Translate

miércoles, 22 de noviembre de 2017

ZIMMERMAN, EL SUIZO MÁS AMERICANO


Eugene Zimmerman nació en Basilea en 1862. Era el mediano de tres hermanos cuyos padres abandonaron Suiza para emigrar a los Estados Unidos en 1866, cuando el pequeño Eugene aun no había cumplido cuatro años.
Así que, como tantos otros millones de americanos de su generación, Zimmerman no había nacido en América, sin embargo, al igual que muchos otros artistas, escritores, cineastas, músicos, de origen europeo, contribuyó en buena medida a sentar las bases de lo que hoy llamamos la cultura americana. Y lo hizo, naturalmente, a través de sus magníficos dibujos e ilustraciones.

Zimmerman comenzó a dibujar muy joven para revistas tan populares como Puck, Judge o Harper's Weekly, donde se especializó en crear mordaces caricaturas de sátira política, que firmaba con el acrónimo “Zim”. A lo largo de su extensa carrera produjo más de 40.000 ilustraciones, formando parte junto a Outcault y Griffin, de la plana mayor de los ilustradores cómicos americanos. En 1897 fundó la Asociation of Cartoonists and Caricaturists. Tuvo una gran visión para los negocios, siendo el primer historietista en crear una escuela de dibujo por correspondencia, que contó con miles de alumnos. También destacó en sus diseños arquitectónicos. En el distrito neoyorkino de Horseheads construyó una casa, la llamada Zim House, (haz clic aquí para verla), que sirvió de residencia a muchos artistas sin recursos. Hoy día aun permanece en pie, y se ha convertido en una de las construcciones americanas más fotografiadas y admiradas del país.
Falleció en 1935 dejando un legado artístico impagable.

El humor de Eugene “Zim” Zimmerman se apoyó mucho en la parodia de las minorías étnicas, tan popular en esa época y tan denostada en los tiempos actuales. En sus mordaces, a veces crueles, caricaturas, Zim hacía pepitoria a negros, a judíos... Curiosamente, en aquella incipiente América multirracial, fueron los propios inmigrantes o sus hijos, los que sin la menor piedad se burlaron de quienes exhibían costumbres diferentes o acentos exóticos. Aquí tenéis una pequeña muestra del extenso trabajo de Zimmerman.
















sábado, 18 de noviembre de 2017

JOAN FONTAINE. ANOCHE SOÑÉ QUE REGRESABA A MANDERLEY



Joan Fontaine nunca se llevó bien con su hermana mayor, Olivia de Havilland, hasta el punto de usar diferente apellido. Al parecer la enemistad comenzó a fraguarse ya en la infancia, y presidió la relación, o más bien la no relación de las dos hermanas hasta el final de sus días.
Joan era británica, aunque nació accidentalmente en Tokio. Después, prácticamente toda su carrera, lo mismo que la de su hermana Olivia, transcurrió en Estados Unidos, en aquel Hollywood de la prodigiosa edad dorada, insoportablemente glamuroso.
Quizá para llevar lo más lejos posible las diferencias con la Havilland, Fontaine se empeñó toda su vida en apartarse de la imagen mojigata de su hermana. Ella fue una de las muchas actrices que aspiraron al apetecible papel de Escarlata O'Hara en Lo que el viento se llevó. A cambio le ofrecieron el papel de Melania, y se dice que al rechazarlo contestó: para hacer de tonta, mejor llamen a mi hermana. Ese era al parecer el nivel. Siempre quiso ser una chica moderna, practicó deportes, escribió, dirigió películas, decoró interiores, y hasta se adelantó una década a Jane Fonda en interpretar una historia de amor interracial junto al jamaicano Harry Belafonte, en la película de 1957 Island in the sun, que resultó un fracaso comercial al ser ignorada por los distribuidores precisamente por ese motivo.
Pero a Joan Fontaine siempre la recordaremos por su papel de protagonista en Rebecca, la primera película que Hitchcock dirigió en América. Por cierto que el personaje que interpreta Joan no tiene nombre (Rebeca es el de la malvada y difunta primera esposa). En la película nadie se dirige a ella por su nombre. En la novela original de Daphne du Maurier esto se resuelve porque la protagonista es la narradora, pero en el filme, Sherwood y Harrison, los guionistas, tuvieron que hacer auténticos esfuerzos para obviar el nombre de pila de la tímida señora De Winter. Os proponemos hoy la revisión de esta mítica cinta. Haced clic en la carátula y deleitaros otra vez con esta gran obra de arte. Anoche soñé que regresaba a Manderley...

