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jueves, 22 de junio de 2017

AMBROSE BIERCE, EL GRINGO VIEJO


Ambrose Gwinnett Bierce, nacido en Meigs, Ohio, en 1842, protagonizó una de las biografías más novelescas que cabe imaginar. Fue el décimo de trece hermanos en una familia de granjeros calvinistas de la América más primitiva y profunda. Su padre, un sujeto extravagante, se empeñó en bautizar a todos sus retoños con nombres que empezaran por A. Su madre tenía un carácter autoritario y despótico. En este ambiente asfixiante se crió el joven Ambrose, y no es de extrañar que cobrara un odio visceral por su familia. Uno de sus hermanos fue forzudo en un circo ambulante, otra de sus hermanas marchó a África como misionera, y acabó sus días en una cazuela devorada por los caníbales. Tal como suena. Ambrose se alistó como voluntario en el ejército de la Unión nada más comenzar la Guerra Civil americana. Más que por patriotismo, lo hizo para escapar de la casa paterna. Se distinguió en sucesivas acciones bélicas, participando en batallas históricas como las de Chattanooga, Nashville o Shiloh. Esta última, que fue una auténtica carnicería, dejó una huella imborrable en su carácter, y le sirvió de inspiración en varios de sus mejores relatos. Terminó la guerra ascendido al grado de mayor (comandante).


Acabada la contienda participó aún en algunas escaramuzas contra los indios, destinado al célebre Fort Laramie. Pretendió continuar en el ejército, pero desistió cuando no respetaron su graduación, siendo aceptado como simple teniente. Se casó con Molly Day, mujer al parecer bellísima, de la que se divorció tras sorprenderla en una aventura amorosa.
Bierce se inició en las letras como periodista en San Francisco, llegando a dirigir alguna publicación. Viajó en esta época regularmente a Londres, y entabló amistad con Mark Twain, por entonces toda una celebridad literaria, de quien fue siempre un admirador incondicional. De vuelta en San Francisco, entró en las empresas periodísticas de William Randolph Hearst, convirtiéndose en el más prestigioso columnista de la costa occidental.
Bierce desapareció en México en 1914, cuando tenía más de setenta años. Su inextinguible espíritu aventurero le llevó a unirse en Ciudad Juárez al ejército de Pancho Villa. Su rastro se perdió en Chihuahua, y a partir de entonces no volvió a saberse nada más de él, lo que hizo correr ríos de tinta en su país. Su peripecia mexicana inspiró primero una novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo, y después la película del mismo título, dirigida por Luis Puenzo en 1989, y protagonizada por Gregory Peck.


En cuanto a su faceta propiamente literaria, Ambrose Bierce fue ante todo un maestro del cuento corto. En sus narraciones hizo gala de un humor irónico, a veces sarcástico y ácido, que le valió el sobrenombre de Bitter Bierce (Bierce el amargo). En eso imitó a su amigo Mark Twain. Escribió también algunos cuentos fantásticos donde demostró su prodigiosa imaginación. Destacó como autor de relatos terroríficos, siguiendo la tradición tan en boga en su época, de autores como Nathaniel Hawthorne, Herman Melville o el mismo Poe. Títulos como La cosa maldita, La ventana tapiada o La muerte de Halpin Frayser, son otros tantos ejemplos de su maestría en este género.
De entre sus numerosos relatos breves, Biblioteca Bigotini se complace hoy en presentar la versión digital del titulado El hipnotizador, cuento que refleja fielmente el estilo de este prodigioso escritor de accidentada vida. Haced clic en la portada, y disfrutadlo.

Cristiano es aquel que sigue las enseñanzas de Cristo, en la medida en que no sean incompatibles con hacer lo que le venga en gana. Ambrose Bierce.



domingo, 18 de junio de 2017

LA EXTINCIÓN DEL DODO, EL PÁJARO QUE SE OLVIDÓ DE VOLAR


Publicado en nuestro antiguo blog en marzo de 2013

En 1581 un viajero español trajo a Europa desde las lejanas islas del Índico, un curioso ejemplar de ave que a todos pareció el pavo más extraño que habían visto jamás. Procedía de las islas que los portugueses bautizaron como Mascarenhas por el apellido de su descubridor, y que después de tener diferentes dueños y diferentes nombres, terminaron adoptando el de Islas Mauricio, que les dieron los franceses y conservan hasta nuestro tiempo.

