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jueves, 29 de octubre de 2026

BOIXCAR, EL SARGENTO GORILA Y LAS HAZAÑAS BÉLICAS

 


Boixcar fue la firma que siempre utilizó en sus dibujos Guillermo Sánchez Boix. Nacido en la localidad barcelonesa de Sant Just Desvern en 1917, apenas se tienen datos de su biografía. Sin que exista demasiada seguridad, se le han atribuido algunos dibujos de tema bélico aparecidos sin firma durante los años de la guerra de España, cuando apenas debía tener veinte años, por lo que cabe inferir que su vocación por el dibujo y su carrera en la ilustración tuvieron un comienzo precoz. Pero su etapa de mayor actividad abarca las décadas de los cuarenta y los cincuenta, veinte años en los que dibujó y guionizó series de aventuras que publicó la editorial Marco en los cuadernillos apaisados clásicos del tebeo español de posguerra. El mundo futuro, una especie de versión española de las aventuras de Flash Gordon, trasladaba al lector infantil a mundos fantásticos en planetas lejanos. El puma fue una serie de aventuras mucho más clásica, con el típico héroe juvenil triunfando en arriesgadas empresas.


Pero la serie por la que Boixcar ha pasado a la historia del tebeo español, y glosamos hoy en nuestra particular Historia del Cómic, es sin duda Hazañas bélicas. Publicada por editorial Toray, y concebida desde sus comienzos como una serie enfocada a adolescentes creciditos o incluso a adultos, Hazañas bélicas se dedicó por su autor a exaltar los valores castrenses con inflamado ardor. Naturalmente, en aquella España del águila rampante y las filas prietas, la serie no sólo no tuvo ni el más mínimo problema con la censura, sino que fue reconocida, premiada y estimulada por el régimen franquista. Los escenarios y los argumentos de Hazañas bélicas se fueron amoldando a los vientos políticos que soplaron en esos años. Al principio las historietas se centraron en la División Azul y el papel de los voluntarios españoles en la campaña de Rusia, con una visión benévola de las fuerzas del Eje, alemanes e italianos. Y en los años cincuenta, el tebeo giró hacia la simpatía por las fuerzas americanas en Corea, con el sargento Gorila, el personaje que protagonizó la serie en esa segunda época. Leemos en Tebeoesfera:

De estilo acusadamente figurativo y muy apoyado en la documentación, por más que el autor abusó de la copia de obra ajena, su paso por la historieta española fue verdaderamente importante por lograr un dibujo efectista que atrajo a la lectura de tebeos tanto a niños como a mayores. Su cuidadosa reproducción de material bélico, paisajes y escenas guerreras generó una consideración distinguida hacia los tebeos que firmaba, que por su temática supusieron alimento de muchos españoles que habían vivido el aliento cercano o el eco lejano de las guerras.

Guillermo Sánchez Boix, Boixcar, cesó su actividad y desapareció del mapa del tebeo en 1960. Celoso como fue de su vida privada, evitó siempre acudir a reuniones y convenciones de ilustradores, por lo que algunos le consideraron fallecido en esa fecha. El dibujante realmente murió en 1964, cuando Toray publicó una breve nota anunciando su defunción. Como siempre hacemos, os dejamos un puñado de portadas y páginas de su mano para que sean descubiertas por los jóvenes y recordadas por los viejos.


















domingo, 25 de octubre de 2026

MEL GIBSON, UN REBELDE EN HOLLYWOOD

 



Aunque nacido en Nueva York, Mel Gibson puede considerarse a todos los efectos australiano, pues se crió en el continente austral. También en Australia comenzó su carrera artística, primero con la impactante Mad Max, trepidante distopía futurista que se convirtió en una franquicia dando lugar a varias continuaciones. Siguió en los primeros ochenta y en la misma Australia, Gallipoli, un drama bélico cargado de lirismo que dirigió el australiano Peter Weir. Con este mismo director, el joven Gibson rodó al año siguiente El año que vivimos peligrosamente, thriller periodístico de notable altura artística con una espléndida Sigourney Weaver y con la aparición de Linda Hunt, una sorprendente secundaria.

