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viernes, 20 de octubre de 2017

BLASCO IBÁÑEZ, EL SOROLLA LITERARIO


Hijo de un matrimonio de comerciantes aragoneses, Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en enero de 1867. Quería ser marino pero se le atragantaron las matemáticas. Terminó sus estudios de Derecho aunque nunca llegó a ejercer la abogacía, porque su verdadera vocación fue la literatura. También le apasionaba la política, que mamó durante las rebeliones cantonales de las que fue testigo en su infancia, y condujeron a la proclamación de la Primera República. Sus primeras lecturas fueron La historia de los girondinos de Lamartine y Los miserables de Víctor Hugo, así que no es de extrañar que se exaltara el ánimo revolucionario del joven Vicente. A los dieciséis años fundó su primer periódico, que no podía firmar por ser aun menor de edad. A lo largo de su carrera periodística dirigió algunos otros y colaboró en muchos más. Ya sabéis que en estos artículos de nuestra biblioteca Bigotini nos centramos en la faceta literaria de los escritores, sin embargo, en el caso de Blasco no puede dejarse de lado su actividad política, ya que desde la última década del XIX hasta su muerte en 1928, fue sin duda el político más importante y popular de la región valenciana, ganando una y otra vez todas las elecciones a las que se presentó.


Blasco Ibáñez fue durante toda su vida, básicamente un agitador. Desde muy joven descubrió que tanto con la pluma como con su encendido verbo, era capaz de enardecer al público. Promovió y participó en numerosas acciones de agitación republicana y anticlerical. Fue un socialista activo, primero en Unión Republicana, y más tarde en su propio partido, el PURA (Partido de Unión Republicana Autonomista). En su periódico El Pueblo, que fundó en 1894, llegó a escribir miles de artículos con o sin firma. Allí se inició también en la literatura folletinesca tan en boga en su tiempo, y allí se fue fraguando su estilo desenfadado en el que se mezclan lo pedagógico, lo cómico y lo melodramático. Valencia y lo valenciano siempre estuvo presente en su obra. Recogió como nadie los tipos populares y la particular idiosincrasia de su patria, de la que se sentía profundamente orgulloso. Los valencianos le devolvieron su cariño con idéntica o aún mayor entrega. Blasco fue el Sorolla de la literatura. Ambos artistas supieron plasmar el espíritu y la brillante luz que irradian sus tierras y sus gentes. Como político, Blasco fue básicamente populista. Como literato fue popular. Para algunos hasta populachero. Nosotros consideramos esta opinión errónea. Ante todo fue un escritor de enorme talento, que supo conectar a la perfección con los lectores, con su público. En esto no solo no hay nada de malo, sino que por el contrario, es una cualidad muy estimable.


Dotado de un infalible instinto comercial, Blasco Ibáñez se convirtió en un escritor de éxito, no solo en su Valencia natal y en España, sino en el resto del mundo. Llegó a amasar una gran fortuna, la perdió por completo en un proyecto de agricultura social que emprendió en Argentina, y volvió a recuperarse tras el éxito clamoroso de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, novela que se llevó al cine en el Hollywood más dorado y glamuroso. La obra vendió en América millones de ejemplares y se convirtió en su tiempo en la más leída después de la Biblia. El autor adquirió una magnífica villa en la Costa Azul (dorado exilio de la dictadura de Primo de Rivera), donde fallecería, conducía un Rolls-Royce igual que el del rey de Inglaterra, y en fin, consiguió vivir rodeado de lujo. Tras el fallecimiento de su primera mujer en 1925, convivió con la esposa del embajador chileno, y se le atribuyeron diferentes aventuras amorosas con mujeres espléndidas.

