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sábado, 30 de diciembre de 2023

ESCUELA DE SEDUCTORES

 

El profe Bigotini también fue joven. Si amigos, podrá parecer mentira, pero es así. Del mismo modo que en un remoto pasado estuvieron unidos los continentes de Suramérica y África, o el Real Zaragoza jugaba en primera división, Bigotini fue también illo tempore un muchacho tímido e inexperto, que se ruborizaba delante de cualquier chica guapa, comenzaba luego a tartamudear frases incoherentes, y terminaba huyendo despavorido hasta ocultarse bajo una alfombra persa, tras un tapiz flamenco o sobre una montaña rusa. Afortunadamente aquel desdichado tiempo pasó. Apareció primero una incipiente pelusilla bajo su nariz monumental, que se convirtió después en el famoso bigote que luce hasta hoy, tan poblado, que a la vez que te abraza, te cepilla el traje. Con el bigote llegaron la madurez y el aplomo necesarios para convertir a nuestro profe en un atractivo galán. Cuando se encontraba apostado detrás de su nariz, en uno de esos atardeceres gloriosos en que el sol se ha puesto, apuesto a que no habréis visto un joven tan apuesto como él.


Al joven Bigotini le atraían intensamente las muchachas hermosas, y ellas a su vez, estaban locas por él. Ahora que ya es viejo, sus gustos no han variado ni un ápice, si bien lamenta no percibir aquella antigua reciprocidad. Pero en fin, ¡qué le vamos a hacer!, se dice, y recuerda todos esos deliciosos momentos, mientras acaricia su bigote plateado ya por las implacables nieves del tiempo. Como quiera que su altruismo no conoce límites, y como modesta pero decisiva contribución a la felicidad de tantos jóvenes que acaso se sienten desgraciados por sus continuos fracasos en los intentos de aproximación al bello sexo, el profesor ha tenido a bien obsequiar al mundo unos consejos, sencillos pero imprescindibles, para triunfar con las mujeres. Tomen buena nota de ellos todos esos pobres muchachos tímidos y desgarbados, que abarrotan patéticamente los bailes sin atreverse siquiera a acercarse a las chicas, o merodean en la proximidad de los vestuarios femeninos, aspirando fragancias inalcanzables y soñando imposibles caricias.

En primer lugar es necesario vencer la timidez. Si os consideráis incapaces de dirigíos con naturalidad a una muchacha bonita, probad durante unos meses a entablar conversación con damas de edad o mujeres cuya presencia resulte improbable que provoque pulsiones inapropiadas o intempestivas tormentas hormonales. Puede servir alguna anciana tía solterona, una monja hemipléjica o una feroz matrona con aspecto de cabo primero del tercio Alejandro Farnesio.

Una vez vencido este primer obstáculo, recordad siempre que las féminas son criaturas purísimas, a medio camino entre lo terreno y lo celestial. Procurad no empañar esa pureza con palabras soeces o exabruptos fuera de lugar. Debéis evitar cualquier referencia a asuntos delicados como por ejemplo la ropa interior. Mencionar un corsé o una negligee hará enrojecer a cualquier muchacha honesta. Tampoco conviene eructar, escupir, hurgarse la nariz o rascarse la entrepierna. Son detalles que, por alguna misteriosa razón, incomodan bastante a las damas.

Es preciso tener paciencia. Cualquier avance que se practique antes de tiempo, puede dar al traste con una prometedora relación. Los cronistas aseguran que Lady Hamilton, dama de conducta intachable, no permitió que Nelson la tomara de la mano hasta que no fueron formalmente presentados. Parece que en cierta ocasión se incomodó hasta el punto de montar en su caballo y cabalgar sin descanso desde Londres hasta Northumberland, porque el almirante, acostumbrado como estaba al rudo lenguaje marinero, cometió la inconveniencia de pronunciar en su presencia la palabra “pantorrilla”. Se dice también que nuestra compatriota la emperatriz Eugenia de Montijo, impidió el acceso de Napoleón III al tálamo nupcial durante los primeros dieciocho meses después de la boda. Transcurrida tan higiénica cuarentena, cada vez que yacían juntos lo hacían en completa oscuridad y en el silencio más absoluto. Concluido el coito, sólo se permitían unos lacónicos merci madame y merci monsieur, antes de que el emperador regresara a sus fríos aposentos. Las francesas… Bueno, las francesas son otra cosa cuya calificación excusaré por respeto a la decencia. Permitid tan solo que exclame ¡Oh, lalá!, y con eso ya creo que digo bastante.

