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domingo, 24 de junio de 2018

SAFO, LESBOS Y LO LÉSBICO



Platón escribió: dicen que hay nueve Musas. ¡Qué desmemoriados! Han olvidado la décima, Safo de Lesbos. Y Solón, ya muy viejo y casi ciego, dijo cuando su sobrino le leyó un poema de Safo: ¡Ahora ya me puedo morir!
Qué podremos decir nosotros, pobres admiradores de aquella edad dorada, de esa mujer fascinante y legendaria que se asomó a la celebridad y a la infamia hace más de dos mil quinientos años. Por lo poco que conocemos de su biografía, nació hacia el 612 a.C. en Ereso, localidad cercana a Mitilene, la capital de la floreciente isla de Lesbos. Sus padres, nobles y ricos, se trasladaron con ella a Mitilene más o menos por la época en que comenzó a gobernar allí el dictador Pítaco, a quien la Historia trata de forma un tanto ambigua, pues se le tacha de tirano a la vez que se le coloca junto al citado Solón en la nómina de los famosos siete sabios de Grecia. En esa dulce Mitilene célebre por sus marinos, sus vinos y sus terremotos, creció y vivió la pequeña Safo, a quien describen como una criatura menuda y frágil, de ojos negrísimos, no precisamente bella, pero sí encantadora.


Siendo ya una reputada poetisa, se le atribuyó un romance con Alceo, también poeta, y no menor, pues sus coetáneos le situaron junto a Homero y Hesíodo, en la cumbre de la poesía. Este Alceo, que inventó una nueva métrica, la alcaica, debía ser un poco petulante y no menos fanfarrón. Parece que organizó diferentes algaradas contra el tirano Pítaco, lo que le costó ser condenado al exilio. Es muy dudoso que Safo, su enamorada, participara en las intrigas conspiratorias de Alceo. No obstante, Pítaco también la desterró primero a la vecina ciudad de Pirra, y más tarde, cuando se extendieron como un reguero de pólvora los rumores sobre ciertas prácticas a las que la poetisa se entregaba con sus jóvenes amigas, el implacable dictador decretó el exilio en Sicilia para Safo. Según ciertos biógrafos, en Sicilia se casó con un comerciante rico, y tuvo una niña que no cambiaría por toda la Lidia y ni siquiera por la adorable Lesbos. Este marido, acaso de conveniencia, la dejó viuda y rica, cumpliendo fielmente con la obligación de los maridos pudientes. Necesito del lujo como del sol, reconoció ella con gran sinceridad, y regresó a Lesbos rica y todavía joven. Allí en su querida y dulce patria, instauró un colegio para muchachas, en el que acogió a las hijas de la mejor sociedad de Mitilene. Ella las llamaba hetairas, término que con el tiempo ha adquirido un matiz algo peyorativo, pero que en época de Safo significaba sencillamente compañeras.


Les enseñaba música, poesía y danza. Pero muy pronto volvieron a reproducirse los pasados rumores acerca de las costumbres de la maestra y de los usos nada ortodoxos de su escuela. El escándalo estalló cuando los padres de Atti, una de las jóvenes hetairas, en realidad la preferida de Safo, llegaron un día y se la llevaron entre improperios. La desdicha de Safo resultó dichosa para la poesía, pues el dolor de la separación inspiró a la poetisa algunos de los mejores versos de la lírica de todos los tiempos. El Adiós a Atti sigue siendo un modelo poético por la extraordinaria sinceridad, la inspiración y la sobriedad de los versos dedicados a su agridulce tormento. Después de la separación y del escándalo, difieren las crónicas. Hay quienes quieren que ya en su edad madura, Safo volvió a amar a los hombres. Una leyenda que recoge Ovidio habla de que perdió la cabeza por cierto marino, y que viéndose rechazada por este, se suicidó precipitándose desde el peñón de Léucade. Modernamente, se ha reconocido sin embargo, que la protagonista de esta leyenda no fue nuestra Safo, sino una cortesana egipcia famosa por su belleza, que llevaba el mismo nombre. La verdadera Safo debió morir de vieja, y nos dejó esta incomparable reflexión sobre la muerte: Irremediablemente, como la noche estrellada sucede al rosado ocaso, la muerte sigue a la vida, y al final la arrebata.