En cuanto a su dimensión propiamente literaria, Vicente Blasco Ibáñez podría encuadrarse por edad en la Generación del 98, a pesar de que algunos de sus componentes no lo admitieron entre ellos, por considerar su literatura un género menor. En nuestra opinión, Blasco fue un escritor naturalista con fuertes trazos costumbristas, sobre todo en su obra del XIX, donde predomina el elemento popular y folclórico. Pertenecen a esta etapa novelas tan notables como Flor de Mayo, La barraca, Cañas y barro, Arroz y tartana o Entre naranjos. También se prodigó en novelas de tema social como La catedral, El intruso, La horda o La bodega; novelas históricas como El Papa del mar, El caballero de la Virgen o En busca del Gran Kan; de aventuras como La reina Calafia, El paraíso de las mujeres, El fantasma de las alas de oro...
Pero Blasco, además de su incondicional público regional y nacional, tuvo también un público internacional al que sabía cómo complacer, y así escribió auténticos best-sellers tan exitosos como Los cuatro jinetes del Apocalipsis, La maja desnuda, Mare Nostrum o Sangre y arena, que vendieron decenas de miles de ejemplares en cada reedición.

Biblioteca Bigotini os invita hoy a leer (clic en la portada) la versión digital de Noche de bodas, uno de sus muchos relatos breves. Un magnífico ejemplo de la prosa de Vicente Blasco Ibáñez, y de su particular estilo. Buen provecho.

Yo tengo confianza, porque el corazón justo y fuerte de las mujeres es siempre piadoso con la debilidad y la ignorancia de los hombres. Vicente Blasco Ibáñez.



martes, 17 de octubre de 2017

CINCO LOBITOS


Los tuvo la loba, sí. Pero lo más curioso es que también los tuvieron el pingüino, la pantera, la rana, el cocodrilo y el orangután. En efecto. Todos los tetrápodos terrestres sin excepción, tienen cuatro patas (por eso los llamamos tetrápodos) y cinco dedos en cada una de ellas.
Es verdad que algunos han experimentado adaptaciones, como en el caso paradigmático de los caballos, cuyas pezuñas se apoyan en un solo dedo central. Pero ahí está la colección fósil de équidos extintos, para demostrar que fueron evolucionando a partir de un remoto antepasado de cinco dedos. O como las ballenas y otros cetáceos, cuya adaptación al medio acuático les ha llevado a perder las extremidades posteriores, convertidas en meros restos vestigiales. Sin embargo, conservan las anteriores reconvertidas en aletas, pero eso sí, con sus cinco dedos reglamentarios. O incluso como los ofidios, cuyas extremidades se han ido atrofiando para terminar por desaparecer por completo.


Lo de las cuatro patas parece muy lógico. La principal característica anatómica tanto de los tetrápodos (anfibios, reptiles, aves y mamíferos), como de sus (nuestros) antepasados los peces, es la simetría bilateral. Pues bien, con ese tipo de simetría, lo natural al abandonar el agua, y deambular por el terreno seco sin arrastrarse, es sustentarse sobre cuatro extremidades. Otra cosa muy diferente es el asunto de los cinco dedos. Podríamos preguntar ¿por qué cinco?, ¿por qué no cuatro o siete? Bien, no puede haber respuesta, o al menos no una respuesta razonada. La única ajustada a la verdad es que todos los tetrápodos tenemos cinco dedos, porque todos sin excepción procedemos de un antepasado común, un tetrápodo primitivo, que tenía cinco dedos precisamente, y no cuatro ni siete.
¿Quién era este antepasado común? El que parece contar con más probabilidades es el ichthyostega, un anfibio pulmonado de cuatro patas que debía pasar mucho tiempo en el agua, y que vivió hace unos 385 millones de años. Aquí tenéis una ilustración muy hermosa.


 Lo del color de la piel y las manchitas no es más que una licencia del dibujante. Lo cierto es que ichthyostega probablemente no fue una única especie, sino todo un género del que en su época habría varias especies distintas, como lo prueba la variedad de tamaños y sobre todo la abundancia de restos fosilizados. En aquel tiempo otros muchos tetrápodos comenzaron a colonizar la tierra firme. Los había de ocho dedos, de cuatro, de nueve, de seis… Pero sólo nuestro amigo tenía precisamente cinco dedos. Por eso, mientras no aparezca en el registro fósil otro candidato mejor, ichthyostega se postula como nuestro verdadero y genuino abuelo del periodo devónico.


