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domingo, 17 de diciembre de 2017

JENNY, LA CHICA SIN APELLIDO


Las hay turbias como los amaneceres neblinosos
Mi viejo y querido tío Oscar me dijo un día: muchacho, para enamorar a una chica basta con que la hagas sonreír. Puse en práctica aquel sabio consejo, pero me salió el tiro por la culata. En cuanto una mujer me sonríe, soy yo quien se enamora de ella como un colegial. Posiblemente por ese motivo mi situación sentimental ha sido siempre la de un pianista de burdel, que atiende a todas las pupilas por igual, intentando no provocar los celos de ninguna.
Ocurre que ese peregrinaje sonámbulo por las camas de pago, te lleva a conocer a putas de todas clases. Las hay turbias como los atardeceres neblinosos, chicas desgraciadas que arrastran su oscuro pasado como un fardo. Tienen cicatrices en la cara y en el alma, ojos soñadores y vaginas gonorréicas. Parecen recién desembarcadas de un junco pirata del mar de China.
También están las odiosas Lolitas superficiales de pelo oxigenado y felaciones de goma de mascar. En el gremio puteril son como esas malas novelas, escritas por juntaletras que desprecian la literatura, y leídas con avidez por lectores sin escolarizar. Novelas baratas, putas de escaparate, polvos con be, bragas con uve, efímeros analfabetismos de diez minutos...

Polvos con be, bragas con uve...

Eran una pareja interracial
en una sociedad intolerante
La pobre Jenny no era ni lo uno ni lo otro. Apenas sonreía, pero cuando lo hacía, aunque fuera una sonrisa forzada, te enamoraba para toda la noche. No tenía apellido. Quizá no lo usaba para que no se le gastase. Hacía lo mismo con las medias, que siempre se quitaba antes de follar, con un cuidado litúrgico, o con el medio cigarrillo que reservaba para después en el cenicero. Una noche la encontré sentada en su taburete de siempre, acodada en la barra del Majestic, que a pesar del nombre pretencioso, era el más apestoso tugurio de Chicago. Hacía frío. Se acercaba la navidad, y las gentes de bien ponían árboles junto a la chimenea y adornos en las ventanas. Era una de esas noches invernales en las que uno renuncia a calentar la entrepierna, y prefiere templar el estómago con un bourbon y el corazón con una voz amiga. Diez pavos por una sonrisa, le dije, y me obsequió con la sonrisa más amarga que he visto jamás. Después del tercer trago, Jenny se sinceró conmigo, y entre sollozos me contó sus penas. Tuvo un novio, un buen chico al que quería apasionadamente. Era un buen chico, si, pero un chico negro. El chico tenía nombre y apellido, Bugsie Fitzgerald. Había estado en Corea, era sargento... y estuvo en Pusan y en el río Nakdong, le atajé sobresaltado.

un chulito de una banda irlandesa
Claro que si. Verdaderamente el mundo es un pañuelo. Su novio era Bugsie Fitzgerald, el gran Bugui-bugui, mi sargento en Pusan, un compañero de armas, un hermano por el que habría dado la vida. Pero mi repentina alegría se esfumó al escuchar el resto de la historia. Eran una pareja interracial en una sociedad intolerante. Estaban a punto de casarse cuando un tal Tommy Travers, un chulito de una banda irlandesa, lo asesinó a tiros detrás de una gasolinera en Detroit. Travers y otros racistas se la tenían jurada desde que vieron sus labios de negro besando a la blanquísima Jenny. El asesino apenas estuvo unos meses en la cárcel por posesión de armas. Un jurado compuesto por doce hombres blancos lo declaró inocente del cargo de homicidio, al considerar que actuó en defensa propia. ¡En defensa propia!