En cuanto al lesbianismo y lo lésbico, resulta curioso que una sociedad como la griega de aquella edad dorada, tan tolerante con ciertas formas de homosexualidad masculina, que no sólo se permitían, sino que incluso se fomentaban tanto en la milicia como en los gimnasios y otros escenarios deportivos y docentes, fuera tan intransigente con el amor entre mujeres. Acaso sea lícito apreciar en este fenómeno la influencia de la cultura jonia que, procedente del Continente y sus áreas septentrionales, se impuso a la primitiva civilización pelásgica de tradición matrilineal frente al sistema patriarcal adoptado por los invasores. Pero esto quizá sea demasiado suponer. Miro al profe Bigotini para ver que piensa sobre esta cuestión. Me mira y tuerce el bigote en un gesto característico suyo que lo mismo significa que le parece bien, como quiere decir que ya va siendo hora de cenar. ¡Qué hombre tan enigmático!


Huye de la tentación, pero procura hacerlo despacio para que pueda alcanzarte.



miércoles, 20 de junio de 2018

BRETÓN DE LOS HERREROS Y LA REINVENCIÓN DEL TEATRO ESPAÑOL



Nacido en la localidad riojana de Quel en 1796, Manuel Bretón de los Herreros, estudió en Madrid con los escolapios. En 1812 participó en algunos episodios decisivos de la Guerra de la Independencia. Según algún biógrafo fue un militar indisciplinado. Otros atribuyen el hecho de que no consiguiera ascender en la milicia, a sus ideas liberales. En cualquier caso, Manuel tuvo una juventud un tanto turbulenta. En 1818 perdió un ojo en un duelo, lo que cambió su fisonomía hasta el punto de que sus retratos de antes y después del lance, parecen de personas distintas. En 1823 volvió a defender el liberalismo y la Constitución de Cádiz, luchando contra el ejército invasor de los Cien mil hijos de San Luis.

Ya definitivamente asentado en Madrid, Bretón ingresó en los círculos literarios de la capital, frecuentando el célebre Parnasillo donde se reunían artistas y poetas del momento. Comenzó a escribir y a estrenar comedias con mucho éxito, como A la vejez, viruelas (1824) o Marcela o ¿cuál de los tres? (1831), que obtuvieron una gran acogida por parte del público. Por entonces a punto estuvo de volver a batirse en duelo. Su rival, nada menos que Mariano José de Larra, con el que tuvo algún antagonismo provocado por mutuas críticas nada caritativas que se cruzaron entre ambos. Larra le tildó de tramposo, mujeriego y mendaz. Afortunadamente, varios amigos comunes consiguieron que se reconciliaran. Su labor como traductor del francés y del latín le procuró un empleo estable en la Biblioteca Nacional. Se casó con una joven burguesa muy alejada de la vida bohemia, y por entonces él mismo se aburguesó. Ingresó en la Real Academia, y frecuentó el Ateneo y el Liceo. Pero cuando su vida parecía más alejada de los sobresaltos, sufrió uno muy importante tras el estreno de su comedia Ponchada (1840), que desató la ira de los militares, hasta el punto de que nuestro hombre se vio precisado a huir de Madrid para refugiarse en Burgos y San Sebastián sucesivamente. Y es que por entonces las afrentas se lavaban con sangre. Pasado el susto, regresó a la capital donde fue nombrado director de la Imprenta Nacional, redactor jefe de la Gaceta de Madrid (antecedente del B.O.E.), director de la Biblioteca Nacional y secretario perpetuo de la Academia Española.


