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miércoles, 21 de agosto de 2019

AGATHA CHRISTIE, LA REINA DEL CRIMEN



Agatha Mary Clarissa Miller, hija de Frederick Miller y Clara Boehmer, que sería mundialmente conocida como Agatha Christie, por el apellido de su primer marido, nació en Torquay, Devon, en 1890. Fue la mayor de tres hermanos, y su primera infancia transcurrió en la apacible felicidad de una familia acomodada de la Inglaterra rural. Aprendió a leer a los cuatro años, y a tocar el piano razonablemente. Leía los poemas surrealistas de Lewis Carroll y actuó en una opereta de vodevil de los populares Gilbert y Sullivan. Su padre falleció cuando Agatha contaba once años, lo que en cierta forma marcó el final de aquella infancia feliz.
En 1902 comenzó a estudiar en una escuela para niñas, y en 1905 se trasladó a París para completar su educación.

En 1910 viajó con su madre enferma a El Cairo en busca del clima cálido y seco que convenía a su salud. Visitó allí numerosos monumentos y antigüedades como una turista más, y lamentó muchos años después no haberse interesado entonces por los aspectos históricos y arqueológicos que en su edad madura llegaron a convertirse en una de sus pasiones. En esa época estaba mucho más interesada por el espiritismo y otras materias esotéricas. En Egipto se inició tímidamente en la escritura de algunos cuentos que en principio permanecieron inéditos, pero que años más tarde serían en parte aprovechados por la escritora para algunas de sus novelas. Ya de vuelta en Inglaterra conoció a Archibald Christie, Archie, con quien se casó al poco tiempo, ante la inminencia de que como aviador fuera destinado al frente en 1914. Durante la Gran Guerra Agatha trabajó en la Cruz Roja como enfermera voluntaria, adquiriendo en la farmacia militar valiosos conocimientos sobre diversas drogas y venenos, que utilizaría más tarde en las tramas de sus historias de crímenes.

Tuvieron una hija, Rosalind. Alentada por Archie, Agatha comenzó a tomarse en serio la escritura. Sus primeros relatos estuvieron influenciados por sus lecturas de autores como Wilkie Collins, Conan Doyle, Gastón Leroux o Chesterton. Su primer gran éxito editorial fue El misterioso caso de Styles (1920), donde apareció por vez primera el personaje de Hércules Poirot. Le siguieron El misterioso señor Brown (1922) y Asesinato en el campo de golf (1923). La pareja se dio la gran vida, viajando por Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda o Hawái, mientras Agatha seguía escribiendo en las habitaciones de los hoteles. Pero en 1926 su querido Archie le abandonó por otra mujer, lo que sumió a la escritora en un periodo depresivo que concluyó con la misteriosa desaparición de Agatha. Su automóvil se encontró abandonado en una carretera secundaria. Por entonces era ya toda una celebridad, así que la buscaron policías y periodistas por todo el país. La hallaron en un modesto hotel once días después, en un estado de aparente amnesia. Los médicos diagnosticaron un trastorno pasajero, pero resultaron inevitables las sospechas de que había intentado que culparan al marido de su desaparición.

Ya divorciada, residió con su pequeña durante un tiempo en las islas Canarias, y en 1930 se trasladó a Bagdad donde conoció al que sería su segundo esposo, Max Mallowan, un arqueólogo más joven que ella. Con él se aficionó a la arqueología, llegando a ser según testimonios de crédito, una de las mayores autoridades de Inglaterra en materia de cerámica antigua. Sus viajes por Grecia, Turquía, Oriente Medio y la India le proporcionaron escenarios exóticos para un puñado de sus novelas más exitosas. Durante la Segunda Guerra Mundial, retomó su actividad de enfermera, y en la farmacia londinense del University College, amplió aun más sus conocimientos sobre toxicología. Por entonces ya había publicado sus mayores éxitos de ventas: El asesinato de Roger Ackroyd, El misterio de Sittaford, Muerte en la vicaría, Asesinato en el Orient Express, o Cinco cerditos, entre otros muchos títulos, y sobre todo, Diez negritos, que se convirtió en una de las novelas más vendidas de todos los tiempos. Escribió también para el teatro Testigo de cargo y la exitosa La Ratonera, obra que batió todos los registros conocidos de permanencia en cartel, desde 1952 hasta bien entrados los años 80. Fue también autora de algunas novelas rosa que prefirió firmar con el seudónimo de Mary Westmacott y de algún poema que al parecer no convenció a ningún crítico. Agatha Christie falleció en 1976, a los 85 años, a causa de una demencia senil tipo Alzheimer.

