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martes, 16 de enero de 2018

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO DE SCHRÖDINGER?


Publicado en nuestro anterior blog en octubre de 2012

Erwin Schrödinger
En un reciente post dedicado al principio de incertidumbre de Heisenberg, dejamos claro (o al menos, esa era mi intención) que la posición y la velocidad de una partícula no pueden conocerse simultáneamente con precisión. Mientras que algunos teóricos como Paul Dirac o Niels Bohr apreciaron inmediatamente su significado, hubo muchos físicos experimentales que se empeñaron en diseñar experimentos que demostraran que con la técnica adecuada, este inquietante principio podía quedar desacreditado. Naturalmente todos los intentos resultaron inútiles. La razón fundamental es que el principio de incertidumbre presenta implicaciones de tan largo alcance, que rebasan el ámbito de la física experimental.

Para una mente tan preclara como la de Bohr, las intrigantes relaciones de la incertidumbre significaron un paso decisivo para profundizar en su idea de complementariedad entre la teoría ondulatoria y la teoría corpuscular. En efecto, ambas son necesarias para comprender el mundo cuántico, y hoy admitimos sin empacho conceptos como que la luz se comporta a la vez como un flujo de partículas (fotones) y una onda de características similares al sonido. En una conferencia celebrada en Como (Italia) en 1927, Bohr presentó su idea de complementariedad y lo que se conoce como interpretación de Copenhague: mientras en la física clásica concebimos que un sistema de partículas funciona como un mecanismo de relojería, independientemente de que sean observadas o no; en física cuántica el observador interactúa con el sistema en tal grado, que el sistema no posee una existencia independiente del observador. En otros términos, el mero hecho de observar un fenómeno, lo modifica. El observador forma parte del experimento, y no existe ningún mecanismo que funcione con absoluta independencia de que se le observe o no.


En un experimento ya clásico, si hacemos pasar un haz de electrones (valen también fotones o cualquier otro tipo de partícula) por una rendija, para que se proyecten en una pantalla, obtendremos la imagen que cualquiera sería capaz de predecir de los electrones impactando en la zona de pantalla correspondiente a la rendija. Sin embargo, cuando hacemos pasar el haz por una plancha con dos rendijas, la imagen obtenida no es ni mucho menos la del doble impacto que parece razonable, sino más bien la de una nube de impactos del tipo exacto de una nube probabilística, lo que se corresponde con la naturaleza doble (ondulatoria y corpuscular) del fenómeno cuántico.


Este desconcertante resultado, mezclado con la dependencia del observador que acompaña a todo fenómeno cuántico, llevó al físico alemán Erwin Schrödinger a proponer el siguiente problema teórico:
Es posible montar un experimento de forma que exista una probabilidad exacta del 50% de que uno de los átomos de una muestra de un material radiactivo se desintegre en un cierto tiempo, y que un detector registre la desintegración que se produce. Imaginemos ese dispositivo en una caja dentro de la cual hay un gato vivo y un frasco con veneno, preparado todo de tal forma que si ocurre la desintegración radiactiva, el frasco se rompe y el gato muere. En el “mundo convencional” existen un 50% de posibilidades de que el gato resulte muerto, y sin necesidad de mirar dentro de la caja, podemos decir tranquilamente que el gato estará o vivo o muerto. Pero atención… Ahora nos topamos con lo más extraordinario del universo cuántico: como consecuencia de la teoría, ninguna de las dos posibilidades (recordad, 50%, cara o cruz) abiertas al material radiactivo, y por lo tanto al gato, adquiere categoría real salvo que sea observada. Es decir, la desintegración atómica ni ha ocurrido ni ha dejado de ocurrir; el gato ni ha muerto ni ha dejado de morir en tanto no miremos dentro de la caja para ver lo que ha pasado. Los teóricos que aceptan la versión ortodoxa (interpretación de Copenhague) de la mecánica cuántica nos dicen que el gato existe en cierto estado indeterminado, ni vivo ni muerto, hasta que un observador mire dentro de la caja para ver cómo marchan las cosas. Nada es real salvo si se observa.