Por último, queridos muchachos, quisiera destacar la importancia del aseo personal y la corrección en el vestir. En los últimos tiempos observo alarmado que los puños de encaje han quedado prácticamente relegados al ámbito judicial. Una lástima. Yo os exhorto a que conservéis al menos tres elementos imprescindibles: cuello duro, corbatín y peinado con raya en medio. Sin eso y la correspondiente levita negra o gris marengo, podríais caer en el desaliño y la impudicia. Creedme, las damas valoran y agradecen la compostura. La gallardía, la mirada altiva y el sereno continente, comprendo que son prendas que otorga la naturaleza caprichosa, y no estarán al alcance de la mayoría de vosotros. No obstante siempre hay pequeños trucos que ayudan, como dejar crecer un hermoso y poblado bigote engominado. Los más feos (pobrecillos) siempre pueden optar por cubrir la mayor parte del rostro con una espesa barba o colocarse unas gafas ahumadas en caso de ser bisojos. Las orejas de soplillo se disimularán muy bien con un casquete de aviador (en este caso es válido cambiar la levita por una cazadora de cuero). En último extremo, una escafandra de buzo tendrá la virtud de ocultar la práctica totalidad del rostro, aunque resulte algo incómoda en climas cálidos.

Bueno, pues ya tenéis las claves del éxito, perillanes. Jugad bien vuestras cartas y el triunfo está asegurado. Armaos de valor, y ¡hala, a buscar novia! No pretendáis sin embargo, conseguir harenes. Eso sólo está al alcance de los jeques árabes, las estrellas del rock, los reyes eméritos y los elefantes marinos de Península Valdés. Para ejercer la poligamia en el mundo civilizado es preciso poseer embarcaciones de recreo, flotas de automóviles de lujo y abultadas cuentas corrientes, que aunque se llamen así, no son muy corrientes que digamos.

Detrás de cada hombre que triunfa hay una mujer que lo conoce bien. Por eso no se explica cómo demonios llegó a triunfar. Woody Allen.

 


miércoles, 27 de diciembre de 2023

TIJUANA BIBLES. PORNOGRAFÍA BARATA MADE IN USA


 

Las Tijuana Bibles o Biblias de Tijuana eran cómics clandestinos que circularon de mano en mano en los Estados Unidos desde los años veinte a los sesenta, cuando se extinguieron de muerte natural con la llegada del cómic alternativo y underground. Su mayor apogeo tuvo lugar entre las décadas de los treinta y los cuarenta. Eran sencillamente unos tebeos de contenido pornográfico, generalmente de ocho páginas, de forma apaisada, aunque no siempre, e impresos en un papel de ínfima calidad. Sus dibujantes permanecieron en el anonimato, lo mismo que sus editores. Todo indica que a pesar de su condición ilegal, no excitaron demasiado el celo de autoridades policiales o judiciales en su persecución. Al parecer se realizaron ocasionales redadas e incautaciones de vehículos cargados con aquella mercancía clandestina, coincidiendo con las ocasionales protestas de organismos religiosos y asociaciones ciudadanas escandalizadas cuando algunos números se habían vendido a la puerta de algún centro escolar. Pero la cosa no pasó de ahí. Se resolvió en multas, y no hubo cierres de imprentas ni detenciones de editores.



El nombre de aquellas Biblias de Tijuana hacía alusión a la famosa ciudad mexicana que en el imaginario colectivo de millones de estadounidenses, venía a ser una especie de Babilonia bíblica, la ciudad del pecado. Las historietas, por supuesto, iban siempre sin firma, y en general la calidad de los dibujos era también mediocre, como la del papel en que se imprimían. Hubo excepciones, claro. Siempre corrieron rumores de que tal o cual artista del género participaba en los tebeos. En la mayoría de los casos se trataba de simples imitadores del estilo de algunos dibujantes consagrados, pero años más tarde, artistas como Ham Fisher, el autor de Joe Palooka, o Will Eisner, el padre de Spirit, reconocieron haber trabajado en aquella industria clandestina para ganar el sustento a seis dólares la página. Los personajes de las Tijuana Bibles parodiaban, bien a diferentes cómics célebres, o bien a estrellas de cine y famosos de todo tipo. De hecho, vistos en la actualidad, hay personajes que en su momento debieron ser populares de manera efímera, pues hoy día nadie los recuerda. Los contenidos eran invariablemente burdos y a menudo explícitamente pornográficos.

