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miércoles, 18 de septiembre de 2019

DEBBIE REYNOLDS, LA CHICA DE LA ETERNA SONRISA




Cuando los espectadores del mundo entero contemplaron a aquella muchacha risueña que cantaba y bailaba con Gene Kelly y Donald O’Connor en Cantando bajo la lluvia, difícilmente podían imaginar que detrás de esa sonrisa y esa juventud se ocultaban veinte años de lucha y trabajo no recompensado. En efecto, desde que siendo todavía una chiquilla, Debbie Reynolds ganó un concurso de belleza en 1932, inició un peregrinaje que parecía interminable, por estudios y platós. Tras muchos fracasos y desengaños, el éxito llegó por fin cuando en 1952 Kelly, que entonces era el rey indiscutible de los musicales en Hollywood, se fijó en ella para ser su partenaire en el que pasaría a la historia como la mejor comedia musical de todos los tiempos. En cierto modo, Debbie se interpretó a sí misma, una chica con talento que al fin tiene la oportunidad de triunfar en el espectáculo.


Después del éxito de Cantando bajo la lluvia, llegaron más oportunidades y más triunfos. Encantadores papeles en comedias encantadoras, un género para el que la chica de la eterna sonrisa estaba especialmente dotada. Debbie se convirtió también en protagonista de las revistas ilustradas de su tiempo. Su desgraciado matrimonio dio como acaso único fruto a su hija Carrie, que años más tarde se convertiría en la princesa de una galaxia muy, muy lejana…
Murió la amante madre sólo un día más tarde que su querida Carrie. Sencillamente, no pudo soportar su pérdida.

Como homenaje póstumo al talento y la frescura de aquella siempre sonriente Debbie Reynolds, os dejamos el enlace (clic en la carátula) para deleitaros con el número Good Morning, uno de los más simpáticos y sugestivos de Cantando bajo la lluvia. Disfrutad.

Próxima entrega: Van Johnson



sábado, 14 de septiembre de 2019

SOCIOLOGÍA EVOLUTIVA, PROGRESO Y DOMESTICIDAD



Cualquier intento de análisis sociológico, sociopolítico o histórico, nos conduce a menudo a referencias sobre el carácter de las diferentes naciones. Los historiadores suelen hablar de carácter nacional. Aunque estaríamos de acuerdo en que el carácter español y el japonés, por poner un ejemplo, son muy diferentes, como lo son el carácter europeo y el asiático, contemplados de manera más amplia, lo cierto es que cualquier intento por describir el carácter nacional, se desliza fácilmente hacia la caricatura.
¿Podría encontrarse alguna medida objetiva de cómo la naturaleza humana cambia y se perfila a lo largo del tiempo? Por sorprendente que pueda parecer, tales medidas existen. Así, especialistas en historia económica como Botticini y Eckstein han documentado el papel de la educación en la historia judía, y Gregory Clark, a quien seguimos en este comentario,  ha reconstruido el comportamiento económico inglés en los 600 años que precedieron a la Revolución industrial. Una buena parte de sus conclusiones podrían trasponerse con facilidad a muchas naciones occidentales.

Antes de la Revolución industrial casi todo el mundo, con excepción de las élites dirigentes, sobrevivía a duras penas bordeando el hambre. Este nivel de subsistencia ha sido una constante de las sociedades humanas, probablemente desde los inicios de la agricultura allá por el Neolítico. La razón de ese estancamiento no ha sido la falta de inventiva. El ingenio humano ha sido una constante a lo largo de la historia. No. La razón hay que buscarla en lo que se ha llamado el bucle malthusiano, que fue descrito en 1798 por Thomas Malthus en su Ensayo sobre la población, que tuvo una profunda influencia en las ideas de Charles Darwin sobre la selección natural.
El bucle malthusiano consistía en que cada vez que la productividad mejoraba debido a algún adelanto tecnológico, y la disponibilidad de alimentos era mayor con el consiguiente incremento de la salud, sobrevivían más niños hasta la madurez, lo que significaba más bocas que alimentar que consumían los excedentes. En la siguiente generación, todos volvían a vivir justo por encima del nivel del hambre, que era el punto de partida.

