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domingo, 23 de septiembre de 2018

RUDOLPH DIRKS Y LOS KATZENJAMMER KIDS



Rudolph Dirks nació en la localidad alemana de Heide en 1877. Sus padres emigraron a América cuando el pequeño Rudolph tenía sólo seis años. Se instalaron en Chicago, donde el padre de familia regentó un taller de talla en madera. Gus, su hermano mayor, encontró trabajo de dibujante en Nueva York, y allí se traslado Rudolph que aun siendo algo peor dibujante que su hermano, tenía más talento e imaginación para construir guiones de historietas. Juntos comenzaron a dibujar en el World de Nueva York, cuyo propietario, Joseph Pulitzer, quería competir con su rival, William Randolph Hearst, que había tenido un gran éxito con las tiras cómicas de The Yellow Kid que dibujaba Outcault. Pulitzer encargó a los hermanos Dirk una historieta que pudiera competir con el chico amarillo, y así nacieron The Katzenjammer Kids, esa pareja de gamberretes, remoto antecedente americano de los españoles Zipi y Zape.

Gus Dirks, que tenía serios problemas mentales, se suicidó de forma inesperada, y Rudolph tuvo que continuar solo con la serie. Sus primeros trabajos en solitario fueron algo titubeantes en el trazo, pero muy pronto fue ganando oficio, y acabó dibujando historietas de gran calidad. Sin embargo, Rudolph Dirks no era lo que se dice un trabajador infatigable. A menudo interrumpía el trabajo, con lo que algunas semanas no podía publicarse la tira. La irregularidad llegó al límite cuando el autor se ausentó durante meses para viajar por Europa, y Pulitzer acabó despidiéndole. Tras una ardua batalla legal, los tribunales concluyeron que Dirks podía seguir dibujando sus personajes, pero el título, la cabecera, era propiedad del editor. Pulitzer contrató un nuevo dibujante, Harold H. Knerr, que continuó la serie en el N.Y. World con el título original de The Katzenjammer Kids, y Dirks reanudó su trabajo rebautizando a sus personajes como Hans and Fritz. Pero el sentimiento anti alemán que se generó en América durante la Gran Guerra, le obligó a cambiar de nuevo el título por el de The Captain and the Kids. Nuestro hombre siguió dibujando a los traviesos pilluelos hasta su jubilación, en 1958, sucediéndole en la tarea su hijo John Dirks que si bien no heredó su talento para los guiones, poseía un trazo elegante y muy atractivo. Rudolph falleció en 1968, y la serie se ha seguido dibujando por su hijo John y por otros artistas hasta tiempos bien recientes.

El éxito de la serie radicó sobre todo en la frescura de los argumentos. Además de los dos chiquillos protagonistas, la historieta contó con otros personajes inolvidables, como el viejo Capitán, el Inspector, la Mama o el ingenioso estafador Phineas Flub.

En cuanto a Harold H. Knerr (1882-1949), a partir de 1914 el artista de la competencia, era alemán como Dirks, y fue digno sucesor de este. Gran dibujante, sus guiones no tenían nada que envidiar a los de su predecesor. La serie ganó en lo relativo a crítica social. Knerr la convirtió en una especie de parodia de la institución familiar, por lo que recibió airadas críticas de diferentes asociaciones cívicas y religiosas. La relación entre los personajes de Mama y el Capitán resultaba intencionalmente equívoca, y los terribles infantes derivaron en una diversión dominical más apta para adultos que para niños. Ante el rechazo que producía entre los americanos todo lo procedente de Alemania, Knerr convirtió al Capitán, la Mama y los gemelos en holandeses.