Con todo, no deja este subgénero de tener interés para el estudioso o el curioso. Os dejamos aquí abajo una muestra variopinta de páginas que retratan una etapa histórica muy interesante desde el punto de vista cultural y sociológico. Voilá:

















sábado, 23 de diciembre de 2023

LEE REMICK, CON O SIN MAQUILLAJE

 



El rostro adolescente de Lee Remick en sus primeros trabajos frente a las cámaras, quedó grabado en la retina de millones de espectadores. Comenzó su carrera cinematográfica muy joven, con apenas veintidós años, pero ya desde sus comienzos pisó fuerte en los platós haciendo valer su formación dramática en el Actor’s Studio neoyorquino.

En 1959 Otto Preminger buscaba una actriz que aceptara aparecer en muchas escenas sin maquillaje alguno. Ninguna de las entonces consagradas quiso hacer el papel, y Preminger lo ofreció a aquella jovencita atrevida que hasta sin maquillar resultaba hermosa. De esa forma Lee Remick protagonizó junto a James Stewart la inolvidable Anatomía de un asesinato, filmada en blanco y negro con una iluminación y una fotografía que recuerdan la atmósfera de las películas europeas de aquel tiempo. La joven estrella recibió una nominación al oscar tres años después por su papel en Días de vino y rosas, una tragicomedia con Jack Lemmon y la magistral batuta de Billy Wilder. Luego firmó otra actuación formidable en El detective, junto a un Frank Sinatra al que sin proponérselo, eclipsó.

Después, por razones nunca bien aclaradas, los productores le hicieron el vacío. Haciendo el viaje opuesto a muchos actores y actrices de su generación, Lee Remick marchó a Gran Bretaña, en cuya industria participó en un puñado de filmes entre los que acaso destaca La profecía, que dirigió en 1976 Richard Donner y coprotagonizó Gregory Peck. Su prematuro fallecimiento truncó la que pudo haber sido una fecunda carrera como actriz madura. De su ausencia nos consolamos con el recuerdo de la Remick eternamente joven y su imborrable sonrisa. Traemos para honrar su memoria, el enlace con La batalla de las colinas del whisky, filme de 1965 dirigido por John Sturges, una divertida comedia ambientada en el viejo oeste, en la que Burt Lancaster acompaña a Lee Remick en la cabecera de un reparto coral. Pasen y vean. 

https://www.youtube.com/watch?v=hMJt7wUAcO4 

Próxima entrega: Rock Hudson


miércoles, 20 de diciembre de 2023

EL OCASO DE LA HISPANIA VISIGODA


 

Los tres siglos de presencia visigoda en España resultan uno de los periodos más oscuros de nuestra Historia por la abrumadora carencia de datos y noticias de que disponemos. Tradicionalmente, los textos de Historia General se limitan a ofrecer la lista de los monarcas, la famosa lista de los reyes godos que durante décadas, fue la pesadilla de muchos escolares. La Historia Eclesiástica nos habla también de los Concilios de Toledo, catorce nada menos, que se celebraron en esos siglos, y consistieron básicamente en reuniones de los obispos, casi siempre para acordar normas y decisiones de carácter local, y algunas veces, las menos, tuteladas o levemente influenciadas por el papado, institución entonces lejana en lo geográfico y distante en lo jerárquico. Como es bien conocido, el reino visigodo de Toledo que llegó a abarcar en extensión la totalidad de la península Ibérica y una parte de la antigua Galia Narbonense, se disolvió como un azucarillo en 711 con la invasión de los musulmanes que cruzaron el estrecho.


En el transcurso de unos pocos años, cuatro o cinco, no quedó prácticamente rastro de los visigodos y sus monarcas en nuestro suelo. Acaso sólo unos pocos restos arquitectónicos que se han conservado gracias a la resistencia de las piedras que los sustentan, dan testimonio de aquella edad olvidada. Cómo pudo producirse tan fulminante y abrupto final, es materia que merece, si bien no un análisis exhaustivo, que en este foro no tiene cabida, sí al menos una breve reflexión.

