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lunes, 24 de febrero de 2020

LUIS CARRILLO Y SOTOMAYOR. SOLDADO, POETA, ANDALUZ Y ENAMORADO



Luis Carrillo y Sotomayor nació en la ciudad cordobesa de Baena. Sus biógrafos difieren en la fecha, 1582, 1584 o 1585. De familia noble, fue hijo de Fernando Carrillo y hermanastro de Alfonso Carrillo Lasso de la Vega. Estudió en Salamanca y se decidió desde muy joven por el ejercicio de las armas, llegando a ostentar en las galeras el cargo de cuatralbo, término que designaba al oficial al mando de cuatro navíos. Luchó en las guerras contra los levantamientos moriscos en Laguar y en Los Alfaques. Fue caballero de la orden de Santiago, como Quevedo, que fue gran admirador suyo. Su prematura muerte (Puerto de Santa María, 1610) le impidió ejercer el cargo de comendador en Fuente del Maestre, que había alcanzado poco antes. Fue amigo y protegido de Alonso Pérez de Guzmán, conde de Niebla, lo mismo que Luis de Góngora. Francisco de Quevedo y Antonio de Monroy le dedicaron sendos epitafios.

Sabemos muy poco acerca de otros aspectos de su biografía. Debió contar con varias enamoradas entre las damas andaluzas, aunque supo callar discretamente sus identidades, encubriéndolas en sus sonetos amorosos con los nombres poéticos de Lisi, Celia o Laura, usuales todos ellos en los versos de su tiempo. Está enterrado en la capilla de San Pablo de la catedral de Córdoba.
A pesar de su corta vida, Carrillo y Sotomayor realizó una importante producción poética, en la que figuran prácticamente todas las formas del verso, sonetos, églogas, romances, canciones, epitafios, décimas, liras, coplas, letras y redondillas. Seguidor de Garcilaso, como todos los poetas de su tiempo, es autor de una poesía muy elaborada, quizá algo alambicada y no desprovista de ingenio, a medio camino entre lo renacentista y lo barroco, precursora del culteranismo y del conceptismo que imperarían durante las décadas posteriores. Su obra poética completa fue editada por Dámaso Alonso en 1936.

También destacó Carrillo como latinista, traduciendo a Ovidio y a Séneca. En cuanto a su obra en prosa, sólo conocemos una, su Libro de la erudición poética, publicado por su hermano Alfonso en 1611, poco después de su muerte. Es un tratado en el que el autor viene a definir a grandes rasgos las características y las bases de la estética barroca, por lo que puede considerarse todo un manifiesto. Es la obra que precisamente nuestra Biblioteca Bigotini hoy pone a vuestra disposición en su edición digital. Haced clic en la portada y disfrutad la erudición de Luis Carrillo y Sotomayor, soldado, poeta, andaluz y enamorado.

¡Con qué ligeros pasos vas corriendo, oh cómo te me ausentas, tiempo vano! Luis Carrillo y Sotomayor.



jueves, 20 de febrero de 2020

SEXO ORAL: FILIAS Y FOBIAS


El sexo oral en sus dos variantes principales, cunnilingus y felación, es una práctica bien conocida desde antiguo. A juzgar por lo representado en algún papiro egipcio, en la tierra de los faraones se consideraba todo un arte. Encontramos abundantes referencias literarias en Las mil y una noches, así como en el arte japonés. Tampoco es exclusivo de nuestra especie, el sexo oral es practicado por otros mamíferos, y no sólo simios. Es común entre cánidos, félidos, muchos herbívoros y ciertos roedores. A juzgar por las encuestas de mayor fiabilidad  de que disponemos, se trata de una práctica que tiene defensores y detractores. Entre gays y lesbianas se encuentra muy extendida, mientras que entre las parejas heterosexuales resulta menos frecuente.