Jenny y yo terminamos aquella noche de llorar a Bugsie, al tiempo que terminamos la botella. La acompañé hasta su cuarto, y no quise subir cuando me invitó. Después de aquella noche no regresé al Majestic y no volví a verla más. No me fue difícil encontrar a Tommy Travers. Una rata semejante va dejando rastro en todas las cloacas que frecuenta. Me bastó una sola noche para dar con el lugar y el momento propicios. Le metí dos balas. Una en los huevos: esta por el sargento primero de infantería de marina Benjamin Franklin Fitzgerald. Otra en el corazón: esta por Jenny, la chica sin apellido.

No soporto el eco. Siempre tiene que decir la última palabra.



jueves, 14 de diciembre de 2017

HENRY CAVENDISH. EL MÁS SABIO DE LOS RICOS


Henry Cavendish es uno de esos británicos nacidos en Francia. No se trata de un caso único. Sin ir más lejos, otro gigante científico compatriota suyo como Joseph Black vio la luz primera en el continente. Cavendish nació en la soleada Niza (que entonces formaba parte del reino de Cerdeña), lejos de la espesa bruma londinense, en 1731. Era el primogénito de una de las casas más nobles de Inglaterra. Su padre, lord Charles Cavendish, era nada menos que duque de Devonshire. Su alma mater fue la prestigiosa Universidad de Cambridge. Parece que el joven Henry fue un estudiante aplicado, aunque a decir verdad, nunca llegó a graduarse. Lo cierto es que en aquel tiempo a los hijos de la alta nobleza, los títulos académicos no les hacían ninguna falta para triunfar en la vida. El muchacho sencillamente tenía interés en aprender, lo hizo, y no vio necesidad alguna de superar exámenes ni otras pruebas.

Al heredar la fortuna familiar, nuestro protagonista se convirtió en un hombre considerablemente rico. Alguna biografía afirma que llegó a ser el más rico de su tiempo. Biot decía de él que fue el más rico de los sabios y el más sabio de los ricos. Con su fortuna personal Cavendish no sólo sufragaba sus experimentos científicos, que presentaba regularmente en los salones de la Royal Society, sino que también contribuía con numerosas donaciones a costear los proyectos de otros hombres de ciencia, así que lord Cavendish ejerció como brillante científico y como generoso mecenas. Al parecer fue siempre extremadamente tímido, retraído, solitario, misántropo y hasta misógino. No se casó, no se le conoce relación alguna, y sólo tuvo trato con un reducido número de personas de su círculo más íntimo. Con sus colegas científicos y hasta con muchos familiares cercanos y otras personas de su casa, se comunicaba mediante notas escritas. Entre los escasos mortales que llegaron a conocerle personalmente, se cuentan hombres de la talla científica de James Watt, Joseph Priestley, William Herschel o Erasmus Darwin (el abuelo de Charles). Algunos han sugerido que pudo padecer el síndrome de Asperger, que no es raro entre personas con un elevado coeficiente intelectual. En cualquier caso, nunca llegaremos a saberlo con certeza, pues en aquella época el cuadro era aun desconocido.


En cuanto a su extensa labor investigadora, Cavendish fue el descubridor de la composición del agua, y el primero en aislar el hidrógeno como elemento. También se ocupó de la composición del aire, descubrió el ácido nítrico y contribuyó con su trabajo al del argón, que no se materializó hasta después de su muerte. Fue uno de los precursores del estudio de la electricidad, adelantándose varias décadas a Coulomb en los trabajos sobre atracción y repulsión de cargas eléctricas. Pero el que le hizo mundialmente célebre fue el famoso experimento Cavendish, por el que determinó que la densidad de la Tierra superaba en 5,45 veces la del agua. Dada la escasa tecnología con la que contó, la medición adquiere mayor mérito, pues los más precisos resultados modernos arrojan una cifra de 5,5268 veces, como puede verse, muy aproximada. Con la misma técnica experimental, mediante su balanza de torsión, demostró que la ley de la gravedad de Newton se cumple de igual manera para cualquier par de cuerpos cualesquiera. Gracias a su fructífero experimento, pudo calcularse también ya en el siglo XIX, la constante universal G. Por eso erróneamente algunos atribuyen el cálculo del valor de esa constante al propio Cavendish. En cualquier caso, la contribución de este gran hombre de ciencia al progreso fue mayúscula. Falleció en Londres en 1810. Su legado incluye una gigantesca biblioteca científica, abundantes notas repletas de experimentos que no tuvo tiempo de realizar, y fueron llevados a cabo de forma póstuma, y su gran fortuna que sirvió para dotar espléndidamente el laboratorio y la cátedra que llevan su nombre en Cambridge. In memoriam suam timeat Bigotini.