Varios son los factores que pueden invocarse en este sentido. En primer lugar, no perdamos de vista que los visigodos representaron siempre una exigua minoría en el conjunto de la población hispanorromana a la que habían sometido. Basta echar un vistazo a las escasas crónicas disponibles para ver que los epónimos de origen godo, tanto de personas como de lugares, son minoritarios aún a pesar de que con seguridad en tres centurias se produjo un mestizaje intenso y muchos debieron adoptar los nombres de sus señores para ascender socialmente. A pesar de ello, e incluso entre las élites de la nobleza y el clero, encontramos todavía muchos nombres latinos.


Probablemente nunca llegó a existir entre los visigodos una unidad política real. Aunque desde Leovigildo los monarcas adoptaron el título de reges Hispaniae, lo cierto es que en los diferentes territorios y divisiones provinciales, cada noble regente gobernaba un reino, y hasta sus nobles subordinados se insubordinaban a menudo, abundando por eso las rencillas y episodios violentos que solían terminar en asesinatos. Contribuyó a ello el que nunca terminó de establecerse el carácter hereditario de la corona. Desde las antiguas tradiciones germánicas, apoyadas también por cierto, en la tradición de la Roma imperial en sus últimos siglos, los reyes eran elegidos al menos en teoría, si bien es cierto que a menudo las disputas se resolvían en familia, entre hijos, hermanos o sobrinos, a quienes apoyaban unos u otros nobles, obispos y cortesanos. Por la crónica de Julián de Toledo (un nombre latino), sabemos de la rebelión del dux Paulo (otro nombre latino) en la Septimania con capital en Narbona, durante el reinado de Vamba. A Paulo se unió el dux de la Tarraconense. Todo hace suponer que ese levantamiento del que por suerte disponemos de documentación, no fue el único, y probablemente ni siquiera el más importante.


Desde el 672, año en que comenzó el reinado de Vamba, hasta 711 en que tiene lugar la invasión musulmana, se abre un periodo de unos cuarenta años de anarquía y destrucción del reino. Dos grandes familias, la de Chindasvinto y la del citado Vamba, protagonizaron cuatro décadas de enfrentamientos y conspiraciones que culminaron en la lucha por el poder que mantuvieron Witiza y Rodrigo, una auténtica guerra civil en la que los musulmanes del otro lado del estrecho fueron invitados a intervenir o acaso se invitaron ellos mismos. En cualquier caso, el resultado fue el conocido. Las gentes árabes y norteafricanas de Muza y de Tariq desembarcaron junto al peñón de Gibraltar (Gibal al Tariq) y derrotaron en el Guadalete al ejército visigodo. Por cierto, y abundando en lo dicho sobre el escaso peso demográfico de los godos, sus tropas estaban compuestas mayoritariamente por esclavos y por libertos hispanorromanos, como se atestigua en el relato de Julián de Toledo citado arriba. Abundan en nuestra tradición leyendas románticas sobre estos episodios. Los juglares glosaron siglos después la lujuria de don Rodrigo, aquel desdichado último rey, y su pasión por la Cava, también llamada Florinda, que a la postre condujo a la pérdida de España. En un viejo romance, Rodrigo, derrotado y herido, se esconde en la sepultura que le ofrece un ermitaño. El foso alberga un cubil de serpientes, y el rey lamenta en el último verso: ya me comen, ya me comen, por do más pecado había.


Los musulmanes, con la facilidad de avance que les brindaron las calzadas romanas, fueron tomando sucesivamente los principales núcleos de población peninsulares, dejando una pequeña guarnición en cada uno. En 714 ya habían cruzado los Pirineos, tomado más tarde Narbona y hasta la Tolosa de los francos. Se sabe que recibieron apoyo de la población judía, a la que los últimos visigodos, azuzados por el fanatismo religioso de los obispos, tenían sojuzgada de forma especialmente cruel. También se unieron a los invasores muchos cristianos hispanorromanos o más propiamente romanovisigodos. Gran cantidad de ellos, siervos y campesinos, abrazaron el Islam. Son los llamados muladíes. Otros, los mozárabes, siguieron observando el cristianismo contando con la tolerancia de los nuevos señores que a fin de cuentas consideraban la cristiana una de las religiones del Libro, y por lo tanto respetable. Los últimos señores visigodos se refugiaron en las montañas cantábricas, entre aquellos astures belicosos a quienes apenas un siglo atrás habían combatido. El fin de una era inauguró el comienzo de la siguiente, la de al-Andalus. Disponemos de más noticias acerca de ella, aunque para la mayoría de los españoles permanece tan oculta y desconocida como la anterior. Es lo que tiene la Historia, que como es bien sabido, escriben siempre los vencedores.