Un estudio publicado en 2017 por el Journal Sex of Medicine arrojó que el 30% de los varones de cualquier tendencia no lo habían practicado nunca. Otro estudio de The Canadian Journal of Human Sexuality concluye que sólo el 28% de las mujeres menores de 25 años reconocen disfrutar con el sexo oral, mientras que a partir de los 40 años, la cifra se eleva por encima del 80%, lo que parece llevar a la conclusión de que tal como decía la copla, “el que lo prueba repite”.
El sexo oral, sustituyendo a la penetración,  se ha utilizado cómo una forma segura de evitar los embarazos, si bien no está exento de otros riesgos como el contagio del virus del papiloma humano, candidiasis y otras enfermedades de transmisión sexual, cuando no se observan unas normas higiénicas elementales.


Lo cierto es que la práctica tiene un número importante de detractores. Muchas mujeres y no pocos hombres alegan sentir aversión por el olor y el sabor de los genitales, aspectos que sin embargo, excitan a otras muchas personas. Existen también prejuicios de índole cultural derivados sobre todo de la educación religiosa. Las referencias al sexo oral contenidas en documentos sobre procesos inquisitoriales y en textos religiosos en general, lo estigmatizan y califican de abominable. En ocasiones se identifica el sexo oral con la pornografía, lo que le confiere un matiz peyorativo. No puede negarse que en la felación se escenifica cierto grado de sometimiento poco acorde con la cada vez más extendida (afortunadamente) aspiración de igualdad.
Se trata en definitiva de una cuestión cultural y educativa, muy relacionada con el pudor, con la vergüenza de mostrar y manipular los genitales que se ha establecido en la mayor parte de las sociedades que consideramos civilizadas. Si en determinados ámbitos el sexo en general se ha considerado, y en ocasiones aun se considera algo sucio y pecaminoso, no puede asombrarnos que ciertos juegos sexuales y el sexo oral de forma especial, se considere sucio también.

El viejo profe Bigotini, con esa nariz inmensa, tiene serias dificultades para practicar ese tipo de juegos. Pensándolo bien, digamos que tiene serias dificultades así, en general, hasta para saborear un sencillo plato de spaghetti, pongo por caso. Es ocioso decir que al pobrecillo le están vedados otro tipo de manjares más exquisitos. ¡Qué lástima!

Es bien curioso que se llame “sexo oral” a una práctica en la que resulta tan difícil hablar. Woody Allen.



lunes, 17 de febrero de 2020

EL REPARTO DE LOS ELEFANTES



Me vais a permitir que hoy nos ocupemos del pensamiento abstracto. Para eso voy a contaros un cuento parecido, aunque solo sea en la ambientación, a aquel tan hermoso que el poeta nicaragüense Rubén Darío dedicó una vez a Margarita.

Allá por el tiempo de Maricastaña, en el lejano y exótico reino de Repartoproporcilandia, un poderoso majarajá, siguiendo la ancestral costumbre de sus mayores, quiso repartir su magnífico rebaño de elefantes entre sus tres hijos. Según la tradición, debía corresponder la mitad del rebaño a su hijo mayor, la cuarta parte al hijo mediano, y la sexta parte al más pequeño. Así que el majarajá convocó a toda la corte, y anunció con gran solemnidad su intención de repartir de esa manera entre sus hijos, aquellos elefantes de los que se sentía tan orgulloso. Desde hacía siglos, sus antecesores lo habían hecho siempre de esa manera, fuera cual fuera la cantidad de objetos preciosos que se pretendiera repartir.

Bueno, pues el majarajá, sentado en su trono dorado en la plaza principal de Repartoproporcinópolis, proclamó con voz grave: es mi deseo repartir mis magníficos once elefantes entre mis queridos hijos. A mi hijo mayor le corresponderán la mitad, es decir…, es decir…, repitió vacilante… y de repente comprendió que la mitad de once son cinco y medio, y que no podía partir por la mitad uno de aquellos excelentes animales. El majarajá miró a su alrededor, como implorando ayuda. Los cortesanos evitaron su mirada avergonzados. Pero los majarajás no se arredran fácilmente, así que sin inmutarse, prosiguió: del reparto, que tendrá lugar pasado mañana, durante el festival de la luna, se encargará mi fiel gran visir, he dicho. Y se quedó tan ancho.