Como dramaturgo, Bretón renegó del Romanticismo, lo que no le impidió seguir cultivando la amistad de figuras egregias de ese movimiento como el mencionado Larra, Espronceda o Juan Nicasio Gallego. Apostó por el costumbrismo, tanto en sus comedias como en sus dramas históricos. Puede afirmarse sin exageración que Bretón de los Herreros constituye el nexo de unión entre el teatro moratiniano del XVIII y lo que podríamos llamar el teatro español contemporáneo, siendo en buena medida, el precursor en el XIX de los sainetes y las piezas dramáticas del siglo XX. Junto a Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón, a quienes profesó también gran amistad, Bretón completa el triunvirato del costumbrismo español en las décadas centrales del diecinueve. Como autor dramático, Bretón es sobre todo un extraordinario dialoguista, introduciendo en los parlamentos de sus personajes los vulgarismos y expresiones castizas que tanto iban a triunfar en el teatro español de las siguientes décadas. A decir de algunos críticos no muy proclives al autor, el de Bretón es un teatro de brasero, taberna y verbena. Por sus escenarios desfilan lechuguinos, jovencitas coquetas, paletos de provincias, hidalgos arruinados, galanes enamoradizos y suegras implacables. Los actuales lectores de sus comedias podemos sumergirnos en la sociedad de su época e impregnarnos de las costumbres, los modos y las modas de sus gentes. Los espectadores que asistieron a ellas no tenían esa necesidad, puesto que formaban parte de aquella España (afortunadamente) irrepetible.

Cuando se lo proponía, Bretón sabía ser mordaz hasta la crueldad, como lo prueba este epigrama que dedicó a un médico y escritor, vecino suyo, que se apellidaba Mata:

Vive en esta vecindad
cierto médico poeta
que al pie de cada receta
pone Mata, y es verdad.

O como ese otro que se dedicó a sí mismo y a su condición de tuerto:

Dejome el sumo poder
por gracia particular,
lo que había menester:
dos ojos para llorar
y uno solo para ver.

Así que ya veis de qué pie cojeaba este riojano socarrón y trabajador infatigable. Además del mencionado pluriempleo, Bretón publicó un buen número de ensayos y una prolija obra poética. Pero donde más sobresalió y se prodigó fue en los escenarios, estrenando a lo largo de su vida literaria casi un centenar de obras dramáticas. Hoy en Biblioteca Bigotini os ofrecemos el enlace para acceder a la versión digital de El pelo de la dehesa, que es probablemente su comedia más famosa y representada, y sin duda la más representativa de la obra de Bretón. La versión que os presentamos está tomada de la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, y está editada con los proverbiales cuidado y rigor que caracterizan esta magnífica web. Haced clic en la portadilla y recrearos con los excelentes diálogos y la eficaz dramaturgia de este gran comediógrafo.

No hay nada que ayude tanto a conocerse a sí mismo como observar a los demás.



domingo, 17 de junio de 2018

POSESIONES DIABÓLICAS


los Proctor, lo que se dice un matrimonio modelo
Creedme si os digo que las posesiones diabólicas están entre las cosas que más me incomodan de este mundo. Recuerdo con especial repugnancia el caso de los Proctor, lo que se dice un matrimonio modelo. Era una hermosa tarde de primavera. Yo estaba en mi oficina, dormitando con los pies sobre el escritorio después de haberme zampado tres sandwiches de mantequilla de cacahuete, cuando Samuel L. Proctor entró como una exhalación en el despacho. ¡Tienes que ayudarme!, suplicó. ¡Mi esposa está siendo poseída! ¡Es el diablo!, gritó. ¡Dios mío, es el diablo! Y se abrazó a mí sollozando. ¡Te pagaré lo que me pidas!, dijo. Bueno, contesté, ayer le cobré trescientos pavos a un tipo de Brooklyn por librarle de un inquilino indeseable. ¿Qué te parecen quinientos? Te daré seiscientos si consigues librar a Martha de ese demonio, propuso. Okey, acepté, vamos allá. Aquello ocurrió antes de mi estancia en Las Vegas, así que yo no tenía demasiada experiencia en estos casos de posesión. Por suerte el padre Karras, el famoso sacerdote católico especialista en exorcismos, vivía no muy lejos de mi oficina, así que arrastré a Sam Proctor hasta mi coche, y en un instante nos plantamos en el despacho parroquial.