Próxima entrega: Alfred Hitchcock



miércoles, 15 de noviembre de 2017

MILÁN, COMPRAS FATIGOSAS Y CENAS DELICIOSAS


La vieja Midland céltica, la Mediolanum romana, la milenaria Milán y la Milán moderna, floreciente capital de Lombardía, es desde hace unos años, uno de los destinos favoritos de los aragoneses, por la comodidad que representan los vuelos directos desde Zaragoza a la cercana Bergamo. Bigotini, como aragonés de pro, no podía ser una excepción, así que ha visitado varias veces Milán. La conoció durante las rebajas de un crudo mes de enero, cubierta de una espesa capa de nieve que llegaba a las rodillas. La ha recorrido también en un cálido (tórrido) verano, y siempre se ha asombrado de hallarla una y otra vez hermosa.
Esa tierra media que revela su etimología está incrustada entre los Apeninos y los Alpes, entre los cursos del Tesino y el Adda. Regada por el modesto río Olona, Milán es la cabeza de la próspera Lombardía, que después del distrito parisino de L'Ille de France, exhibe el segundo mayor producto interior bruto de Europa. Sus anchas avenidas, sus rascacielos, su extrarradio industrial, parecen hacer permanente alarde de esa riqueza.


A lo largo de los siglos se han disputado Milán los hérulos, los ostrogodos, los bizantinos, los lombardos, los carolingios... Ha sido ciudad-estado independiente, la han poseído los pontífices romanos y los reyes españoles. Se libró de la peste negra en el siglo XIV, y sucumbió a ella en el XVII. Ha sido embellecida por los principales artistas de la Historia, bajo la férula de los Visconti, de los Sforza, de los Valois, de los Habsburgo. Milán fue la más hermosa perla de las coronas de Francisco I, de Carlos V y del mismo Napoleón Bonaparte. En el XIX fue abanderada de la unificación de Italia. Por sus calles abigarradas desfilaron Garibaldi y el rey Victor Manuel, y en la Scala, sagrado templo de la lírica europea, resonó como una singular plegaria patriótica, el coro de los esclavos del gran Giuseppe Verdi.


Durante el convulso siglo veinte, Milán vio nacer el movimiento socialista pero también el fascismo. El llamado Movimento dei Fasci di Combattimento tuvo su primera sede en la milanesa piazza San Sepolcro, y durante la guerra, Milán ostentó el más que dudoso honor de ser la capital de la República de Saló, de infausto recuerdo. En descargo de los milaneses (o más bien de sus abuelos), conviene decir también que la ciudad y la Lombardía en su conjunto, se distinguieron por su heroica resistencia frente a los fascistas, y por la decisiva sublevación partisana del 45, que acabó con la expulsión de los nazis y el linchamiento público de Benito Mussolini, Claretta Petacci y sus acompañantes.



En las últimas décadas Milán ha sido y sigue siendo el principal motor de la economía y la cultura italianas. Su impresionante cinturón industrial, su pujanza como centro financiero (la de Milán es la Bolsa de valores de referencia en Italia), y su capitalidad de la moda, en estrecha competencia con París, hacen de la metropoli lombarda el pilar sobre el que se sustentan la economía y la política italianas. Ahora bien, también se han gestado en Milán los mayores escándalos y corrupciones. Recordemos a Bettino Craxi, huído tras el escándalo de Tangentopoli, y no olvidemos a don Silvio Berlusconi, cuyos manejos no es necesario, ni siquiera higiénico, traer a colación.