En cuanto a su producción literaria, es tan extensa que sólo enumerar sus novelas resultaría extenuante. Está considerada mundialmente como la maestra del misterio y las tramas de crímenes. La autora construye los argumentos de manera que el lector termina conociendo todos los detalles. Lo difícil es encajar correctamente las piezas para obtener el siempre inesperado resultado final. Los encargados de desvelar la verdad serán sus personajes protagonistas: Hércules Poirot, el atildado y maniático detective belga que se mueve como pez en el agua en los ambientes de la alta sociedad londinense y en los más exóticos escenarios del mundo entero, lujosos hoteles orientales o campamentos arqueológicos que su creadora conocía por experiencia propia.


La señorita Marple, otra de sus heroínas, es una apacible viejecita instalada en esa Inglaterra rural y aldeana en que se crió la escritora, un escenario de ventanas con visillos, mesas camilla y coquetos saloncitos de té.
Otros protagonistas habituales de las novelas de Agatha Christie son Tommy y Tuppence, una simpática pareja de enamorados, el matrimonio de sabuesos como se les llamó en la traducción al castellano. Acaso el trasunto de esa otra pareja feliz que un día formaron la autora y su primer esposo.

De nuestra particular biblioteca Bigotini hemos seleccionado el enlace con la versión digital de Una broma extraña. Se trata de un relato breve, un cuento cuya lectura os proponemos. Haced clic en la portada. Esperamos que esta extraña broma os resulte simpática.

Cásate con un arqueólogo. Cuánto más vieja te hagas, más atractiva te encontrará. Agatha Christie.



domingo, 18 de agosto de 2019

EL MECANISMO DE LA ERECCIÓN



Ya hemos dicho alguna vez que el pene y el clítoris no son tan diferentes como parecen. Justo debajo de la piel del pene y del capuchón del clítoris se hallan unas terminaciones nerviosas sensitivas y específicas. Convergen en una especie de nudo, un enrollamiento de fibras con una prodigiosa sensibilidad al tacto tanto en el glande como en el clítoris. Se denominan corpúsculos de Krause, y están concentrados sobre todo en la corona y el frenillo del glande y en la cabeza del clítoris, convirtiendo a ambos órganos en las zonas extremadamente sensibles que son.


Cuando el pene experimenta una fricción continuada de cierta intensidad, el nervio pudendo envía una señal a la parte baja de la médula espinal, ya en el segmento sacro de la columna vertebral. Las neuronas allí situadas reciben la información sensorial y se conectan mediante sinapsis con el nervio pélvico, que envía de vuelta una orden motora a los tejidos eréctiles del pene. Todo esto, naturalmente, cuando la información procede de un estímulo mecánico. Si la excitación se produce por un estímulo visual, una insinuación verbal, un pensamiento o una fantasía erótica, es el cerebro quien  envía la señal al nervio pélvico. Y si sumamos la estimulación mecánica a la mental, las señales nerviosas se multiplican y el nervio pélvico envía órdenes al tejido eréctil.


El tejido eréctil está formado por dos cuerpos cavernosos situados a ambos lados del pene, derecha e izquierda. Actúan como esponjas, ya que están constituidos por unas cavidades huecas que se van llenando de sangre. La señal nerviosa (eléctrica) procedente de la médula, pone en marcha la liberación química de varios neurotransmisores. Uno de ellos, el óxido nítrico, induce la segregación de dos nucleótidos: guanosínmonofosfato cíclico (cGMP) y adenosínmonofosfato cíclico (cAMP). La función de dichos nucleótidos es relajar las fibras musculares que rodean las arterias, para permitir que el flujo de sangre llene los cuerpos cavernosos. Cuando la sangre entra por las arterias a mayor velocidad de lo que puede salir por las venas, el pene comienza a aumentar de tamaño hasta alcanzar entre tres y seis veces su tamaño en reposo. Cuando la erección se ha completado, las venas quedan cerradas y la sangre no puede escapar. Se trata de un auténtico mecanismo hidráulico similar al que emplean algunas máquinas de inyección de líquido.

