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lunes, 19 de noviembre de 2018

MERVYN LeROY. EL SUEÑO AMERICANO




Esa vieja pero mil veces renovada utopía de que América es el país de las oportunidades, se cumplió con creces en el caso de Mervyn LeRoy, un chico judío y listo que, empezando desde lo más bajo, llegó a instalarse en la cima de aquel Hollywood de casi inalcanzables cumbres en su edad dorada. De muchacho vendió periódicos, cantó en tugurios, y en la industria del cine comenzó barriendo los platós, para acabar dirigiendo o produciendo casi un centenar de películas, algunos de los filmes más exitosos de la Warner o la MGM.
Se desenvolvió con idéntica soltura en la comedia, el drama, el musical, el género negro o el cine bélico. Dirigió a las principales estrellas a lo largo de cuatro décadas, y a él se deben descubrimientos tan importantes como los de Lana Turner, Robert Mitchum o hasta el del mismísimo Clark Gable, todavía en la etapa muda. Incluso se atrevió con un peplum del calibre de Quo Vadis, donde no faltaban romanos en minifalda, leones, cristianos ni el emperador Nerón tocando la lira. Los historiadores se rasgaron las vestiduras al contemplar en cinemascope tanto anacronismo junto, pero no importó, porque los cines se llenaron a rebosar, la película batió todos los registros de recaudación, y por si fuera poco, hizo llorar a medio planeta que emocionado, veía incendiarse Roma, y hasta crucificar a San Pedro.
Como homenaje al gigantesco hombre de cine que fue Mervyn LeRoy, os brindamos el enlace para un montaje de música e imágenes sobre Waterloo Bridge, melodrama protagonizado por Vivien Leigh y Robert Taylor, que dirigió nuestro hombre para la Metro en 1940. De fondo, nada menos que la voz de Barbra Streisand, así que clic en la carátula y a disfrutar.

Próxima entrega: Rosalind Russell



viernes, 16 de noviembre de 2018

UN HOMBRE DE FE


Estado de Florida (USA), comienzo de la década de los 90. La escena transcurre a las puertas de una clínica privada en la que se practican abortos. Allí se ha reunido un heterogéneo grupo de antiabortistas. Pertenecen al movimiento pro-vida de América. Unos gritan consignas contra el aborto, otros enarbolan esos carteles rígidos que tanto abundan entre los manifestantes americanos. En los carteles hay fotos de niños, de recién nacidos, y de fetos maduros que muestran rasgos faciales reconocibles y hasta incipientes sonrisas. Ante las cámaras de televisión y los fotógrafos de prensa, despliegan una gran pancarta en la que se interroga: ¿está mal detener el asesinato de bebés inocentes?


Entre los que sostienen la pancarta se encuentra el joven Paul Hill. Su imagen de chico bueno, vestido de Lacoste, rubito, repeinado y con gafitas, viajará de costa a costa en los noticieros. El reverendo Paul Jennings Hill, tiene ya treinta y tantos años, pero aparenta diez menos. Es un ministro presbiteriano casado y con tres hijos, afiliado a la Iglesia de Dios en América, también conocida como Ejército de Dios o como AOG, sus siglas en inglés. Hill no pasa desapercibido para nadie. La reportera de CNN, cautivada por la fotogenia del muchacho, pide a su cámara un primer plano. En los próximos días Paul Hill y su compañero el reverendo Michael Bray, serán entrevistados en telediarios y magazines televisivos. Tendrán oportunidad de dejar meridianamente claras sus convicciones: el aborto es un asesinato. Sea cual sea la edad del embrión, aun cuando sólo tenga el aspecto de un microscópico pelotón de células, se trata de un ser humano provisto de alma inmortal. Acaso cuando crezca será un nuevo Abraham Lincoln o una nueva Marie Curie…


El dedo acusador de Paul Hill y sus correligionarios apunta de manera singular a un hombre, John Britton. El doctor Britton es un prestigioso ginecólogo que dirige la principal clínica abortista de Florida. Britton ha practicado en los últimos años miles de interrupciones del embarazo a otras tantas mujeres. ¡Miles de asesinatos de bebés!, claman escandalizados los antiabortistas. El acoso a su clínica se recrudece por momentos, y el ginecólogo recibe cada día insultos y amenazas de todas clases. Tras algún incidente desagradable, Britton decide contratar un guardaespaldas, James Barrett, un curtido ex policía que conoce bien su oficio.