El majarajá se retiró muy digno a sus aposentos, y el pobre visir sufrió un desmayo. ¡Menuda papeleta! ¡Cómo iba a repartir los once elefantes! Sin embargo, el visir era un tipo instruido e ingenioso. En cuanto se repuso de la impresión, comenzó su trabajo. La luna ya estaba en un creciente avanzado, faltaban sólo dos días para el festival, y había que actuar rápidamente. El visir reunió todos sus ahorros, pidió prestado a amigos y familiares, empeñó hasta la camisa para conseguir dinero suficiente, y comprar… otro elefante.
Llegado el momento del reparto, el visir se presentó con doce elefantes. Entregó seis al hijo mayor, es decir, la mitad; tres al hijo mediano, es decir, la cuarta parte; y dos elefantes al más pequeño, es decir, la sexta parte. El visir cumplió así su misión a satisfacción de todos. Pero la suma de 6 + 3 + 2, es igual a 11, así que como sobraba el duodécimo elefante, el visir lo revendió y recuperó su dinero. Los repartoproporcilandeses quedaron pasmados, y puede que alguno de vosotros también.

¿Qué había ocurrido? Sencillamente el visir que conocía al dedillo los viejos textos sagrados, encontró un versículo en el Gran libro de la sabiduría que decía: cualquier número entero (par o impar), fraccionario, irracional, positivo o negativo, es igual a la suma de su mitad, su tercera y su sexta parte. Para que también vosotros lo tengáis claro, aquí van unos cuantos ejemplos:

50 = 50/2 + 50/3 + 50/6 = [ 50.3 + 50.2 + 50.1 / 6 ] =
= [150 + 100 + 50 / 6 ] = 300/6 = 50

1/2  = (1/2 : 2) + (1/2 : 3) + (1/2 : 6) = 1/4 + 1/6 + 1/12 =
= (3 + 2 + 1 / 12) = 6/12 = 1/2

x = x/2 + x/3 + x/6 = [ 3x + 2x + x / 6 ] = 6x/6 = x

V2 = V2/2 + V2/3 + V2/6 = [3V2 + 2V2 + V2 / 6 ] = 6V2/6 = V2

Esto funciona con cualquier número, sea el que sea. Cambiad en el primer ejemplo 50 por 55 o por el número impar que se os antoje, y veréis que también se cumple la igualdad. Podéis hacerlo con la raíz cuadrada de menos uno coma cero tres, podéis hacerlo con pi o con un billón de billones. Siempre funciona…
En este caso concreto, como ya os habréis dado cuenta, la dificultad estaba en que al segundo hijo no había que darle la tercera, sino la cuarta parte, y claro, eso complica las cosas hasta el punto de poner seriamente a prueba el ingenio del visir, que debe utilizar el recurso de añadir un elefante. Pensad en ello, y por si os animáis a enviar un comentario, aquí os dejo un problema parecido. Ahora que ya os ha sido revelado lo que dice el Gran libro de la sabiduría, os resultará más fácil:

Repartir 35 caballos entre 3 herederos, de forma que toque al primero la mitad, al segundo la tercera parte, y al tercero la novena parte. ¡Hala, a ejercitar las conexiones neuronales!

Yo no reparto elefantes. Prefiero cazarlos.  Un majarajá emérito de por aquí.