Si después de unos minutos de erección completa el glande comienza a oscurecerse, pasando de su habitual color rosado muchas veces a un morado intenso, se debe a que al estancarse el flujo, la sangre va perdiendo oxígeno.
Resulta curioso que la sangre no pueda salir, pero sin embargo pueda eyacularse semen. Ello se debe a que ambos cuerpos cavernosos laterales constituyen compartimentos cerrados, mientras que entre ellos, en la parte central correspondiente al llamado cuerpo esponjoso, discurren los conductos seminales que no quedan presionados. Una eventual presión ejercida en la parte inferior de la raíz del pene, por detrás de la bolsa escrotal, puede impedir temporalmente la eyaculación. Se trata de una técnica un tanto chapucera de combatir la eyaculación precoz, problema que obedece más a causas psicológicas que orgánicas.


Una vez conseguido el orgasmo y la eyaculación, que en los hombres suele coincidir, aunque no ocurre siempre, cesa la acción del nervio pudendo y se activan otros nervios tanto regionales como del sistema nervioso autónomo, que van a relajar el tejido eréctil permitiendo la salida de sangre, el vaciado de los cuerpos cavernosos. Hasta una nueva estimulación pasado el periodo refractario de duración variable en función de la edad, el autocontrol y otros factores diversos, no podrá conseguirse una nueva erección.

El sistema nervioso autónomo juega un papel clave en este mecanismo. Durante el coito y sus prolegómenos, el sistema parasimpático prevalece. Pero a medida que la excitación aumenta, se acerca a un punto en el que se activarán las fibras del sistema nervioso simpático, y se producirá el orgasmo. En el momento del orgasmo la presión arterial sistólica se eleva de forma súbita a más de 200 mmHg, los músculos se tensan unos segundos, las pupilas se dilatan y se activan los músculos pubococcígeos que impulsan la eyaculación. Durante esos escasos segundos los sistemas simpático y parasimpático están activados a la vez. Pero inmediatamente el sistema simpático tomará el control. Los nervios pudendo y pélvico, que dependen y obedecen al sistema parasimpático, ya no responderán. Los estímulos simpáticos ahora dominantes dan orden de constreñir las fibras musculares que permitían el paso de sangre a los cuerpos cavernosos, estos se vaciarán, y la sangre abandonará el pene que quedará de nuevo fláccido.


Los episodios de estrés o nerviosismo intenso activan el sistema simpático, concebido por la evolución para afrontar situaciones extremas en las que debemos enfrentarnos a un peligro, por ejemplo, ser atacados por un depredador. De hecho el estrés suele ser la causa más frecuente del coloquialmente llamado gatillazo masculino. Una situación embarazosa en la que las mujeres, seres de natural caritativo, suelen consolar a sus parejas diciéndoles que no pasa nada, que eso puede pasarle a cualquiera y otras mentiras piadosas semejantes.

El Evangelio recomienda que nos amemos. El Kamasutra explica cómo.



viernes, 16 de agosto de 2019

EL TIEMPO EN SUS MANOS Y EL CONO DEL FUTURO



En 1960 George Pal dirigió El tiempo en sus manos, un film basado en la célebre novela de H. G. Wells La máquina del tiempo. Contaba en el reparto con Rod Taylor e Yvette Mimieux. No es precisamente una obra maestra, pero obtuvo el oscar a los mejores efectos especiales y se convirtió en película de culto para los fanáticos de la ciencia-ficción. No hace mucho apareció una réplica de la máquina original en la desternillante serie Big Bang Theory.

Sirva esta digresión para introducir el tema de hoy: la representación gráfica del tiempo. En un reciente post  sobre El tiempo, insistíamos en la imposibilidad de superar la velocidad de la luz. Sin embargo, siguiendo a Albert Einstein en su teoría especial de la relatividad, veíamos que en determinadas condiciones, y siempre que pudieran alcanzarse velocidades muy elevadas, el tiempo o más precisamente, la percepción del paso del tiempo, puede ser distinta para dos o más sujetos diferentes, lo que teóricamente haría posibles los viajes en el tiempo. Al menos los viajes al futuro. Por otra parte, las ecuaciones de Maxwell no parecen invalidar dicha posibilidad teórica.