Pensacola, Florida, 29 de julio de 1994. El doctor Britton sale de su clínica seguido del guardaespaldas Barrett y de la esposa de este último que ese día excepcionalmente ha acompañado a su marido, para ser reconocida por el doctor. En la calle aguarda el reverendo Hill, quizá menos sonriente que en sus apariciones televisivas. Hay en su rostro decisión y en su mano una pistola de esas que los americanos compran en cualquier armería de guardia. Hill dispara, vaciando el cargador entero contra el trío, sin dar tiempo a Barrett a reaccionar. El resultado es la muerte del doctor y el guardaespaldas. La esposa de Barrett sufre graves heridas.

Starke, Florida, 3 de septiembre de 2003. Paul Hill es ajusticiado mediante una inyección letal. Había sido condenado a la pena capital en 1994, y agotados todos los recursos de su defensa, firmó su ejecución el gobernador de Florida, que se llamaba Bush y además era hijo de Bush padre y hermano de Bush hijo. La ejecución estuvo precedida de una enorme polémica.

Paul Hill jamás se mostró arrepentido, y declaró que por su acción esperaba una gran recompensa en el cielo. No apreciaba diferencia moral entre matar un embrión y matar al médico, excepto que el embrión era para él un inocente bebé sin culpa alguna, y el médico un peligroso criminal. Era consciente de haber quitado dos vidas, faltando al quinto mandamiento, y lo lamentaba de veras. Temía incluso que su acción pudiera condenarle al infierno, pero esperaba la benevolencia del Señor, y en todo caso, consideraba la muerte del médico como un mal menor, ya que así consiguió salvar cientos, acaso miles de vidas. Antes de decidirse a matar a Britton, había sopesado todos los factores. Quizá si el doctor hubiera sido más viejo… Pero era relativamente joven. Debían quedarle quince o veinte años de ejercicio profesional, y en todo ese tiempo, quién sabe a cuántos miles de bebés inocentes habría podido asesinar…


Hill fue reconocido por expertos psicólogos y psiquiatras. Todos estuvieron de acuerdo en que no era un psicópata ni estaba loco. Paul Hill era un honrado padre de familia, convencido de haber llevado a cabo una acción desagradable pero necesaria. La muerte del guardaespaldas fue sólo un accidente, un daño colateral que le atormentaba incesantemente. Pero en lo referente al médico, estaba seguro de haber cumplido con su deber. Para él resultaba muy duro todo aquel trance, la cárcel, el corredor de la muerte…, pero alguien tenía que hacerlo, y cuanto antes mejor, para evitar nuevas matanzas de inocentes niños. Hubo quien lo tachó de fanático. Tampoco lo era. Durante el juicio quedó demostrado que Hill vivía la religión sin extremismos, y hasta con moderación. Así lo atestiguaron muchos de sus feligreses, que lo calificaron de comprensivo y tolerante con las faltas ajenas…

En fin. Ocurrió sencillamente que el reverendo creía. Era un tipo sinceramente religioso. En este caso, un cristiano sinceramente religioso, como podía haber sido un sincero judío o un sincero musulmán. Tenía fe. Y su fe lisa y llana, desprovista de fanatismo, le llevó a la convicción de que matar al doctor Britton era una acción justa y necesaria. Así de simple y así de terrible. ¿Quién dijo que las religiones son benéficas? Digámoslo de una vez, y perdone el lector que me ponga sentencioso: las religiones, todas las religiones, además de anacrónicas, son supersticiones absurdas, que pueden llevar y de hecho llevan a menudo a sus seguidores, a cometer actos absurdos y supersticiosos, a incitar el odio, el sufrimiento propio o ajeno, morir o matar. ¿Benéficas?...

Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema. Winston Churchill.




martes, 13 de noviembre de 2018

FERNÁN CABALLERO, LA MÁS ANDALUZA DE TODA SUIZA


Cecilia Böhl de Faber y Larrea, a quien conocemos por su más célebre seudónimo de Fernán Caballero, nació en 1796 en la localidad suiza de Morges. Era hija del cónsul Juan Nicolás Böhl de Faber y de la andaluza Francisca (Frasquita) Larrea. Vivió su primera infancia en España, se trasladó luego unos años con sus padres a Alemania, para regresar a Cádiz a la edad de diecisiete años. A pesar de su origen mixto, Cecilia se sintió siempre española. Cuando comenzó a escribir tomó su seudónimo “Fernán Caballero” de la localidad manchega del mismo nombre, en la provincia de Ciudad Real. A los veinte años se casó por amor con Antonio Planelles, un capitán de infantería con quien se trasladó a la colonia de Puerto Rico. Su apuesto capitán falleció prematuramente, y tras una breve estancia en Hamburgo, regresó a España, afincándose en El Puerto de Santa María. Allí volvió a casarse, esta vez por interés, con Francisco Ruíz, marqués de Arco Hermoso, don Paco, un vejestorio forrado de pasta que quería una esposa joven, guapa y culta para pavonearse con sus amigos en el casino. El marqués, un hombre poco delicado, tuvo la única delicadeza de morirse al poco tiempo, dejando a Cecilia otra vez viuda.

Isabel II
Si las dos primeras veces (una por amor y otra por interés) había elegido bien, la tercera no pudo elegir peor, casándose por tercera vez, quizá por compasión, con Antonio Arrom de Ayala, un tipo patético cargado de deudas que, aunque también murió pronto víctima de la tisis, tuvo tiempo suficiente para dejarla en la miseria de la que ya nunca llegaría a recuperarse. En Sevilla y en Madrid le quedaban amigos influyentes como los duques de Montpensier o la misma reina Isabel. Ellos la protegieron y hasta le brindaron una vivienda digna en unas dependencias del Alcázar de Sevilla. Desgraciadamente la Revolución Gloriosa de 1868 la privó hasta de esa morada. Falleció en la capital andaluza en 1877, sin que ni la pobreza ni el abandono le privaran de sus dos grandes pasiones, la literatura y el amor. Fernán Caballero siguió escribiendo en sus últimos años, y Cecilia Böhl de Faber siguió rodeada de solícitos galanes hasta rendir su aliento postrero.

Duques de Montpensier

En cuanto a su obra, Fernán Caballero representa por sí misma un lúcido ejemplo de la evolución literaria española del XIX. Tras sus comienzos plenamente románticos, su estilo y sus temas derivaron hacia un costumbrismo folclorista genuinamente andaluz, para terminar abrazando el realismo imperante en el último tercio del siglo. Estuvo al corriente de todas las tendencias europeas, quizá porque dominaba cinco idiomas. Se dice que llegó a poseer una de las más importantes bibliotecas de Sevilla, aunque tuvo que deshacerse de ella para poder subsistir. Entre sus novelas cabe destacar La familia de Albareda (1849), La hija del Sol (1851), Clemencia (1852) o Lágrimas (1853). Su incansable labor investigadora en las costumbres y el flocklore andaluz se vio plasmada en obras como Cuadros de costumbres populares andaluzas, Cuentos y poesías populares andaluzas, Relaciones, Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares, Cuentos de encantamiento infantiles o El refranero del campo y poesías populares. Todas ellas son fruto del afán recopilador y el trabajo infatigable de su autora.
Hoy nos complacemos en traer a nuestra biblioteca virtual una versión excelente de su novela La Gaviota, escrita en 1849, que acaso sea la más célebre, importante y acabada obra de Fernán Caballero. Su estilo y su estructura, aunque plenamente costumbristas, se han calificado con razón por muchos críticos como prerrealistas. Haced clic en la portada y sumergíos en la prosa de esta andaluza adoptiva que puso el amor a España por encima del resto de sus demás amores.