Dios no juega a los dados, exclamó Einstein, y pasó prácticamente el resto de su vida tratando sin éxito de encontrar el mecanismo subyacente que haga posible la genuina y sustancial realidad de las cosas. La búsqueda del gato de Schrödinger ha sido la búsqueda de la realidad cuántica. No conocemos aun a dónde nos conducirá el final de esta búsqueda. Ahí tenemos la teoría de cuerdas, la de supercuerdas y distintas interpretaciones e intentos de hallar lo que algunos, con Hawking a la cabeza, llaman la teoría del todo. Isaac Newton, estudiando hace más de tres siglos la naturaleza de la luz, puede que no fuera consciente de ello, pero ya había iniciado el camino que conducía al gato de Schrödinger. El camino es largo. Tal vez, como Alicia, la heroína de Lewis Carroll, encontréis en el camino de Wonderland a aquél otro enigmático gato de Cheshire, de sonrisa tan ambigua como inquietante.


¿Para qué vas a fatigarte dialogando, si puedes arreglarlo a hostias?  Rocky Pragmáticus.



sábado, 13 de enero de 2018

HEINRICH BÖLL. IRONÍA Y TOLERANCIA


Heinrich Theodor Böll, nació en Colonia en 1917. Su familia, de clase trabajadora, no pudo pagarle los estudios superiores, por lo que el joven Heinrich tuvo que alistarse en un campo de trabajo nazi, como único medio de conseguir una plaza en la Universidad. A punto de iniciar sus estudios de filología alemana, fue movilizado, y formando parte de la Wehrmacht, combatió en Francia, Hungría, Rumanía y la Unión Soviética. En 1945, ante el empuje imparable del ejército rojo y la inminente derrota, inició como muchos otros miles de soldados alemanes, la apresurada retirada desde el este, para ser hecho prisionero por las tropas estadounidenses, lo que consiguió finalmente, permaneciendo durante algún tiempo detenido en campos de Francia y Bélgica. A partir de su regreso a Colonia, comenzó a escribir, publicando en 1949 su primera novela, El tren llegó puntual, que obtuvo un éxito inmediato.

Entre sus novelas destacan La casa sin amo (1954), Diario irlandés (1957), Los silencios del doctor Murke y otras sátiras (1958), Opiniones de un payaso (1963) y El honor perdido de Katharina Blum (1974). A través de una fina ironía, Böll abominó de todos los extremismos desde una posición católica. Siempre crítico con el nazismo y las posturas xenófobas de algunos de sus conciudadanos alemanes, supo granjearse la admiración de miles de lectores de todo el mundo. A pesar de no haber recibido formación académica, fue miembro de la Academia Alemana de las Letras. Obtuvo el Nobel de literatura en 1972. Falleció en Langenbroich en 1985.
Biblioteca Biogotini os ofrece el enlace (clic en la ilustración) para acceder a la versión digital de Aquellos días en Odessa, una narración brevísima de sus recuerdos de guerra, donde podréis apreciar el estilo claro y la limpia prosa de Heinrich Böll. Que lo disfrutéis.

El malo descansa algunas veces. El necio jamás.




miércoles, 10 de enero de 2018

CÓMO SURGEN LAS ESPECIES


Publicado en nuestro antiguo blog en abril de 2012

El viejo Darwin nos mostró el camino. Él acuñó el principio de la evolución de las especies a través de la selección natural. Todo el mundo con una mínima formación y un poco de sentido común, parece comprender de qué se trata. Sin embargo, ¿de verdad estamos seguros de entenderlo?

Hay una explicación rudimentaria que más o menos viene a decir lo siguiente:

1.- Los seres vivos, obedeciendo a su instinto, tienden a reproducirse.

2.- Cada nuevo ser vivo, es esencialmente semejante a sus dos progenitores (esto en el caso de la reproducción sexual, que es la fórmula idónea para que surja la variedad entre la descendencia).

3.- En ocasiones, bien por puro azar, o bien por diversas causas, se producen variaciones (hoy en día sabemos que son mutaciones o recombinaciones genéticas), que hacen que el nuevo ser vivo presente rasgos diferentes, ya sea en aspectos puramente físicos, o de comportamiento (conductuales).

4.- Las condiciones del medio natural pueden penalizar estos nuevos rasgos, haciendo que el individuo fallezca en edad temprana sin alcanzar la edad reproductiva. Pero en determinados casos y condiciones, los nuevos rasgos pueden favorecer la supervivencia del individuo y/o su atractivo sexual, de manera que los transmitirá a su descendencia, y se perpetuarán a través de sucesivas generaciones. (Este punto es  el que se conoce como supervivencia de los más aptos).