El pájaro en cuestión era el célebre dodo. Las primeras noticias que se tuvieron de él datan de 1574, año en el que puede hallarse alguna mención en documentos portugueses. El nombre vulgar parece derivar de un término portugués con el significado de bobo, aunque también podría tratarse de la onomatopeya de su propio reclamo. Su nombre científico es Raphus cucullatus, y a pesar de su extravagante aspecto gallináceo, pertenecía al orden de las aves columbiformes, lo mismo que nuestras familiares palomas. La especie surgió probablemente en el periodo holoceno. Todo indica que sus ancestros remotos fueron palomas que hacían la ruta migratoria entre África y el sudeste asiático, y que se instalaron de forma permanente en estas islas que se hallan a medio camino, en mitad del Índico suroccidental. Tuvo un pariente próximo en la cercana isla Rodríguez, el llamado solitario de Rodríguez, de aspecto muy parecido, y que se extinguió apenas un siglo después que el dodo. El pariente vivo más cercano podría ser la paloma de Nicobar, que tiene muy poco que ver con el dodo.


El aspecto de este curioso pájaro parece indicar una gran especialización. Su enorme cabeza y su fuerte pico, que los marinos holandeses del XVII procuraron evitar, hablan en favor de una alimentación a base de cocos de durísima corteza. Su corpulencia (podían pesar más de 15 kilos y alcanzar un metro de alzada) y la atrofia de sus alas, indican que no debía tener en las islas ningún depredador o enemigo importante…
Ninguno hasta que llegaron unos tíos barbudos y hambrientos pertenecientes a la especie responsable de la mayoría de las extinciones producidas en los últimos diez o quince mil años. La especie humana. Fue muy sencillo: los dodos no podían huir, no volaban y apenas corrían, así que bastaba con un garrote para acabar con ellos y llenar la despensa. Puede que no fuera precisamente una delicatessen. Los neerlandeses le llamaron waghvogel que viene a significar ave repugnante. Sin embargo, hay también algún testimonio en el sentido de que sus pechugas eran tiernas y sabrosas…


En fin, que los marineros de varias nacionalidades que llegaban a las Mauricio después de meses de travesía, probaron unas cuantas recetas de dodo. Probablemente no fueron los únicos agentes de la masacre. Con ellos viajaron en los navíos perros, cerdos, gatos y ratas, que en muchos casos se asilvestraron e invadieron las islas, devorando los dodos y sus huevos. El último ejemplar vivo oficialmente conocido murió en 1662, aunque existe el testimonio de un esclavo huido que aseguró haber hecho un avistamiento en 1674. En cualquier caso, el infortunado dodo jamás llegó a ver las luces del siglo XVIII, también llamado siglo de las luces.

Quién sabe si será por la mala conciencia, pero lo cierto es que en el imaginario colectivo el dodo ocupa un lugar de privilegio. Existe mucha más iconografía de este animal extinguido que de muchos otros aun vivos. Los dibujos más antiguos los hicieron los tripulantes del Gelderland, un navío de la Compañía holandesa de las Indias Orientales. A partir de testimonios y de algún que otro ejemplar disecado, los naturalistas han hecho multitud de recreaciones gráficas. El escudo de Mauricio incluye un dodo tan rampante o más que el león o el unicornio británicos. Entre las ilustraciones de Alicia en el país de las maravillas, de la mano del propio Lewis Carroll,  hay una en que aparece un dodo respetable y aristocrático. También en la versión animada de Disney hay un gracioso dodo, y hasta en un corto de la Warner que protagonizó el cerdito Porky, se incluyó una banda de estrafalarios dodos extraterrestres.

Bueno, pues este era el dodo, y así fue su triste final. Cayó sin oponer resistencia alguna, por la voracidad de los hombres y sus animales domésticos, y ante la indiferencia de muchos caballeros ilustrados que asistieron impasibles a su extinción previsible y casi industrializada. Requiescat in pace.