Una hermosa joven lanzó pétalos a nuestro paso
Encontramos al padre Karras en el patio, haciendo prácticas de exorcismos de emergencia. Vestía un chaleco militar con los bolsillos repletos de rosarios y crucifijos. Sostenía una especie de lanza de agua, conectada a una mochila-depósito que cargaba a la espalda, y apuntaba a un maniquí de cartón montado sobre un viejo perchero. Al vernos llegar nos obsequió con una de sus beatíficas sonrisas. Es agua bendita, explicó. Yo mismo la he bendecido. Y luego, adoptando un aire confidencial, nos dijo: quiero confesaros... ¡No hay tiempo para confesiones, padre, absuelvanos sumariamente! Y le puse al corriente del problema de la señora Proctor. No, no, aclaró, digo que quiero confesaros algo: he bendecido toda el agua de la depuradora y los depósitos municipales, así que desde hace días todo el barrio bebe y se ducha con agua bendita, ¡qué os parece! Sam y yo no tuvimos más remedio que manifestar de la manera más vehemente que pudimos, nuestra más rendida admiración a aquel gran hombre. Al atravesar el barrio comprobamos los efectos causados por el agua bendita. Los pajarillos cantaban, las parejas paseaban cogidas de la mano, los niños jugaban alegremente, y hasta los delincuentes juveniles ayudaban a cruzar la calle a las viejecitas. Una hermosa joven lanzó pétalos a nuestro paso. Un agente de tráfico nos dio paso en el cruce de la 38 con Madison, mientras sostenía en brazos a un chiquillo negro. En pocos minutos llegamos al domicilio de los Proctor.

Mientras Sam Proctor introducía la llave en la cerradura con el mayor sigilo, el padre Karras empuñó su lanza de agua bendita. Su semblante transmitía la más firme decisión. Yo, por mi parte, amartillé mi viejo revólver. Cuando las cosas se ponen feas, no hay nada como las confiables seis balas de plomo de un Colt 45. Pasamos al dormitorio, y allí estaba Martha Proctor, desnuda en la cama con un tipo también desnudo. Llegas demasiado pronto, Sam, dijo ella. ¿Quién es ese hombre?, se atrevió a preguntar Samuel L. Proctor con un hilo de voz. Es el diablo, naturalmente. ¿Te ha poseído? ¡Ya lo creo, varias veces! Pero ahora ya esta fuera de mí, y se marchará enseguida, ¿no es verdad?, preguntó dirigiéndose al maligno. El diablo dio la última calada a su cigarrillo y contestó: si, ahora mismo me voy, querida. Hay que reconocer (todos estuvimos de acuerdo en ello después) que aquel engendro de los infiernos había adoptado una apariencia humana bastante atractiva. Tenía también una voz agradable. Me llamo Pitt, nos dijo, y el padre Karras nos susurró que nunca antes se había enfrentado a un demonio tan amistoso. No os confiéis, advirtió. No le quitamos ojo mientras se vestía unos vaqueros ceñidos y una camiseta de repartidor de Coca-Cola. Luego sonrió y se marchó tranquilamente. Desde la ventana le vimos montar en la camioneta de reparto. Sam pudo al fin abrazar a su querida esposa. Antes el buen sacerdote se había cerciorado de que no le hubieran quedado las clásicas marcas satánicas en ningún lugar del cuerpo, y todos dimos gracias a Dios. Sam me pagó mis seiscientos.