Así que como suele ocurrir casi siempre, Milán tiene sus luces y sus sombras. Olvidemos por esta vez las sombras, y disfrutemos de la espléndida luz de la Milán cosmopolita y eterna.
Para empezar no está mal un paseo por el palazzo-castello de los Sforza. Sus jardines cubiertos de nieve resultan impresionantes, lo mismo que las cálidas salas del interior, que albergan incontables tesoros artísticos. Y hablando de arte, en Milán se exhibe la célebre Última cena de Leonardo de Vinci. Si se tiene la precaución de planificar el viaje con antelación suficiente, pueden reservarse entradas para admirarla. ¡Qué decir del duomo! Se trata sin duda de una de las más impresionantes catedrales europeas, visita obligada para cualquier viajero que pase por la ciudad. Otro tanto puede decirse de la monumental plaza en que se levanta. Está presidida por la magnífica estatua ecuestre de Victor Manuel, y a un costado de la catedral se abre el pórtico a las galerías Vittorio Emanuele, un prodigio arquitectónico modernista copiado en otras urbes italianas (Nápoles) y europeas (Bruselas).


Las célebres galerías comerciales introducen al incauto turista en el ignoto (al menos para el profe Bigotini) universo del comercio, la moda, las compras...
Las compras. He aquí un concepto rotundo y no carente de riesgos. Con una sola acompañante (Marisol) o con dos (Marisol y Laura), el pobre Bigotini se ha visto arrastrado en todas sus incursiones milanesas, a un torbellino de tiendas, pruebas, tediosas esperas y tortuosos callejeos por las propias galerías, por corso Napoleone, por via Manzoni, por corso Vittorio Emanuele, ejerciendo de cargador de bolsas y paquetes, en un periplo tan torturador para los pies como letal para la cuenta corriente. Las principales marcas, milanesas o no, están presentes bajo los seculares soportales o en los lujosos locales del centro. Tientan desde sus escaparates minimalistas a féminas de los cinco continentes.


En su primera visita a Milán, el profe estrenaba un elegante gabán de confección española, de recio paño de Béjar, que hubiera sido la envidia de cualquier adusto caballero castellano, o incluso de un severo hidalgo montañés, pongo por caso. Parado en la esquina de una de las arterias comerciales de Milán, Bigotini se despojó de un guante al objeto de comprobar la temperatura de aquel enero gélido. Pues bien, un milanés que pasaba enfundado en una de esas estrafalarias y carísimas prendas de Gucci, de Prada o de qué se yo, tuvo el descaro inaudito e insultante, de depositar una moneda en la palma de aquella mano desnuda cuya proverbial limpieza desafiaba a la misma nieve. Ahogando las lágrimas, me acordé de Quevedo cuando escribió: miré los muros de la patria mía, si un día fuertes, ya desmoronados...
¡Dios todopoderoso confunda a esos malditos diseñadores andróginos, y desate su furia celestial sobre esas ignominiosas pasarelas en que desfilan ninfas tísicas que apenas cubren su desnudez con ridículos harapos! ¡Amén!


En fin, olvidado queda, y a otra cosa. Ya sabéis que en estas entradas sobre viajes, no puede faltar nuestra pasión por la buena mesa. En Milán el viajero puede dar por entero rienda suelta a sus más refinados apetitos. Además de las especialidades tradicionales de la región, a saber, jugosos escalopes a la milanesa, sabrosos risottos, deliciosos raviolis o dulces panna cotta, y además de los no menos tradicionales platos italianos de cualquier región (pastas, pizzas y ossobucos), en Milán pueden encontrarse templos gastronómicos de singular interés.
Una de las visitas de Marisol y el profe a la ciudad, coincidió felizmente con la Expo milanesa de 2015, que por una de esas afortunadas casualidades, estuvo por entero dedicada a la gastronomía. Aunque inevitablemente agotadora, la visita a los distintos pabellones de los cientos de países representados en el recinto ferial, ofreció dos o tres interesantes experiencias culinarias, y como aquel viaje se planteó como monográfico, también hubo aleccionadoras incursiones en la restauración local.

A destacar varios establecimientos que paso a describir. La primera agradable sorpresa nos la proporcionó la trattoria Pane al pane vino al vino. Situado en via Tadino, 48 (metro Lima), es un local amplio de decoración agradable, que figura en casi todas las guías recientes. El interior recrea el ambiente de un mercado o una tienda de delicatessen, y destacan los generosos platos de degustación de embutidos, especialmente los salchichones, prosciutos y mortadelas típicos de Lombardía.