En este caso -dijo solemnemente el Dodo, mientras se ponía en pie-, propongo que se abra un receso en la sesión y que pasemos a la adopción inmediata de remedios más radicales...”.  Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.



jueves, 15 de junio de 2017

LEIBNIZ, EL MÁS BRILLANTE PERDEDOR


Nacido en Leipzig en 1646, Gottfried Wilhelm von Leibniz, fue uno de los más eminentes hombres de ciencia de la Historia universal. Sobresalió en materias tan dispares como la filosofía, la teología, la metafísica, la jurisprudencia, las matemáticas, la física, la geología o la historia. Diderot, el enciclopedista francés que mantuvo con él agrias disputas filosóficas, no tuvo más remedio que admitir: Quizás nunca haya un hombre que haya leído tanto, estudiado tanto, meditado más y escrito más que Lebniz. Lo que ha elaborado sobre el mundo, sobre Dios, la naturaleza y el alma es de la más sublime elocuencia. Si sus ideas hubiesen sido expresadas con el olfato de Platón, el filósofo de Leipzig no cedería en nada al filósofo de Atenas.
Su padre, Federico Leibniz fue filósofo y profesor en la Universidad de Leipzig, su madre, Catherina Schmuck, hija de un brillante jurista. Con semejantes antecedentes familiares, el joven Gottfried se consagró ya desde su niñez al estudio con gran aplicación. Como curiosidad, diremos que la biblioteca de la casa paterna superaba a la mayoría de bibliotecas públicas de su tiempo.

A los 12 años dominaba el latín y había iniciado sus estudios de griego. Ingresó en la Universidad de su ciudad a los 14, y a los 20 publicó su primer libro de matemáticas titulado Sobre el arte de las combinaciones. En esa época se interesó brevemente por la alquimia, y obtuvo un empleo como asesor jurídico del elector de Maguncia. Tomó parte en oscuras intrigas políticas, y a él se atribuye un ensayo firmado con el seudónimo de un noble polaco, en el que apoyaba el partido del candidato alemán a la corona polaca. Enviado a París en misión diplomática, aprovechó el tiempo estudiando matemáticas y física con Huygens. Sus esfuerzos se vieron recompensados con el hallazgo de un nuevo método para el cálculo diferencial, y un importante trabajo sobre las series infinitas. El elector destinó después a Leibniz a Londres, donde trató a Collins y Oldenburg. En la capital británica deslumbró a los miembros de la prestigiosa Royal Society cuando presentó ante ellos una máquina capaz de realizar cálculos matemáticos, primer antecedente remoto de las calculadoras y de nuestros modernos ordenadores. El elector de Maguncia falleció repentinamente, por lo que Leibniz quedó temporalmente sin protector. En esa época alguien como él necesitaba un mecenas. Pretendió sin éxito hallarlo en París y en la corte imperial de los Habsburgo, para aceptar finalmente la invitación del duque de Brunswick que le ofreció un puesto de consejero en Hanover.


En Hanover ejerció como ministro de Justicia, historiador y bibliotecario de la Biblioteca Ducal, una de las más importantes de Europa, cargo que le contentó más que ningún otro. En aquella floreciente Casa de Brunswick encontró a dos inmejorables amigas y aliadas en las personas de las jóvenes Sofía Carlota de Hanover, hija de la electora, y Carolina de Brandeburgo-Ansbach, esposa de su nieto, que sería el futuro rey de Inglaterra. Peor relación tuvo Leibniz con los varones de la familia ducal. El elector Ernesto Augusto le encargó una Historia de la Casa de Brunswick desde la época de Carlomagno, que nunca llegó a terminar ante el disgusto del siguiente elector. Leibniz estaba demasiado ocupado en sus otros intereses mayoritariamente científicos. Progresó enormemente en sus trabajos sobre cálculo y en sus estudios de física, y se libró de ser despedido gracias a la influencia de sus protectoras. Sin embargo, aunque no llegó a completar su encargo histórico, dos siglos más tarde, en el XIX, fueron hallados casualmente sus escritos sobre la materia, y el resultado fue la publicación de nada menos que tres enormes volúmenes.