El amor verdadero es el más caro de los lujos, porque te puede hasta costar la vida. Fernán Caballero.



viernes, 9 de noviembre de 2018

LA HISTORIA DEL VENDEDOR DE CAMELLOS


Ismail había sido un honrado vendedor de camellos de esos que solo regateaban hasta donde le está permitido a un honrado comerciante de cualquier tipo de género. Procuraba obtener una ganancia razonable de aquellos clientes a los que sabía ricos, pero a cambio hacía un buen precio a los menos pudientes, dejando de ganar dinero, o incluso perdiéndolo en más de una ocasión cuando se las veía con personas verdaderamente necesitadas.
La revolución islámica le dejó sin trabajo, pero Ismail sufrió su pérdida con resignación. Era ante todo un creyente, así que daba por bueno cualquier sacrificio que se hiciera a mayor gloria del Islam. Además Ismail estaba acostumbrado a sufrir. Unas semanas antes de perder su trabajo, había perdido a su querida esposa. Contempló impotente como la pobrecilla agonizaba en el pasillo de un hospital desabastecido, cuyos médicos y enfermeras habían huido del país.

-Igual que las ratas, -pensó entonces-. Huyen porque no tienen la conciencia limpia, pero Alá es grande. Recibirán su justo castigo como todos los infieles. Alá es grande, -repetía como un mantra-, y eso le procuraba algún consuelo.
Eso y su pequeña. Ismail tenía una única hija, un ángel llamado Naima, a la que profesaba el más tierno amor paterno. Si sus piernas y su torturado corazón le seguían sosteniendo era para Naima. Y para Naima eran sus más amorosos pensamientos. El día que cumplió trece años no pudo ofrecerle otra cena que un trozo de pan y unos arenques. Después, sollozando en silencio, la miró dormir durante horas, mientras le acariciaba la mano y le retiraba de la frente un mechón de sedosos cabellos, poniendo un cuidado exquisito para no despertarla. Naima era hermosa como la luna, una belleza morena de ojos de gacela y corazón purísimo.

Ismail estaba decidido a cualquier cosa, incluso a robar, para su pequeña. Pero no fue necesario. La mañana siguiente oyó como llamaban a su puerta, y encontró afuera a la gente de Mansul Billah, el jefe tribal más influyente de la región; un señor de la guerra, como le llamaba la prensa occidental. Mansul era todo un personaje. Su familia descendía del mismo Profeta a través de su hija Fátima. Era por lo tanto uno de aquellos orgullosos y admirables príncipes fatimíes. Cuando le llevaron a su presencia, Ismail inclinó respetuosamente la cabeza. –Te conozco bien Ismail, -le dijo Mansul Billah-, y sé que eres un devoto creyente y un buen patriota.

-Me conoce y sabe quien soy, -repitió para sí Ismail abrumado. Allí mismo juró obediencia a Mansul Billah, el victorioso por la Gracia de Alá. A partir de ese día a él y a su hija no les faltó de nada. A cambio Ismail tuvo que aprender a manejar las armas y tuvo que utilizarlas con decisión. Mató a muchos, pero así es la guerra, se decía. La yihad, mejor dicho. La guerra santa contra los enemigos del Islam, contra los sicarios del mal, y contra quienes niegan la Verdad Revelada.

Cuando Ismail participaba en feroces razzias contra la población civil, cuando veía correr regueros de sangre como riachuelos en el suelo reseco, cuando, como una vez en Kandahar, tuvo que guardar la puerta de un cobertizo mientras Mansul y sus dos cuñados violaban adentro a un puñado de mujeres y de chiquillas supervivientes de su última matanza; Ismail se repetía machaconamente: -¿No es Alá el único Dios, y Mahoma su Profeta?, ¡pues muerdan el polvo sus enemigos y sufran sus mujeres como perras apaleadas a mayor Gloria del Todopoderoso!