Bien, como una imagen vale más que mil palabras, he aquí una sencilla representación gráfica de la relación que se establece entre las tres dimensiones espaciales y la dimensión temporal:



Avanzando un poco más, y siguiendo esta vez a Stephen Hawking, os propongo esta otra imagen, donde vemos representado lo que se ha dado en llamar el cono del tiempo. Si lanzamos una piedra a un estanque, se producirá una onda que en los segundos siguientes al impacto se hará cada vez mayor. Si representamos la dimensión temporal en abscisas y la espacial en ordenadas, obtendremos un cono del tiempo como el que puede apreciarse en la imagen.



Fijaos por último en este interesantísimo tercer gráfico. Si de forma repentina se produjera en un instante dado la extinción de nuestro Sol, no experimentaríamos el menor efecto hasta ocho minutos más tarde. La distancia media que nos separa del astro es de poco menos de 150 millones de kilómetros, lo que equivale a unos 8 minutos luz. Las consecuencias de tan singular cataclismo se materializarían sólo cuando nuestro planeta ingresara en el cono de luz futuro de la extinción del Sol, ocho minutos después.


Ateniéndonos a esta regla, cuando contemplando el cielo nocturno, observamos cualquier fenómeno que se produzca en un lugar (por ejemplo una estrella) que se encuentre a una distancia de 2000 años luz, realmente no veremos lo que sucede en ese instante, sino lo que sucedió hace 2000 años, en vida de Augusto o de Cristo. Estaremos contemplando algo que aconteció en un pasado remoto. Pensad en ello cuando en una noche estrellada veáis brillar en la lejanía esas diminutas y lejanas luciérnagas. Acaso emitieron su destello cuando los dinosaurios dominaban la Tierra o cuando ni siquiera existía nuestro planeta. Es algo tan asombroso y tan mágico que produce escalofríos. Y es que los verdaderos milagros se producen continuamente en nuestro real y tangible universo físico. Los otros milagros que os cuenten esos charlatanes con mitras o con turbantes, no son más que patrañas y cuentos de viejas.

El empleado trabaja ocho horas para poder dormir otras ocho y divertirse ocho más. El empresario simplemente se esfuerza por evitar que los dos últimos periodos coincidan con el primero.  Woody Allen.





miércoles, 14 de agosto de 2019

RENÉ GIFFEY, EL DIBUJANTE INFATIGABLE



Nacido en París en 1884, René Giffey fue probablemente uno de los ilustradores más prolíficos de que se tiene noticia. Alumno de la Escuela Nacional de Artes decorativas de Francia, comenzó su carrera hacia 1900 realizando ilustraciones para manuales escolares, novelas, libros de dibujo y álbumes de cromos. Durante la Gran Guerra su trabajo se extendió a magazines de moda, revistas galantes, carteles de los cabarets parisinos… Movilizado en la retaguardia, lo mismo colaboró en publicaciones militares, que restauró pinturas religiosas dañadas en las iglesias. Al término de la contienda Giffey se convirtió en uno de los ilustradores más cotizados del periodo de entreguerras. Sus dibujos en revistas ligeras como Parisiana o La Vie de Garnison le consagraron como el creador de los tipos femeninos más típicos y reconocibles de las décadas de 1920 y 30. Sus ilustraciones cargadas de erotismo resultaban fácilmente reconocibles aun careciendo de firma.

A partir de 1930 se introdujo también en el mundo del cómic, con trabajos que versionaban clásicos literarios y populares, como Los tres Mosqueteros, Los miserables, Búfalo Bill o Tarzán. Fue tan versátil que incluso supo adaptarse al estilo edulcorado de revistas para niñas como Lilí. Su etapa de mayor esplendor en el género de la historieta abarca los años 40 y primeros 50, aunque este trabajador infatigable continuó dibujando hasta su fallecimiento en 1965.
En nuestra Historia del Cómic tenemos hoy el placer de reproducir un abanico de algunas de sus ilustraciones, viñetas y páginas más representativas. Que las disfrutéis.





















sábado, 10 de agosto de 2019

DEANNA DURBIN. UNA VOZ Y UNA SONRISA




La carrera cinematográfica de esta británica nacida en Canadá sólo duró doce años, pero entre 1936 y 1948 Deanna Durbin conquistó al público del mundo entero con su melodiosa voz de mezzo soprano, su tierna sonrisa y su imagen juvenil, en musicales y en comedias.
Un cazatalentos de la MGM la descubrió en un concurso escolar, y desde entonces no cesó de enlazar éxito tras éxito en las pantallas americanas y europeas. En España se la conoció un poco tarde, porque durante los primeros años de su trayectoria, el horno nacional, primero bélico y luego posguerrista, no estaba precisamente para bollos. La Durbin adolescente debutó ante las cámaras en un corto que coprotagonizó junto a otra muchacha destinada a convertirse en una leyenda en Hollywood, Judy Garland. Las siguientes producciones en las que participó, un par de comedias insustanciales fabricadas ex profeso para destacar su talento, lograron el milagro de evitar la bancarrota de la Universal, productora a la que la joven Deanna siguió siendo fiel durante el resto de su efímera trayectoria.