Los placeres sencillos son el último refugio de los hombres complicados. Oscar Wilde.


sábado, 16 de diciembre de 2023

DICKENS: DENUNCIA, HUMOR Y EMOCIÓN

 


El 7 de febrero de 1812 nació en Portsmouth Charles Dickens. Su padre, John Dickens, fue un oscuro oficinista del arsenal portuario a quien los biógrafos de su hijo describen como inconsciente y manirroto. Sus muchas deudas hicieron que diera con sus huesos en la cárcel, en la prisión de deudores de Marshalsea, y como el reglamento penitenciario permitía a los presos vivir acompañados por su familia, allí se trasladó Elizabeth, su esposa, con varios de sus hijos. El pequeño Charles fue acogido por una señora caritativa hasta cumplir los doce años, edad que se consideró adecuada para comenzar a trabajar. Lo hizo en condiciones espantosas en una fábrica de betún de Charing Cross. Agotadoras jornadas de diez horas con la sola pausa dominical para visitar a su familia en prisión. Dickens confesó años más tarde haber deseado muchas veces la muerte durante aquella vida de esclavo que se prolongó al parecer innecesariamente, pues a la muerte de su abuela materna recibió una herencia de 250 libras, suma considerable en esos tiempos, aunque a pesar de ello, su madre decidió que continuara en la fábrica.



Existe controversia sobre la educación que recibió Charles en su infancia. Todo indica que abandonó la escuela primaria a los nueve años, coincidiendo con la prisión del padre, y que prolongó sus estudios sólo tres años más en Little College Street que regentaba la señora Roylance, su benefactora. A partir de su ingreso en la fábrica de betún, no asistió a ningún otro centro de enseñanza, por lo que es lícito calificar a Dickens de autodidacta. Fue un ávido lector infantil, y en alguna ocasión se refirió a Robinson Crusoe y al Quijote como dos de sus primeras y más influyentes lecturas.

A los quince años pudo al fin mejorar de vida, trabajando como pasante en un bufete. Aprendió taquigrafía consiguiendo un empleo en los juzgados. Intentó por entonces sin éxito ser actor, y finalmente, en 1834, ingresó en el Morning Chonicle para cubrir como periodista las campañas electorales y los debates políticos. A partir de esa fecha, con apenas veintiún años, todo su esfuerzo y su talento se dedicaron a la escritura. En esa primera etapa consiguió ver publicados algunos breves trabajos literarios, muy especialmente las entregas semanales de Los papeles póstumos del club Pickwick, que fueron recibidos con entusiasmo por los lectores, aunque no fueron tan bien acogidos por la crítica, acaso todavía no preparada para asimilar aquel jovial torrente de humor y de bondadosa ironía que emanan la obra y sus inolvidables protagonistas. A partir de entonces se sucedieron los éxitos literarios, casi siempre acogiéndose el autor al formato de los folletines por entregas que se publicaban semanalmente en diversos periódicos y suplementos literarios tanto británicos como norteamericanos.


En 1836 se casó con Catherine Thompson Hogarth con quien tuvo nada menos que diez hijos. En lo literario su éxito fue imparable. Al Pickwick siguió Oliver Twist, y a éste Nicholas Nickleby y La tienda de antigüedades, siempre publicando por entregas, algo en lo que el joven Dickens se convirtió en todo un especialista. Cada una de las entregas o capítulos terminaban de manera que estimulaban al lector a esperar la siguiente. Se cuenta que cuando llegó al puerto de Nueva York el buque que transportaba las últimas entregas de La tienda de antigüedades, muchas personas acudieron al muelle preguntando a gritos a los tripulantes si había muerto la pequeña Nell, su protagonista.

En la década de 1840 dio a la imprenta sucesivamente Barnaby Rudge, Martin Chuzzlewit, El pequeño Dombey y David Copperfield, que representó el mayor éxito de ventas de Dickens con 100.000 ejemplares en apenas dos meses, algo sin precedentes en su tiempo. También es David Copperfield la que junto a Oliver Twist encierra los rasgos autobiográficos más reconocibles de su autor.