Bueno, pues así es como funciona. Todo esto es completamente exacto, palabra por palabra. Sin embargo, para que se produzca la evolución de las especies hace falta algo más. Naturalmente, hace falta que surjan nuevas especies. Fijémonos en los puntos 2 y 3: cada ser vivo es semejante a sus progenitores, aunque puede ocurrir que presente algunos rasgos diferentes. Ahora demos por hecho el último párrafo del punto 4, es decir, supongamos que sus nuevos rasgos o habilidades hacen al individuo más apto para la supervivencia y la reproducción. Pues bien, este individuo (o individua) deberá reproducirse con otro del sexo opuesto. ¿Tendrá que esperar a que nazca un ejemplar del sexo opuesto que también presente sus nuevos rasgos? Pues que espere sentado/a, porque las mutaciones son bastante improbables. El individuo, por muy longevo que fuera, moriría sin haber encontrado a su media naranja.
No, el nuevo ser vivo, de hecho cualquier ser vivo, todo ser vivo por definición, pertenece a la misma especie que sus progenitores, y por lo tanto es perfectamente capaz de cruzarse con ellos, con sus hermanos/as, o con sus primos/as y tener descendencia fértil. Así y no de ninguna otra manera, es como se las arregla para transmitir su acervo genético.
Cuidado porque aquí es fácil caer en una especie de trampa filosófica que en su día explotaron los detractores del evolucionismo, y que puso en serios aprietos a evolucionistas como Wallace, Huxley o el propio Darwin: si partimos de la premisa indiscutible de que cualquier hijo pertenece a la misma especie que sus progenitores, y viceversa, ¿en qué punto comienza una especie nueva? O en otras palabras, si tuvo que existir una primera jirafa, ¿qué eran sus padres, otra cosa? Ya veis que se trata de un razonamiento circular del que se sale difícilmente. El problema de Darwin y sus contemporáneos era que aun no se conocía la genética. Efectivamente, como ya hemos dicho aquí alguna vez, los protagonistas de la evolución no somos los individuos, sino los genes. Es el acervo genético concreto el que define a las poblaciones, y por supuesto, a las especies.
¿Qué hace falta pues para que surja una nueva especie? Muy sencillo, dos cosas o la combinación de ambas: tiempo y distancia.

Si nos inclinamos por la opción del tiempo, conviene tener paciencia, porque hace falta mucho tiempo. Muchas generaciones, y sucesivas mutaciones/recombinaciones, para llegar a un individuo varios miles o incluso millones de años más tarde, que no sea ya capaz de cruzarse con sus antepasados de antaño, y tener (fijaos bien en la cantinela, porque es muy importante) descendencia fértil. Es este un principio imposible de probar experimentalmente, claro está, porque cuando el nuevo ser vivo haya alcanzado un grado de diferenciación que lo convierta en incapaz de cruzarse con sus remotos antepasados, estos habrán desaparecido ya hace milenios.

Mucho más eficaz y probable en términos evolutivos es la opción de la distancia. Cuando dos poblaciones de la misma especie (dos bandadas de pinzones, dos manadas de équidos, dos grupos familiares de simios antropoides, etc.) toman caminos distintos y divergentes, se produce el aislamiento poblacional, condición previa y cuasi imprescindible para el fenómeno de la especiación. La población aislada encontrará un hábitat distinto, es posible que también encuentre nuevos alimentos, un clima diferente… En definitiva, una serie de condiciones ambientales nuevas que presionarán en el sentido de favorecer la supervivencia y capacidad reproductiva de aquellos que por sus características físicas y/o de comportamiento, se adapten de manera más exitosa al nuevo medio. Su acervo genético se irá transmitiendo generación tras generación a sus sucesivos descendientes, hasta que más tarde o más temprano llegue el momento en que la población de pinzones de una de las Islas Galápago sea ya una especie distinta de otra que vive en la isla vecina. Unos se alimentarán de semillas y tendrán el pico muy grueso para poder triturarlas, porque generación tras generación, la selección natural ha favorecido la supervivencia de aquellos que tenían el pico más fuerte. Los de la isla vecina serán insectívoros, y tendrán el pico largo y afilado, para encontrar el sustento en las cavidades de los árboles. Si tomamos un macho de una isla y una hembra de la otra, no serán capaces de tener descendencia, aunque hace sólo unos milenios (muy poco tiempo en términos evolutivos) pertenecieron ambos a la misma especie de pinzón común que migró a las Galápago desde el continente americano.