¿Te ha poseído? ¡Ya lo creo, varias veces!

Estábamos el padre Karras y yo a punto de marchar también, cuando Proctor tuvo una idea repentina. Un momento, dijo, Martha no tiene marcas por fuera, pero ¿y si esa criatura maligna ha dejado algo infernal dentro de ella? El cura y yo nos miramos perplejos. Él marchó al cuarto de baño y vació la cisterna del inodoro. Luego la volvió a llenar con parte del agua bendita de su depósito-mochila. Cuando tu esposa expulse lo que pudiera llevar dentro, el agua bendita se encargará de arrastrarlo hasta los sumideros, dijo para tranquilizar a Samuel. Yo, para tranquilizar a Martha, le di una cajita con dos dosis de progesterona. Es lo que llaman la píldora del día después.

-¡Ay Manolo, ese bebé no es nuestro hijo!
-Bueno, el niño se cagó y me pediste que lo cambiara, ¿recuerdas?
-Si, claro que lo recuerdo.
-Pues bien, ya está, lo cambié.



viernes, 15 de junio de 2018

LO QUE CABE EN UN MILÍMETRO. EL UNIVERSO ATÓMICO


Aunque en el plano teórico el concepto de átomo como mínima partícula indivisible que forma la materia, ya se había formulado en la Grecia clásica (a-tomos = que no puede partirse), la verdadera paternidad del átomo en su concepción moderna debe atribuirse al escocés John Dalton, cuya aportación consistió en considerar los tamaños relativos, las características de los átomos y sus formas de unión. Dalton, a quien también se debe el nombre de la ceguera cromática que padeció, y conocemos como daltonismo (véase el post que dedicamos a esta afección), asignó al hidrógeno, el elemento más ligero, el peso atómico de uno. A partir del hidrógeno, fue asignando pesos atómicos al resto de los elementos entonces conocidos. Su voluminosa obra Un nuevo sistema de filosofía química, publicada en 1808, contenía numerosos errores, por ejemplo, asignaba al oxígeno un peso atómico de 7, cuando en realidad es de 16, pero su principio era sólido, y sentó las bases de la química moderna y de una gran parte del resto de la ciencia actual.


El testigo de Dalton lo tomó ya en los albores del siglo XX otro escocés que accidentalmente había nacido en Nueva Zelanda. Ernest Rutherford, un personaje brillante y excéntrico que se consideraba ante todo un físico, y despreciaba todo lo que se apartara de la física. Rutherford decía que toda la ciencia es física o es filatelia. Cuando supo que la mujer de su colega, el físico austriaco Wolfgang Paul, había abandonado a este por un químico, comentó asombrado: si hubiese elegido a un torero, lo habría entendido, pero un químico… Paradójicamente, Rutherford fue galardonado en 1908 con el premio Nobel de química. Aceptó el premio, pero no llegó a comprenderlo en toda su vida.

Lo que más sorprendió a Rutherford cuando tuvo conciencia de la verdadera naturaleza del átomo, fue la extraordinariamente inmensa cantidad de espacio vacío que contiene. Esto es algo que ciertamente nos sorprende a todos. Si consideramos los tamaños relativos, el denso núcleo del átomo sería como la cabeza de un alfiler puesta en medio de un espacioso estadio de fútbol. Ahora bien, esa cabeza de alfiler, ese núcleo compuesto por protones y neutrones, tiene una masa millones de veces más pesada que el mismo estadio, es decir, el átomo. Se mire como se mire, la materia es mayoritariamente espacio vacío, y son las fuerzas de interacción eléctrica las únicas responsables de la impenetrabilidad de los cuerpos que nos muestra la experiencia cotidiana.