Leibniz mantuvo durante décadas una enconada disputa con Newton sobre la paternidad del cálculo infinitesimal. Ambos se cruzaron mutuas acusaciones, algunas bastante encarnizadas, llegando al insulto personal. La entonces todavía incipiente comunidad científica europea se dividió en dos bandos enfrentados. Ni siquiera los reyes se abstuvieron de participar en esta especie de guerra intelectual. Por ejemplo, Jorge I de Gran Bretaña tomó partido por Newton para gran disgusto de su esposa, mientras que el zar ruso Pedro el Grande, llegó a personarse en Hanover para mostrar públicamente su apoyo a Leibniz. Como la mayoría de las guerras, ésta tuvo también un ganador: Isaac Newton. Para el triunfador fueron la gloria y los laureles, y para Leibniz el olvido. Falleció nuestro hombre en Hanover en 1716. Desaparecida dos años antes Sofía de Wittelsbach, su gran protectora, y con Carolina en Inglaterra, nadie se acordó de honrar su memoria, ni siquiera un solo miembro de la Royal Society o de la Academia Prusiana de las Ciencias, de las que formaba parte. Sólo asistió a su funeral su secretario.


La celebridad y el reconocimiento llegaron muchos años después con la Ilustración y las luces de fin del XVIII y principios del XIX. Curiosamente fueron los filósofos franceses quienes más y mejor revindicaron su memoria. En cuanto a la obra de Leibniz, si bien la relativa al cálculo quedó un tanto eclipsada, sus trabajos filosóficos han sido ampliamente difundidos. En particular ha gozado de gran popularidad su Monadología, que recoge la más importante contribución de su autor a la metafísica. Las mónadas son en el ámbito metafísico lo que los átomos en física. Las mónadas son formas de ser sustanciales, eternas, individuales y sin posibilidad de dividirse o descomponerse. La teoría de las mónadas representa una suerte de pansiquismo, cuya esencia ontológica es la irreductible simplicidad de sus componentes individuales. En fin, como parece que Bigotini se empieza a poner un poco estupendo con tanta sutileza metafísica, será mejor que terminemos este esbozo de la vida de Gottfried Wilhelm von Leibniz, uno de los más brillantes perdedores de la Historia de la Ciencia.


Es terriblemente triste que el talento dure más que la belleza. Oscar Wilde.



domingo, 11 de junio de 2017

JOHAN BRAAKENSIEK, EL GRAN ILUSTRADOR HOLANDÉS


Johan Braakensiek nació en Amsterdam en 1858. Su padre, Albert, fue también un conocido ilustrador y litógrafo. Notablemente precoz, Johan publicó sus primeros trabajos a la temprana edad de once años. Por entonces ingresó en la Academia de Bellas Artes de su Amsterdam natal, siendo su alumno más joven. Muy pronto destacó como caricaturista político. Trabajó para varias revistas del ámbito cultural germánico, donde brilló por su limpio trazo y su gran facilidad para resumir en una sencilla escena, todo un editorial periodístico. Fue Braakensiek también autor de unas formidables viñetas cómicas sin palabras que gozaron de gran popularidad entre el público de su tiempo.
No menos destacable es su faceta de ilustrador literario, numerosas ilustraciones para la portada o el interior de libros, contaron con su firma. Braakensiek falleció en Amsterdam en 1940. En este recorrido que hacemos por la historia del cómic y la ilustración, queremos recordar su trabajo y su talento. Os traemos para ello un puñado de ejemplos de ambos, que esperamos os agraden tanto como a nosotros.


















jueves, 8 de junio de 2017

BING CROSBY, LA VOZ DE TERCIOPELO



Cantante de jazz y baladista de voz acariciadora, Bing Crosby representó en el loco Hollywood de la edad de oro, los valores más conservadores de la sociedad americana. Evolucionó de jovencito de ojos claros, pelo rizado y bien cortadito, en suma el yerno ideal, a madurito con amplias entradas y votante republicano. La sensatez personificada. Se encontró como pez en el agua en los varios papeles que interpretó de cura católico irlandés redentor de muchachos díscolos. Entre sermoncito y sermoncito, Crosby se arrancaba con una balada dulce como la miel, que humedecía los ojos de millones de espectadores. Los censores que aplicaron el código moral con mano de hierro lo ponían continuamente como ejemplo. Ya de muy mayor y prácticamente retirado de la escena, limitó sus apariciones públicas a los programas televisivos navideños. Bing Crosby fue pionero en la costumbre que adquirieron luego muchas estrellas, de editar discos anuales con villancicos. Le imitaron en eso Sinatra, Martin, Amsgtron, Streisand y un sinfín de divos.