Clark, un profesor californiano, eligió para su estudio el ejemplo inglés, por la copiosa información documental de que disponía, y por ser Inglaterra un país no afectado por invasiones hostiles desde 1066. El investigador documenta cuatro comportamientos que evolucionaron en la población inglesa entre 1200 y 1800, así como un plausible mecanismo de cambio. Los cuatro comportamientos son el descenso de la violencia, el incremento de la alfabetización, la tendencia al ahorro y la propensión al trabajo.

En efecto, las tasas de homicidio entre hombres son muy elevadas en las sociedades de cazadores recolectores primitivas. Valga el ejemplo de los aché de Paraguay que registran tasas de 15 asesinatos por cada 1000 habitantes. Pues bien, la tasa de homicidios que era de 0,3/1000 en la Inglaterra de 1200 (equiparable a las sociedades agrícolas atrasadas), se redujo a 0,1/1000 en 1600, y a menos de la décima parte de ese valor ya en 1800.
La tasa de alfabetización de los hombres ingleses aumentó regularmente desde un 30% en 1580 hasta más del 60% en 1800. La de las mujeres, que partía de un exiguo 10% en 1650, igualó la de los hombres en 1875.


Las horas laborables aumentaron uniformemente a lo largo del periodo estudiado, así como los niveles de ahorro. A esta tendencia los economistas denominan preferencia temporal, y los psicólogos la llaman gratificación demorada. En el célebre experimento del psicólogo Walter Mischel con niños pequeños, invitó a una amplia muestra de infantes a que eligieran entre tomar una sola golosina de forma inmediata o dos golosinas si aceptaban esperar quince minutos. Los que fueron capaces de demorar la recompensa para obtener un premio doble, obtuvieron también mejores calificaciones escolares y superaron a los otros en competencia social.

Estos cambios de comportamiento en la población inglesa de 1200 a 1800 tuvieron una repercusión económica enorme, transformando gradualmente una población campesina violenta e indisciplinada, en una fuerza laboral eficiente y productiva. Madrugar cada día y soportar una jornada laboral completa dista mucho de ser un comportamiento humano natural. Los cazadores-recolectores no aceptan de buen grado este cambio. Los comportamientos disciplinados han evolucionado de forma gradual, y una mejor tecnología desempeñó también un papel crucial en el aumento de la eficiencia.
Clark nos desvela el mecanismo genético a través del cual la economía malthusiana operó tales cambios en la población inglesa. Los ricos tenían más hijos que sobrevivían que los pobres. Un estudio testamentario entre 1585 y 1638 desvela que los que dejan en testamento 9 libras o menos, tenían por término medio menos de dos hijos, mientras los testamentos de más de 1000 libras, dejaban algo más de cuatro hijos.


Como la población se mantuvo bastante estable durante el periodo estudiado, el hecho de que los ricos tuvieran más hijos que los pobres condujo a un descenso social incesante. Muchos de los hijos de ricos descendían en la escala social, ya que la clase acomodada nunca superaba el diez por ciento del total. Y el descenso social tuvo la consecuencia genética de que llevaban con ellos la herencia de los comportamientos que habían hecho ricos a sus padres, menor agresividad, mayor formación y mayores capacidades de trabajo y de ahorro. Que cambios evolutivos tan profundos en el comportamiento social puedan materializarse en unos pocos siglos, puede parecer sorprendente, pero resulta perfectamente posible a la luz de los experimentos llevados a cabo por los conductistas soviéticos sobre domesticación de animales, que obtuvieron resultados espectaculares sólo en unas pocas generaciones.