Llegó después su etapa hollywwodiense en la que el actor protagonizó algunas actuaciones de mérito, pero en la que brilló sobre todo en filmes de acción como la exitosa y comercial serie Arma letal, que comenzó en 1987 y tuvo varias secuelas en los años sucesivos. Ya en los noventa, Mel Gibson cosechó grandes éxitos de taquilla con Maverick y El patriota, y hasta se atrevió a dirigir películas como la controvertida La pasión de Cristo o Braveheart, que obtuvo los Oscar a la mejor película y la mejor dirección. Los espectadores de todo el mundo recordarían desde entonces a Gibson como el rebelde de la cara pintada, y lo cierto es que en la industria del cine adquirió también reputación de rebelde y hasta de antisemita por su visión de la pasión de Cristo que algunos rabís del lobby judeoamericano juzgaron excesivamente católica. También en los últimos años se ha distinguido el actor por la denuncia de abusos sexuales en Hollywood, aun mucho antes de que el me too se convirtiera en un fenómeno. Su fanatismo religioso le ha conducido al borde del abismo de la estupidez.

En cualquier caso, Mel Gibson ha sido en los últimos tiempos una especie de grano en el culo de la industria. Para ilustrar esa faceta polémica y contestataria, os dejamos el enlace con un video documental que recoge ese perfil del actor. 

Gibson contestatario

https://www.youtube.com/watch?v=G2EpM-4GpOU

Próxima entrega: Melanie Griffith


jueves, 22 de octubre de 2026

LA MUJER EN LA GNOSIS. ADORACIÓN Y MISOGINIA

 


Uno de los aspectos más originales y que seguramente más contribuyeron a la popularidad de las doctrinas gnósticas, fue la relevancia inusual para su época, que la gnosis otorgó a la mujer y a lo femenino. Evitaré utilizar el término feminista, para no incurrir en anacronismo ni en el disparate que supone mezclar conceptos actuales con cosas de hace dieciocho siglos.

Para la mayor parte de los gnósticos, el Espíritu Santo se identificaba con una mujer a veces inmaterial y otras veces de carne y hueso, esposa y/o hermana del Christós. Encontramos en estos resbaladizos territorios a Sofía, la Virgen de luz que detenta la Sabiduría, siendo a la vez eterna víctima cuyos sufrimientos incitan a Jesús a salvarla. Entre los gnósticos más cercanos al cristianismo se identifica muchas veces con la María Magdalena evangélica, personaje acaso inspirado en Venus Afrodita, a quien atribuyen hermosura perfecta y pasado pecaminoso.


Esta importancia que el gnosticismo confiere a la mujer contrasta frontalmente con la kabbala, doctrina masculina hecha por hombres y para hombres, que en muchos aspectos se revela como profundamente misógina. La dilatada historia de la mística judía no presenta la menor huella de influencia femenina. No han existido jamás mujeres kabbalistas.

La Sofía gnóstica es figura abstracta que recibió una personificación romántica como representación de la Sabiduría. Al menos entre los siglos I al IV, Sofía fue una Isis cristianizada, o al menos eso pretendieron los gnósticos cristianos hasta que tanto Sofía como Isis fueron tachadas de heréticas por la jerarquía eclesiástica en los primeros concilios. Mientras duró su vigencia, hubo una Sofía de las alturas, madre celestial, y otra Sofía oscura a la que se llamó Sofía Achamoth o Sofía Prounicos, la lasciva, asimilando su sed de luz al deseo sexual desordenado.