Hoy os proponemos visionar la versión original de Las campanas de Santa María (1945), todo un clasicazo del cine familiar. Impagable también la presencia de una Ingrid Bergman angelical en el papel de monjita inefable. Dejando aparte mensajes y moralinas, se trata de un filme notable. Haced clic en la carátula, relajaos y disfrutadlo.

Próxima entrega: Barbara Stanwyck



domingo, 4 de junio de 2017

MARSELLA, LA PUERTA DE ÁFRICA


Desde su fundación por los focenses procedentes de Anatolia en el siglo VI a.C., la Masalia griega, la moderna Marsella y la Marsella eterna, ha sido y es el gran puerto mediterráneo, atalaya desde la que Europa mira al inmenso continente africano. Acompañado por sus inseparables chicas, el profe Bigotini visitó Marsella en un verano inolvidable, respiró la fragancia balsámica de su mistral, brisa marina inspiradora de poetas, y hasta sufrió los olores fuertes y a veces no del todo agradables, de sus abigarrados barrios. En Marsella el turista no puede dejar de visitar el imponente castillo de If. Situada en la isla del mismo nombre, que emerge en el centro de la bahía marsellesa, la histórica fortaleza del XVI sirvió de involuntaria morada a Edmundo Dantés, el inolvidable personaje de Dumas. En un barquito que parte del puerto viejo, los viajeros arriban a la isla y se deleitan visitando la imaginaria celda de Montecristo y la contigua del abate Farias. Una simpática excursión literaria.


Es obligado un tranquilo paseo por el puerto viejo, deteniéndose en los coloridos puestos de pescados y mariscos. Es posible allí escuchar un asombroso babel de diferentes lenguas. Casi la mitad de los novecientos mil habitantes de Marsella son de nacionalidad no francesa. Tras la guerra de Argelia, unos ciento cincuenta mil argelinos, los célebres pied noir, llegaron como refugiados. Existen también unas importantes colonias armenia, italiana, griega, judía (la mayor de Europa) y hasta española compuesta por miles de exiliados tras la Guerra Civil. Interesa perderse por las callejas que rodean el puerto. Por su inextricable dédalo arribará el turista a la basílica de La Garde, que desde los imponentes doscientos metros de su atalaya, preside y vigila la bocana de entrada a la vieja Marsella. Es recomendable para los visitantes fatigados utilizar el pintoresco trenecito que asciende hasta la cima de la colina. Debe también visitarse la catedral de Santa María la Mayor, una rareza románico-bizantina en pleno midí francés.


Y pasear. Sobre todo pasear. Una cervecita fría en alguna de las terrazas entoldadas del puerto, un thé a la mente en alguno de los cafetines morunos, o un pastis helado en cualquier rincón de la ciudad. El pastis es la bebida más típica de Marsella, y por extensión de toda Francia. Es asombrosa la variedad de sabores, colores y graduaciones de este fragante anisado, convertido en bandera y símbolo marsellés en el mundo entero. Conviene, eso si, saborearlo sin prisas, acomodarse bajo la fresca sombra de las palmeras del paseo marítimo, y acompañarlo de una gran jarra de agua helada. Hay entonces que vencer las inevitables ganas de siesta, y decidirse a buscar donde comer. Una decisión nada fácil por cierto. Dejando aparte las tentadoras ofertas étnicas, Marsella es la cuna de la fabulosa cocina provenzal. Muy recomendable el bacalao (moure) en cualquiera de sus infinitas preparaciones. Una brandada con su costra crujiente y sus tostadas con alioli está muy bien para empezar. Tampoco hay que desdeñar los humeantes buñuelos de pescado, frituras con abundante ajo y perejil, que tienen poco o nada que envidiar a nuestras andaluzas delicias de sartén. Entre las carnes triunfa el cordero, y entre los postres, un fabuloso pastel de higos que no puede dejar de probarse.