De manera que aunque los historiadores tiendan a explicar la Revolución industrial como un acontecimiento relativamente súbito, es muy probable que no fuera así. Acaso las verdaderas causas haya que buscarlas en los cambios graduales del comportamiento humano que con una base genética, evolucionaron en las sociedades agrarias durante los 10.000 años previos. En otras palabras, desde el comienzo del Neolítico los humanos nos hemos ido domesticando gradualmente hasta convertirnos en una especie que dista de los primitivos cazadores del cromagnon tanto como los perros de los lobos o las dóciles ovejas de las montaraces cabras. Esto hace tiempo que lo saben y lo aprovechan los propagandistas, los gobernantes sin escrúpulos y los poderosos criminales que desgraciadamente rigen nuestros destinos. El profe Bigotini y yo mismo, hace ya mucho tiempo que renunciamos a escuchar la llamada de la selva. Es muy tentadora, sí, y hace que nuestro corazón palpite con fuerza, pero ante el anuncio de que la cena está servida y al evocar el suave confort que proporciona la blanda cama y la seguridad del hogar, hacemos oídos sordos a nuestro lado más salvaje. Ahí afuera hace demasiado frío y está oscuro.

-A mí, el ser tan guapo me ha generado muchos enemigos.
-Pero hombre, si tú eres muy feo.
-¿Lo ves? Otro más.




miércoles, 11 de septiembre de 2019

SAN JUAN DE LA CRUZ. UN HIPPIE EN EL BARROCO



Juan de Yepes Álvarez nació en 1542 en la localidad abulense de Fontiveros. Fue hijo de Gonzalo de Yepes, tejedor toledano, y de Catalina Álvarez, ambos conversos, una condición que en aquel tiempo constituía un estigma social indeleble. Su padre murió prematuramente. Tuvo Juan otros dos hermanos varones, uno de los cuales falleció a temprana edad de hambre, lo que da idea de las dificultades que atravesó la familia. Se trasladaron primero a Arévalo y después a Medina del Campo, donde siguieron pasando penalidades. Acaso la mala alimentación fue la causante del raquitismo que sufrió Juan, por lo que en su edad madura quedó menudo de cuerpo y de extrema delgadez. Santa Teresa solía llamarle mi medio fraile.

Asistió en su infancia al Colegio de los Niños de la Doctrina, institución caritativa en la que se inició ayudando a misa, asistiendo a los Oficios, acompañando entierros y pidiendo limosna. Su aguda inteligencia le permitió luego continuar sus estudios con los jesuitas, a la vez que asistía en el Hospital de Nuestra Señora de la Concepción, especializado en el tratamiento del mal francés, la sífilis que en Medina (toda una Babilonia castellana) llegó a constituir una verdadera plaga. Aprendió en ese tiempo el latín, la retórica y la gramática, y con veintiún años ingresó en el Convento de los Carmelitas, bajo el nombre de novicio de Fray Juan de san Matías. Pasó después a Salamanca donde por ser hijo de conversos, le negaron el grado de bachiller, y no obstante, fue allí donde sus dotes dialécticas le otorgaron fama de orador sagrado.

Regresó a Medina para cantar su primera misa y allí, en presencia de su madre, su hermano y algunos otros familiares, conoció a Teresa de Cepeda que habría de ser la futura Santa Teresa de Jesús. Surgió entre ambos una inmediata simpatía mutua que tuvo como consecuencia la colaboración de Juan en las fundaciones que ya estaba iniciando la santa. A imitación de Teresa, nuestro hombre fundó conventos masculinos en Duruelo, Mancera y Pastrana sucesivamente, adoptando definitivamente el nombre religioso de Juan de la Cruz.
A partir de 1572 se convertirá en invitado de Teresa de Jesús y confesor de las monjas en el Convento de la Encarnación de Ávila, y acompañará a la madre en sus principales fundaciones de descalzas, como la de Segovia. Pero la animadversión de los carmelitas calzados, la facción ortodoxa de la orden, unida a la peculiar manera de entender la práctica religiosa de Juan y de Teresa, darán con sus huesos en la cárcel. Tras alternar sucesivos episodios de reclusiones y fugas, viaja a Castilla la Nueva y de allí a Andalucía, donde prosigue su tarea fundacional. Falleció finalmente en Úbeda en 1591, tras haber sido destituido de todos sus cargos por las autoridades eclesiásticas. Su proceso de beatificación se inició en 1627, fue canonizado por Benedicto XIII (el oficial, no nuestro Papa Luna muy anterior) en 1726, y proclamado Doctor de la Iglesia Universal en 1926 por Pío XI.