Algunos ricos son tan pobres que sólo tienen dinero.



lunes, 11 de diciembre de 2017

ASURNASIRPAL II, EL TERROR DE MESOPOTAMIA


De los términos griegos mesos y potamos, deriva Mesopotamia (Mesopotamia), la tierra que está entre los ríos. En este caso los ríos son el Eúfrates y el Tigris. Sus cauces delimitaron una extensa región que se conoce como el Creciente fértil, donde según todos los indicios arqueológicos, se produjo la revolución neolítica en el continente Euroasiático, nació la agricultura basada en el trigo y otros cereales, se levantaron los primeros núcleos urbanos, aparecieron los primeros testimonios escritos, y en definitiva se inauguró lo que llamamos la Historia. Sumerios, acadios, babilonios, fueron sucesivamente, y con el permiso de otros pueblos periféricos como los hititas, los hurritas, los elamitas, los amorreos o los arameos, quienes dominaron la región en diferentes etapas históricas, hasta el segundo milenio antes de lo que llamamos “nuestra era”.

Los asirios, unas gentes belicosas de lengua semítica, que ya venían realizando diferentes incursiones en esta zona geográfica probablemente desde el tercer milenio a.C., se establecieron hacia el 1800 como el Imperio dominante. Su nombre deriva de Assur, a orillas del cauce alto del Tigris, la ciudad de donde provenían, y que ha dado lugar al término moderno de Siria. En 883 a.C., tras la muerte de Tukulti-Ninurta II, que había consolidado el reino, accedió al trono Asurnasirpal II, cuyo nombre significa Assur es quien guarda al heredero. Durante su reinado, que se prolongó hasta 859 a.C., consolidó y acrecentó considerablemente la herencia recibida, y lo logró a base de inaugurar un reinado de terror hasta entonces desconocido. Este Asurnasirpal era un tipo duro, hoy diríamos que un auténtico psicópata, que haría pasar a Jack el destripador por un parvulito. Además al parecer no se arrepintió lo más mínimo de sus fechorías. Muy al contrario, las hizo glosar a los escribas y grabar en las estelas, por eso sus acciones execrables han llegado hasta nosotros.


Para entonces hacía tiempo ya que las armas de hierro habían sustituido a las menos eficaces de bronce. Los caballos y los carros de guerra se habían incorporado a los ejércitos. Antes de Asurnasirpal II la mayoría de las batallas se libraban en campo abierto, de manera que cuando un bando se veía en inferioridad, emprendía la retirada, y de esta forma las bajas del bando derrotado eran relativamente pocas. También era común el asedio a las ciudades. Tradicionalmente consistía en que el ejército sitiador rodeaba las murallas impidiendo la entrada de víveres o de refuerzos, de manera que los sitiados se rendían por hambre. Tampoco para los sitiadores la situación era precisamente cómoda. Al final las cosas solían resolverse con la rendición y sometimiento de la ciudad asediada y el establecimiento de tributos que se pagaban a los vencedores a veces durante años. Pero Asurnasirpal II tenía un estilo diferente, digamos que más brutal. Perfeccionó diferentes máquinas de asedio que pueden verse en los relieves, con las que su ejército derribaba las puertas más sólidas. Los guerreros que las manejaban se cubrían con parapetos que les protegían de flechas, piedras y otros medios de defensa...