El Caffe Granaio está en el mismo centro de Milán, en la via Mengoni, 2, a cincuenta metros de la piazza del Duomo. Pertenece a una cadena (al menos hay otro igual en Trento). Ofrece un menú económico de cocina de mercado, con pastas y risottos muy aceptables y buena relación calidad-precio. La cafetería tampoco está nada mal, y venden panes de estilo francés muy interesantes. Pero lo mejor aquí son los postres, más concretamente los helados y granizados (granitta), que son artesanos, ricos y de tamaño descomunal.


Il Salernitano, uno de los mejores y más populares restaurantes de Milán, se encuentra en via Tadino 42, muy cerca del corso Buenos Aires a la altura de la parada del metro Lima. Tiene una amplia terraza, pero en verano conviene elegir una mesa en el interior climatizado. La especialidad del Salernitano son los pescados en cualquiera de sus variedades y preparaciones, aunque también son notables las carnes. Los camareros son alegres y dicharacheros, al estilo de los italianos del sur, que es lo que son, ni más ni menos. Una velada inolvidable

Algo más tristón, como de restaurante antiguo, es el personal del Settembrini 18, ubicado precisamente en el número 18 de via Settembrini, cercana a via Marcello. La especialidad de la casa son los arroces y pastas con marisco: mejillones, almejas, gambas, carabineros, cigalas y un largo y sabrosísimo etcétera El ambiente un poco apagado. Eso si, la pitanza para chuparse los dedos. No hay que perderse los tagliatelle alle vongole, que tienen fama mundial.


Por último, un gran descubrimiento, el restaurante Non solo lesso, en via Redi esquina con Giorgio Jan. Se trata de una pequeña taberna con espacio para una docena de comensales, situado en el local de una antigua barbería. Conserva parte del mobiliario, incluido un hermoso sillón de barbero. El chef y propietario aconseja sabiamente y vende muy eficazmente las especialidades de la casa: tablas de patés caseros, de quesos, de embutidos, contundentes cocidos lombardos acompañados de una casi infinita variedad de salsas y aliños, y el monumental e imprescindible surtido de tapas que no son los típicos y tópicos costrini, sino algo mucho más exquisito y elaborado. No puede dejar de admirarse el abigarrado mostrador. El ambiente familiar invita a prolongar la sobremesa con algún licor, y al final de una cena opípara, el precio es más que moderado. No hay sorpresas desagradables. Todo es felicidad. Non solo lesso, sino mucho más que eso.
Así que nos vamos de Milán con el mejor sabor de boca. Mientras se mantengan estos vuelos casi directos tan cómodos, prometemos seguir volviendo.

Soy pobre, pero honrado. Las desgracias nunca vienen solas.



domingo, 12 de noviembre de 2017

ROBERT BLOCH, EL ALEGRE FABRICANTE DE PESADILLAS


Robert Albert Bloch, judeoamericano nacido en Chicago en 1917, fue fundamentalmente un escritor de cuentos y relatos breves. Comenzó su carrera literaria publicando narraciones de ciencia ficción y de terror en revistas baratas muy populares que se conocían como pulp magazines, porque iban impresas en unas páginas amarillentas que se hacían con la pulpa del papel reciclado. También escribió algunas novelas y muchos guiones cinematográficos. El relato que acaso le ha hecho más célebre fue el que se adaptó al cine para que Alfred Hitchcock lo filmara en 1960 con el título de Psicho (Psicosis). Agradará saber a los muchos fans de Star Trek, que nuestro hombre fue autor de varios de los guiones de aquella famosa serie televisiva, precisamente los mejores. Recibió el premio Hugo, quizá el más importante que se otorga a los escritores de ciencia ficción y fantasía. De personalidad extravertida y brillante ingenio, Bloch participó habitualmente en diversos shows radiofónicos y televisivos, y hasta actuó en teatros de variedades. Su especialidad eran los juegos de palabras en que se mezclaban lo cómico y lo macabro.