Desde nuestro modesto repaso a la Historia del Cómic, rendimos homenaje tanto a los Dirks como a Knerr, y os ofrecemos unos cuantos ejemplos de su trabajo para que juzguéis vosotros mismos. También os dejamos el enlace (clic en la cabecera de la Metro) a un corto de animación producido por MGM en 1939. En él los críos, el Capitán y el resto de la tropa hacen una accidentada visita al Petunia Natural Park. Pasad con ellos unos minutos divertidos.
























jueves, 20 de septiembre de 2018

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS



Y siempre nos quedará Casablanca, uno de los mayores clásicos del cine. También perdurará en el recuerdo el tema El tiempo pasará, A times goes by, melodía inolvidable que gracias a un oportuno corte de pelo de la Bergman, se salvó milagrosamente de ser eliminada de la película por Curtiz.
El guión cuenta con grandes frases que quienes hemos visto varias veces la película somos capaces de repetir a la vez que las sueltan los actores. Pero curiosamente, grandes frases y extraordinaria música aparte, Casablanca podía haberse filmado sin sonido, y no hubiera perdido por ello un ápice de magia. La mirada de Bogart entre húmeda y velada por el humo del cigarrillo, cuando en silencio se sirve un trago tras otro recordando a su querida Ilsa; la mirada de la Bergman y ese rostro levemente iluminado cuando vuelve a encontrase con Rick; la mirada agradecida de la joven refugiada rumana a quien Rick consigue un salvoconducto... son miradas que por sí solas, sin más aderezo, construyen una obra de arte como esta inmortal Casablanca, el monumento fílmico que fabricó la Warner en 1942.
Os dejo con el enlace para visionar un magnífico reportaje sobre la película y sobre la influencia que ha ejercido en la historia del cine y en millones de cinéfilos de varias generaciones. Clic en la carátula y a disfrutar.

Próxima entrega: Michael Curtiz




domingo, 16 de septiembre de 2018

HOLOCAUSTO CANÍBAL



En 1835 un barco australiano de cazadores de focas que había recalado en las Chatham en su camino a Nueva Zelanda, dio noticia a los maoríes neozelandeses de la existencia de unas islas (las Chatham precisamente) “donde hay abundancia de pescado y marisco, los lagos están llenos de anguilas a rebosar, y es una tierra rica en bayas de karaka”. Los marineros añadieron además que “los habitantes son muy numerosos, pero no tienen armas y no saben combatir”. Aquella noticia bastó para hacer que 900 guerreros maoríes de la isla Norte de Nueva Zelanda se apresuraran a poner rumbo a las Chatham, situadas a unos 800 Km. al sureste. El 19 de noviembre de ese mismo año arribó a las remotas islas un barco que transportaba a 500 maoríes con algunas armas de fuego. El 5 de diciembre llegó un segundo barco con 400 maoríes más.


Los moradores de las Chatham se daban a sí mismos el nombre de morioris. Grupos de feroces maoríes comenzaron a recorrer el archipiélago, anunciando que los morioris eran sus esclavos, y matando a quienes ponían objeciones. Una resistencia organizada por parte de los isleños podría haber puesto en apuros a los invasores, pues los doblaban en número. Sin embargo, los morioris tenían la tradición de resolver sus disputas pacíficamente. Decidieron en asamblea no responder a los ataques, sino ofrecer a los recién llegados la paz y la división de los recursos. El ataque de los maoríes se produjo antes de que sus víctimas tuvieran tiempo de presentar aquella oferta. En los sangrientos días que siguieron al desembarco, mataron a cientos de morioris, cocinaron y devoraron a muchos y esclavizaron al resto, a los que fueron asesinando y consumiendo a su antojo en los meses siguientes. Uno de los muy escasos supervivientes recordaba: “Los maoríes comenzaron a matarnos como a ovejas, estábamos aterrados, huimos a la maleza, nos ocultamos en agujeros... todo fue inútil. Nos descubrieron y mataron a hombres, mujeres y niños indiscriminadamente”. En el otro bando, un conquistador maorí explicó: “Tomamos posesión según nuestras costumbres, y capturamos a todas las personas. Nadie escapó. A quienes intentaron huir los matamos. También matamos a otros muchos. ¿Qué importancia tiene?, lo hicimos de acuerdo con nuestras leyes”.


Este genocidio fue similar a tantos otros que se han producido tanto en el mundo antiguo como en épocas mucho más recientes. Siempre que se han enfrentado “civilizaciones” con mejores armas y tecnología que sus oponentes, los han exterminado. La moriori era una población aislada de cazadores-recolectores, agrupados en clanes familiares, sin organización, liderazgo ni más armas que simples palos que usaban para golpear a los bogavantes en aguas someras. Estaban destinados a servir de merienda a los invasores maoríes, unos guerreros procedentes de una población densa de agricultores sumidos de forma crónica en feroces batallas, que trabajaban la madera y el jade, que estaban sujetos a un liderazgo fuerte, y que desde la llegada del hombre blanco en el XVIII, poseían algunas armas de fuego, muchas otras de acero, y habían aprendido a navegar en alta mar. El final de los morioris no podía ser otro.