También sorprende la extraordinaria pequeñez de los átomos, y por supuesto, su número, tan inconcebiblemente grande, que a todos los efectos prácticos, podría considerarse infinito. Como sabéis, los átomos nunca se encuentran aislados, sino que se agrupan entre sí, formando moléculas. Un centímetro cúbico de aire, que ocupa el volumen aproximado del clásico terrón de azúcar, contiene 45.000 millones de millones de moléculas. Si pensáis en cuántos terrones de azúcar harían falta para llenar el universo, llegaréis a la conclusión de que el número de átomos debe ser verdaderamente colosal.
La escala del átomo es la diezmillonésima de milímetro. Si un milímetro es el espacio que ocupa aproximadamente este guión que pongo entre paréntesis: (-), imaginadlo dividido en diez mil millones, y tendréis una idea de la pequeñez del átomo.

Además de numerosos, los átomos son muy duraderos. Martin Rees aventura que la vida media de un átomo podría llegar a 1035 años, un uno seguido de tantos ceros, que haría falta una libreta muy voluminosa para poder escribirlos. Como los átomos tienen una vida tan larga, han corrido mucho mundo. Cada uno de mis átomos, o de los vuestros, probablemente ha formado parte de varias estrellas, y por supuesto, de millones de organismos vivos aquí en la Tierra. Los átomos se reciclan solos, sin ayuda de contenedores de colores. Al morir, nuestros átomos pasarán a formar parte de otros organismos, del mismo modo que los átomos que ahora mismo poseéis quienes estáis leyendo esto, han formado parte de otros organismos.

Un cálculo bastante verosímil arroja que cada uno de nosotros tenemos unos mil millones de átomos que un día pertenecieron a Cervantes, y otros mil millones procedentes de Mozart o de Julio César. Visto así suena muy bien, pero es que también tendremos mil millones de átomos que pertenecieron a millones de personas anónimas, y atención, a animales, plantas y toda clase tanto de seres vivos como de objetos inanimados. Tienes millones de átomos que un día estuvieron en la más profunda fosa del océano Pacífico, que orbitaron alrededor de Saturno o que ardieron y estallaron en el interior de soles lejanos. Eres una minúscula porción viva, andante y pensante del inmenso universo que te alberga y del que formas parte. Piensa en ello, y no podrás negar que la realidad y la naturaleza son infinitamente más fantásticas que la más fantástica fábula.




era ese tipo de persona que se pasa la vida haciendo cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita y comprar cosas que no quiere, para impresionar a gente que odia. Emile Henry Gauvreay.

martes, 12 de junio de 2018

A.D. CONDO, MR. TRUE Y EL CÓMIC DE CRÍTICA SOCIAL


Armundo Dreisbach Condo, que firmó sus trabajos como A. D. Condo, o simplemente Condo, nació en Freeport, Illinois, en 1872. Condo fue uno de los primeros caricaturistas y dibujantes de tiras cómicas en adquirir un inequívoco compromiso social. Hombre de su tiempo, con grandes dotes de observación y un fino instinto periodístico, Condo participó activamente en la campaña presidencial de William Jennings Bryan. A lo largo de su dilatada carrera dibujó para muchas publicaciones americanas, adquiriendo sus historietas una gran popularidad.

Entre sus series más exitosas destacaremos Osgar und Adolf, Diana Dillpickles, o Mr. Skygack de Marte, que muchos consideran la primera tira de ciencia ficción, por ser un marciano su protagonista. Lo cierto es que el marciano Skygack, de visita en la Tierra, se dedicaba a observar con perplejidad los usos y las costumbres de nuestro planeta, siempre animado por un feroz espíritu crítico. Y ese mismo ánimo de crítica social es el que impera en Everett True, el personaje más popular e importante de A. D. Condo. Este antihéroe, un tipo corpulento y malencarado, se dedicaba a corregir a los maleducados y sacar los colores a los idiotas de todas clases que abundaban en la sociedad norteamericana de su tiempo, del mismo modo que abundan y abundarán en otras latitudes y en cualquier tiempo. Everett True actúa como una especie de paladín del civismo, que hace la guerra por su cuenta y de una forma personal y directa.
En fin, como una imagen vale más que mil palabras, aquí os traemos un puñado de esas imágenes de la obra de Condo para que podáis saborearlas a placer como merecen.
