La descripción de la miseria de las clases proletarias en la Inglaterra victoriana y en los sucios arrabales de Londres, son signos de denuncia social siempre presentes en la obra de Dickens. Otra característica fundamental es el notable sentido del humor que hasta en los pasajes de mayor dramatismo se abre paso en las narraciones dickensianas. En el plano religioso, Charles Dickens fue un creyente convencido. Sus contemporáneos Tolstoy y Dostoievski le etiquetaron de gran escritor cristiano. En América su decidido antiesclavismo le granjeó el boicot de quienes defendían la esclavitud. En Gran Bretaña se convirtió en un personaje popular, seguido y admirado por millones de lectores, lo mismo que en la Europa continental donde se leyeron las traducciones de sus obras. La misma reina Victoria parece que fue gran admiradora de Dickens.

En la década de los 50 aparecieron Casa Desolada, Tiempos difíciles, La pequeña Dorrit e Historia de dos ciudades, y ya en los 60, Grandes esperanzas y Nuestro común amigo. Falleció el autor el 9 de junio de 1870 a causa de una hemorragia cerebral y con sólo 58 años. Su última gran novela, El misterio de Edwin Drood, quedó inconclusa.


Además de estas obras de gran extensión, se deben a la pluma de Dickens una pléyade de cuentos y relatos breves como Las campanas, La batalla de la vida, El hechizado, Hombres intrépidos, La casa de alquiler o El guardavía, entre otros muchos. Algunos de ellos preludian el género de terror. Algunos otros glosan el espíritu navideño. Es el caso de El grillo del hogar o del celebérrimo Cuento de Navidad que desde su publicación en 1843 se ha convertido en un clásico del género con innumerables adaptaciones, libros infantiles, películas, musicales, y hasta filmes de animación. En Bigotini hemos recurrido ya varias veces y seguiremos haciéndolo, a estos relatos de Dickens en época navideña. Hoy, para recordar al genio de Portsmouth, os ofrecemos el enlace con la versión digital de Grandes esperanzas, en la esperanza y la completa seguridad de que hallaréis en su lectura las mismas emociones y el alimento espiritual que destilan sus páginas. Clic en este enlace y disfrutad:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=Grandes+esperanzas.pdf

Hay hombres que viven para servir a una idea. Lástima que sea una idea equivocada. Charles Dickens.


miércoles, 13 de diciembre de 2023

VIAJE ALUCINANTE AL INTERIOR DE LA CÉLULA


 

En 1966 la 20th Century Fox produjo un film basado en una extraordinaria novela de Isaac Asimov, cuyo título original era Fantastic voyage. En España se tradujo como Un viaje alucinante, y en otros países de habla hispana se llamó Viaje fantástico (Argentina) o El viaje fantástico (Venezuela). La dirigió Richard Fleischer con su acostumbrado buen oficio, y en el reparto figuraron Stephen Boyd, Donald Pleasence, Edmond O’Brien, Arthur Kennedy y la entonces despampanante Raquel Welch, que aparecía estratégicamente embutida en un traje de neopreno muy adecuado para resaltar su sinuosa silueta. Obtuvo dos oscar y cinco nominaciones. Todo un clásico de la ciencia-ficción del que en los ochenta se hizo un remake completamente prescindible titulado El chip prodigioso. El argumento se centraba en ambos casos en la miniaturización de un submarino con sus tripulantes, que después se introducía mediante inyección intravenosa, en un paciente, al objeto de que el sumergible atacara el mal en alguna recóndita región anatómica.


No puede negarse que la idea es fantástica. Si fuéramos capaces de visitar por dentro una sola de las células que componen el conjunto de nuestro cuerpo, y de las que tenemos alrededor de 10.000 billones, sin duda quedaríamos alucinados. Cada célula es de por sí un prodigio de complejidad. Para construir la más elemental, por ejemplo, la de una levadura, se necesitaría aproximadamente el mismo número de piezas que tiene el transbordador Columbia. Y una vez encajadas las piezas, habría que convencer a la maqueta de que tenía que autoreplicarse. ¡Casi nada!