Finalmente, cuando conseguían entrar en las ciudades, la consigna era no dejar piedra sobre piedra. Violaban a las mujeres, esclavizaban a los niños y asesinaban a los defensores con inusitada saña. El empalamiento, la decapitación y todo tipo de torturas, formaban parte habitual del repertorio de este sádico. Existe constancia de al menos catorce campañas bélicas durante su reinado, varias contra los arameos. Por occidente llegó hasta Fenicia, el actual Líbano, en la costa del Mediterráneo. Hacia oriente extendió su dominio hasta las estribaciones de los montes Zagros, donde construyó la mítica fortaleza de Dur Assur. Estableció su capital en Kalhu, donde edificó un magnífico palacio. Asurnasirpal II fue también un incansable cazador (parece que no tenía suficiente con asesinar seres humanos). Son notables los relieves que le representan en su carro alanceando leones o tigres.


A su muerte, como suele ocurrir con frecuencia, la posición del Imperio asirio se debilitó considerablemente, y acabó desmoronándose años más tarde. Polvo al polvo y eterna maldición al infame Asurnasirpal II, uno de los más siniestros personajes de la Historia.

La próxima vez que le vea, recuérdeme por favor que no le salude. Groucho Marx.



viernes, 8 de diciembre de 2017

ALFRED HITCHCOCK. OBSESIÓN POR LAS RUBIAS




Quienes peinamos canas recordamos algún que otro episodio de La hora de Alfred Hitchcock, aquella serie inquietante y fantástica que a veces tenía el efecto de hacernos mirar bajo la cama antes de acostarnos. Sólo por esos ratos ya merece Hitchcock figurar entre los grandes. Pero es que además están todas esas geniales películas, desde Los 39 escalones hasta Cortina rasgada, pasando por Rebeca, Recuerda, Encadenados, La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado, Vértigo, Con la muerte en los talones, Psicosis, Los pájaros, Marnie... Intriga, suspense (él fue el responsable de que ahora usemos ese término), en ocasiones un sutil sentido del humor, guiones perfectos, finales redondos y algún que otro susto inolvidable. Definitivamente, todo un maestro del cine.
Años después fuimos conociendo algunos pecadillos del genial cineasta. Parece que el bueno de don Alfredo era un picarón fetichista y obsesionado por las rubias, que tiraba los tejos a Ingrid Bergman, pellizcaba a Doris Day, sobaba a Kim Novak, torturaba a Tippi Hedren, y hasta tuvo el descaro de robar las bragas a Grace Kelly, toda una futura princesa de Mónaco. Bueno, nadie podía esperar que además de ser un genio del séptimo arte, Hitchcock fuera también la madre Teresa. Por otra parte, las estrellas de Hollywood ya debían estar acostumbradas a esas cosas, son algo que va en el cargo, y todas (menos la pobrecilla Tippi Hedren que acabó desquiciada) querían luego repetir con él, así que no sería para tanto.
Él en el fondo, era un poco narcisista. Le habría gustado tener el físico de Cary Grant, pero se tuvo que apañar con su perfil rechoncho que se aseguró de hacer mundialmente célebre, filmándose a sí mismo leyendo el periódico en un tren, paseando por la calle o tomando el autobús con un violonchelo a cuestas.
Hoy os facilitamos el enlace para visionar El proceso Paradine, una película que dirigió en 1947 y cuenta con la presencia de Gregory Peck, Ann Todd, Charles Laughton, Louis Jourdan y la bellísima Alida Valli, entre otros. Haced clic en la carátula y recrearos con el buen oficio y la genialidad del maestro.

Próxima entrega: Lawrence Olivier



martes, 5 de diciembre de 2017

INCERTIDUMBRE, LA MEDIDA DE LA DUDA


Publicado en nuestro anterior blog en octubre de 2012.