Viajemos ahora hasta las inmensas estepas de Asia Central. Veamos a la gran manada de équidos separarse en dos grupos que marcharán cada uno por su lado, siguiendo cada uno a su líder. Con el tiempo el aislamiento poblacional dará lugar también a dos especies distintas: caballos y asnos. Esto no ha ocurrido hace demasiado tiempo. Sucedió cuando los grandes mamuts poblaban aquellas heladas praderas. Oye, espera un momento, parece que ese asno está montando a una yegua… Pero no. Ya sabes lo que ocurrirá. Dentro de unos meses la yegua dará a luz a un potrillo o potrilla de mula. El problema es que los mulos no son fértiles. Parecía que la puerta estaba entreabierta, pero lo cierto es que se cerró para siempre. Caballos y asnos son ya especies distintas, incapaces de tener descendencia fértil.

En el África oriental dos grupos familiares de simios antropoides caminan en direcciones opuestas. Unos se adentrarán en la espesa selva y haciendo valer sus habilidades trepadoras, prosperarán alimentándose de frutos y vegetales. Los otros habitarán las desoladas sabanas, con el tiempo adquirirán una postura erguida y formarán bandas de cazadores que llegarán a disputar las presas a los chacales y la carroña a las hienas. Después aprenderán a fabricar herramientas y a comunicarse mediante sonidos articulados…


Así es como se produce la especiación. Una advertencia: no os dejéis engañar por las apariencias. Hay caballos de tiro que pueden pesar una tonelada, y hay caballitos pequeños, los poneys, muy populares entre la chiquillería. Ambos son caballos. Pertenecen a la misma especie y, por lo tanto son capaces de cruzarse y tener descendencia fértil. Fijaos en los perros. Existen centenares de variedades diferentes de perros, son todos completamente dispares, y a pesar de eso, todos son miembros de la misma especie, canis lupus. Un macho de la variedad chihuahua es perfectamente capaz de unirse a una hembra de San Bernardo, dando lugar a descendencia fértil. Repito, las apariencias engañan. Por cierto, ya veis que empleo el término variedad. Además de ser más correcto desde el punto de vista científico, es más adecuado que el de raza y mucho menos conflictivo.

Para terminar, dejadme que destruya otro mito muy extendido. Mucha gente piensa que a base de selección natural y de supervivencia de los más aptos, las especies modernas, las actuales, son de alguna manera, más acabadas y adaptadas al medio que sus antecesoras. Hay quien cree que las especies extinguidas se extinguieron porque eran defectuosas o menos perfeccionadas que sus sucesoras. Pues bien, nada más equivocado. Las especies de cualquier tiempo estaban perfectamente adaptadas, y eran todas ellas sin excepción, maravillosas máquinas biológicas. Si desaparecieron fue sencillamente porque fueron sustituidas por otras o porque se produjeron catástrofes naturales (erupciones volcánicas, impactos de meteoritos) que acabaron con ellas. Lo mismo ocurrirá fatalmente con todas y cada una de las especies actuales, incluidos nosotros mismos, por supuesto. Ese día llegará tarde o temprano. Rezad cada noche para que no llegue la mañana siguiente.

La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia.



domingo, 7 de enero de 2018

JOSEPH PRIESTLEY. OXÍGENO PARA LA VIDA Y AIRE PARA LAS IDEAS


Nacido en 1732, el británico Joseph Priestley, fue uno de los más destacados científicos de su generación, disputando al francés Antoine Lavoisier el honor de ser el descubridor del oxígeno. En cualquier caso, a Priestley debemos el reconocimiento de este elemento como fundamental en la biología de los organismos vivos.
Fue el descubridor del agua carbonatada y de distintos gases (que él denominó “aires”), entre los que se encontraba el que llamó aire desflogistizado, que más tarde se demostró como oxígeno. Cuando se produjo en Europa la revolución química, con Lavoisier al frente, quedaron desechadas por obsoletas las viejas teorías del flogisto. No obstante, Priestley continuó tercamente aferrado a ellas, lo que le valió grandes críticas por parte de sus colegas europeos. Como filósofo, nuestro hombre intentó buscar coincidencias entre el racionalismo científico que ya se extendía como un reguero de pólvora entre las inteligencias de su tiempo, y una visión cristiana del universo y la naturaleza. Como teólogo Joseph Priestley abogó siempre por la tolerancia religiosa. Fue uno de los muy escasos unitaristas ingleses, que preconizaban la reunificación del catolicismo y las iglesias reformadas.

Sus ideas revolucionarias le llevaron a apoyar públicamente la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa. Su casa de Birminghan fue asaltada por una multitud azuzada por sus enemigos políticos, y Priestley se vio obligado a abandonar las islas, para trasladarse a Pensilvania, donde falleció en 1804, cuando contaba 72 años.
Se interesó también por la pedagogía. Publicó una gramática inglesa muy notable, y una enciclopédica Historia de la Electricidad, que fue texto fundamental en esta materia durante varias décadas. Joseph Priestley fue lo que se dice un completo polígloto, ya que además del latín, el griego y el hebreo, que aprendió en su etapa escolar, fue capaz de aprender y dominar el portugués, el francés, el alemán, el italiano, el árabe y el caldeo. Como filósofo, siempre expresó su admiración por la obra de Isaac Watts y de John Locke.