Sin embargo, ambas poblaciones tenían un origen común. Sus destinos habían divergido apenas medio milenio antes. Los maoríes son descendientes de pueblos polinesios que colonizaron el territorio de Nueva Zelanda hacia el año 1200 de nuestra era. Poco después, probablemente entre 1300 y 1500, un grupo de aquellos mismos maoríes colonizó a su vez las islas Chatham, donde no era posible la agricultura. Se convirtieron en cazadores-recolectores, y como su entorno natural ofrecía recursos fáciles de explotar, y no hallaron enemigos en muchas millas náuticas a la redonda, no tuvieron necesidad de organizarse políticamente. Cuando se produjo el trágico reencuentro, probablemente hacía ya varios siglos que se habían olvidado unos de otros. Naturalmente, sus trayectorias evolutivas opuestas decidieron el resultado de la colisión final.


Dominación, esclavitud, exterminio... Homo homini lupus. Así acaban las cosas históricamente cuando un pueblo con jerarquización, tecnología y armas más eficaces entra en contacto con gentes más primitivas. Así ocurrió en el antiguo Egipto y en Mesopotamia. Así sometió el Imperio Romano a los pueblos del Mediterráneo. Así fue como un puñado de españoles con unos pocos caballos y pesados arcabuces acabaron con el floreciente Imperio Azteca. Así los estadounidenses exterminaron a los nativos de Norteamérica. Así, para vergüenza universal, sigue ocurriendo en la Amazonia, en Mesoamérica y en África. Eso por no hablar de judíos, de armenios, de kurdos... En definitiva, este olvidado episodio histórico de los maoríes y los desaparecidos morioris, no es más que otro ejemplo de lo que hemos sido, de lo que somos y, muy probablemente, de lo que vamos a continuar siendo.

Para amasar una gran fortuna hay que hacer harina a mucha gente. Manolito (amigo de Mafalda).



miércoles, 12 de septiembre de 2018

ANDRÉ BRETON, EL SURREALISTA INSOBORNABLE


André Breton nació en Trinchebray, Normandía, en 1896. Inició los estudios de medicina que abandonó en 1916 al ser llamado a filas durante la Primera Guerra Mundial. Destinado en un hospital psiquiátrico, estudió la obra de Freud y se interesó por la escritura automática, fenómeno que exploró de manera exhaustiva. En esos años tomó contacto con Jacques Vaché y con el poeta Paul Valéry. Conoció también el movimiento dadaísta, por el que se sintió fascinado. Publicó su primera obra, Los campos magnéticos, en 1920. En ella profundizó en las posibilidades de la escritura automática, y a través de ese trabajo sentó las bases de la expresión artística sin intervención consciente del intelecto, una idea que está en la misma raíz del surrealismo, movimiento del que Breton puede considerarse fundador junto a Louis Aragon y Philippe Soupault. Con ellos dirigió la revista Littérature, y en 1924 redactó el Manifiesto del Surrealismo, un opúsculo que hizo furor entre muchos intelectuales revolucionarios de su tiempo. Con Aragon y Éluard se afilió al Partido Comunista.


En 1926, con ocasión de la publicación del Segundo Manifiesto Surrealista, Bretón unió de forma indisoluble el movimiento artístico al marxismo, lo que provocó una especie de cisma y numerosas escisiones entre los intelectuales y artistas afines al surrealismo. Para quienes le conocieron y trataron íntimamente, André Breton fue una especie de paradoja viviente, pues si en el terreno personal era amable y cálido, en lo relativo a la defensa de las esencias del movimiento actuó de forma implacable, por lo que se le consideró el “papa del surrealismo”. Entre los excomulgados o expulsados destacan nombres como los de Robert Desnos y Salvador Dalí, a quien Breton rebautizó como “Ávida Dollars”, transcripción malintencionada y sin embargo muy acertada, de las letras de su nombre.
Viajó a España por vez primera en 1922, frecuentando nuestro país en los años treinta, durante la época republicana. En el 34 viajó a México y conoció a Trotski, cuya amistad le reafirmó en sus principios revolucionarios. Redactó entonces su Manifiesto por un arte revolucionario independiente.