Hay un curiosísimo escrito copto, la Pistis Sofía, una especie de novela erótico-religiosa que relata que Sofía formaba parte de las veinticuatro emanaciones del gran Invisible, ocupando el decimotercer Eón, su lugar en las Alturas. Cuando deseó ardientemente recibir la luz del Padre, entendido como deseo carnal irrefrenable, se enojaron con ella los doce eones situados por encima, por entender que pretendía acercarse al Padre más que ellos. Entonces el Tridínamos apodado el Arrogante creó un monstruo luminoso y lo mandó a la tierra para atraer a Sofía. Creyó ella que se trataba del Padre, y el monstruo se arrojó sobre ella. Era una Potencia de luz con rostro de león que se tragó todas las Potencias de luz que atesoraba Sofía. Privada de su luz, entonó una serie de himnos de súplica al Padre, que la novela llama arrepentimientos. Al escuchar el noveno de esos arrepentimientos, Jesús acude en socorro de Sofía, rechaza al monstruo luminoso, y se desposa con ella dotándola de una Virtud de luz con la que la corona y la restablece en el decimotercer Eón que ocupaba.


Es unión mística pero también carnal, como las que protagoniza Barbelô, primera potencia femenina engendrada por Dios, y madre del arconte Ialdabaoth, que gobierna el séptimo cielo. Según la narración copta, Barbelô detesta a su hijo porque le ha robado su rocío de luz, así que para vengarse, no cesa de provocar voluptuosamente a los demás arcontes a los que uno a uno, va extrayendo su semen luminoso. Por eso la Pistis Sofía la llama Barbelô la sanguijuela.

El Libro de Baruch, que los ofitas proclaman su texto sagrado, tiene por heroína a Edén, la mujer cósmica que está en el origen del universo. Es Edén principio femenino engendrador que se asimila a Potnia Theron, la Madre Tierra. Y en definitiva, es patente el protagonismo de la mujer y lo femenino en la primitiva literatura gnóstica. Nuestro viejo profesor Bigotini que a pesar de su bigotazo de cepillo, tiene también su parte femenina y sensible, es un gran admirador de las mujeres a las que contempla siempre con un punto inevitable de asombro.

Los hombres tenemos que conformarnos con ser hombres, porque no conseguimos ser mujeres.


domingo, 18 de octubre de 2026

LÁZARO DE TORMES. BARROQUISMOS, PICARDÍAS Y GERMANÍAS

 


Fue Lázaro de Tormes tan hijo de Salamanca como de su río:

Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

Oficialmente La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades sigue siendo y seguramente seguirá siendo obra de autoría anónima. Pero lo cierto es que cada vez son más los críticos e investigadores que se inclinan por adjudicar su autoría a Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, diplomático, humanista y poeta granadino nacido en 1504, que estudió en Salamanca, y ya desde el siglo XVII fue señalado por muchos como autor del Lazarillo. En 2010, la paleógrafa Mercedes Agulló y Cobo descubrió en un inventario de los papeles de Juan López de Velasco, corrector de la edición censurada de la novela y de la Propaladia de Bartolomé Torres Naharro, una alusión directa a Hurtado de Mendoza en relación con el Lazarillo, lo que parece probar su autoría.

Sea su autor Hurtado de Mendoza o sea otro, el Lazarillo es una novela, quizá la primera novela moderna escrita en castellano. La obra relata en primera persona las fortunas y adversidades (sobre todo éstas últimas) de Lázaro de Tormes, desde que se inicia como guía (lazarillo) de un ciego al que le encomienda su madre en su Salamanca natal, hasta que ya adulto encuentra empleo a cambio de hacerse cornudo consentido. La obra es además, la primera novela picaresca, inaugurando el género.