El número cinco tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Para los dibujantes de todas las épocas ha sido un pequeño fastidio. Preguntad a cualquier artista acostumbrado a reproducir la figura humana, y os confirmará lo difícil que se hace dibujar manos con cinco dedos. El motivo es que resultan visualmente muy “pesadas”, cinco parecen demasiados dedos para una sola mano. Este pequeño problema ha sido resuelto con gran ingenio por los dibujantes de comic y series de animación. Ellos optaron hace ya muchos años por dibujar personajes de solo cuatro dedos, y todos nos hemos acostumbrado a verlos con toda naturalidad.
También están aquellos a los que cinco dedos les parecen pocos. El panda gigante ha desarrollado un sexto dedo que le sirve de pulgar para oponer a los otros cinco y poder sujetar eficazmente los brotes de bambú mientras come. En realidad no se trata de un verdadero dedo, sino de un pequeño hueso del carpo curvado como un gancho. Imaginad un concertista de piano con siete u ocho dedos en cada mano. Sería un intérprete espectacular. Sin embargo, políticos o banqueros con dedos supernumerarios, resultarían un auténtico desastre para las arcas públicas…


Los cinco dedos también nos han legado alguna otra herencia. Son los responsables de que utilicemos el sistema numérico decimal, precisamente por los diez dedos, cinco más cinco. La representación numérica primitiva en toda el área mediterránea deriva de contar con los dedos: I, II, III, IIII… El número cinco se representaba mediante el signo “V”, que evoca la mano abierta. Descender de un tetrápodo de seis dedos probablemente nos habría conducido a utilizar un sistema de cálculo sexagesimal, en el que la docena y la sesentena serían referencias fundamentales. Quizá en ese caso jamás se habría inventado el cero (un invento vital y maravilloso para el desarrollo de las ciencias). ¿Existirían con seis dedos los ordenadores? Esta y otras semejantes no son más que elucubraciones que no conducen a ninguna parte, sin embargo, dirigen nuestras mentes a laberintos imaginativos y fantásticos. Pensad en ello…

Un político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir... y de explicar después por qué no ocurrió lo que predijo. Winston Churchill.



domingo, 15 de octubre de 2017

OTTO VON GUERICKE, UN ALCALDE EXCEPCIONAL


Otto von Guericke nació en la germánica ciudad de Magdeburgo cuando apenas se iniciaba el siglo XVII. Hijo de una influyente familia burguesa, cursó estudios en las universidades de Leipzig, Jena y Leyden. La física y las matemáticas, sus dos pasiones, le llevaron a ser uno de los científicos más importantes y célebres de su generación.
Particularmente impresionado por los trabajos de Pascal y Torricelli sobre la presión atmosférica, von Guericke se propuso llevar a cabo el que en su tiempo fue acaso el más famoso y popular experimento científico. Ajustando dos semiesferas huecas de cobre de 50 cm. de diámetro, extrajo el aire de su interior, creando un vacío en la esfera. A continuación dispuso que dos recuas de ocho caballos cada una, tirara de cada una de las semiesferas. El asombroso resultado fue que la fuerza de aquellos robustos animales no consiguió separar las dos mitades de la esfera hueca.


La fama del científico traspasó las fronteras de su patria chica, y se vio obligado a repetir la demostración en diferentes escenarios, uno de ellos la Dieta Imperial de Ratisbona, y siempre con idéntico éxito. El experimento llegó a hacerse famoso en Europa entera, conociéndose con el nombre de los hemisferios de Magdeburgo. También se interesó nuestro hombre por otras materias tales como las máquinas de vapor o el comportamiento de los émbolos en el interior de los cilindros (fue un precursor en la construcción de pistones). En electrostática experimentó sobre los fenómenos de atracción y repulsión. Fue el inventor de la primera máquina electrostática de que se tiene noticia, construyendo un prototipo capaz de producir descargas de gran intensidad. Estudió también la naturaleza de los relámpagos y realizó algunos notables progresos en astronomía, trabajando en el cálculo de las órbitas de los cometas.