viernes, 14 de febrero de 2020

MARTIN BRANNER. DEL BAILE AL CÓMIC



Martin  Branner fue un neoyorquino nacido en 1888. Su juventud fue tormentosa, se fugó de la casa paterna a los dieciocho años para largarse con su novia, Edith Fabrini, una bailarina de vodevil. Junto a ella protagonizó un número de baile que les llevó de gira por diversos teatros y locales de variedades, llegando incluso a actuar en el Palace de Nueva York, donde ganaban 400 dólares por actuación, una suma que entonces era más que considerable. A punto de iniciar una gira por Europa, estalló la Gran Guerra. La gira se anuló y Martin se alistó en el ejército. Al regresar a América en 1919, encontró a su novia liada con otro, encontró también que habían cambiado los gustos del público del music-hall, y en vista de que entre la tropa habían tenido mucho éxito sus dibujos y caricaturas, se decidió por dedicarse a la historieta.
Sus primeros personajes fueron Looie the Lawyer, un abogado calvo, y Pete and Pinto, una divertida pareja. Estas series aparecieron en el World, el Sun y el Herald, tres diarios neoyorquinos, hasta que en 1920 fichó por el Chicago Tribune, que en ese tiempo era como el Evangelio de las tiras cómicas. Llegó entonces Winnie Winkle, su serie más exitosa, una family strip cuya protagonista sufría las gamberradas de su hermano Perry, un muchacho completamente idiota, paradigma de los jóvenes descerebrados que tanto abundaron en los felices veinte. Branner se consagró a esta serie durante más de cuarenta años. Uno de sus ayudantes en la década de los treinta fue un joven francés llamado Robert Velter, que más tarde regresó a su país y allí, firmando con el acrónimo Rob-Vel, creó en 1938 a su personaje Spirou.
Martin Branner se retiró en 1962 por motivos de salud, y falleció en 1970. En nuestra Historia de la historieta os ofrecemos una selección de sus trabajos. Esperamos que sean de vuestro agrado.




















lunes, 10 de febrero de 2020

SPENCER TRACY, AQUEL IRLANDÉS CASCARRABIAS



Spencer Tracy fue uno de los actores más sólidos y versátiles del Hollywood de la edad dorada. Desde sus primeras actuaciones aun en el cine mudo, hasta sus inolvidables protagonistas para la MGM, productora de la que fue todo un emblema durante más de veinte años, Tracy supo llenar la pantalla como ningún otro actor. Nadie como él sabía fruncir el ceño de esa forma suya tan característica que preludiaba el puñetazo en la mandíbula del villano. Nadie como él supo reír y hacernos reír en las comedias que protagonizó junto a Katharine Hepburn, la mujer de su vida, la única capaz de aguantar sus continuas borracheras y su mal humor cuando no estaba frente a una cámara.
Tracy nos enterneció en Capitanes intrépidos, nos mantuvo en tensión durante hora y media en Treinta segundos sobre Tokio, nos heló la sangre en El extraño caso del doctor Jeckyll, nos divirtió hasta la carcajada en La costilla de Adán o en La mujer del año, nos emocionó combatiendo la superstición en Herencia del viento
En Adivina quién viene a cenar esta noche, volvió a dar a todos una lección interpretativa, ya para entonces cubierto de canas y de arrugas, porque en aquel tiempo las estrellas no se hacían desfigurar grotescamente como las de ahora.
Rendimos un modesto homenaje a la figura y la estatura de este gigante de la escena con el enlace para visionar un breve reportaje sobre el gran actor, narrado por Burt Reynolds. Clic en la ilustración y disfrutad unos minutos con el recuerdo del inolvidable Spencer Tracy.

Próxima entrega: Katharine Hepburn



viernes, 7 de febrero de 2020

BALTASAR CARLOS. LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE


Velázquez. El príncipe Baltasar Carlos a caballo
El 16 de octubre de 1629 nació en Madrid el príncipe Baltasar Carlos de Austria, hijo primogénito de Felipe IV y de Isabel de Francia, su primera esposa. Le llevó en brazos al bautizo doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de Olivares y esposa del conde-duque, todopoderoso valido del monarca.
Desde su más tierna edad, Olivares se ocupó personalmente de su educación, lo que dio lugar a muchas habladurías sobre la paternidad del pequeño príncipe que se encargaron de airear muchos cortesanos ilustres y hasta poetas como el mismo Francisco de Quevedo. Probablemente esos rumores cobraron fuerza entre el pueblo porque en esa época la inmensa mayoría de la gente no conocía a sus príncipes y gobernantes. La verdad es que no hay más que ver el retrato del muchacho a los catorce o quince años, obra de Juan Bautista Martínez del Mazo, para desmentir cualquier rumor, porque a esa edad, Baltasar Carlos mostraba ya el acentuado prognatismo y el semblante característico de su padre Felipe IV y del resto de los Austria.