Lo mismo que Santa Teresa, San Juan de la Cruz fue elevado a los altares, pero verdaderamente faltó muy poco para que le pusieran un sambenito y ardiera en la hoguera. En aquel tiempo barroco y contrarreformista la línea que separaba la santidad de la herejía era muy fácil de cruzar. San Juan y Santa Teresa fueron entonces una especie de hippies peligrosamente heterodoxos para las mentes más conservadoras. El amor místico se manifestó en sus poesías y en su verbo encendido de una manera tan explícita que recordaba demasiado al amor carnal, y aun hoy desde nuestra mentalidad actual, muchos de aquellos pasajes de arrebato místico tienen un inconfundible tinte orgásmico.

En cuanto a la obra de Juan de Yepes el poeta, bebe en las fuentes bíblicas de El Cantar de los Cantares, en la poesía culta italianizante, tan en boga en su época, y en la tradición popular de nuestro Romancero castellano. Mézclese sabiamente en una coctelera a Salomón y a Garcilaso, añádanse unas gotas de los Cancioneros renacentistas y un chorrito de romances, y se obtendrá a San Juan de la Cruz en estado puro. En nuestra Biblioteca Bigotini os ofrecemos la versión digital de La noche oscura, obra que representa a la perfección tanto el estilo de su autor como la espiritualidad del misticismo como movimiento literario. Haced clic en la portada y deleitaos con la inspiración de San Juan de la Cruz.

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.



sábado, 7 de septiembre de 2019

SEXO SIN CONTACTO. UN TELEGRAMA DE AMOR



Eso del sexo a distancia me recuerda los viejos chistes de novias o esposas que quedan embarazadas cuando sus parejas están en la cárcel, en la guerra o dando la vuelta al mundo en un barco mercante. La disculpa tradicional solía remitirse a cartas muy apasionadas. Para nosotros, y para muchos de los animales más cercanos genéticamente a nosotros, el resto de los mamíferos, las aves y los reptiles, los tetrápodos terrestres en general, el contacto sexual es condición sine qua non para la procreación. Sin embargo, la biología ofrece a los seres vivos otras alternativas. Obviamente en el reino vegetal lo usual es que no exista contacto directo. La cópula tampoco es practicada por algunos invertebrados, ciertos insectos, muchos peces, y hasta por un puñado de anfibios.

En efecto, en el medio acuático es frecuente la fórmula del telesexo. Muchas hembras de peces realizan su puesta de huevos, los machos frezan (ese es el término) sobre ellos, fertilizándolos con su esperma, y después los huevos fertilizados o bien se dispersan en el agua dejándolos a su suerte, o bien son estrechamente vigilados en las guarderías acuáticas, por la hembra unas veces, por el macho otras, o por ambos, según las diferentes especies. Iguales o parecidas prácticas se dan entre ciertos moluscos, insectos, crustáceos y un largo etcétera de animales. Aunque no existe una regla fija, podría decirse que el medio acuático se presta más a la modalidad a distancia. En estos casos las corrientes marinas o fluviales cumplen un papel similar al que realiza el viento en el mundo de las plantas. En contraposición, el medio terrestre, la vida en el suelo, en general ha favorecido y potenciado el contacto íntimo entre machos y hembras. La cópula se practica mayoritariamente en tierra firme.

Capítulo aparte merecen los anfibios, que al ocupar un hábitat intermedio entre el agua y la tierra, parecen estar a caballo entre uno y otro medio. También en lo relativo a las prácticas sexuales.
Particular interés por lo llamativo, es el caso de la variedad británica de salamandra común europea. Este curioso anfibio que habita los estanques, las lagunas y los remansos, acaso debido al aislamiento que conlleva la insularidad, ha desarrollado un poderoso instinto de territorialidad que afecta por igual a ambos sexos, y se manifiesta por medio de una agresividad notable hacia cualquier competidor por el territorio y el alimento. Su singular reproducción sin contacto la inicia el macho depositando sobre el fango de la orilla o sobre alguna hoja húmeda, un paquete de esperma que recibe el nombre de espermatóforo. Estos curiosos envoltorios no son ni mucho menos privativos de las salamandras. Por caminos diferentes la evolución ha convergido en la fabricación de espermatóforos en seres tan distintos como insectos o pulpos, por ejemplo.