En Bigotini brindamos fervorosamente por la memoria de Joseph Priestley, gran científico y gran hombre de su tiempo.

Si Mahoma no va a la montaña... será porque prefiere la playa.


jueves, 4 de enero de 2018

HEINRICH KLEY. EXPRESIONISMO GRÁFICO


Nacido en Karlsruhe en 1863, Heinrich Kley, fue sin duda el gran ilustrador germánico de la primera mitad del siglo XX.
Dotado de un talento fabuloso, Kley comenzó siendo un dibujante académico. Se formó en la prestigiosa escuela muniquesa, y sus primeros trabajos fueron grabados de tema histórico. También en esa primera época juvenil destacó en el retrato, género que llegó a dominar con virtuosismo.


Pero su verdadera vocación era la sátira gráfica, y ese fue el camino que emprendió, dibujando para prestigiosas revistas como Jugend o Simplicissimus. En ellas desarrolló un intenso trabajo, llegando a ser acaso el más importante ilustrador alemán del periodo de entreguerras. Kley interpretó como nadie el expresionismo alemán, creando un mundo particular en el que abundaron los seres mitológicos y los animales semihumanizados. Nuestro hombre no rehuyó el desnudo, llegando en ocasiones a la franca obscenidad, lo que también le granjeó buen número de detractores.
El dibujante americano Joe Grant mostró algunos dibujos de Kley a Walt Disney, su jefe. Esos dibujos sirvieron de inspiración a Disney para muchos personajes de Fantasía (1940). Por cierto que el magnate de la animación se convirtió desde entonces en el principal admirador del dibujante germano. Buscó y coleccionó sus originales, de los que llegó a poseer una importante cantidad.
Heinrich Kley falleció en Munich en 1945. Presentamos aquí un ramillete muy representativo de su trabajo y de su particular estilo. Deleitaos con su arte prodigioso.





















lunes, 1 de enero de 2018

LAWRENCE OLIVIER, UN ACTOR SUPERLATIVO



Sir Lawrence Olivier, un actor superlativo, marca un antes y un después en la Historia teatral en lengua inglesa. El teatro shakespeariano nunca habría sido lo mismo sin él. Otra cosa muy distinta es su contribución al cine. A pesar de que Olivier fue ganador de varios premios oscar, merecido tributo a su mayúsculo talento interpretativo, lo cierto es que Hollywood podría haberse pasado sin él perfectamente. Quedan eso sí, en la retina de los espectadores, sus formidables actuaciones, queda el recuerdo de sus papeles en Rebecca o en Cumbres borrascosas, su inolvidable Hamlet o su Ricardo III. Pero sus puestas en escena eran quizá en exceso teatrales, y como director se limitó a filmar escenas y parlamentos, sustituyendo las tablas por los platós. Por eso supo ganarse el prestigio y el éxito que siempre le acompañó, y hasta fue capaz de llevarse al huerto a una Marilyn Monroe, que en su mejor momento se prendaba de los intelectuales maduritos.
Hoy os brindamos el enlace (clic en la carátula) para ver la célebre escena de Enrique V en la que un magnífico Lawrence Olivier hace su arenga a las tropas. La versión original añade fuerza y verdad a esta secuencia, uno de los más vibrantes monólogos jamás filmados. Disfrutadlo.

Próxima entrega: Leslie Howard



jueves, 28 de diciembre de 2017

ROMA, BIGOTINI Y LOS ROMANOS


Reproducimos a continuación los fragmentos del diario de viajes del profe, durante su estancia en Roma. Abróchense los cinturones.
Lo que tienen los vuelos baratos es que hay que ir un poco apretados. Doy gracias al Dios Nuestro Señor por ser tan bajito, aunque esta maldita nariz golpea todo el tiempo en el asiento delantero. El boeing 747 de Volare. Web airlines despega de Bilbao ante la incredulidad de todo el pasaje y en apenas un par de horas, llegamos a Roma. Es un rato que se pasa casi sin sentir, primero con las risas de las explicaciones de los salvavidas y luego con las películas cómicas que ponen en unas pantallitas delante de cada fila de asientos. Han tenido la delicadeza de no programar una de catástrofes aéreas. Aterrizamos en Fiumiccino sin novedad. Aunque parezca mentira, este aeropuerto es algo mayor que el de Bilbao. El avión casi pasa más tiempo recorriendo las pistas como un autobús, que el que nos ha costado volar desde España. Seguimos al rebaño a recoger las maletas en la cinta sin fin. Las nuestras salen sin el menor problema (¡bieen!). Corremos a tomar un tren que nos llevará a Roma. Es el expreso Da Vinci, que va diretto de Fiumiccino a stazione Términi y hace recorridos cada media hora. En esta ocasión, tarda en llegar una hora y cuarto, y además va parando en todas partes.