Pasaron como una pesadilla aquellos meses de sangrientas orgías, sobre todo porque no quedó en la región prácticamente un solo enemigo de Dios con vida. Más tarde llegó el tiempo de la política. Los políticos, los militares y los señores de la guerra se reunieron una vez, dos, diez, veinte veces. Hicieron pactos primero y después los deshicieron. De vez en cuando un grupo traicionaba a otro. Algún tiroteo, algún muerto… -Para negociar en mejor posición, -era la explicación que daba a Ismail algún hombre de confianza de Mansul, cuando se sorprendía al saber de una u otra escaramuza-.

Con todo ese guirigay de paces a medias, Ismail había vuelto a quedarse sin trabajo. Llegó a pensar seriamente en hacerse policía, y hasta se acercó un día a la cola de la oficina de reclutamiento, sin decidirse a ponerse en ella. De vuelta en su barrio, vio una limusina parada en la puerta de su casa. Le invitaron a subir. Era Mansul Billah. –Has sido elegido Ismail, -le dijo-, y al escuchar aquellas cuatro palabras recorrió al antiguo vendedor de camellos un escalofrío mortal. –Dios te ha elegido entre los mejores hombres de sus ejércitos, para llevar la muerte a sus enemigos. Serás un héroe y un mártir, Ismail, -confirmó el imán sentado junto a Mansul-. Se abrirán para ti las puertas del Paraíso. Serás premiado con la vida eterna en el Dichoso Jardín donde los ríos manan leche y miel. Donde setenta jóvenes e inmaculadas vírgenes te servirán, y atenderán solícitas hasta el último de tus caprichos…


Cuando se acercó a la oficina de reclutamiento Ismail temblaba como una hoja. Sudaba tan copiosamente que se nublaron sus ojos y le escocían horriblemente, hasta el punto de impedirle mantenerlos abiertos más allá de un parpadeo. Iba cargado de muerte. Treinta kilos de explosivo plástico y un detonador que debía activar al alcanzar el interior del edificio. Al final de la calle interminable, fuera del alcance de la detonación, le pareció adivinar entre dos polvorientos montones de cascotes ruinosos, el morro de la limusina de Mansul. Voy a morir, -pensó un instante-. Pero la muerte nos igualará a todos. Mi Jardín del Paraíso no será inferior al tuyo ni en el menor detalle.
Esa idea le reconfortó. Caminó unos pasos más… Uno de los guardias armados reparó entonces en él. Ese es un antiguo vendedor de camellos llamado Ismail. Yo lo conocía y lo trataba hace años. Pero… ¿qué lleva bajo la ropa? Camina como si fuera arrastrando un peso. La idea del atentado se encendió en la mente del guardia como una luz repentina y providencial.
Le dio el alto una vez, dos… La gente de la cola comenzó a huir en desbandada. Ismail no oía ni veía. Siguió caminando. El guardia se parapetó tras una vieja camioneta. Apuntó su fusil con cuidado. Apretó el gatillo. Ismail solo notó un extraño zumbido, e inmediatamente… nada. Nada en absoluto.


Luego, como si despertara de un profundo sueño, se halló en el Paraíso.


Miró a su alrededor. Era todo exactamente como el imán le había dicho. En el Jardín celestial no faltaba ninguna flor que habitara la Tierra en el pasado, el presente o el futuro. Su hermosura superaba todo cuanto pueda expresarse con palabras. Deliciosos y fragantes arroyos corrían como hilos de vida. Ismail probó sus dulcísimos néctares. En efecto, cremosa leche y miel purísima. Y por supuesto, allí estaban sus setenta vírgenes. Rubias, morenas, castañas, pelirrojas… Todas hermosísimas y todas apasionadas. ¡Gran Dios! ¡Todo era verdad! ¡Alá premia a sus mártires como merecen!


Subido en un pequeño cerro de su Jardín, contempló Ismail las parcelas colindantes. ¡Que bien planeado!, -pensó-. ¡Todas son del mismo tamaño! Miró la parcela de su derecha… y allí vio a Mansul Billah. ¡Caramba, qué sorpresa! Resulta, -e Ismail lo supo inmediatamente, porque los elegidos conocen por ciencia infusa todo lo que debe conocerse-, que Mansul murió a las pocas horas de la explosión abatido por un comando especial de una agencia americana en una de esas operaciones a las que ponen nombre de película (zorro rojo, o algo por el estilo).