Mantuvo una entrañable amistad con su maestro H. P. Lovecraff, el más exitoso autor de relatos de terror, a quien admiraba profundamente. Ambos establecieron un juego literario que comenzó con mutuas dedicatorias y culminó en que cada uno construía personajes con la personalidad del otro, ya fueran víctimas o psicópatas malvados y sanguinarios. Entre sus obras traducidas al castellano pueden destacarse: Psicosis, Cría cuervos, Terror, Cuentos de humor negro, Escalofríos, Mundo oscuro, La noche del destripador, Dulces sueños o En los límites de la realidad, entre otros. Robert Bloch falleció en Los Ángeles en 1994. A su entierro asistió una autentica legión de seguidores y amigos. Coincidían en que en vida supo ganarse el afecto de todos. En Bigotini traemos hoy la versión digital de El vampiro estelar, un magnífico relato de Bloch, en el que el personaje inspirado en su amigo Lovecraff sufre una muerte horrible. Haced clic en la ilustración y temblad como hojas con esta narración. Felices sueños.

No hay duda de que existe el más allá. Lo que nadie sabe es a qué distancia está del centro, y hasta qué hora está abierto. Woody Allen.



martes, 7 de noviembre de 2017

¡VIVE! CRÓNICA PARLAMENTARIA (Y CANÍBAL)


De nuestra redacción. Gran revuelo causó en todos los medios internacionales la noticia del hallazgo con vida en los Andes chilenos del único superviviente de la delegación del Congreso de los Diputados español, cuyo avión se estrelló en la cordillera cuando viajaba a Santiago para asistir a los actos del bicentenario de la Independencia del país andino. El blog de Bigotini ha tenido acceso en exclusiva a la grabación de las primeras declaraciones del citado superviviente, el diputado de la mayoría, señor Muñoz-Bonprofit. Pasamos a reproducirlas íntegramente:

<<Cuando el comandante informó de la grave avería en los motores, la tripulación nos ubicó a los pasajeros en los asientos de la parte posterior, por ser la cola el lugar donde existe menor riesgo en caso de accidente. Eso nos salvó la vida, pues al intentar el aterrizaje forzoso, el aparato se partió en dos, muriendo en el acto los pilotos y las azafatas que ocuparon la cabina y la parte delantera, mientras que todos nosotros resultamos milagrosamente ilesos, salvo algún rasguño y golpes de poca importancia. Al salir al exterior vimos arder durante varias horas la mitad delantera del avión que fue a parar a una agreste ladera distante un par de kilómetros de nuestra posición. Por unanimidad decidimos no arriesgar nuestras vidas intentando acercarnos allá.

>>Evaluamos la situación. Éramos veinte y todos estábamos bien. Por suerte febrero es el verano austral y de día no hacía frío. Las noches eran más frescas, pero teníamos ropa suficiente y hasta algunas mantas. Un riachuelo cercano nos aseguraba el suministro de agua. Sólo nos faltaba comida..., y claro, ahí estaba el problema. Los dos primeros días transcurrieron sin novedad, pero el tercero el hambre hizo su aparición, y se notó en que todos andábamos de mal humor. Aunque nadie dijo nada, en el ambiente se palpaba que todos pensábamos en el tema tabú que puede suponerse. El quinto día Álvarez, el portavoz de la oposición, ya no pudo más y planteó abiertamente el canibalismo que todos sabíamos fatalmente inevitable. Les recuerdo la composición del grupo. Éramos seis representantes de la mayoría, cinco de la oposición, cuatro del grupo afecto a la mayoría, tres de la izquierda radical y dos del grupo mixto.


>>Álvarez propuso a López Esquivel, de nuestro grupo, como primer desayuno por ser el diputado de más edad. Naturalmente, nosotros nos opusimos. Seis de la mayoría más cuatro del grupo afecto sumábamos diez, contra los diez de la oposición, los radicales y el grupo mixto. Aquel empate parecía un embrollo de difícil solución, y ya pensábamos que íbamos a morir de hambre, cuando el ingenioso Riera, del grupo afecto, tuvo la genial idea de proponer al estrafalario Pepe Girón, de los independientes alcarreños, que formaba parte del grupo mixto. Como nadie tenía la menor simpatía al pobre Girón, se aprobó el desayuno por unanimidad. Estaba flaco y fibroso, así que repartido entre los diecinueve, resultó un desayuno más bien frugal, pero debo admitir que no tenía tan mal sabor como su aspecto amenazaba.