Por fin en Roma. Para ser más exactos, en la estación Termini, que viene a ser como la madre de todas las estaciones ferroviarias. Más tarde, mirando el mapa nos percatamos de que la estación representa quizá la sexta parte de la superficie de Roma. Un gigante. Hay varias plantas, decenas de andenes, un sinfín de tiendas... Por fortuna, nada más salir a la calle, preguntamos por Vía Milazzo, que es la calle de nuestro hotel, y resulta estar nada más cruzar el paso de peatones. Inmediatamente vemos el cartel del hotel. Ya hemos llegado. Laus Deo.


En la recepción del hotel Milazzo, mantenemos la siguiente conversación con el encargado:
YO: Buona sera
ENCARGADO: Buona sera, signori
YO: Alora; abbiamo fatto resevazione d’una cámera per l’internet
ENCARGADO: larga e incomprensible parrafada en italiano
LOS TRES: ¿Eeeh?
ENCARGADO: ¡Ah!, Ma ¿non sei italiani?
YO: Ma non, noi siami spagnoli
ENCARGADO: Bene, bien, estupendo, perche la ragazza recezionista e spagnola cosi. Ora e andatta per un café, ma io la clamarei súbito.
Conclusión: si uno se esfuerza en hablar en italiano a los italianos, ellos creen que verdaderamente entiendes el italiano y te responden de forma que no te enteras de nada. Es preferible, por lo tanto, hablar español en todas partes. En días sucesivos hemos ido comprobando que en Italia hablan español los géneros de personas siguientes:
  1. policías.
  2. taxistas.
  3. camareros y resto del personal de hostelería y comercio.
  4. curas y monjas (incluidas las africanas y asiáticas).
  5. mendigos, con gran soltura.
  6. vendedores ambulantes.
  7. cualquier persona de la calle (incluidos los turistas de aspecto nórdico).
Como excepción a esta regla, no hablan una sola palabra de castellano:
  1. los sordomudos, que realmente no lo conocen, aunque muestran gran interés por entenderlo y hacen loables esfuerzos para balbucir algunas frases.
  2. los catalanes y los franceses, que fingen desconocerlo.

Los semáforos en Roma están puestos sólo como mera orientación. Nadie los respeta lo más mínimo. Los peatones cruzan en rojo, los autos cruzan en rojo y las motos en todos los colores. No es más que cuestión de decisión. Si no se ve claro, lo aconsejable es esperar a que otro peatón más decidido se arriesgue y aprovechar su iniciativa para pasar. Si el curioso viajero quiere chancearse un rato a costa de los conductores romanos, lo mejor es amagar varias veces que cruzas, para luego no cruzar. Los conductores también hablan español, al menos los insultos se les entienden perfectamente. Debe ser porque ven las retransmisiones de fútbol de la liga española. Cuando se toma un taxi, se aconseja ponerse el cinturón y permanecer en estado de alerta sensorial y tensión muscular durante todo el trayecto.


Resulta imposible hacer una foto en la fontana de Trevi, en la que no aparezcan varias decenas de extras. Es una odisea encontrar hueco para un culo de dimensión estándar en las escaleras de la plaza de España. Toda Roma está abarrotada de turistas. A mediodía, o más bien a primera hora de la tarde, comida rápida de bocadillo (panino); por la noche, cena a base de pasta en una terraza con otros turistas. El recorrido por el foro romano hizo llorar a lord Byron cuando visitó por vez primera la ciudad eterna. No es para menos. El foro, el coliseo y los museos capitolinos son capaces de dejar sin aliento a cualquier persona con un mínimo sentido estético e histórico, con el despliegue de arte y de belleza que se desarrolla ante los ojos atónitos del visitante. La colección de escultura clásica es como para pasmar a cualquiera. En la pinacoteca del capitolio tienen un Velázquez medio olvidado detrás de una puerta, como si fuera el cartelillo de peligro de incendios.