Pero además de su faceta científica, Otto von Guericke fue jurista y político. Ejerció el cargo de alcalde (margrave) de su Magdeburgo natal con notable acierto y popularidad. En 1631, durante el curso de la Guerra de los Treinta Años, la ciudad fue literalmente arrasada por las tropas imperiales, en lo que se conoce históricamente como el Saco de Magdeburgo. De los más de 20.000 habitantes de la población quedaron apenas 5.000 con vida. Bajo el competente regimiento de von Guericke, la ciudad devastada volvió a ponerse en pie después de una reconstrucción tan admirable que se vio reconocida hasta por el bando enemigo en la contienda.
Así pues, además de figurar por méritos indiscutibles en nuestra galería de protagonistas de la ciencia, Otto von Guericke merece también sin duda un lugar en el reducido número de gobernantes sabios y honrados. Quede aquí constancia de nuestro tributo de admiración por el científico y por el hombre de bien que fue.

Si se sorprende a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba la comisión correspondiente, daré orden de fusilarlo. Groucho Marx.



miércoles, 11 de octubre de 2017

CARAN D'ACHE, EL PRIMER LÁPIZ DE FRANCIA


Este señor de aspecto un tanto ridículo, que aparece retratado en un daguerrotipo primitivo, era Emmanuel Poiré, nieto de un oficial del ejército napoleónico, que nació accidentalmente en Moscú en 1858. Desde los diecinueve años, ya en Francia, utilizó el seudónimo de Caran D'Ache, inspirado en la palabra rusa karandash, que significa precisamente lápiz. Desde hace ya muchos años, una conocida y prestigiosa marca francesa de lápices, plumas y otros artículos de oficina, se bautizó con ese nombre, en recuerdo a aquel gran dibujante e ilustrador.
Caran D'Ache comenzó su carrera artística trabajando para el Ministerio de la Guerra en el diseño de uniformes militares. Durante ese tiempo formó parte del ejército francés y realizó caricaturas e ilustraciones para el periódico La Vie Militaire, casi siempre de exaltación patriótica.

A partir de 1880 se relajó un poquito. Publicó caricaturas y dibujos cómicos en la revista Le Chronique Parisienne, y primitivas historietas en Le Rire. También fue pionero en el campo de las caricaturas editoriales, que aparecieron cada lunes en el diario Le Figaro. Destacaron sus dibujos sobre el escándalo de corrupción en la construcción del Canal de Panamá, y también los que publicó sobre el célebre Caso Dreyfus que dividió a la opinión pública francesa de su tiempo.
Os ofrecemos aquí una selección de sus dibujos y caricaturas que esperamos sean de vuestro agrado. Veréis que están construidos con el fino trazo y la aguda ironía que caracterizaron a su autor. Un gran pionero del Comic y un artista genial.
















domingo, 8 de octubre de 2017

RAOULT WALSH, CINEASTA CON OFICIO



Nuestro particular recorrido por la Historia del Cine se detiene hoy en la figura de Raoult Walsh, a quien podemos calificar como el mejor director de películas de aventuras de Hollywood. Lo que se dice un especialista en el género, con títulos tan emblemáticos como El ladrón de Bagdag, Murieron con las botas puestas o Tambores lejanos.
La mayor parte de su carrera como director transcurrió en la Warner, a mayor gloria de Error Flynn, que en los años cuarenta fue la estrella indiscutible de la productora. Una anécdota de su biografía bastante desconocida es que siendo muy joven, participó como actor en el mítico film de Griffith, El nacimiento de una nación. Perdió un ojo en un desgraciado accidente, y de esa forma se equiparó a John Ford, el otro tuerto de oro de la industria cinematográfica americana.
Hoy os ofrecemos el enlace (clic en la carátula) para visionar la versión original de El pirata Barbanegra, producción de 1952 que contó con la interpretación de Robert Newton, actor injustamente olvidado, y la magnífica presencia de Linda Darnell, una belleza hollywoodiense con uno de los escotes más espléndidos que se recuerdan. Se trata de la típica cinta de aventuras que caracterizó el trabajo de Walsh. Disfrutadla durante la duración de su metraje, sin haceros demasiadas preguntas.