Con Francia invadida se embarcó hacia Martinica, donde fue internado en un campo de prisioneros. Conoció allí al prestigioso antropólogo Claude Lévi-Strauss, a quien le unió una gran amistad. Huyó a Santo Domingo y más tarde a Nueva York, donde publicó el tercer manifiesto surrealista con el curioso título de Prolegómenos a un tercer manifiesto o no. En Nueva York fundó la revista VVV, y conoció a Elisa Bindhoff Enet, su segunda y definitiva esposa.
Regresó a París en 1946, donde residió ya hasta su muerte en 1966. A través de publicaciones como Le Surrealisme Méme, continuó defendiendo de forma incansable los valores del movimiento, si bien al parecer en sus últimos años se mostró acaso un tanto desengañado. Confesó a Luis Buñuel su desencanto porque ya nadie se escandalizaba por nada, con lo que se estaba perdiendo el potencial provocador que un día tuvo el surrealismo.
En su obra intelectual, además de los manifiestos surrealistas citados, cabe destacar su Antología del humor negro, Los pasos perdidos o El surrealismo y la pintura. Mucho más extensa es su obra poética. Hoy en Bigotini os sugerimos la lectura (clic en la ilustración) de Hotel de las centellas, un brevísimo poema de André Breton, uno de los más importantes intelectuales del siglo XX, un surrealista insobornable.

Toda idea que triunfa marcha hacia su perdición. André Breton.



viernes, 7 de septiembre de 2018

...VINO EN CARNE MORTAL A ZARAGOZA



Mucho antes de que se hubiera inventado el inserso ni nada remotamente parecido, hubo una viuda, en concreto la virgen María, que tuvo capricho de hacer un viaje. Corría el año 40 de nuestra era. Habían pasado siete desde que allá en aquel tétrico monte Calvario, repleto de calaveras como indica su etimología latina, vio morir crucificado a su único hijo. Pasó después, auxiliada por un puñado de amigos y parientes, por el amargo trance de enterrar su cuerpo ungido de fragantes bálsamos, y asistió tres días más tarde a su gloriosa resurrección. ¡Dios mío, cuántas emociones y cuánto estrés! Demasiado trajín para una viuda que, por muy jovencita que hubiera sido cuando dio a luz a Jesús, por fuerza tenía que haber rebasado los cincuenta abriles. Olvídese el lector de Demi Moore o de Kim Basinger. Una mujer de esa edad de hace más de veinte siglos era una anciana con un pie en la tumba. A saber: artrosis, túnel carpiano (las mujeres se pasaban la vida dale que te dale a la rueca), dentadura catastrófica o puede que inexistente (no había Colgate), un ramillete de infecciones y parasitosis crónicas (no había antibióticos). Menopausia… ¿Menstrúan las vírgenes? La respuesta biológica es un sí rotundo. Precisamente las vírgenes por ser vírgenes deberían tener los ciclos regulares y sin el menor fallo. Así que la virgen María menstruaba, y por lo tanto también tuvo que llegarle la menopausia, salvo mejor opinión en contrario de algún concilio de los primeros siglos de la cristiandad, que como tienen tanta letra pequeña, vete a saber si en una de las cláusulas los patri eclesie decretaron que las vírgenes no menstrúan, que todo puede ser.

Bueno, pues la virgen María, a pesar de sus achaques, decidió viajar. Y no crean que pensó en un viaje breve, digamos a Cafarnaún o a Jerusalén para dar unos cabezazos en el muro, conducta inexplicable que a menudo adoptan allí lugareños y forasteros. ¡Qué va! La virgen quiso viajar nada menos que a Zaragoza, en Hispania, que hacía unos pocos años había perdido su viejo nombre de Salduie, para ser rebautizada como Cesaraugusta por los romanos, que eran los americanos de entonces, pero sin coca-cola. Equipaje: nada de maletines, bolsos o mochilas. ¡Una columna de jaspe!, roca sedimentaria con alto contenido silíceo. ¡Ahí queda eso!