En Piazza Navonna vemos a un mimo que, vestido con un traje de ejecutivo, convenientemente amañado con alambres, hace de hombre de negocios apresurado en un día de mucho viento. Un grupo de japoneses le da dinero. Una pareja de alemanes con un niño gordito, le da dinero. El niño aplaude y los japoneses le siguen. Un éxito. Pocos metros más adelante, hay una vieja mendiga acurrucada en el suelo. Mantiene una postura imposible que proporcionaría la medalla de oro a cualquier gimnasta olímpico. Con una voz inimitable, que parece surgir de la misma tierra y que desgarra las entrañas, inicia una letanía y un lamento lloroso que pone los pelos de punta: ¡Signori, tengo fame!, ¡Molta fame! Los japoneses le dan dinero. El niño gordito inicia un aplauso entusiasta. Su madre le da una colleja.


Las italianas son en general, muy guapas; y algunas van muy bien arregladas. Con ropas de marca y con mucho estilo. Como científico acostumbrado a interesarme por multitud de fenómenos, no he podido evitar fijarme en que algunas italianas conducen motocicletas con faldas cortitas. Considero que se trata de una costumbre encantadora que proporciona al peatón una fugaz pero estimulante visión, y a las motociclistas, un fresquito gratificante en pleno rigor del estío. Cuando transcribo ya de vuelta, las apresuradas notas del diario, recuerdo que días después en Florencia, me dí cuenta de que esta simpática moda de montar con minifalda, ha sido adoptada también por las muchachas que van en bici. Esto hace que las visiones que se ofrecen al paseante, sean tanto más estimulantes, cuanto menos fugaces. Pido disculpas al lector por no extenderme más en esta materia; pero debe comprenderse que viajando acompañado de Marisol y Laura, no hubiera sido correcto avanzar más en mis inocentes observaciones.


En cuanto al Vaticano, sin ninguna duda, es esta la mayor concentración de arte y belleza, no ya por metro cuadrado, sino por centímetro cuadrado. Impresionante la basílica de san Pedro y mucho más los museos vaticanos. Hacemos el recorrido largo, con parada para tomar un bocado y continuar. La capilla sistina es la guinda de un recorrido plagado de sorpresas estéticas. Miguel Ángel, Rafael, la biblioteca, la sala cartográfica, la pinacoteca, los artesonados de los techos, el mobiliario... Todo es excepcional, todo hermoso, todo inolvidable.


Callejuelas estrechas con un fuerte sabor y tipismo. Esta es la Roma de Fellini. La Roma de las pelis italianas de los años cincuenta, que veíamos de chicos en España, cuando mirábamos a Lucía Bosé o a Anita Ekberg con cara de bobos. Entramos en un bar cualquiera del Trastevere, a tomar una cerveza. En la pared, fotos de las viejas estrellas de Cinecita que en sus tiempos visitaron el local. En una de ellas reconozco a una impresionante Anna Magnani besando al buenazo de Alberto Sordi. Tras agotadoras subidas y bajadas para ver el templete circular del colegio español, cena en L’spaguettinni en piazza S. Cosimano, el corazón del Trastevere. Terraza en la calle, con el fresquito de la noche, pero (por primera vez) sin turistas. Aquí sólo vienen italianos y algunos despistados como nosotros. Todo está delicioso. Pasta con salsa amatriciana y saltimboca alla romana (inolvidable). El postre de lujo. Las chicas piden tiramisú y está para chuparse los dedos. Yo me decido por un affogatto (ahogado) de helado al coñac. Una delicia. ¡Adoro Roma!


El sistema de desayunos del hotel Milazzo es curiosísimo. Como el hotel no tiene cafetería, la ragazza de recepción te proporciona un tiket para tomar la prima collazione en el bar de la esquina, un snak regentado por chinos, o vietnamitas o algo así. Los bollos y croisanes no son gran cosa (bollería industrial), pero el café es excepcionalmente bueno. Hacen un capuccino cubierto de una crema espesa y reconfortante, que cada mañana nos deja preparados para afrontar un nuevo día de duro recorrido turístico y cruce de avenidas sin semáforos. Quizá las repetidas lecturas del Señor de los Anillos o quizá cierto don natural para la orientación espacial, hacen de Laura una experta guía, capaz de manejar el plano de Roma (y después de las otras ciudades) con eficacia. Cada día nos conduce por intrincados dédalos de calles y callejas, hasta alcanzar los objetivos que previamente nos hemos fijado. Sirva esta mención en el presente cuaderno de bitácora como reconocimiento de unos padres agradecidos y aturdidos como Paco Martínez Soria con su cesta de pollos, a la pericia de su hija muy amada.