Próxima entrega: Olivia de Havilland



miércoles, 4 de octubre de 2017

LISBOA ANTIGUA Y SEÑORIAL


Lisboa antigua reposa llena de encanto y belleza, dice la vieja canción. En efecto, encanto y belleza son dos de los principales atributos de esta hermosa ciudad asomada al Atlántico desde su privilegiado balcón occidental. El padre Tajo, que penetra en Portugal con la delicadeza del amante primerizo, recorre serpenteando su geografía, hasta abrirse en su estuario prodigioso. Ahí está el puente 25 de abril, en todo similar al de San Francisco, uniendo ambos extremos del estuario, dibujando su línea sutil en la bahía. En la diaria y siempre sorprendente puesta de sol, se ruboriza el horizonte como una colegiala, como una novia. Suena a lo lejos la magia del fado, y el corazón se cobija entre los pliegues de un sueño tantas veces repetido y siempre nuevo: Lisboa. La Lisboa que ha sobrevivido a terremotos, sunamis y pavorosos incendios, resurge como un ave fénix de sus propias cenizas.


Nace Lisboa en la marítima plaza del Comercio, viva atalaya del viejo y glorioso imperio transatlántico, metrópolis materna y amorosa. Crece, después de su bautismo náutico, en el Rossio, encrucijada de renovadas amistades, salpicada de kioscos de prensa, sombras pobladas de trinos de jilgueros, pájaros urbanos y proféticos. Se hace grande a través de la avenida del Marqués de Pombal, monumental arteria trazada con la rectitud geométrica de las perdidas civilizaciones ultramarinas. Extiende como un pulpo sus tentáculos por Sao Bento, por Chiado, por la Baixa y la Estrela... Se eleva como un gigante en el bairro Alto, tan señorial como antiguo, para acanzar las estrellas en la Alfama, la Alfama querida de calles empinadas y serpenteantes. La Alfama que sabe a bacalao y a fado, a fado y a bacalao cocinados a fuego lento en los fogones de la nostalgia y del llanto. Es el laboratorio donde se cuece la saudade, esa sutil niebla del espíritu que se difunde desde Lisboa hasta Macao, hasta Cabo Verde, hasta el Brasil...


El joven Bigotini conoció con otros amigos la vieja Lisboa, el viejo Portugal de los primeros ochenta, todavía sumido en la alegre borrachera de aquellos claveles revolucionarios que tanto fascinaban a los españoles de entonces. Grandola, vila morena, terra da fraternidade... Otra canción. Siempre canciones. Todo eso existe, todo eso es triste, todo eso es fado. Amalia Rodrigues, erguida como una diosa, y el rasgueo acariciador de guitarras y laúdes. En aquel remoto viaje hubo amor, hubo una Vespa estropeada, hubo una chimenea prodigiosa en el viejo palacio de Sintra, hubo interminables paseos por la Alfama, hubo inolvidables excursiones por el parque de Monsanto, hubo porco a la alentejana, hubo deliciosas gambas (camarones) en Santarem, hubo playa en Estoril, hubo zapateiras y almejas en el Algarve, hubo besos, risas y más amor en Sagres, en Faro, en Lagos, en Albufeira, en Vila Real. Vinho verde y María la portuguesa y amor y besos y risas.


Mucho después, con más años, pero con la misma ilusión y parecida alegría, el viejo Bigotini y sus chicas volvieron a recorrer la Alfama. Una Alfama que había ardido como una tea. Fuego extinguido y humeantes brasas calentando los corazones. Balacao en sus innumerables presentaciones, asado, con natas, en croquetas (pasteis do bacalhau), a la portuguesa con sus aceitunas... El rey de los peixes. Sardinhas a la brasa, frescas, recién pescadas, puestas al fuego en una humilde parrilla, y servidas en la más humilde taberna de la Alfama, saben a gloria bendita, saben a Lisboa. Hay más cosas, muchas más. Está el cabrito grelado, con sus deliciosas patatitas, el porco del Alentejo, salteado con almejas. Está el frango, pollo, gallo, animal totémico del Portugal atávico y secular. No puede dejar de probarse al piri-piri. Y en materia de peces, además del bacalao y las sardinas, triunfan la lubina, la dorada, los jureles, las delicadas anchoas marinadas...