Hasta bien entrado el siglo XX la mayoría de los científicos creía que la exactitud de cualquier medida sólo podía verse limitada por la mayor o menor precisión de los instrumentos que se utilizaban. Cuando se diera con la herramienta y el método perfectos, la exactitud de las medidas sería absoluta. ¡Craso error! En 1927 el físico alemán Werner Heisenberg sugirió que aunque fuéramos capaces de determinar con exactitud rigurosa la posición espacial de cualquier partícula, seguiríamos sin ser capaces de precisar su velocidad, o más concretamente su momento (masa multiplicada por velocidad). Esta misma asombrosa hipótesis o principio de incertidumbre, puede aplicarse también a la inversa: si conocemos la velocidad de la partícula jamás podremos estar seguros de cuál es su posición en el espacio.

El principio de incertidumbre de Heisenberg se enuncia así: la posición y la velocidad de una partícula no pueden conocerse simultáneamente con precisión. Más concretamente, cuanto más precisa sea la medida de la posición, más imprecisa será la medida de la velocidad, y viceversa. Si bien desde un punto de vista estrictamente matemático, la hipótesis puede aplicarse a cualquier cuerpo del universo físico, el principio de incertidumbre resulta especialmente válido, aplicable y significativo en la escala de los átomos y las partículas subatómicas. Como consecuencia, podemos medir con mucha precisión la posición de una partícula, pero sabremos muy poco o nada sobre su momento. Por extensión no puede predecirse la trayectoria de una partícula elemental (por ejemplo de un fotón), ni siquiera de forma teórica, con una precisión infinita.

Para los científicos que aceptan la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, es decir, el modelo estándar (véase el post del bosón de Higgs), el principio de incertidumbre de Heisenberg significa que el universo físico no existe literalmente en una forma determinista, sino que se trata más bien de una serie de probabilidades. Todo lo que nos rodea (incluso nosotros mismos), todos los objetos en movimiento (y desde el mismo estallido del big Bang no hay literalmente nada que esté quieto), no somos más que una serie de puntos en una nube probabilística. Fijaos en el inmenso alcance filosófico y metafísico de semejante afirmación. El matemático John Allen Paulos escribe: la incertidumbre es la única certidumbre que existe, y lo único seguro es aprender a vivir con la inseguridad.


Hay una dosis enorme de belleza intelectual en este desprenderse de certezas y de dogmas, para aprender a convivir y a enfrentarse a la realidad de la duda. Duda grandiosa y eterna que nos hace más sabios cuanto más confesamos nuestra ignorancia. Vivamos pues nuestra incertidumbre flotando en la nube probabilística, mientras nos preguntamos desconcertados si el gato está vivo o muerto (esto del gato lo dejo si no os importa, para otro día).

La mayor señal de ignorancia es presumir de sabiduría.  Baltasar Gracián.



viernes, 1 de diciembre de 2017

GABRIEL BOCÁNGEL, EL POETA CORTESANO


Gabriel Bocángel y Unzueta, madrileño nacido en 1603, era hijo del médico real Nicolás Bocángel, y nieto de Pietro Bocangenino, un boticario y exportador de lana genovés, que en tiempos de Carlos V había causado sensación en Toledo por su apostura, según se desprende de la siguiente descripción: era alto, enteco, de larga cabellera rubia y tan galán que no se hallaba en qué dalle vejamen.
Si hemos de juzgar por el retrato que nos ha llegado, y que aquí reproducimos, su nieto Gabriel, nuestro protagonista de hoy en Biblioteca Bigotini, no heredó precisamente las prendas de su abuelo. Pero en fin, como quiera que Dios cuando cierra una puerta, abre a cambio una ventana, Gabriel Bocángel resultó ser un gran poeta. Por eso lo glosamos aquí, y a eso vamos.