Pero volvamos con nuestro Romeo del mundo salamandril. Su valioso paquete de espermatozoides está impregnado de potentes feromonas, a cuyo olor acudirá la hembra. El orgulloso macho aprovechará el momento para exhibirse un rato, realizando movimientos, giros y balanceos sin otra finalidad que la de demostrar que es un macho sano, fuerte y digno de convertirse en padre de una numerosa prole. Tendrá, eso sí, mucho cuidado para no acercarse tanto que invada el territorio de la hembra y provoque su justa ira.
Mientras el macho monta el número, la hembra permanecerá atenta a la jugada, y si por fin se decide a aceptarlo, simplemente pasará por encima del espermatóforo, absorbiéndolo por su cloaca de una forma tan rápida que ni las cámaras más sofisticadas de los documentalistas de la naturaleza serán capaces de filmarlo como es debido. Recientes investigaciones han concluido que en el instante, la fracción de segundo en que la hembra aproxima su cloaca a uno de los extremos del espermatóforo, son los propios espermatozoides quienes se ponen en movimiento desde la zona distal, empujando a sus compañeros situados delante. Así que a la vez que la hembra absorbe el paquete, es el propio paquete el que se introduce velozmente en el conducto. De ahí la inusitada rapidez del fenómeno.


Y después nada más. Cada uno por su lado, aquí paz y después gloria. El viejo profe Bigotini me mira, suspira resignado e inicia la retirada a sus aposentos. Le imagino allí desempolvando esas viejas cartas de amor que guarda atadas con cintas de colores.

-¿Muchacho, eres ventrílocuo?
-¿Quién, yo? Nooo.
-Pues quítame la mano del culo inmediatamente.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

METEORITOS, ASTEROIDES Y CRÁTERES. LAS HUELLAS DEL TIEMPO


Existen más probabilidades de recibir el impacto de un meteorito que de ganar el primer premio de la lotería. Seguramente habéis escuchado esta frase u otras parecidas en muchas ocasiones. Sin entrar en el cálculo aproximado de la probabilidad de ocurrencia de uno y otro suceso, a nadie se le oculta que en ambos casos es extraordinariamente remota. Hace apenas unos años asistimos a la caída de un bólido, que causó graves daños, en la región de Los Urales. Seguramente se trataba de algún fragmento desprendido del objeto rozador de mayor tamaño que pasó a 27.000 Km. de la Tierra con diferencia de unas pocas horas.
En el caso de los objetos celestes relativamente pequeños que, empleando una expresión nada científica pero ciertamente gráfica, flotan en el cosmos, conviene aclarar que no son tantos como imaginamos. Mejor dicho, si son muchos, porque su cantidad es abrumadora, pero si tenemos en cuenta la enorme vastedad del espacio, su densidad es prácticamente insignificante.

De hecho la región de nuestro espacio próximo (el sistema solar) que mayor densidad de estos objetos alberga es el llamado cinturón de asteroides próximo a Júpiter. Concretamente se calcula que en torno al gigante joviano orbitan unos 100.000 asteroides de tamaño apreciable (diámetro superior a un kilómetro), y por supuesto muchísimos más objetos de tamaño menor. Pese a ello su separación media ronda los cinco millones de kilómetros, lo que equivale a más de diez veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Se comprende que a la hora de enviar naves y sondas no tripuladas el riesgo de colisión se haya despreciado.