viernes, 8 de junio de 2018

CAROLE LANDIS, UNA ESTRELLA ECLIPSADA




No todas las estrellas de Hollywood brillaron por igual. El caso de Carole Landis ejemplifica perfectamente el de otras divas de la serie B.
La pobrecilla tuvo una infancia desgraciada, tachonada de miseria y abusos sexuales. A los quince años hizo su primer matrimonio fallido, abandonó el instituto y la casa de sus padres. Se inició como bailarina en un nightclub, se tiñó de rubia y debutó ante las cámaras en pequeños papeles. Cambió su nombre (Frances Lillian Mary Ridste) por el de Carole Landis, en homenaje a su admirada Carole Lombard. El éxito llegó para ella en 1940, cuando el avispado productor Hal Roach le dio un papel en One Million B.C., una comedia prehistórica, divertida y taquillera que alcanzó gran popularidad. También se hicieron populares los pechos de Carole, dotada de una delantera espectacular que sedujo a los espectadores masculinos desde el primer fotograma en que apareció.
La Landis se convirtió en amante del poderoso productor Darryl Zanuck de la Fox, y en los primeros cuarenta actuó en algunos musicales de éxito, compartiendo reparto con Betty Grable y otras estrellas del momento. Finalizada su relación con Zanuck, su estrella declinó, viéndose obligada a trabajar en películas de serie B o a aceptar papeles secundarios. Cuando los USA entraron en guerra, Carole participó activamente en los espectáculos que patrocinados por el ejército, divirtieron a miles de soldados en África, Europa o el Pacífico.

Por otra parte, la chica no carecía de talento. Escribió varios artículos nada desdeñables para diversas publicaciones, y fue la autora del guión del cómic Winnie The Wac, obra del dibujante Vic Herman, que narraba las peripecias de una rubia platino entre la tropa, un personaje claramente inspirado en la propia actriz.
Se casó tres veces y tuvo un buen puñado de amantes. El último de ellos fue el británico Rex Harrison, que la abandonó de una forma nada elegante. Al parecer, Carole no pudo superar ese abandono, y se suicidó en Los Ángeles con una sobredosis de barbitúricos. Tenía sólo 29 años.
Como modesto homenaje al recuerdo de esta fugaz estrella, en Bigotini os brindamos el enlace para visionar un breve reportaje donde se recogen algunos de los mejores momentos de Carole Landis. Haced clic sobre el cómic de Winnie y disfrutad un par de minutos con la efímera belleza de una belleza efímera.

Próxima entrega: Priscilla Lane




martes, 5 de junio de 2018

NEOLÍTICO. TIEMPOS NUEVOS Y MENTES NUEVAS


La Revolución Neolítica, a la que ya hemos hecho varias alusiones en artículos anteriores, no sólo supuso un cambio radical en el ámbito material de la vida de las gentes. Fue también y sobre todo, una auténtica revolución en el plano espiritual. Los cambios que se fueron sucediendo ante los ojos del hombre neolítico no se limitaron a sus actividades, sus hábitos o ni siquiera al cambiante mundo que contemplaba. Se produjo además un drástico y radical cambio en su mentalidad.
Hauser, a quien seguimos en este breve comentario, analizó muy certeramente las diferencias existentes entre la mentalidad de las gentes del Paleolítico y las del Neolítico. El cazador-recolector paleolítico debía ser buen observador. Debía conocer los animales y sus características, sus huellas y sus rastros. Debía poseer una vista aguda y un oído fino. Todos sus sentidos debían estar pendientes del exterior, enfocados a cuanto le rodeaba en la naturaleza. Es lícito pensar en consecuencia, que en su mente, el mundo circundante y él mismo constituían un único conglomerado homogéneo, un universo del que formaba parte integrante, donde se confundían lo real (un olor, un ruido...) con lo imaginario (una imagen vista en sueños, por ejemplo), el todo y la parte, el mundo y la persona. En un sistema de pensamiento semejante todo influye mágicamente en el resto, porque todo está hecho de una misma sustancia de la cual el mismo individuo participa.