A Lázaro de Tormes cabe el honor no solo de ser el primero, sino de ser acaso el más genuino y logrado de nuestros pícaros. La primera edición segura es la cuádruple de 1554 (Burgos, Amberes, Medina del Campo y Alcalá), aunque todo indica que debió existir una edición anterior hoy perdida, de 1552 o 53. Los investigadores sitúan su escritura entre 1540 y 1550. Ninguna de las ediciones incluyó el nombre de su autor, que optó prudentemente por conservar el anonimato. Hizo bien. En la España teocrática y contrarreformista de su tiempo en la que el Santo Oficio no se andaba con chiquitas, resultaba muy peligrosa la exhibición de ciertas ideas contenidas en El Lazarillo. En 1559 se incluyó en el tristemente célebre índice de libros prohibidos, no permitiéndose su reimpresión hasta 1573 en un formato convenientemente expurgado y mutilado.

La obra está impregnada de un erasmismo inequívoco y patente. Lázaro, cuyo único delito es haber nacido pobre, comienza sirviendo a un ciego, en el que sin duda es el episodio más conocido y popular, hasta el punto de originar el término lazarillo para describir a quienes ejercen esa función. Pasa sucesivamente por servir a un clérigo en Maqueda, a un hidalgo paupérrimo, a un fraile mercedario, a un charlatán vendedor de bulas, un pintor de panderos, un capellán y un aguador, antes de conseguir un puesto como alguacil y pregonero a través de su matrimonio de conveniencia con la amante de un arcipreste. El lacerado Lázaro acaba como casado cornudo que renuncia a su dignidad para poder comer caliente. El mensaje no puede ser pues más fatalista. Una lucha a brazo partido por la supervivencia en una sociedad podrida y miserable, que concluye de la peor manera, con una rendición incondicional en la que el protagonista termina por aceptar la derrota afrentosa, integrándose y formando parte activa de la injusticia contra la que durante toda su vida se había rebelado.


Los antecedentes del Lazarillo habrá que buscarlos en los clásicos. Luciano de Samosata y Apuleyo, cuyo Asno de oro fue traducido del latín precisamente por el mismo Erasmo de Rotterdam. Las Confesiones de San Agustín, una de cuyas reediciones apareció por cierto poco antes de la publicación del Lazarillo. Acaso también el autor bebió en las fuentes de Boccaccio y en las muy caudalosas de la infinidad de libros de caballerías, género de ficción que hizo furor en su tiempo. A su vez, la obra dio lugar a diferentes secuelas. Hay una Segunda parte también anónima aparecida en Amberes en 1555, en la que Lázaro participa en guerras submarinas transformado en atún. Otra Segunda parte se publicó en París en 1560, y estaba firmada por el aragonés Juan de Luna. No es Lázaro el único pícaro de la novela. Hay en ella otros personajes de aquella España miserable que exhiben sus miserias y a las veces hacen gala de sus picardías.

La novela picaresca es sin duda el género más emblemático de la literatura española durante el llamado siglo de oro, que abarca prácticamente dos centurias. Cervantes, en su primera parte del Quijote, utiliza el término género, precisamente referido al Lazarillo. Antes, Mateo Alemán había introducido el adjetivo pícaro en su Vida del pícaro Guzmán de Alfarache (1599). Más tarde llegarían La pícara Justina, El buscón, El Marcos de Obregón, El Guitón Onofre, La ingeniosa Elena, La garduña de Sevilla, La niña de los embustes, El Estebanillo González, El Lucas Trapaza, Don Gregorio Guadaña, Periquillo el de las gallineras, y tantos otros personajes que fueron a engrosar la nutrida tropa de nuestros pícaros nacionales. Por haber los hubo hasta internacionales, como el francés Gil Blas, el germánico Simplicius Simplicísimus o el irlandés Tristram Shandy.