Martínez del Mazo. Retrato del príncipe Baltasar Carlos

Velázquez. Lección de equitación del príncipe.
El personaje de pie con calzas claras es el
conde -duque de Olivares
Lo cierto es que, con independencia de los genes, el príncipe demostró desde bien pequeño excepcionales cualidades. Era un chico de inteligencia viva, agudo ingenio y cordialísimo trato, al decir de todos cuantos le trataron. Su tutor, el conde-duque, estaba orgulloso de él, lo mismo que la condesa y el resto de los cortesanos. En 1632, ante la nobleza y las Cortes de Castilla y en lucidísima ceremonia, fue jurado como Heredero de su Majestad i Príncipe de los Reinos de Castilla i León i los demás desta Corona a ellos sujetos, unidos, incorporados i pertenecientes. Se prometió a la archiduquesa Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y prima hermana suya.
Su padre Felipe, el rey pasmado, ajeno a casi todas las materias de la gobernación del reino, al parecer se quejó alguna vez a Olivares de lo poco que podía tratar al príncipe. El valido le daba largas, convencido como estaba de que el ambiente de palacio no resultaba nada conveniente para su pupilo.

En 1645 el príncipe fue jurado como heredero por las Cortes de Aragón y de Valencia, y en 1646 por las de Navarra. Olivares dispuso que Baltasar Carlos residiera durante su juventud en Zaragoza. Consideraba el valido que el trato franco de los nobles aragoneses y la calidad de los maestros y preceptores zaragozanos convenían más a la educación del príncipe que las maneras melindrosas de la corte madrileña. El caso es que el joven disfrutó en la capital del Ebro de los mejores días de su corta vida. En sus sotos practicó la equitación, y otros ejercicios, sobresaliendo en todos cuantos emprendió. Sus maestros le consideraban también muy versado en asuntos políticos, gobernación del reino y materias de estado. A Zaragoza se trasladaron con él los cortesanos de mayor confianza del conde-duque, entre otros Diego Velázquez, entonces pintor de cámara, que en Zaragoza tuvo oportunidad de inmortalizar la rotura de su puente de piedra tras una histórica riada.

Velázquez. Vista de Zaragoza en 1646 tras la riada que destruyó el puente de piedra

Velázquez. Mariana de Austria
El 5 de octubre de 1646, el príncipe se sintió enfermo. Las viruelas que contrajo resultaron fulminantes, acabando con su vida la noche del día 9, sólo cuatro días más tarde. Se truncó así la última esperanza no sólo de Olivares, sino de España entera, de contar con un monarca prudente, inteligente y ponderado. Las tristes consecuencias de su muerte son bien conocidas: habiendo perdido Felipe IV a su único heredero varón, se desató la crisis dinástica. El rey se casó con Mariana de Austria, su sobrina, que había sido prometida del príncipe, y que tenía sólo doce años. De tan desigual unión sobrevivieron nada más la infanta Margarita Teresa, que se desposaría con el emperador Leopoldo I, y el futuro Carlos II de España, de desgraciada vida, triste recuerdo y funestas consecuencias para España.

El juego de lo que pudo haber sido y no fue es un ejercicio inútil que no conduce a ninguna parte ni produce otros frutos que la melancolía. A pesar de ello, nuestro viejo profe piensa a veces en el malogrado príncipe Baltasar Carlos, y frotándose tristemente esa enorme nariz, exclama: ¡qué gran oportunidad perdida!

La alternancia fecunda el suelo de la democracia. Winston Churchill.



martes, 4 de febrero de 2020

RUBÉN DARÍO, EL POETA VIAJERO



Félix Rubén García Sarmiento, que adoptaría el sobrenombre literario de Rubén Darío, nació en Metagalpa, Nicaragua, en 1867. Sus padres se separaron al poco de nacer él, y Rubén se crió con sus tíos en la ciudad de León. Fue un niño de inteligencia viva, y publicó su primer poemario a los trece años. Sus primeras influencias literarias fueron los poetas románticos españoles, y sobre todo, la obra de Víctor Hugo. A pesar de cursar estudios con los jesuitas, se inclinó por las ideas liberales. Pese a su juventud, pronto se convirtió en una celebridad en su país. Residió por algún tiempo en El Salvador, contrajo la viruela y regresó a Nicaragua, para embarcarse hacia Chile, donde fue recibido ya como autor consagrado.