Estudió en Toledo, y Alcalá, donde aprendió el latín y el griego, bagaje que añadió a su conocimiento del español y el italiano. A los veintiséis años entró como bibliotecario al servicio de don Fernando de Austria, el célebre Infante Cardenal hermano de Felipe IV. A los treinta y cinco le nombraron Cronista Real y Contador de Libros. Así que Bocángel fue una especie de escritor de cámara, y efectivamente en esos años escribió diversos panegíricos sobre bodas, bautizos y demás acontecimientos de la corte. Algunos no pasan de simples ejercicios de adulación. Otros sin embargo, ofrecen al historiador y al curioso, valiosa información sobre usos y costumbres de la época, como en el caso de La fiesta real y votiva de toros, que escribió en Madrid en 1648. Su primera esposa murió prematuramente, y de la segunda, una nieta del médico de cámara de Felipe III, tuvo al menos siete hijos. Toda la familia durante varias generaciones, vivió, creció y se multiplicó al amparo de la Real Casa.


Pero lo que de verdad nos interesa es la faceta poética de Gabriel Bocángel. Se codeó con genios de la talla de Lope y de Góngora, entre otros. Fue sobre todo, un consumado autor de sonetos, que los hacía salir de su pluma como quien fríe buñuelos. Se le considera seguidor del culteranismo, miembro de la escuela gongorina, si bien su poesía resulta algo menos alambicada que la de su maestro don Luis. Se aplicó muy especialmente a la poesía lírica, destacando entre otras obras suyas el Cancionero petrarquista dedicado a Filis, y su Fábula de Leandro y Hero. Algo más limitada fue su producción dramática, cabe citar únicamente El nuevo Olimpo, publicada en 1649, acaso su mejor pieza teatral, y El emperador fingido, que apareció póstumamente en 1678. También se le considera precursor de la zarzuela, ya que compuso una obra donde la música tuvo un papel destacado, lo que al parecer entusiasmó a Felipe IV, que le concedió una pensión vitalicia.

De nuestra biblioteca virtual, os ofrecemos hoy la versión digital de su Lira de las musas, de humanas y sagradas voces, junto con las demás obras poéticas antes divulgadas, que fue impresa en la madrileña imprenta de Carlos Sánchez, el año 1637, y constituye una colección de su poesía completa, que dedicó a su señor el Infante Cardenal don Fernando. Haced clic en la imagen, y dejad que la poesía de Gabriel Bocángel os empape los sentidos y el alma.

Tu obstinado cadáver nos advierte que hay vida muerta, pero no vencida... Gabriel Bocángel.



martes, 28 de noviembre de 2017

EXTINCIÓN DE LA MEGAFAUNA AMERICANA. CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA


Publicado en nuestro anterior blog en enero de 2013

En 1956 Paul Martin, un paleoecólogo que investigaba en el laboratorio botánico del desierto de Carnegie, muy cerca de Tucson, Arizona, abrió un texto de taxonomía y empezó a calcular el número de mamíferos que habían desaparecido en Norteamérica durante los últimos 65 millones de años. Cuando llegó al último periodo del Pleistoceno, que duró hasta hace unos 10.000 años, y el principio del Holoceno, que dura hasta nuestros días, comprobó que en ese breve periodo de tiempo (brevísimo al menos en términos geológicos) habían desaparecido nada menos que setenta géneros de animales, todos ellos de grandes mamíferos terrestres, que comprendían cientos de especies. Los ratones, ratas, musarañas y otras criaturas pequeñas habían salido indemnes, lo mismo que los mamíferos marinos. Sin embargo, la megafauna terrestre había sufrido un golpe mortal.