Al final de cada calle de Roma hay una plaza y en cada plaza hay una fuente donde el caminante puede reposar y saciar su sed con el agua romana, fresca y agradable, que llega a la ciudad desde las montañas cercanas a través de los acueductos que hizo construir el cónsul Apio Claudio el ciego, en la época republicana. Hay también por lo menos una iglesia en cada plaza. Y en las plazas grandes dos o tres iglesias. En las guías turísticas aparecen sólo las más importantes, pero cada pequeña iglesia desconocida y anónima encierra alguna riqueza artística. Los turistas católicos obtenemos mayor placer que los demás al callejear por Roma, porque a los encantos conocidos de la ciudad sumamos las visitas a toda esa infinidad de pequeñas iglesias. Es muy dura la vida del turista. En nuestra cuarta jornada en Roma, se nos ocurre ir al hotel después de la comida, para pasar sesteando y con el alivio de la climatización, las horas más calurosas del día. Grave error: cuando volvemos a la carga, a las siete de la tarde, encontramos las iglesias y los lugares turísticos cerrados. No se concede un solo respiro al sufrido viajero.
Restaurante Santi, en la Vía Daniele Manin, muy cerca de la estación Termini. Calamares fritos, rissotos, espaguetis con almejas, hígado encebollado, pan con ajo, más saltimboca, en fin, cocina típica romana quintaesenciada en un ambiente familiar, como de tasca de pueblo. Todo un hallazgo. Hasta nos planteamos volver al día siguiente.


Es tan exuberante la riqueza artística de esta ciudad que hay libros de arte y calendarios dedicados monográficamente a los elefantes de Roma, los leones, o los perros que pueden encontrarse en pinturas, frescos o esculturas. En una papelería, Laura y Marisol compran un calendario de gatos y otro de angelitos. Veo uno titulado Pisello de Roma, donde aparece en la portada el pene de algún David o algún Apolo.
Poesía:
Il dolore piú dolorosso,
il dolore piú inumano,
sei “pillarse” il pisello
con la tapa dello piano


Roma depara una sorpresa a la vuelta de cada esquina. Vamos de San Juan de Letrán a San Clemente, y al entrar en el patio de la basílica, encontramos a una compañía de ópera ensayando el don Giovanni de Mozart. Allí nos hemos quedado un rato viendo y escuchando, porque era todo un espectáculo. Estrenan la noche siguiente. Otra sorpresa: Pizzería Cucuma, en Vía Merulana, esquina con Vía Poliziano. Comida rápida de calidad. Pizzas, pasta, carne a la brasa, horno de leña. Es un autoservicio frecuentado por romanos que trabajan en el barrio. Un sitio excelente para comer en media hora. El calor intenso y las largas caminatas, poco a poco van minando la resistencia de los fatigados turistas. Los sesenta y cuatro escalones de subida a la basílica de San Pedro Encadenado (la de la estatua del Moisés), terminan de darnos la puntilla en una tarde que seguramente está batiendo records de temperaturas altas. Curiosamente no vemos termómetros por las calles de Roma. Creo que es buena idea que no los haya. Es preferible no alarmar al personal.


Nuestra última velada en Roma la celebramos por todo lo alto en un sitio de postín. Es el restaurante Da Fortunatto, en la Vía del Pantheon. Los rissotti están cremosos, el ossobucco delicioso, el carpaccio fresquísimo se acompaña de un parmesano de lujo y hasta el jamón curado de Parma es de lo mejor. El ambiente es muy agradable y por todas partes hay fotos firmadas de los clientes célebres, entre los que destacan el clan Sinatra y todos los ítalo-americanos de Hollywood. El servicio es impecable y el dueño (preguntar por Mario) se pasa por todas las mesas haciendo amistad con los comensales. Reina en el local un guirigay de torre de Babel (se oyen hablar el inglés americano, el francés, el español, el italiano y quizá el ruso). Las garrafitas de chianti van forradas con hojas de palma y toda la estética del local recuerda a los restaurantes italianos de Chicago que se ven en las películas de gansters y mafiosos. Es muy divertido. Cuando hacemos saber a Mario que no le pagaremos con tarjeta, como hacen casi todos, sino en effetivo, besa los billetes y le falta poco para ponerse a bailar. Risas. Al hotel a descansar y al día siguiente, destino Florencia. Seguiremos allí nuestra crónica.


La vida es un viaje sin origen ni destino. Viaja y disfruta la vida.