Hay también secuelas del mismo Lazarillo. Está en primer lugar El Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés de Tolosa, que aunque no alcanza la calidad literaria de su modelo, es la que más se ajusta a su esquema narrativo, mozo de muchos amos que pasa por diversas desventuras y peripecias. En 1555, aprovechando el éxito de la novela original, se publicó en Amberes y en castellano La segunda parte de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Es también de autor anónimo y ciertamente imaginativo, pues iniciándose como novela picaresca, continuación del Lazarillo original, deriva pronto hacia el género fantástico. En ésta segunda parte, Lázaro de Tormes se metamorfosea en criatura anfibia, y participa en guerras submarinas que se libran entre los peces. Tenemos todavía otra secuela firmada por H. de Luna que se dice intérprete de la lengua española y afirma bajo el título Otra segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes, estar sacada de las crónicas antiguas de Toledo. En ella Lázaro se embarca en Cartagena, hace también vida de pez habitando las aguas marinas, de las que lo sacan unos pescadores que lo vuelven a España. Hay por último un Lazarillo más moderno y americano, El Lazarillo de ciegos caminantes, escrito por un tal Concolorcorvo y publicado en 1773 en Buenos Aires. En la novela el Lazarillo describe los itinerarios de Buenos Aires a Lima, según puntual observación, y brinda noticias útiles a los nuevos comerciantes que tratan en mulas. Se trata de una guía pintoresca y útil aderezada con jocosidades para entretenimiento de caminantes.

Puede verse por estos ejemplos la enorme influencia ejercida por el Lazarillo original, la primera novela picaresca de nuestras letras.


La primera y la precursora de otras muchas obras que podemos encuadrar en ese género, el de la novela picaresca, acaso el más genuinamente español de los géneros. En la predilección por los pícaros, en definitiva por los pobres, de los autores de nuestro siglo XVI, quizá podemos entrever un reflejo de la identificación emocional de nuestros ingenios con los desheredados. Empatía con ese mundo de marginación poblado por quienes Bronislaw Geremek llamó la estirpe de Caín. Fueron todas víctimas inocentes de la selección social. Marginados en las orillas del camino que inició España a partir de 1492, la senda del nacionalcatolicismo reduccionista. Como lúcidamente apunta Ricardo García Cárcel, la pobreza, la mendicidad, la miseria social fueron inicialmente un producto rentable, bien amortizado tanto espiritual como materialmente.

La legión de marginados se convirtió en un ejército de reserva del que la sociedad se alimentó para abastecer ejércitos, rebajar niveles salariales y costear el largo proceso de transición hacia el capitalismo iniciado ya en los albores de la edad moderna. ¿Una canción que suena alarmantemente actual? Efectivamente. Las medias de pobreza tolerable que se habían mantenido en torno del 10 o 15%, pasaron en algunas ciudades como Sevilla, Toledo, Valladolid o Madrid a situarse prácticamente en el 50% (Bennassar). El problema de la pobreza y la marginalidad amenazaba con romper las precarias costuras del sistema social. Niños abandonados, mendicidad y delito pasaron a formar parte del paisaje habitual de la España del barroco. En su Amparo de pobres, Pérez de Herrera relata el llanto y las súplicas de una madre que rogaba a su marido que no cegara con un hierro al rojo a su tercer hijo como había hecho con los dos anteriores. Era un medio del que se valían los mendigos para conmover a la gente y obtener más limosnas.

El autor del Lazarillo idealiza a su personaje, y lo mismo harán Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache o Cervantes con Rinconete y Cortadillo. Los autores del XVI español atribuyen muchas veces a sus héroes desheredados la limpieza de sangre de la que carecen los ricos, conversos en su mayoría. Seguramente no hay en Europa otra literatura que como la española, se alinee a favor del oprimido y el marginal. La llamada literatura de la canalla fue en Europa mucho menos indulgente que la española con la marginalidad. Rabelais, Villon o Shakespeare  nunca idealizaron a los marginales. Hay que esperar a Dickens en Inglaterra, y en Francia a Victor Hugo con su Ruy Blas y sus Miserables para apreciar la compasión hacia el débil que ya era signo identitario de nuestras letras.