>>Aquella primera baza fue la perdición de las minorías. A partir de ahí éramos diez contra nueve, y luego lo fuimos contra ocho, contra siete..., en fin, aunque me avergüence un poco reconocerlo, pasamos el rodillo a placer. El siguiente en caer (estaba cantado) fue el propio Álvarez, uno de los bocados más indigestos que recuerdo. Siguieron luego los tres representantes de la izquierda radical, pues el resto de la oposición y la señorita Ortí, catalana del grupo mixto, votaron con nosotros. Fue cayendo más tarde la oposición en bloque. Recuerdo como especialmente sabrosos a Regueira y a la señora Marín Medrano. Hubo un breve periodo de tensión cuando quedamos once, los diez del rodillo y la señorita Ortí. Lo natural es que ella hubiese sido la siguiente, pero el caso es que aquella mujer tenía no sé qué que nos seducía a todos, así que se incorporó al rodillo de la mayoría, y acabamos uno por uno con los cuatro diputados del grupo afecto. Me dio especial pena comerme a Riera, que en todas las maniobras anteriores había sido nuestro principal apoyo, pero bueno, la lealtad es lo primero, así que Riera hizo una cena bastante opípara.

>>Quedábamos sólo siete, nosotros seis y la Ortí. Intentó librarse de mil maneras, incluidas algunas no aptas para menores (disfrazada de azafata estaba irresistible), pero en definitiva, el partido es el partido, y la sacrificamos en aras de la armonía partidaria. ¡Hay que ver qué buena estaba! Y no sólo de viva, claro está. No exagero si aseguro que es el bocado más exquisito que he probado en toda mi vida. Y además abundante. Cómo ya éramos nada más que seis comensales, me tocó un muslo y media nalga. A mí nunca me han gustado las delgaduchas. La Ortí era una de esas hembras rotundas, como las bellezas del cine italiano de los cincuenta. Sencillamente deliciosa.

>>Consumida la totalidad de la oposición, quedamos los seis miembros de la mayoría. Podría pensarse que entre compañeros hay más consideración. Bien al contrario. Debo confesar que a Barrenechea le teníamos todos unas ganas tremendas, y la verdad, resultó un bocado digno de príncipes, sin llegar a la exquisitez de la Ortí, claro. Martínez Montañés estaba un poco insípido y López Esquivel demasiado duro. Al querido González y a Luisito Salamanca los devoré con auténtico placer, porque siempre fueron mis más leales aliados. Y llegó el día en que quedé yo solo. Me he pasado así casi una semana, proponiéndome sucesivamente como desayuno, almuerzo y cena, y rechazando yo mismo la moción una y otra vez. A punto he estado de volverme loco. Menos mal que los servicios de emergencia chilenos terminaron de llegar hasta allí. Ahora estoy tan gordo que han necesitado llamar a un segundo helicóptero más potente para poder trasladarme. En el hospital me tratan a cuerpo de rey, y hay una enfermera preciosa que me tiene suspirando por sus huesos. >>

Una buena novela nos hace conocer a fondo a su protagonista. Una mala nos hace conocer a su autor. G.K. Chesterton.



sábado, 4 de noviembre de 2017

STEPHEN HALES, EL FISIÓLOGO ILUSTRADO


En 1677 vino al mundo en el Condado inglés de Kent, Stephen Hales, que se distinguiría por su contribución a diferentes disciplinas científicas, como la física, la química, la botánica, la medicina o la fisiología, entre otras. Estudió teología en el Corpus Christi College, y profesó más tarde como sacerdote. El reverendo Hales ocupó diferentes cargos eclesiásticos y académicos a lo largo de su vida, obteniendo honores en su Inglaterra natal, en América y en Francia. Fue miembro destacado de la Royal Society, doctor de Oxford y miembro asociado de la Academia de las Ciencias francesa. Fue galardonado con la codiciada Medalla Copley, y en definitiva, su reputación de gran científico no cesó de aumentar hasta su fallecimiento acaecido en Londres en 1761, cuando contaba 84 años.