-¡Cuánta razón tenía cuando pensé que la muerte nos iguala a todos!, -exclamó-, y después, elevando una voz prodigiosamente melodiosa (téngase en cuenta que se había convertido en un bienaventurado), inició un cántico repetitivo y místico: ¡Alá es grande!, ¡Alá es grande!, ¡Alá es… ¡pero, será posible lo que contemplan mis ojos! Ismail se los frotó incrédulo, pero lo cierto es que no le engañaban. Ahora su visión era perfecta, como el resto de sus sentidos. De hecho podía ver nítidamente a través de distancias siderales. En la parcela de Mansul estaba viendo a Naima, su querida hija.

En efecto. A cada justo le corresponden setenta hermosísimas vírgenes, y todo el mundo se hace cargo de lo difícil que resulta encontrar vírgenes hermosas. Naima, que era virgen y era bella como un amanecer, tocó en suerte a Mansul. Ismail corrió hacia la verja que separaba las dos parcelas. ¡Naima!, -gritó-, y su hija, con un gesto de sorpresa indecible, le reconoció al instante. ¡Ven aquí, -le apremió Ismail-. Naima se apresuró a abrazar a su padre, y en un santiamén se halló en sus brazos al otro lado de la verja.
Ambos disfrutaron unos días de la leche, de la miel y del fragante aroma de las flores. A Ismail, teniendo con él a su pequeña, le parecía indecente gozar de sus setenta vírgenes a pesar de lo mucho que todas solicitaban sus atenciones, sobre todo cuando no cesaban de escucharse gemidos provenientes de la parcela vecina.


Mansul Billah por su parte, disfrutaba como un camello en la charca de un oasis hasta que cierto día, algunas de sus muchachas repararon en que no dejaba de contarlas una y otra vez. ¡Sesenta y nueve!, fue el sorprendente resultado. Luego se fue derecho a la verja y empezó a contar las vírgenes de Ismail. ¡Setenta y una!, rugió ciego de ira. Pidió audiencia con el Profeta (no se olvide que era descendiente suyo). Tras alguna deliberación y hasta una consulta al patriarca Abraham, la conclusión no pudo ser otra: Ismail había osado robar una virgen a su vecino. Un caso sin precedentes en el Paraíso, que sin duda merecía ejemplar castigo.

Poco tiempo después Mansul había disfrutado ya innumerables veces de la agradable compañía de sus ciento cuarenta vírgenes. En ese momento se encontraba con la pequeña Naima en los brazos. Era su preferida, acaso porque temblaba como una gacela, y le recordaba los goces de cierto cobertizo en Kandahar. Mansul apartó un poco las nubes y miró un instante a aquel desdichado Ismail que se consumía en los infiernos. En ese momento estaba siendo sodomizado por una tropa de babuinos de tamaño colosal. No pudo evitar un breve sentimiento de compasión, pero lo desechó al instante. Después de todo, como escuchó a Abraham decirle al Profeta: no puedes fiarte nunca de los perros callejeros; a veces les ofreces pan y te muerden en la mano.


Ismail vendía camellos, la religión vende camelos.

Ser ateo no te hace más inteligente, simplemente te libra de creer a pies juntillas las estupideces que te cuentan curas, imanes, rabinos y otros charlatanes semejantes.



martes, 6 de noviembre de 2018

ARCHAEOPTERYX LITHOGRAPHICA: LA ASOMBROSA HISTORIA DEL DINOSAURIO EMPLUMADO



El año 1861 marcó un hito en la historia de la Paleontología. Los obreros de una cantera de Solnhofen, en el sur de Alemania, estaban cortando unos bloques de calizas cuando una de las planchas reveló el esqueleto casi completo de un archaeopteryx, la primera ave de que se tiene noticia, al menos hasta el presente. No solo estaban los huesos prácticamente intactos, sino que además la piedra tenía estampada la impresión de las plumas. Eran unas plumas inequívocamente aviares, y estaban situadas en los lugares apropiados: las alas y la larga cola.