Las cosas darán un cambio radical en el XVII. Autores como Quevedo con su Buscón o el doctor Carlos García en La desordenada codicia de los bienes agenos, retiraron el aura de dignidad con que sus predecesores habían revestido a pícaros, locos, prostitutas, pobres y marginados en general, convirtiéndolos en delincuentes y cínicos carentes de escrúpulos. La pícara Justina que para su creador López de Úbeda había sido una moza alegre de las de aires bola, se convertirá unas décadas más tarde en una vulgar ramera. El celo inquisitorial del XVII se encargará de mutilar El Lazarillo y La Celestina o de exterminar quemando sus libros a La Lozana andaluza. Los marginados marcharán condenados a apalear sardinas  a base de golpes de remo en las galeras, a colgar de una soga en los patíbulos o a consumirse en las hogueras. Sólo se librarán los más grotescos, los más deformes. Muchos de ellos sobrevivirán en la corte para recreo de príncipes y petimetres palaciegos. Velázquez inmortalizó a meninas, enanos y bufones, Ribera a la mujer barbuda, y Carreño de Miranda a la monstrua desnuda.

Paralela al género de la novela picaresca es la aparición y difusión de una jerga o argot propio de pícaros, marginados y delincuentes. Autores tanto del XVI como del XVII reflejan en sus obras esa casi forma dialectal del castellano que generalmente se conocerá como germanía, es decir, el lenguaje o la parla de los agermanados, que se habla en las cárceles, los burdeles y los figones; que puede escucharse en la plaza mayor de Madrid, en el Zocodover toledano, en el Potro de Córdoba o en la sevillana alameda de Hércules. Recogen esas expresiones el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo (seudónimo de Cristóbal de Chaves) publicado en 1779, y más modernamente Rafael Salillas en su obra El delincuente español.

A pesar de tratarse de un texto inaugural, o acaso precisamente por eso, El Lazarillo apenas contiene expresiones agermanadas. Su autor alude a la jerigonza de los ciegos sin desvelar un solo término de ella. El primer tesoro de la parla en germanía nos lo ofrece Mateo Alemán por boca de su pícaro Guzmán de Alfarache, que no se contenta con usar y abusar del vocabulario patrio, sino que incluye muchas expresiones del hampa romana, cuando el protagonista se traslada a Italia. Guzmán, delincuente incorregible, juega de dedillo, balanza y golpete, sisa en las cocinas los percances, troca a trascantón, muda y trasteja, dice la venturilla, plaguea para mendigar, marisca, descorna y avizora. Por su parte, La pícara Justina es durindana que toma las del martillado, echa de la oseta, birla y atraviesa el ocho. El Estebanillo González hace peñas y Juan Danzante, teme que un padre de damas descorne su flor, anda brivando por todo el reino y tiene más de negro que de blanco. También descorna la flor el escudero Marcos de Obregón y coge luego las del martillado. Son catedráticos de la lengua agermanada El Soldado Píndaro, El Diablo Cojuelo, Lucas Trapaza, La garduña de Sevilla, Don Gregorio Guadaña y Periquillo el de las gallineras.



Mención aparte merece la germanía cervantina que en Rinconete y Cortadillo destila con la mayor desenvoltura todo el repertorio que el antiguo soldado y poeta en ciernes Miguel de Cervantes aprendió en la prisión sevillana. De Salillas tomo una muestra: cañuto, entrevar, aduana, finibusterre, embesados, gurapas, ansias, cuatrero, murciado, roznos, cantar, guro, trena, guras, postas, avizorando, floreo de villano, retén, humillo, sola, raspadillo, verrugueta, colmillo, tercio de chanza, astillazo, blanco, gorja, levas, cica, trainel, sorna, bajamanero, avispones, avispando, guzpataros, palomas, rufo, flores y bajón. A quien considere que no es suficiente la retahíla, convido desde aquí a releer La Gitanilla, El coloquio de los perros o el mismo Quijote, donde se hallarán otros tantos y mil ejemplos más de parla agermanada.