Sin embargo, los impactos se producen continuamente. No hay más que observar la castigada superficie de nuestro satélite para apreciar en ella las numerosas marcas que a lo largo de su ya dilatada existencia han ido dejando una multitud de objetos. Tampoco la Tierra se libra del bombardeo, y si en las imágenes tomadas desde satélites no se aprecian estas huellas con la misma nitidez que en la Luna, ello se debe a que en nuestro planeta azul muchas zonas de cráteres aparecen enmascaradas por la vegetación que las cubre. De hecho existe un cráter enorme y relativamente reciente (1908) en la región siberiana de Tunguska que afortunadamente produjo muy pocos daños por tratarse de una zona deshabitada, y ha proporcionado un rico filón de diamantes industriales. También algunos miembros de la comunidad científica sostienen que el Golfo de México fue causado por el impacto de un gigantesco meteorito. Tal vez el que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años…


Un detalle curioso que no escapa a ningún observador es que todos estos cráteres tienen forma circular. Esto puede parecer extraño si comparamos los impactos con los que causan piedras de diferentes formas y tamaños que arrojemos sobre un montón de arena. Si hacéis la experiencia veréis que dependiendo de la forma del objeto que arrojemos, la fuerza con que lo hagamos y el ángulo de tiro, las huellas de los impactos adoptan formas muy variables. ¿Por qué no sucede lo mismo en el caso de los meteoritos? 
Antes de contestar a esta pregunta conviene aclarar que afortunadamente los objetos más pequeños se vaporizan al entrar en contacto con nuestra atmósfera. En cuanto a los asteroides y meteoritos de tamaño apreciable, cuando colisionan con el planeta, se produce una liberación explosiva de la descomunal energía cinética que alberga la masa del asteroide en función de su enorme velocidad (recordad E=mc2). Esta liberación energética concentrada se asemeja en todo a la detonación de una bomba de potencia extrema, y deja como ella un cráter circular, a lo que contribuye también en gran medida el hecho de que las eyecciones salen despedidas en todas direcciones de forma homogénea, con independencia de la dirección de que provenga la bomba y del ángulo del impacto. Por eso la inmensa mayoría de los cráteres son redondos. Acaso existe una única excepción cuando el impacto se produce en un ángulo muy oblicuo, extremadamente rasante, casi horizontal. En estos casos, que son muy raros, la energía no se libera en un solo punto, sino en una franja alargada en forma de barra.


La probabilidad de que se produzca uno de esos formidables impactos como el que según la teoría más extendida, originó el fin de la era reptiliana, es ciertamente muy remota. Los especialistas en la materia calculan que se produciría un cataclismo de esa magnitud cada 50 o 100 millones de años. El último habría ocurrido hace 65. ¿Estará próximo el siguiente? Os aconsejo que no penséis demasiado en ello, sobre todo porque llegado el caso, no habría nada que con la tecnología actual, pudiéramos hacer para evitarlo. Pensad mejor en que os toca la lotería.

El lenguaje estadístico es más difícil de interpretar que el antiguo sánscrito.  Sir Bertrand Russell.





domingo, 1 de septiembre de 2019

GEORGE McMANUS. EDUCANDO A PAPÁ



George McManus nació en Saint Louis, Misouri, en 1884, en el seno de una familia católica irlandesa. Empezó a dibujar muy joven en el Saint Louis Republic, y en 1904, con apenas veinte años, marchó a Nueva York para trabajar en el New York World a las órdenes de Joseph Pulitzer. En esa primera etapa creó muchas tiras cómicas e infinidad de personajes. Ninguno de ellos terminaba de alcanzar demasiado éxito entre el público, quizá porque por entonces su autor todavía carecía de un estilo propio. McManus se esforzaba demasiado en imitar a Winsor McCay y a su inimitable Little Nemo, pero sus guiones, pretendidamente oníricos, resultaban grotescos comparados con la prodigiosa imaginación de McCay.

El sentido del humor de McManus era más bien grosero, y alguien debió aconsejarle con buen criterio, que siguiera su instinto. Su serie The Newlyweds, que relataba las aventuras de un matrimonio con un tirano y mimado hijo único, dio por fin en el clavo por su original y ácida crítica social. Este éxito sirvió para que William Randolph Hearst, el rival declarado de Pulitzer, fichara al artista a golpe de talonario, para llevárselo al The New York American. En su nuevo destino creó entre otras, la serie que le otorgaría fama mundial y elevaría a su autor a la cima del cómic: Bringing Up Father, Educando a papá, que en otras publicaciones de habla inglesa se llamó también Jiggs and Maggie, en los países de habla hispana se tradujo como Trifón y Sisebuta o Pancho y Ramona, y en Francia como La famille Illico.

