Milanés
nacido en 1527, Giuseppe Arcimboldo, que
algunas veces aparece también escrito como Arcimboldi, era el hijo de un
prestigioso artista vidriero instalado en Milán. De muchacho trabajó con su
padre elaborando vitrales, mosaicos y frescos en varias iglesias de Lombardía.
A los treinta y cinco años se había forjado ya una sólida reputación como artista.
Partió entonces a la corte imperial de Viena donde ejerció como pintor de
cámara del emperador Fernando I, siéndolo más tarde de su sucesor, Maximiliano
II, y después de su hijo Rodolfo II en la corte de Praga, un reino singular en
el que a la vez que se favorecieron las ciencias y las artes, se celebraron
toda clase de acontecimientos festivos, bailes, mascaradas, conciertos, justas,
representaciones teatrales y hasta circenses, donde tuvieron un papel destacado
las ornamentaciones, los escenarios y los artificios de todo tipo.
Para
todas esas actividades era Arcimboldo pintor, escultor, artesano, arquitecto e
ingeniero, un verdadero hombre del Renacimiento. Fue autor de dibujos, bocetos,
coreografías y atuendos que hoy se conservan en la Galería Uffizi florentina.
Giuseppe Arcimboldo es conocido y valorado sobre todo por su serie de retratos de cabezas compuestas que comenzó a pintar durante el reinado de Maximiliano II. El emperador los fue regalando a distintos monarcas europeos, entre ellos a su tío Felipe II, que los mandó colgar en el Alcázar de Madrid. Por su estilo y su época, podemos considerar a Arcimboldo un pintor manierista. Ello se refleja bien en el resto de su producción pictórica, retratos de personajes o cuadros religiosos de los cuales se han perdido la mayor parte, eclipsadas sus obras convencionales por esos otros retratos grotescos en los que se representan los rasgos de los personajes mediante frutas, hierbas, vegetales, carnes, pescados, raíces y diferentes objetos. Son retratos alegóricos y metafóricos muy en la línea de los grutescos que tan de moda estuvieron durante varias décadas del siglo XVI.
Poco
después de 1400 se habían excavado en Roma las ruinas del mítico palacio
perdido de Nerón, la Domus Aurea,
cuyo recuerdo en esa época pertenecía al terreno de lo fabuloso. Pero las
ruinas se hallaron y eran reales. Revelaron al asombrado espectador del quattrocento y del siguiente siglo
decoraciones murales con combinaciones caprichosas de plantas, figuras,
criaturas míticas… Las habitaciones quedaban por debajo del suelo, como en una
gruta. Las invenciones bizarras y fantásticas que se encontraron allí,
empezaron a ser conocidas como grottesche.
La influencia que el hallazgo tuvo sobre las artes plásticas y decorativas del Renacimiento fue mayúscula. En 1519 Rafael de Sanzio y Giovanni de Udine decoraron la galería vaticana en aquel estilo grotesco tan de moda. Tanto la ornamentación como la temática grotesca se abrieron camino en Italia y el resto de Europa. Baste recordar la obra de El Bosco, de Durero, o del mismo Rubens. En pintura y escultura la temática religiosa que había presidido de forma abrumadora la anterior etapa gótica y pre-renacentista, dio paso a una verdadera explosión de motivos mitológicos y profanos que se abrieron camino no sólo hasta los palacios de los príncipes, sino en ocasiones hasta las paredes consagradas de los templos. Las esculturas de criaturas fantásticas se convirtieron en elementos imprescindibles de los jardines renacentistas. Giorgio Vasari describió como grotescas las inspiradas obras de Miguel Ángel. Pues bien, el principal exponente de aquella tendencia estética fue precisamente Giuseppe Arcimboldo con sus trampantojos, sus ilusiones ópticas y su perfecto dominio de los elementos de la naturaleza. Mucho tiempo antes de que los bodegones fueran un género pictórico, Arcimboldo ya reproducía elementos animales y vegetales con asombrosa maestría.
Sus dos series más célebres son la de las cuatro estaciones y la de los cuatro elementos, además de su Vertumno, un retrato figurado del emperador realizado mediante flores, frutas y verduras, y de su famosa Flora, retrato femenino compuesto a base de delicadas flores.
Muy
favorecido por Rodolfo II, su mecenas, Arcimboldo regresó rico a su Milán
natal, donde falleció en 1593. Tanto Cervantes como Quevedo debieron haber
visto las obras del pintor o alguna de sus muchas copias, como se deduce de
algunos comentarios de ambos autores. Después, la obra del milanés cayó durante
siglos en el olvido, perdiéndose la mayoría de su producción pictórica en
guerras y saqueos. Se hicieron además muchas copias, y hoy en día al parecer
tan sólo se conservan veinticinco cuadros que puedan atribuírsele con plena
seguridad. Ya en el siglo XX el interés de Salvador Dalí y otros surrealistas
por su obra, resucitó el recuerdo de Giuseppe Arcimboldo, aquel manierista
polifacético que supo ganarse el favor de los soberanos de Europa retratándolos
con labios de salchichas y orejas de champiñón. Nuestro profe Bigotini con su
famosa nariz de berenjena, no puede sino admirar profundamente a Arcimboldo y a
su mundo pictórico grotesco y fantástico. Aquí dejamos unas cuantas muestras.





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