Luego está la Marsella secreta. El tarot marsellés, ese famoso tarot con los naipes de la muerte, el ahorcado... se extendió por toda la Europa medieval. Marsella ha sido de siempre escenario literario y real de conspiraciones y sociedades ocultas, que han inspirado historias desde Dumas hasta Umberto Eco. Hay una Marsella católica, y hasta ultracatólica (lefebrista). Según la tradición, los fundadores de la Iglesia marsellesa fueron María Magdalena y Lázaro de Betania. Al parecer la arrepentida y el resucitado viajaron desde Tierra Santa hasta la costa provenzal para difundir el Evangelio. Es a la vez Marsella uno de los principales centros musulmanes de nuestro continente. En el barrio argelino llaman los muhecines a la oración con idéntica algarabía que en Argel o en Marrakech. Hay también varias sinagogas en activo, y hasta un notable templo budista.
En fin, esta es Marsella, una de las ciudades más hermosas de Europa. Bigotini y sus encantadoras compañeras la recuerdan con nostalgia.


Hombre invisible busca mujer transparente para hacer lo nunca visto.



jueves, 1 de junio de 2017

LUIS BELMONTE BERMÚDEZ, EL DIABLO PREDICADOR


Este gran poeta y dramaturgo nació en algún momento no documentado de las últimas décadas del siglo XVI. Sabemos de Luis Belmonte Bermúdez que era sevillano y que marchó muy joven a las Indias, donde ya comenzó su carrera literaria con su Historia del descubrimiento de las regiones australes. Ejerció de cronista en la expedición de Pedro Fernández de Quirós, que partiendo del Perú, exploró amplias zonas de la América meridional. Residió después en México, y regresó a España en 1616, estableciéndose en su Sevilla natal. Participó en las Justas poéticas de San Isidro celebradas en Madrid en 1620. Tomó allí contacto con los círculos literarios madrileños, que le animaron a decidirse por escribir teatro. No en vano, el género dramático era el que en aquellos años gozaba de mayor prestigio y popularidad.


Se conservan un puñado de comedias de Belmonte Bermúdez, de las que la más destacada es la que Biblioteca Bigotini quiere presentaros hoy. Se trata de El diablo predicador, también titulada El mayor contrario amigo, una pieza teatral que su autor no se atrevió a firmar, y se estrenó como anónima. Con la loable excusa de exaltar la santidad de la orden franciscana, nuestro hombre compuso una despiadada crítica anticlerical que denunciaba los vicios y malas prácticas de ciertos hombres de Iglesia. La obra cuenta con un entrañable personaje cómico, fray Antolín, en cuya boca, burla burlando, pone Belmonte algunas de las más jugosas frases de nuestro siglo de oro teatral. Haced clic en la cubierta y disfrutad los versos de este tan notable como casi desconocido dramaturgo español.

La desobediencia es la virtud original del hombre. Mediante la desobediencia y la rebelión se ha desarrollado el progreso. Oscar Wilde.


domingo, 28 de mayo de 2017

CANNELLONI ROSSINI


Supongo que a base de consumir bourbon barato durante décadas he debido quemar mis papilas gustativas. El caso es que aunque resulte difícil de creer, un día fui todo un gourmet que sabía apreciar la buena mesa. Por ejemplo en mi etapa de poli en Nueva York. Por Entonces solía patrullar con mi compañero Benny Petersen, a quien con toda justicia apodaban Benny el zampabollos. Un gran tipo. Frecuentábamos un pequeño restaurante en Little Italy, Il Sorrentino, un templo de la mejor cucina italiana. Lo regentaba Dino Costello, un italiano orondo y jovial que siempre estaba de buen humor. En los fogones reinaba Gina, su mujer. Gina era toda una belleza napolitana exuberante y apasionada, con un extraordinario parecido a Sophia Loren.
Gina podría haber triunfado en las pantallas, si hubiera tenido unas mínimas dotes interpretativas y se hubiera depilado un poco. Esa encantadora sombra de bigote que en muchas hembras meridionales resulta tan graciosa, en ella quedaba un poco excesiva. Vamos, que la bella Gina te daba un abrazo y te cepillaba el traje.

