesterona es que reduce los niveles de testosterona, pudiendo contribuir a disminuir la respuesta sexual de algunas mujeres.
Las tres hormonas que acabamos de reseñar, testosterona, estrógenos y progesterona, provienen químicamente del colesterol, y son las que consideramos esteroides sexuales propiamente dichos. Hay sin embargo, otras hormonas que tienen influencia en el comportamiento sexual:


Prolactina: Es la hormona inhibidora del deseo. Se segrega en la glándula pituitaria situada en el centro del cerebro, y su principal acción es desencadenar la producción de leche en las glándulas mamarias, tal como indica la etimología de su nombre. La prolactina se segrega en grandes cantidades inmediatamente después del orgasmo, influyendo en la sensación de saciedad del llamado periodo refractario (je t’aime, mais non plus). Experimentalmente se ha comprobado que en la masturbación se libera menos prolactina que en el coito vaginal, y no hay duda de que disminuye el deseo de las mujeres durante la gestación y de los hombres tras la paternidad.

Dopamina: Con diferentes efectos en función del lugar del cerebro en que actúe, la dopamina es la hormona de la euforia, el placer, la motivación sexual, y según muchos expertos, de la felicidad. Estimula la producción de testosterona, y en el preámbulo de un posible encuentro sexual, se acumula haciéndonos sentir más exaltados, vehementes impetuosos, alegres y obcecados en avanzar hacia la cópula. La producción de dopamina se estimula con los juegos y caricias preliminares al sexo. Está también involucrada en procesos de adicción, y el consumo de alcohol y de determinadas drogas hace que se dispare su secreción.


Noradrenalina: Se libera en la glándula suprarrenal, y es la hormona de la excitación corporal, cuando en los momentos previos al coito se genera la energía física y muscular. Un exceso en la secreción de noradrenalina puede favorecer la liberación de cortisol, la hormona del estrés, que desencadenaría la respuesta contraria, inhibiendo el deseo sexual.

Oxitocina: También conocida como la hormona del amor, la oxitocina incrementa el vínculo afectivo entre madre o padre e hijos, entre la pareja o incluso entre amigos. Se produce en el hipotálamo y es transportada hasta la glándula pineal, liberándose desde allí al torrente sanguíneo en grandes cantidades durante el orgasmo.

Endorfinas: O moléculas del placer. Segregadas durante el ejercicio físico o durante el orgasmo, son los neurotransmisores más claramente relacionados con el placer físico y el alivio del dolor.

Serotonina: Es la molécula del estado de ánimo. Sus niveles bajos se asocian a estados depresivos, pérdida de apetito y de memoria. Unos niveles adecuados de serotonina favorecen el deseo sexual, pero niveles exageradamente altos lo pueden inhibir. Un efecto secundario de los fármacos antidepresivos que actúan aumentando la concentración sináptica de serotonina, puede ser la pérdida de la libido. Por eso en ciertos casos de eyaculación precoz pueden usarse antidepresivos para retrasarla.


Bien, pues estas son las sustancias principalmente implicadas en el deseo sexual. Ahora bien, sería un error considerar que las hormonas gobiernan nuestro comportamiento. Si es cierto que la liberación de estas moléculas puede producir cambios conductuales, no es menos cierto que en muchas ocasiones son las conductas las que estimulan los cambios químicos, de manera que se trata de una interacción de ida y vuelta. En última instancia, no somos esclavos de nuestras hormonas. Hay algo llamado libertad, libre albedrío, que es lo que realmente condiciona nuestros actos, también y muy especialmente en el terreno del sexo.

-¿Te gusta mi nuevo bolso? Es de piel de pene.
-Bueno, es muy bonito, pero un poco pequeño, ¿no?
-No lo creas, le das dos lametones y se convierte en maleta.