En 1938 fue premiada junto a Mickey Rooney con un oscar especial de la Academia, que destacaba la contribución de ambos a encarnar en la pantalla el espíritu de la juventud americana. A los 25 años se convirtió en la segunda estrella mejor pagada, sólo por detrás de la mítica Bette Davis. Se formaron largas colas a la puerta de los cines para ver la película en la que Deanna Durbin daba su primer beso, acontecimiento que se publicitó de costa a costa. Para hacerse una idea cabal de la fama que llegó a adquirir, baste decir que fue admirada por personajes tan dispares como Winston Churchill y Benito Mussolini, o que la pequeña Anna Frank guardaba en su escondite como un tesoro, una foto de la estrella. Grabó decenas de discos y hasta se vendieron muñecas con su imagen.
Al margen de lo profesional, su vida sentimental fue intensa. A los 28 años se casó por tercera vez, tuvo a su segundo hijo y se retiró definitivamente del cine para vivir en Francia, la patria de su marido, durante el resto de su existencia.
Como homenaje al juvenil y fugaz brillo de Deanna Durbin, os dejamos el enlace (clic en la imagen) con una simpática escena en la que la estrella entona un Aleluya de Mozart muy al gusto hollywoodiense, acompañada de una gran orquesta dirigida por el maestro Stokowski. Espero que os guste.

Próxima entrega: Esther Williams


jueves, 8 de agosto de 2019

EL NEOLÍTICO EN LA PENÍNSULA IBÉRICA



En los albores del Neolítico, la desertización del Sahara dispersó a sus habitantes en busca de tierras y climas más propicios. Una parte de ellos viajaron hacia el Este, concentrándose en la fértil cuenca del Nilo. Allí florecieron culturas neolíticas precursoras de lo que llegaría a ser el Imperio Antiguo de Egipto. Los que emigraron hacia el Norte se asentaron en las costas de la península Ibérica. Allí contactaron con los primitivos hombres de las cuevas, que asimilaron ciertos avances mesolíticos y proto-neolíticos. La oleada más importante fue la que llegó más tardíamente, hacia 3000 a.C. Por entonces Narmer, el rey escorpión, unificaba el Alto y el Bajo Egipto, y en Mesopotamia las gentes de Uruk veían regresar sus caravanas cargadas de mercancías procedentes de Elam, Siria y hasta de la India.


Quienes se asentaron en el territorio aproximado de lo que hoy es Almería, habían tenido ya algún contacto con aquellos pueblos orientales. Conocían el cobre, sabían dónde encontrarlo y cómo trabajarlo. Entre las desembocaduras de los ríos Antas y Almanzora construyeron poblados de chozas de ramaje y barro asomadas al mar, de donde llegaban regularmente noticias, novedades y maravillas diversas. Además de la minería del cobre, practicaban la agricultura, la ganadería, la pesca y probablemente la navegación costera. Se adornaban con conchas marinas, collares y brazaletes de valvas y piedras negras que recuerdan a los que usaban las gentes de Egipto o del Egeo. Fabricaban una cerámica incisa austera y funcional, y enterraban a sus difuntos en cuevas o en cistas cerradas con pesadas losas de piedra. Sus flechas eran agudas y elegantes, lo mismo que sus hachas de diorita y sus afilados puñales de piedra pulimentada. Eran las belicosas gentes de El Garcel y La Gerundia, creadores de la llamada cultura de Almería, pionera del Neolítico peninsular.