Un segundo espécimen más completo aun, se halló en el mismo lugar en 1877. Desde entonces se han encontrado cuatro ejemplares más, todos pertenecientes sin duda a la misma especie, que fue bautizada como archaeopteryx lithographica (el pájaro arcaico grabado en la piedra). Es hasta ahora la única especie conocida del género archaeopteryx, que a su vez es el único género de la subclase arqueonites (pájaros antiguos), que junto a sus primos lejanos odontornites (pájaros con dientes), completan el grupo (la clase, para ser exactos) de las que en romance llano llamamos aves primitivas no voladoras. Todas las rocas de los hallazgos datan de finales del jurásico, y tienen una antigüedad de unos 150 millones de años.


El tamaño de archaeopteryx era similar al de una tórtola moderna. Tenía la cabeza relativamente pequeña y las cuencas oculares muy grandes, lo que sugiere una visión excelente, quizá adaptada a la vida nocturna. El pico dotado de agudos dientes y la larga cola ósea compuesta por numerosas vértebras, son rasgos típicos de los celurosáuridos, pequeños dinosaurios carnívoros.
Archaeopteryx quizá se alimentaba de pequeños lagartos, o más probablemente de insectos. Las extremidades eran largas y delgadas, con tres dedos (como las palomas) en cada una de las manos, y con los pies típicos de las aves. Los huesos distales de las patas eran largos, lo que le permitiría correr a bastante velocidad. El esqueleto desprovisto de plumas podría pasar por el de cualquier celurosáurido a no ser por la típica espoleta aviar formada por la unión de las clavículas. Ese detalle y naturalmente, el abundante plumaje de las alas y la cola, convierten a archaeopteryx en una auténtica transición entre dinosaurio y ave, el eslabón perdido hallado en las minas alemanas.

Existe controversia sobre si nuestro dinosaurio alado podía volar. En contra del vuelo está su pequeño esternón desprovisto de quilla, la estructura donde se insertan los potentes músculos pectorales de las aves voladoras actuales. Según esta versión, archaeopteryx debía trepar a los árboles ayudándose de sus potentes garras, para luego lanzarse planeando de un árbol a otro y tal vez capturar insectos con sus alas desplegadas. Sin embargo, las plumas de archaeopteryx presentan una estructura y una distribución sobre las alas tan parecidas a las de las aves actuales, que parecen inclinar la balanza a favor del vuelo. Puede que este vuelo no fuera tan poderoso y eficaz como el de sus descendientes emplumados, pero no cabe duda de que nuestro amigo estaba hecho ya todo un pájaro de cuenta.


Algunos escritores consiguen que haya más lectores. Otros sólo consiguen que haya más libros.  Jacinto Benavente.


viernes, 2 de noviembre de 2018

FELIU ELIAS (APA) EN LA PREHISTORIA DEL CÓMIC ESPAÑOL



Feliu Elias i Bracons, que firmó sus trabajos con el seudónimo de Apa, fue uno de los más ilustres pioneros de la ilustración cómica. Nacido en Barcelona en 1878, comenzó dibujando en la revista ¡Cu-Cut!, y poco después fue uno de los fundadores de la mítica Papitu. Realizó también muchos encargos publicitarios y durante casi dos décadas, en los años veinte y treinta, dibujó una viñeta diaria en el periódico barcelonés La Publicitat. Apa fue además un reputado crítico de arte, y hasta hizo sus pinitos en la pintura “seria” donde destacó como bodegonista y paisajista. Fue también un importante autor de retratos y otros temas que podríamos encuadrar en el expresionismo costumbrista.
Pero lo más interesante en la carrera de Apa fue sin duda su faceta de caricaturista e ilustrador gráfico. En la etapa republicana se implicó de forma entusiasta en el nacionalismo catalán, y durante la guerra civil, a raíz de la publicación de alguno de sus trabajos, se situó en el punto de mira de los anarquistas, por lo que huyó a Francia, donde residió hasta su fallecimiento en 1948.
En nuestro histórico repaso traemos hoy una selección de sus viñetas que esperamos os agraden.