Cuanto más vamos sabiendo acerca del funcionamiento de nuestras células, más nos convencemos de que en realidad sabemos bastante poco. Tenemos un mínimo de 200.000 tipos de proteínas trabajando aquí dentro, y apenas entendemos un  miserable 2% de lo que hacen. Nuestras células son extraordinariamente variables en cuanto a formas, funciones y hasta tamaños. Por ejemplo, el modesto y esforzado espermatozoide es unas 85.000 veces menor que el imponente óvulo femenino. Considerad el temerario valor que necesita el pobrecillo para enfrentarse, rendir las defensas y penetrar semejante fortaleza.


La vida de nuestras células es efímera en la mayoría de los casos. Con la notable excepción de las células hepáticas, que pueden sobrevivir varios años, y la más que notable de las neuronas cerebrales, que duran toda la vida, lo cierto es que la mayor parte de las células rara vez alcanzan un mes de existencia. Ahora bien, los componentes individuales de todas las células, incluidas las hepáticas y las cerebrales, se están renovando constantemente. De hecho se calcula que no hay ni un solo minúsculo pedazo de nosotros, ni siquiera una mísera molécula, que formase parte de nuestro cuerpo hace tan solo nueve años. Así que molecularmente hablando, somos todos unos niños (y esto es algo, creedme, que a los que recordamos a Raquel Welch nos llena de satisfacción).

Si pudiéramos reducirnos como los protagonistas de la película, alcanzar un tamaño en que los átomos nos parecieran guisantes, tal como los vemos dibujados en los libros, y visitar el interior de una célula, nuestra primera preocupación sería ponernos a salvo. Estaríamos dentro de una esfera de casi un kilómetro de diámetro, sostenida por un intrincado entramado de vigas llamado citoesqueleto. A nuestro alrededor silbarían como balas, desplazándose a velocidades de vértigo, unos cuantos millones de objetos, unos pequeños como pelotas y otros grandes como casas. Hasta los mismos componentes de la célula corren peligro continuamente. Cada filamento de ADN es atacado y dañado una vez cada 8,4 segundos (10.000 veces al día). Para que la célula no muera, cada una de esas heridas es suturada y reparada a toda prisa por las moléculas que específicamente se encargan de esa función.



Las proteínas giran, palpitan y vuelan hasta mil millones de veces por segundo. Las enzimas están por todas partes y realizan unas mil tareas por segundo en cada célula. Algunas enzimas controlan y seleccionan a las proteínas dañadas o defectuosas, las dirigen hacia una estructura llamada proteosoma, donde son despiezadas, y sus componentes utilizados para construir nuevas proteínas. La actividad es tan frenética que sobrepasa el alcance de cualquier imaginación. Bill Bryson, de quien extraemos muchos de estos datos, afirma que una célula son sólo millones de objetos (lisosomas, endosomas, ribosomas, ligandos, peroxisomas, proteínas de todas las formas y tamaños…) chocando con otros millones de objetos y realizando tareas rutinarias: extrayendo energía de nutrientes, montando estructuras, deshaciéndose de desperdicios, rechazando a los intrusos, enviando y recibiendo mensajes, efectuando reparaciones, etcétera. Si un cálculo por lo bajo arroja un mínimo de 100 millones de moléculas de proteínas en cada célula, hagamos el ejercicio de representarnos la inmensidad de actividades bioquímicas que se desarrollan en nuestro interior.

Para mantener en funcionamiento toda esa enorme actividad biológica, es necesario mucho oxígeno. El corazón debe bombear 343 litros de sangre por hora, unos 8.000 litros al día. Eso supone unos tres millones de litros al año, que bastarían para llenar cuatro piscinas olímpicas. Todo esto en condiciones de reposo. Durante el ejercicio las necesidades energéticas pueden multiplicarse por seis… Consumimos también a lo largo de una vida humana media, una ingente cantidad de alimentos. Literalmente toneladas…

En comparación con los sencillos seres unicelulares, los organismos pluricelulares somos extraordinariamente costosos de mantener. Conviene, queridos amigos, que seamos conscientes de un hecho indiscutible: la naturaleza ha apostado fuerte por nosotros. Le salimos muy caros. Hagamos pues lo posible por restituir lo que la naturaleza tan generosamente nos ha dado. Hagamos lo posible al menos para no parasitar nuestro medio, para no resultar (como desgraciadamente resultamos) la mayor plaga y el principal riesgo para el medio ambiente desde los albores de la vida sobre el planeta.