Entre los gigantes extinguidos cabe citar a los enormes armadillos y a sus parientes los gliptodontes, monstruos acorazados del tamaño de un automóvil, provistos de largas colas terminadas en una bola de púas. Castores del tamaño de un oso. Leones de las cavernas bastante mayores que las especies africanas actuales. Lobos gigantes (los mayores cánidos que han existido). Cerdos salvajes. Osos cavernarios de largas patas y doble corpulencia que los actuales osos grises. Tres especies de caballos americanos. Unas cuantas variedades de camellos y tapires. Numerosas criaturas astadas, desde el berrendo gigante al alce-ciervo, una especie de mezcla entre alce y uapití, pero de un tamaño colosal. Tigres dientes de sable. Guepardos americanos de talla extraordinaria. Perezosos gigantes. Megaterios de hasta seis toneladas…

Pero acaso los ejemplares más espectaculares de esta fauna extraordinaria eran los proboscidios. El mamut lanudo americano, el mayor elefante de que se tiene noticia, que superaba incluso a su pariente siberiano, pesando más de diez toneladas. El mamut colombino, una especie sin pelo que vivía en latitudes más cálidas. El mamut enano, de alzada no superior a la de un hombre, que habitaba en las islas del Canal de California. El mastodonte americano, un coloso que extendía su hábitat desde México hasta Alaska…

El término griego holocausto significa literalmente sacrificio de cien bueyes. En sentido figurado lo empleamos para referirnos a grandes masacres. ¿Es apropiado utilizarlo en el caso de la megafauna americana? Paul Martin comprendió inmediatamente que si. Toda esta fantástica fauna desapareció en apenas mil años, un abrir y cerrar de ojos geológico, y lo hizo… pues si, a manos del hombre, el mayor depredador sobre la faz de la Tierra. Cuando nuestros primeros ancestros abandonaron África para repartirse por el resto de los continentes, comenzó a gestarse la tragedia. La teoría de Martin, que no tardó en ser bautizada como la guerra relámpago, sostiene que, empezando por Australia hace unos 48.000 años, cuando los humanos llegaban a un nuevo continente, encontraban allí animales que no sospechaban que aquel insignificante mono sin pelo resultaría tan terriblemente voraz.


Los herbívoros africanos han sobrevivido a la extinción porque desde hace más de un millón de años aprendieron a desconfiar de los temibles homo erectus que comenzaban a fabricar hachas y cuchillos de piedra. Cuando aquellos depredadores llegaron al puente terrestre de Bering y se plantaron a las puertas del continente americano hace ahora 13.000 años, llevaban ya al menos otros 50.000 siendo homo sapiens. Eran más listos y poseían una tecnología mortífera: lanzas, jabalinas, propulsores, arcos y flechas… Las sutiles y altamente perfeccionadas puntas líticas de la cultura de Clovis, datan según los arqueólogos de hace 13.325 años. Los primeros pobladores humanos de América llegaron poseyendo ya esta depurada técnica. Martin comprobó que en al menos catorce yacimientos las puntas de Clovis se encontraron acompañadas de esqueletos de mamut o de mastodonte, y algunas de ellas incrustadas entre sus costillas. Los confiados gigantes americanos no tuvieron la menor oportunidad. Todos los herbívoros fueron masacrados. Es de suponer que los grandes carnívoros murieron de hambre al carecer de presas.


“Si el continente americano hubiera sido inaccesible a los humanos, hoy Norteamérica tendría el triple de animales de más de una tonelada que África”, afirma Martin. Y aun más si añadimos también los de Suramérica: la macrauquenia, una especie de camello provisto de trompa; el toxodonte, una mole a medio camino entre hipopótamo y rinoceronte; los perezosos gigantes; o los enormes megaterios de la Patagonia… Algunos investigadores cuestionan la teoría de la guerra relámpago para algunas de las especies mencionadas. En todo caso lo circunstancial no invalida el postulado principal: desde nuestra aparición en el planeta como especie social y organizada, los seres humanos constituimos la más acabada máquina de matar. Nuestra capacidad de destrucción supera con creces a los cambios climáticos, las erupciones volcánicas o los impactos de meteoritos. Así de triste y así de exacto.

Contemplando a aquel valiente soldado enfermo, se me partió el corazón. ¡Fiebre tifoidea! O te mata o te deja tonto. Yo lo sé bien porque combatiendo en la campaña de Argelia, contraje la enfermedad.  Patrice Mac-Mahon, Presidente de la República francesa..