En cambio el agricultor o el artesano neolíticos no necesitan ya la vista aguda del cazador-recolector. Su capacidad sensitiva y sus dotes de observación, relativamente atrofiadas con respecto a su tatarabuelo paleolítico, dan paso a otras disposiciones, como una especial capacidad para la abstracción y para el pensamiento racional, lo que se manifiesta tanto en su sistema de producción, como en su arte formalista estrictamente concentrado y estilizado. También se manifiesta en su concepción general del mundo. El neo-humano neolítico se siente ya capaz de distinguir lo esencial de lo accidental, de diferenciar la realidad de la imagen que de ella se forma en su fantasía. Advierte, y este es un cambio fundamental, la independencia de su voluntad frente a un mundo susceptible de ser transformado racionalmente de acuerdo con unos planes bien concebidos y ejecutados. En el individuo neolítico se enfrentan dos mundos, el interior y el exterior, y tal escisión afecta a la distinción entre idea y realidad, entre espíritu y cuerpo, fondo y forma, invisible y visible.


En la etapa anterior, el hombre se protegía del enemigo, el hambre o la muerte con métodos mágicos e irracionales (pensamiento mágico o pre-religioso). Ahora se da cuenta de que su seguridad o su sustento dependen de la lluvia, el sol, la tierra... Ante cada elemento, el hombre distingue entre las leyes fijas que lo regulan y la forma concreta en que actúan según los casos. Todavía no alcanza a dar una explicación científica a los distintos fenómenos. No se conocerán hasta varios siglos más tarde las leyes físicas, químicas o biológicas. La solución neolítica, la que propone el pensamiento religioso o precientífico, consiste en creer que detrás de cada manifestación de la naturaleza existe un alma personal, inteligente y dotada de voluntad que desencadena su actividad cuando le dicta su capricho. Así son los dioses de volubles e imprevisibles. Es un pensamiento animista. El individuo neolítico también detecta la presencia de un espíritu que habita dentro de sí mismo, mediante el cual, y cumpliendo su voluntad a través de sus miembros, es capaz de mover, influir y transformar el mundo que le rodea. Considera lógico pensar que su propio espíritu sobrevivirá cuando su cuerpo muera y se corrompa.


El mundo neolítico se escinde en dos mitades, y el hombre se ve a sí mismo igualmente escindido. Este animismo dualista se hace patente en todas las manifestaciones de la cultura neolítica. El arte ya no reflejará muchas veces simplemente lo que ve, sino la idea que se ha hecho de lo visible. Florecerán con gran profusión el arte y las decoraciones esquemáticas, que ya se apuntaban en muchas manifestaciones del arte parietal y mueble del Mesolítico. Y es que naturalmente, los cambios no se producen de manera súbita, de la noche a la mañana. El cazador-recolector de las últimas etapas del Paleolítico posee ya las mismas potencialidades que sus descendientes. Ni su cerebro era menos capaz, ni su aparato fonador menos eficaz. El cambio se verá potenciado por la variación de las condiciones de vida y los medios de subsistencia. La Revolución Neolítica resultó a la postre un motor imparable de progreso. El pensamiento animista y religioso se transformará sólo unos pocos siglos más tarde en pensamiento protocientífico, y después en pensamiento científico propiamente dicho. Esperemos que el futuro de nuestro mundo y de nuestras mentes nos depare aun otras novedades más asombrosas y fantásticas.

Para quien desee alcanzar la certeza lo más importante es saber dudar.