La vejez no es tan mala… sobre todo si uno considera la otra alternativa.  Maurice Chevalier.


sábado, 9 de diciembre de 2023

LA PROYECCIÓN DE MERCATOR: BENDITA DEFORMIDAD

 


Gerardo Mercator, cartógrafo flamenco nacido en 1512, fue el primero en crear una proyección sobre plano en el que las líneas de la brújula se cruzan con los meridianos en un ángulo constante. Tuvo la ingeniosa idea de transformar la esfera terrestre en un cilindro que pudiera desplegarse en una superficie plana. Parece que el primer mapa levantado mediante esta técnica vio la luz en 1569, y representó un hallazgo sin precedentes para facilitar la navegación en un momento histórico en que las potencias europeas se lanzaron a una carrera política y comercial hasta entonces nunca vista. Fue la era de los grandes descubrimientos.

Durante el largo periodo de oscurantismo que representó la Edad Media, se perdieron muchas de las ideas de los antiguos griegos sobre el modo de representar la Tierra esférica sobre un plano. De hecho, la ciencia oficial (si es que es lícito llamarla ciencia), por cierto, con la Iglesia a la cabeza, se había empeñado tercamente en mantener el disparate del terraplanismo.


Durante los siglos XV y XVI, el valor de los escasos planos, los mapas y las cartas marítimas existentes, rivalizó con el del oro entre navegantes y bucaneros. En ese tiempo los mapas se convirtieron también en un símbolo de prestigio entre los armadores y los ricos comerciantes europeos que amasaron inmensas fortunas amparándose en las prósperas rutas del comercio de especias, de seda, de pieles, y de toda clase de mercancías valiosas. Rutas cada vez más seguras y derroteros más exactos, cubrieron de oro a las principales casas reales y a los fundadores de las grandes familias de banqueros. Una plutocracia emergente que aún hoy en día, más de cinco siglos después, continúa teniendo agarrada por el mango la sartén de la política y las finanzas de nuestra a la vez grandiosa y miserable aldea global.

La proyección de Mercator constituyó en el terreno de la navegación, un avance singular. Las cartas que se levantaron siguiendo esta técnica, tienen varias importantes cualidades: en primer lugar son conformes, es decir, reproducen correctamente las formas en torno a un punto; en segundo lugar, y quizá más extraordinario todavía, convierte las líneas rectas en loxodrómicas, es decir, líneas que siguen un rumbo fijo (véase un reciente artículo que publicamos sobre el particular), lo que permitía a los navegantes seguir el rumbo que marcaba la brújula sin sufrir la menor desviación. Tras la invención del cronómetro marino en el siglo XVIII, que permite medir el tiempo y determinar la longitud geográfica mediante la navegación celeste, los mapas realizados siguiendo la proyección de Mercator cobraron aún mayor valor y exactitud.


Todo parece indicar que Gerardo Mercator fue más un artista con una prodigiosa intuición que un verdadero científico. Nada indica que para llevar a término su invención se apoyara en las matemáticas ni en la geometría de ángulos. Sin embargo, su proyección por supuesto es susceptible de un análisis matemático. Lo llevó a cabo el matemático inglés Edward Right en su obra Certaine Errors in Navigation, publicada en 1599. Siguiendo a Right, la proyección del mapa de Mercator puede crearse obteniendo coordenadas de latitud y longitud tal como se ilustra en el siguiente desarrollo:



Claro que como tantas otras cosas, la proyección de Mercator dista mucho de ser perfecta. Precisamente para que resulte práctica, las distancias de los paralelos se agrandan de forma progresiva conforme nos alejamos del ecuador. Por eso en el ya familiar mapamundi al que estamos acostumbrados desde la escuela, Groenlandia aparece con un tamaño muy similar al de África, aunque el continente africano es en realidad unas catorce veces mayor que Groenlandia. Del mismo modo, la Antártida situada en el extremo sur, aparece gigantesca en el mapa. El alcance de las deformidades puede apreciarse con el ejemplo de la cabeza humana sometida a la proyección. ¿Representan estas desproporciones una dificultad para el navegante?: en absoluto. Simplemente los navegantes saben que en los extremos norte y sur las tierras y los mares están plasmados a diferente escala, pero las distancias reales siguen siendo las mismas. Nuestro viejo profe, apasionado de los mapas desde su más tierna infancia, los contempla pensativo, y sueña con lejanas islas en los mares del Sur, otros paraísos y otras aventuras.

La verdad absoluta no existe… lo cual es absolutamente cierto. Woody Allen.