Hales fue pionero de la fisiología experimental, demostrando el papel que juega la médula espinal en la transmisión de los impulsos nerviosos. Brilló de manera muy especial en el campo de la fisiología vegetal. En su obra Vegetable Staticks, publicada en 1727, describió sus experimentos sobre la transpiración de las plantas. También se ocupó del estudio de la circulación sanguínea, estableciendo el cálculo de la capacidad del torrente sanguíneo, del corazón y de los diversos vasos. Acuñó el concepto de presión arterial y demostró la capacidad de bombeo del músculo cardíaco. Se interesó por los cálculos renales, e ideó un sistema para poder disolverlos sin necesidad de cirugía invasiva. Se preocupó también por la potabilización del agua de mar, y por la renovación del aire viciado. En este último campo, a Stephen Hales se debe la instalación de sistemas de ventilación en lugares de hacinamiento tales como prisiones, hospitales o bodegas de barcos.

Desde Bigotini rendimos nuestro modesto tributo de reconocimiento y gratitud a este eclesiástico ilustre, uno de los más firmes puntales científicos de su generación. Ahora os dejo. El profe está acercándose tanto al ventilador, que temo que vaya a afeitarse en seco su espléndido bigotazo.

Un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa. Mark Twain.



miércoles, 1 de noviembre de 2017

CIENCIA PROTOMEDIEVAL. LUCES EN LA EDAD OSCURA


Es bien conocida la predilección que la cultura del Renacimiento manifestó por la ciencia greco-romana. Los motivos no pueden estar más claros. El orbe cultural despertó entonces del largo sueño letárgico en que que había estado sumido durante los oscuros siglos medievales. Para entender con alguna profundidad este fenómeno, conviene retrotraerse a la tardorromanidad, cuando la instauración del cristianismo como religión oficial del Imperio, comenzó a introducir algunos cambios importantes en la forma de entender las ciencias y en general, la existencia, tanto en lo material como en lo espiritual.

Si bajo el término ciencia se entiende la formación científica, puede decirse que el periodo del Imperio cristiano no es en esencia diferente del inmediatamente precedente. La enseñanza, subdividida en enseñanza primaria, secundaria (las siete artes clásicas) y superior, continuó floreciente, contribuyendo los mismos emperadores a esa prosperidad. Lo hicieron eximiendo de contribuciones y cargas a los maestros, asignándoles sueldos a cargo del aerarium sacrum, o cargando esos emolumentos en el presupuesto de las ciudades. Así fue como San Agustín asistió a la escuela primaria en su africana localidad natal de Tagaste, fue educado en el Liceo de la vecina Madaura, y cursó estudios superiores en la Universidad de Cartago. Instituciones similares funcionaban en la mayor parte del Imperio. En el 425 Teodosio II fundó una Universidad en Constantinopla con treinta y un profesores. Nos ha llegado noticia documental de la constitución de este cuerpo docente: tres retóricos latinos, diez gramáticos latinos, cinco retóricos griegos, diez gramáticos griegos, un filósofo y dos juristas.


Causa asombro la ausencia de las ciencias matemáticas y naturales en ese ciclo superior. Acaso la explicación radica en que dichas materias formaban parte de lo que se llamaba grammatikê, lo que explicaría el gran número de representantes de aquella especie de ciencia sintética en que se había convertido.
El cristianismo se mostró tolerante con la escuela antigua, reservándole un papel en la sociedad renovada. Tras pasar el fino tamiz censor, se conservó una parte de de la literatura de la antigüedad. El medio de salvarla fue la creación de lo que se llama el ars clericali, es decir, la función que tenían los monjes de copiar los libros y completar las bibliotecas de los monasterios. Tan benemérita medida se debe a uno de los hombres más notables de aquel tiempo, a quien se considera junto a Boecio, el último romano: Casiodoro, ministro del rey godo Teodorico. La figura egregia de Casiodoro marca el límite de la Antigüedad y la Edad Media.

Bajo el reinado de Amalasvinta, hija de Teodorico, Casiodoro se retiró al monasterio de Seyllacium, que él mismo había fundado y dotado de su pecunio. Allí, bajo la regla de San Benito, exigía a los monjes la dedicación a ciertos trabajos. El más importante era el de los antiquarii, encargados de la copia de manuscritos. Al menos de la pequeña parte que quedaba de ellos. Las famosas bibliotecas fundadas por los soberanos helenísticos y por los emperadores romanos, no sobrevivieron al Imperio cristianizado. Desconocemos los detalles de la destrucción de la mayoría, sólo se han conservado algunos datos acerca del martirologio de la biblioteca de Alejandría, incendiada sucesivamente en tiempos de César, de Cómodo y de Aureliano. Cuando en 390, la turba alejandrina, excitada por el patriarca Teófilo, demolió el templo de Serapis, los restos de aquella célebre biblioteca desaparecieron definitivamente.