De nuestra biblioteca Bigotini traemos la versión digital de la Segunda parte del Lazarillo de Tormes. Hágase clic en el enlace:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=La+segunda+parte+de+Lazarillo+de+Tormes+y+de+sus+fortunas+y.pdf

-Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aún más, si es menester, sin comer.

-Vivirás más y más sano -me respondió-, porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.


jueves, 15 de octubre de 2026

JACOPO BASSANO. UNA ARCADIA EN VENECIA

 


Giacomo de Ponte, más conocido como Jacopo Bassano por el lugar de su nacimiento (Bassano del Grappa) en 1515, fue acaso el último de los maestros de la escuela veneciana del XVI. Su padre, Francesco Bassano el viejo, tuvo fama de artista aldeano por ser el primero en introducir en sus pinturas de tema religioso detalles realistas que incluyeron paisajes, granjas y animales. Manierista como su padre, pero muy a su peculiar manera, Jacopo Bassano tuvo además influencias de Tintoretto y de Lotto. Fue creador de una escuela cuyos más destacados miembros fueron sus propios hijos, Francesco y Leandro. Su estilo se caracteriza por el especial tratamiento de la luz y las sombras, y la reiteración de sus temas bucólicos de pastores y animales presentados con decidido naturalismo. No sólo vacas, perros, ovejas o caballos, sino animales mucho más exóticos que plasmó en sus varias versiones del Arca de Noé, aparecen en la pintura de Bassano con un realismo inédito hasta entonces. Demuestra el artista un profundo conocimiento de la anatomía animal inusual en su tiempo.

Tal fue la importancia que adquirieron estos elementos en sus obras, que acabaron por convertirse en el tema principal, siendo los episodios bíblicos y religiosos a veces una mera excusa para pintar toda clase de criaturas. Realizó series de las cuatro estaciones, de los trabajos agrícolas, de la entrada en el Arca de Noé… Sus obras parecen recordar el aroma del heno, de los árboles, el olor de las bestias, su pelaje… Ese naturalismo fue tildado de materialista y duramente criticado por los románticos del XIX. Por ejemplo, Théophile Gautier escribe en su Viaje a Italia que le horrorizan los cuadros de los Bassano, y los califica de “aburrida pintura de pacotilla”.

Modernamente esa opinión ha cambiado radicalmente. Los Bassano representan la tendencia de su época en literatura y hasta en música. En el Cinquecento ya no se escribían grandes epopeyas como el Orlando furioso de Ariosto; a fines del siglo XVI en Italia se leía la Arcadia de Sannazaro, y en España la Diana de Jorge de Montemayor que inspiró a Cervantes su Galatea. La primera edición de la Arcadia se imprimió precisamente en Venecia. En definitiva, Jacopo Bassano y sus hijos fueron autores de églogas sobre lienzos muy del gusto de sus contemporáneos. Personalmente la pintura de Bassano me parece admirable por su técnica, por su perfecto conocimiento de la anatomía tanto animal como humana, y por su uso del claroscuro que preludia a talentos como el de un Caravaggio y hasta un Velázquez. No puedo evitar, sin embargo, hallar en sus composiciones un punto de comicidad que se manifiesta en cuadros de tema religioso como La presentación de Jesús en el Templo o San Valentín bautizando a santa Lucilla, en los que una abigarrada colección de personajes secundarios plasmados con innegable maestría, no hacen el menor caso al acontecimiento prodigioso, y continúan tranquilamente con sus labores. En la galería Bigotini de aquí abajo podéis ver varios ejemplos.

El artista falleció en su localidad natal en 1592. En su autorretrato ya viejo aparece con gesto adusto. No debía tener muy buen carácter, pues al parecer se enemistó con Tiziano que lo plasmó en un cuadro como uno de los mercaderes que Jesucristo expulsó del Templo.