Se expandieron por la costa, Murcia, Alicante, Valencia, hasta llegar a Castellón. Penetraron después en Teruel y en Cataluña. Sin embargo, la expansión hacia el Oeste no pasó de Torremolinos, porque se encontraron frente a frente con un poderoso pueblo que les hizo frente: los adoradores de los muertos. En efecto, los hombres de la cultura almeriense eran dolicocéfalos y de esqueleto grácil. Los cromañones paleolíticos a los que empujaron hacia el Norte por Levante, eran mesocéfalos y de facciones y esqueletos más primitivos. El tercer grupo étnico peninsular, los adoradores de los muertos, eran braquicéfalos, de cabeza casi redonda, gentes de origen europeo, posiblemente del área alpina, que ocuparon las costas atlánticas de la Europa occidental con sus rebaños. En la península se asentaron primero en el tercio occidental, entre Galicia y Extremadura, para expandirse hacia el Este, del mismo modo que en el resto del occidente europeo habitaron Alemania, los Países Bajos, la Francia meridional y atlántica, la Gran Bretaña y buena parte de Irlanda.


Estas gentes neolíticas tan genuinamente europeas constituyeron si no un imperio político, sí al menos cultural y de afinidades lingüísticas. Hacia 2.700 a.C. rendían culto a los muertos en enterramientos de colinas de conchas o mediante gigantescos monumentos megalíticos (del griego megas y litos: piedras grandísimas). Los monumentos funerarios más característicos son los dólmenes, de las palabras bretonas dol (mesa) y men (piedra), enormes mesas pétreas que se recubrían de tierra para formar colinas artificiales en cuyo interior se enterraban los jefes tribales. Las lluvias, el viento y el paso de los siglos terminaron por dejar al descubierto el esqueleto de piedra de los dólmenes tal como los conocemos. En Galicia y Portugal se les llama antas, arcas, mamoas, orcas, cabañas de ladrones o cabañas de moros. Las formas de los dólmenes se fueron haciendo más variadas, algunas con forma de sartén, otras con pasillos alargados que terminan en una cámara hundida.

Cuando sólo se conserva de los dólmenes el círculo de piedras verticales, faltando la piedra plana que servía de techo, suele denominarse al conjunto crómlech, compuesto de dos palabras bretonas que significan corona y piedra sagrada. Otros monumentos característicos son los menhires, con el significado de piedras largas, a los que se conoce también en España como piedrahitas o piedrafitas. En los menhires se ha querido ver un símbolo del órgano sexual masculino, y se ha relacionado su forma con la de los cipreses, árboles tradicionalmente dedicados a los muertos. En muchos casos el menhir parece representar al difunto, grabándose en él unas veces senos femeninos, otras veces espadas que se llevan en la cintura, y en muchos casos rostros con ojos y nariz, pero curiosamente nunca con boca, acaso queriendo significar el silencio en que se sumen los muertos. Son también muy numerosas las alineaciones de menhires dispuestos por orden de tamaño, y a menudo relacionados con la salida o la puesta del sol en determinadas fechas, lo que sugiere la posesión de arcanos conocimientos astronómicos y de rituales de carácter mágico o religioso.


Sin duda el monumento megalítico más famoso e impresionante de los conocidos es el doble crómlech de Stonehenge, cuya disposición está orientada astronómicamente hacia el Este. Las piedras están colocadas con rigurosa precisión para distinguir el sol al apuntar en el horizonte por entre las filas de menhires el día del solsticio de verano. En la Bretaña francesa pueden admirarse algunos también impresionantes como la alineación de Karnak, o la llamada Roca de las hadas. En España hay algunos muy singulares, destacando el onubense gran dolmen de Soto o la cueva de Menga en Antequera.



Hacia 2.500 a.C., cuando entran en contacto los fabricantes de cerámica incisa levantinos procedentes de aquella primitiva cultura almeriense como vencidos, y los adoradores de los muertos y constructores de megalitos como vencedores, hace su primera aparición el vaso campaniforme que da nombre a toda una cultura. La vasija de cerámica con boca de forma acampanada, es hija de la tradición alfarera de los levantinos, y servirá a los megalíticos como instrumento imprescindible del culto a los muertos, y a nosotros como testimonio de la difusión por todo el mundo occidental de una cultura originada en nuestro suelo.



Hacia 2.400 ya se había difundido desde su cuna andaluza hasta Portugal. En 2.300 la encontramos en Galicia y en el área pirenaica. Tras su paso a Francia, se forman tres núcleos de esta cultura megalítica-campaniforme: el Meridional, desde Lourdes hasta los Alpes, el Central, Sena, Marne y Oise, y el de Bretaña, centro que desde 2.100 mantendrá un intenso tráfico marítimo con los megalíticos andaluces que exportarán desde Huelva cobre, e importarán desde Bretaña ámbar, calaíta y otras materias boreales. También desde Bretaña se difundirá esta cultura hacia las islas británicas y hacia Holanda, Sajonia, Turingia, Dinamarca e incluso Escandinavia.