Todo esto en lo relativo a la formación. Si hablamos del trabajo científico, el cuadro es mucho más desolador. Cabe distinguir entre Oriente y Occidente. En el Oriente griego se conservó a pesar de todo, cierta relevancia de las matemáticas, la medicina (anatomía y fisiología), y hasta de la filología. No olvidemos que las matemáticas formaban parte del legado de Platón, la medicina estaba ligada a la vida, y la filología a la escuela. Sin embargo en el Occidente romano se esforzaron en reducir la ciencia a un estado de mínimos. Sólo lo estrictamente necesario. La lengua formó parte de esos mínimos. Donato, grammaticus urbis Romae (siglo IV), escribe su Ars sucinto, que proporcionó material a los gramáticos latinos posteriores. Servio compuso los Comentarios de Virgilio, Porfirio los de Horacio, y Donato los de Terencio. También se necesitaban manuales para el estudio de las siete artes. Así Marciano Capella escribió De nuptiis Philologiae et Mercurii, una rara enciclopedia en la que Mercurio celebra su matrimonio con la Filología y le da como servidoras a las siete artes, que se explican cada una en un libro. Esta obra convirtió a su autor en el creador de la alegoría medieval.


También hacía falta, por la alarmante desaparición en Occidente de la literatura griega, la conservación de al menos algunos fragmentos traducidos al latín. Un fraude literario ofrecerá a la Edad Media una descripción de La guerra de Troya, San Agustín tradujo ciertas partes del Timeo de Platón, Boecio (el favorito de Teodoríco) tradujo la introducción de Porfirio a la Lógica de Aristóteles, Julio Valerio adaptó en latín la novela del pseudo-Calístenes sobre Alejandro Magno. Por último, extinguida ya en la conciencia de los hombres la ciencia seria, había que crear manuales poco voluminosos con los resultados de esa ciencia que fueran capaces de interesar al espíritu grosero del lector medieval. Así escribió Solino sus candorosas Mirabilia, una geografía casi por completo imaginaria, y así Casiodoro y San Isidoro de Sevilla compusieron sus escuetas enciclopedias. Tanto desde la óptica de tiempos anteriores, como desde la nuestra en la actualidad, estas actividades se muestran casi patéticas. Sin embargo, hay que situarse en la mentalidad medieval. Estamos ni más ni menos que contemplando los esfuerzos de los tripulantes de un navío náufrago, que procuran salvar lo estrictamente necesario y lo que ocupa menos lugar. Vistos desde esta perspectiva, esos esfuerzos se muestran loables y dignos de reconocimiento.


Hablemos por último de tres ciencias o pseudociencias que en esa sociedad cristiana fueron oficialmente reprobadas, y desempeñaron un papel muy especial. La astrología, la alquimia y sobre todo, la demonología o magia, que en aquel momento se consideraba una ciencia. Para el cristianismo era evidente su relación con el reino del diablo y el culto a los falsos ídolos. Resultaban del todo inadmisibles para los hijos de la Iglesia iluminados por la fe. Estas ciencias que rechazaron los señores del mundo cristiano, encontraron refugio en las comunidades igualmente reprobadas y severamente cerradas de las juderías. Las pesadillas de las sencillas gentes medievales se poblaron de rabinos descifrando la cábala y crucificando a tiernos infantes. Algo más tarde, cuando se encendió en el mundo árabe la antorcha de la ciencia, estas y otras materias emigraron temporalmente a Oriente, para volver a la Europa medieval a través de las traducciones de la Escuela de Toledo. Paradójicamente los sabios bajomedievales y renacentistas redescubrieron a Platón, a Aristóteles o a Hipócrates, entre otros, a través de las traducciones del árabe.

Puede admitirse la fuerza bruta, pero la razón bruta es inadmisible. Oscar Wilde.