En Valparaíso y en Santiago se relacionó con poetas como Eduardo de Barra o Pedro Balmaceda. En Valparaíso publicó su poemario Azul, que muy pronto se convirtió en una especie de manifiesto de la recién nacida corriente modernista, movimiento del que Rubén Darío fue el principal representante en lengua española. A instancias de Juan Valera, comenzó a escribir para el diario madrileño El Imparcial, comenzando así su relación con España, que sería intensa y prolongada. Como corresponsal del diario bonaerense La Nación, viajó por gran parte de Hispanoamérica. En San Salvador se casó con la hondureña Rafaela Contreras. Tras hacer escala en La Habana, se embarcó hacia España, desembarcando en Santander. En Madrid frecuentó a las principales figuras políticas y literarias del momento, deslumbrando con su personalidad arrolladora a Núñez de Arce, Zorrilla, Valera, Menéndez Pelayo o la Pardo Bazán, entre otros.

Enviudó en 1893, reanudando al poco tiempo su vieja relación con Rosario Murillo, su primera novia nicaragüense. Residió sucesivamente en Panamá, Nueva York y París, donde conoció a Paul Verlaine, el poeta que más había influido en su obra, aunque esta relación resultó para Rubén una gran decepción, y después de una intensa etapa en Argentina, regresó a España tras el desastre colonial de 1898. Sus crónicas para La Nación de esa época, reflejan una profunda simpatía por España y los españoles, lo que contribuyó aun más a agrandar entre nosotros su figura literaria y humana. Trató a literatos como Valle-Inclán, Benavente, Juan Ramón, Villaespesa o Carrere. Pasó unos años alternando residencia entre Madrid y París, y en la Casa de Campo madrileña conoció a Francisca Sánchez del Pozo, la hija del jardinero, una muchacha analfabeta de la que se enamoró perdidamente. Viajó con ella a París, le enseñó a leer y a escribir, tuvo con ella cuatro hijos y resultó ser en definitiva, el amor de su vida, a pesar de que seguía legalmente casado con Rosario Murillo.

Conoció en París a Amado Nervo y a Antonio Machado. Convertido ya en una celebridad mundial, Darío regresó a su Nicaragua natal, donde por fin fue recibido como un héroe nacional. Fue nombrado embajador en el Méjico pre-revolucionario de principios de siglo, siguió con sus incesantes viajes entre Europa y América, deteriorándose su salud por su adicción al alcohol. Derrochó todo su dinero y contrajo innumerables deudas. Falleció en la nicaragüense ciudad de León, en la que había transcurrido su infancia, en 1916. Dejó a Francisca y a su único hijo superviviente en la miseria más absoluta. En 1956, Francisca Sánchez donó al gobierno de España el archivo del poeta, que se conserva en la biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid.


En lo literario, Rubén Darío destaca por la renovación del lenguaje poético, mediante términos y figuras retóricas que se han convertido ya en parte sustancial de toda la poesía posterior. Su ritmo, que puede calificarse de musical, y el erotismo que constituye el eje esencial de su obra poética, convierten a Darío en un clásico imprescindible de la poesía y de la literatura en lengua española.
Su ingente obra, tanto en verso como en prosa, forma parte de la columna vertebral de nuestra literatura. Hoy en Biblioteca Bigotini os ofrecemos el enlace (clic en la portada) para acceder a la versión digital de su poema Margarita, acaso el más conocido y reeditado de Rubén Darío, una pieza deliciosa que se recuerda porque durante años ha aparecido en toda clase de antologías y reseñas del autor, sobre todo en los libros escolares. Disfrutad los versos de este poeta mayúsculo.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte. Con el fuego interior todo se abrasa. Rubén Darío.