-El amante de mi mujer se ha venido a casa con ella y mis tres hijos, ¿Qué puedo hacer?
-Haz macarrones. Con un kilo tienes para todos.




lunes, 5 de agosto de 2019

EL CANTAR DE ROLDÁN. GESTA Y CICLO CAROLINGIO



Ci fait la geste que Turoldus declinet”. Ese es el último verso de La Chanson de Roland, responsable de que la obra haya sido atribuida por algunos a cierto monje normando llamado Turoldo. Sin embargo, el verbo decliner, declinar, cuyo significado se ajusta más a entonar o recitar que a escribir o componer, inclina a pensar que el monje en cuestión no fue sino uno de los transmisores de este poema épico escrito en francés primitivo a finales del siglo XII, y cuyo origen seguramente debe remontarse a siglo y medio atrás. Estamos ante el cantar de gesta más antiguo de los escritos en una lengua romance europea. Parece documentado que los normandos cantaban ya La Chanson de Roland en la batalla de Hastings, hacia 1060.

El cantar narra un episodio bélico durante la batalla de Roncesvalles, escaramuza o más bien emboscada que tendieron algunas tribus de navarros y vascones a la retaguardia del ejército carolingio que comandaba el conde Roldán o Rolando, prefecto o margrave de la Marca de Bretaña. Se tienen noticias de un episodio similar el 15 de agosto de 778, en el desfiladero de Valcarlos, vertiente norpirenaica de la cordillera. La crónica del monje Eginardo narra que el rey Carlos, aun no convertido en emperador Carlomagno, envió en la primavera de ese año una expedición de castigo que saqueó Pamplona y sitió Zaragoza sin llegar a tomarla. Probablemente el saqueo de Pamplona se produjo ya de retirada, y pudo ocasionar la emboscada en que cayeron, como venganza de los vascones.


Tres siglos más tarde Roldán se transforma en el cantar de simple margrave, en sobrino del emperador de la barba florida. Roldán, el protagonista, está acompañado de su fiel amigo Oliveros y de los Doce Pares de Francia, nobles francos amigos del arzobispo Turpín. Los hechos reales se engrandecen, adoptando una dimensión heroica. El puñado de vascones se sustituye por un gran ejército de 400.000 sarracenos liderados por Masilio, el rey moro de Zaragoza. El antagonista es Ganelón, el padrastro de Roldán que, aliado con Masilio, traiciona a los suyos. Una vez que Carlomagno ha cruzado ya los Pirineos, los moros caen sobre la retaguardia donde se encuentra Roldán. La flor de la caballería francesa pelea con gran bravura, abatiendo a muchos enemigos, pero finalmente sucumben. Antes de eso Roldán toca su olifante, un cuerno destinado a avisar al ejército de Carlomagno, e intenta sin éxito romper contra un peñasco su espada Durandarte.


Carlomagno acude en socorro de los suyos ya demasiado tarde. Entierra a Roldán, Oliveros y Turpín, y toma Zaragoza. El traidor Ganelón sucumbirá más tarde descuartizado al ser atado a cuatro caballos. Por cierto que este personaje antagónico ha sido maltratado en numerosas versiones y adaptaciones posteriores, sobre todo las de época romántica, mientras que en el texto original Ganelón es, a pesar de su reprobable acción, un hombre de honor, e incluso en algunos versos se justifica de alguna manera su comportamiento.
La obra dio lugar en los siglos posteriores a muchos poemas y cantares que forman parte de lo que se ha llamado el Ciclo Carolingio. Particular importancia cobran estas secuelas en nuestro romancero castellano. Uno de esos romances que comienza: En París está Doña Alda, esposa de Don Roldán, hace referencia a dicha dama, hermana de Oliveros y prometida de Roldán, en el instante en que recibe la noticia de la muerte de su amado.

Biblioteca Bigotini tiene el placer de brindaros al alcance de un clic (hacedlo sobre la portada) el texto completo de este gran poema épico. Está traducido al castellano no rimado, directamente del original en francés arcaico. Disfrutadlo.

Retorna el emperador, dicen los infieles. Escuchad los clarines de las huestes de Francia.