Dino estaba loco por ella... y por sus deliciosos platos. A menudo bromeaba con los amigos contando que antes de probar su osso buco, había concebido un ingenioso y original plan para, fingiendo que marchaba a comprar cigarrillos, huir a algún país extranjero con el que no existiera tratado de extradición. Pero una vez hubo degustado aquella maravilla, fue como si Cupido le disparara un millar de saetas. Quedó, decía, flotando en una nube rosa, hasta que aterrizó en un sórdido despacho parroquial. Era un tipo divertido ese Dino. Y enamorado, muy enamorado. Muchas veces abandonaba la barra del establecimiento para espiar a su adorada Gina por una ventanita en forma de cerradura que comunicaba la sala con la cocina. Aquel bombón de cocinera bordaba los platos de pasta fresca. Sus spaguetti alla carbonara eran famosos en la ciudad, lo mismo que sus fetuccini y sus gnocchi. Pero los que realmente hicieron célebre a Il Sorrentino fueron sus cannelloni Rossini. Estaban rellenos con una sabrosa carne picada, sabiamente sazonada, y cubiertos de un exquisito tomate, la besamel más increíblemente suave y el parmigiano gratinado más delicioso. Todo un placer para los sentidos.

Mucha gente ignora (Benny y yo no lo supimos hasta que nos lo contó Dino) que el apellido Rossini que ostenta el plato se debe al célebre compositor italiano. En efecto, Gioachino Antonio Rossini, el autor de La Gazza Ladra y tantas otras óperas geniales, fue también el inventor de la delicatessen a la que dio nombre. Además de un gran músico, Rossini fue un gran gourmet, o por mejor decir, un gran tragón. Sus biógrafos relatan graciosas anécdotas como la de aquel empresario que para obligarlo a terminar una partitura le mantuvo encerrado sin comida durante un par de días; o como aquella otra ocasión en la que Rossini lloró como un niño cuando, durante un picnic, navegando en barca por un estanque, cayó al agua un pollo relleno que reservaba para el aperitivo. En fin, todo un bon vivant ese Rossini...

Dino y Gina Costello contrataron como pinche al pequeño Mungo Harris. Era un muchacho bajito y esmirriado que padecía una extraña alopecia. Calvo como una bola de billar, Mungo guardaba cierto parecido con el enano mudito de Blancanieves. También él era prácticamente mudo. Apenas se le podían sacar dos palabras seguidas, quizá por timidez o acaso por su carácter algo huraño. Aquel Mungo era un James Dean, un rebelde sin causa o puede que con motivo, quien sabe. El caso es que Gina y su mudito pasaban muchas horas en la cocina, y ya se sabe que el roce hace el cariño. Una mañana Dino Costello regresó del mercado. La pizarra anunciaba como plato del día almeja con linguini. Dino sorprendió a Gina y Mungo en la cocina linguineando la almeja, ...literalmente.
Bueno, bajo su apariencia inofensiva, borboteaba un dormido volcán, que albergaba al terrible (y redundante) Dino. Despertó aquel Vesubio y para los desprevenidos adúlteros se abrieron las puertas del infierno. Los degolló con el cuchillo del pan, el único que nunca se afilaba. Luego puso los cadáveres en el fondo del arcón congelador, y limpió cuidadosamente la escena del crimen.

Benny Petersen y yo fuimos los primeros polis a los que Dino denunció la desaparición. Pasaron varios meses durante los que tuvo que encargarse él solo del negocio. Poco a poco los parroquianos nos fuimos olvidando de la voluptuosa e inolvidable Gina... Pero claro está, no hay crimen perfecto. Y la delatora no podía ser otra que precisamente La Gazza Ladra, la urraca ladrona. El encargado de un vertedero observó a una urraca extrayendo del montón de basura algo dorado con el pico. Era un diente de oro de la difunta Gina. Allí estaban las calaveras y algunos otros huesos de la pareja de amantes. Lo demás fue muy sencillo para los de homicidios. Dino se derrumbó y lo confesó todo. Había deshuesado los cadáveres y había picado la carne para cocinar... Pues si, claro, cannelloni Rossini, la especialidad de la casa que estuvimos consumiendo los clientes durante las semanas que siguieron al asesinato. Mi compañero y yo nos comimos a la signora Costello y al pequeño Mungo.
Benny el zampabollos se hizo vegetariano. Yo me hice viejo sin dejar de pensar en Il Sorrentino y en aquellos fantásticos cannelloni Rossini.


-Para perder peso bastará con que mueva la cabeza a un lado y otro.
-¿Cuántas veces, doctor?
-Cada vez que le ofrezcan comida.