Educando a papá es una de las series clásicas más divertidas de la historia. En el tono de sal gorda habitual en su creador, narra las peripecias de un nuevo rico, su dominante esposa y su joven y hermosa hija. McManus imita a la Polly de Cliff Sterrett y preludia a la Blondie de Chic Young. Jiggs, el papá maleducado, es un remoto antecedente de Homer Simpson, y la serie critica ferozmente a los nuevos ricos medio analfabetos. McManus es el creador de una clásica family strip en la que se ponen en solfa las costumbres y la sociedad americana en su conjunto. Fue también uno de los pioneros en incluir publicidad en sus trabajos. Disfrutad con la selección de páginas y viñetas de George McManus que os brindamos en nuestra Historia de la Historieta.


























jueves, 29 de agosto de 2019

ESTHER WILLIAMS. EL GLAMOUR DE LA HUMEDAD



Varias décadas antes de El exorcista o de Alien, los expresionistas alemanes del periodo mudo ya habían inventado el cine de terror. En Francia siempre se hizo un cine negro muy notable. En toda Europa, incluida por supuesto España, se han filmado buenas comedias. Los británicos han producido filmes bélicos y de aventuras sobresalientes. Incluso del mismo western, que parece tan americano, existen ejemplos muy apreciables en el cine italiano…
Así que si de verdad queda un género cinematográfico genuinamente americano, ese es el musical. Desde la invención del sonido en Hollywood se produjeron grandes musicales, espectáculos que viajaban desde los escenarios teatrales de Broadway hasta los estudios de la soleada California, adquiriendo allí una grandeza jamás vista. Ya en los treinta los avezados productores ponían a las coristas medio vestidas sobre las alas de un aeroplano, las hacían bajar de las nubes mediante grúas y otros mecanismos, o las presentaban por centenares en escenarios giratorios.

Pues bien, en 1942 a los astutos directivos de la MGM se les ocurrió rizar el rizo, y sumergir a las estrellas y a los coros de bailarinas en el agua. Contaron para ello con la magia del technicolor recién patentado, y con el palmito de Esther Williams, una ex nadadora olímpica, que había hecho sus pinitos en el negocio del espectáculo de la mano de otro olímpico, Johnny Weissmuller. Aquella fórmula fue todo un éxito porque ofreció al público música, color y chicas en bañador, aunque la verdad, los guiones eran infames y los escasos momentos fuera del agua, perfectamente prescindibles. Este género hídrico tuvo al menos el mérito de exportar años más tarde las piruetas de piscina al mundo del deporte, en forma de natación sincronizada, ese ballet acuático en el que nuestras chicas son la admiración del mundo, y sin embargo las medallas las ganan las rusas y las chinas.

En cualquier caso, nuestra sirena hollywoodiense continuó durante los siguientes doce o quince años a remojo, hasta el punto de contraer una grave conjuntivitis a causa del cloro. Cuando comprendió que los musicales acuáticos estaban pasando de moda, y que sus posibilidades de recibir un oscar de la Academia oscilaban entre nunca y jamás, la Williams se alejó prudentemente de los platós, para centrarse en aparecer en las revistas ilustradas y en los ecos de sociedad en compañía del célebre gigoló latino Fernando Lamas, cuyas habilidades confesables consistían en conducir automóviles deportivos y ofrecer correctamente el brazo a las damas.
Para recordar el talento natatorio y la belleza de Esther Williams, os ofrecemos el enlace (clic en la carátula) para visionar una escena de Escuela de sirenas, su mayor éxito, que dirigió para MGM George Sidney en 1944. Disfrutad con las imágenes, sed benévolos con vuestros comentarios y tened mucho cuidado en la ducha.

Próxima entrega: Debbie Reynolds