Platos contundentes también. El caldo verde. El imponente cocido portugués con feijoas (judías) o garbanzos, aderezado con chorizos, morcillas, tocinos, gallina, pies de puerco, verduras y arroz. Las lulas (chipirones, calamares) en mil formas diferentes y siempre suculentas. La gran feijoada con arroz. Los arroces, por supuesto. Arroces caldosos de mariscos, rissottos con pato y verduras. El pulpo sobre lecho de patatas. Los postres, higos, cerezas, el prodigioso flan-pudim-Molotov, una bomba repostera que estalla en la boca, evocando precisamente su contundente apellido. Están también los delicados pastelitos de Belem, pasteles de crema, aunque los lisboetas los llamen de nata, tostaditos por fuera y semilíquidos por dentro. Y están los viejos tranvías ascendiendo por cuestas imposibles, el ascensor de la Gloria, que conduce al bairro Alto y a las más hermosas ruinas de Europa occidental, la bulliciosa plaza del Rossio, las cervezas fresquitas en la del Comercio, el castillo de San Jorge, la torre de Belem, el monasterio de los Jerónimos, la Sé catedralicia, el museo de los Descubrimientos, el Goulbenkian... Está Lisboa entera bullendo de vida y brillando de pura hermosura.


Conviene destacar algunos establecimientos, a saber: Ô Chapitó en Costa do Castelo, 7, un lounge-bar restaurante donde puede el viajero degustar su cuidada coktelería y alargar ad infinitum la noche lisboeta. El Velho Macedo, en la rua da Madalena 117, un pequeño bistró con sólo cinco o seis mesas donde se sirven las exquisiteces más típicas de la cocina portuguesa. El restaurante Clara Chiado, en largo Rafael Bordalo Pinheiro 17, un sitio elegante con una cocina algo más de diseño y un poco más cara de lo habitual en Lisboa. El Coraçao de Sé, tv do Almargem, 4, un establecimiento pequeño y modesto con deliciosos platos del día, muy cerca de la Seo, la catedral. El Clube do fado, en rua S. Joao da Praça 94, uno de los mejores de Lisboa para escuchar fado en vivo. El llamado Café Martinho da Arca, que a pesar de su título, es un restaurante magníficamente situado en la plaça del Comercio 3, bajo los soportales, su especialidad son los arroces y los mariscos. La Casa do Alentejo, en rua Port. Sto. Antao 58, un viejo edificio, casa regional, decorado con profusión de azulejos maravillosos. Deliciosa cocina y biblioteca que puede visitarse.


Aun hay más. El Musseu da Cerveija, en la plaça del Comercio, parada inevitable para todos los amantes del dorado líquido. La Pastelaria Suiça, en plaça del Rossio 96-104, una pastelería-cafetería ideal para desayunos potentes aptos para turistas todoterreno. La Antiga Confeitaria de Belem, llamada ahora Pasteis de Belem, en rua de Belem 84-92, todo un templo pastelero que no debe dejar de visitarse. Además de comprar alguna cajita de pasteles para llevar, es obligado tomarse allí un café y probar un par de pasteis de nata (un par o los que se tercien). Así recién hechos y calentitos están impresionantes. Por último, pero no menos importante, hay que visitar A Ginjinha, en largo de Sao Domingos, 8, junto al Rossio. Se trata de un diminuto local con un mostrador de apenas metro y medio, que sirve copas de licor de ginja, aguardiente de cerezas que es probablemente la bebida alcohólica más popular de Lisboa.
Levantando esa copa de dulce y olorosa ginjinha, se despide Bigotini de Lisboa, una perla asomada al infinito océano, que quedó para siempre grabada en nuestro recuerdo.

Haría cualquier cosa por recuperar la juventud... excepto hacer ejercicio, madrugar o ser un miembro útil a la sociedad. Oscar Wilde.