Se ignora si se echó al hombro el pilar, como Obelix, o lo hizo transportar por otro medio. Entonces no existía Ryanair, pero de haber existido le habrían aplicado una tasa astronómica por exceso de equipaje. El viaje por mar parece más razonable salvo por el detalle de que hubiera tardado varios meses. Que llegara hasta nuestras costas montada a caballo en el pilar se antoja descabellado, no tanto porque las rocas no flotan (recuérdese que Santiago llegó después a Galicia flotando en su ataúd de piedra), como por el reuma que le impediría llevar tanto tiempo los pies metidos en el agua, y sobre todo por la postura a horcajadas sobre el pilar, que resulta poco airosa para una señora de edad, y mucho menos para toda una virgen, Mater Dei, Regina Coelum, etcétera. Personalmente me inclino por algún medio sobrenatural, tipo transustanciación o alguna otra disciplina milagrosa. Téngase en cuenta que poco después del viaje que nos ocupa, María Virgen sufrió (o mejor, disfrutó) la llamada asunción, fenómeno por el que fue elevada a los cielos en cuerpo y alma de forma prodigiosa. Un rayo de luz absorbente y ¡zas!, como en las abducciones de las películas de marcianos. Considérese también en favor del método sobrenatural, que la virgen María mantenía excelentes (e íntimas) relaciones con las Tres Personas más influyentes del universo.


Así que el 2 de enero del año 40, María se materializó con su pilar en Zaragoza, ante la mirada atónita de Santiago, que ya la conocía de Nazaret, de otros siete cristianos (así lo recoge la tradición piadosa) recién bautizados por el mismo Santiago, y ante el asombro del resto de cesaraugustanos que vieron a una señora hacer equilibrios subida en un pilar de jaspe, mientras resplandecía su hermosa figura entre la espesa niebla, porque nadie que se haya criado a orillas del Ebro concibe otra cosa que espesa niebla en un 2 de enero. Por expreso mandato suyo, Santiago y los siete (no incurra el lector en el sacrílego error de relacionar esto con la serie televisiva de Ana Obregón) levantaron en el lugar de la aparición-avistamiento un pequeño templo en honor de Santa María que andando el tiempo se convirtió en iglesia gótica y más tarde sería la basílica de Nuestra Señora del Pilar, cuya fama se ha extendido por toda la cristiandad. Hoy día el Pilar se ha convertido en imán (como Jomeini) para los creyentes, en faro (como el de Vigo) para los peregrinos, y en el templo mariano (como Rajoy) más importante del mundo hispánico.

Resulta que la virgen del Pilar no se limita, como otras más modositas, a ser reina y madre, sino que en momentos de apuro capitanea las tropas aragonesas contra cualquier invasor de allende (¡que hermoso adverbio!) los Pirineos, así que los zaragozanos le profesamos una devoción a toda prueba. La cubrimos de lujosos mantos, joyas y toneladas de flores, mientras a su sombra y amparo bailamos danzas atávicas ejecutando cabriolas prodigiosas, y entonamos cantos rituales que causan admiración a propios y extraños. Se le atribuyen infinidad de milagros. Hace que crezcan de nuevo piernas amputadas, que hablen los mudos, que vean los ciegos. Hace llorar a los viejos y alegra a la gente moza. En la guerra civil evitó que estallaran un par de bombas lanzadas por la aviación republicana. Porque, todo hay que decirlo, en la guerra la virgen iba con Franco. Y es lógico, porque los rojos no paraban de quemar iglesias y violar monjitas, así que la virgen iba con Franco por mucho que esto contraríe a Pepe Bono, a Paco Vázquez y a los demás católicos del PSOE, ¡qué le vamos a hacer!

En tiempos de paz mantiene la virgen una exquisita neutralidad en todas las materias mundanas, con la única excepción del especial favor que dispensa al Real Zaragoza, orgullo deportivo de los aragoneses. Ella sin duda inspiró al morito Nayim (¡qué encomiable gesto de ecumenismo!) aquel chut prodigioso que describiendo una parábola imposible, se incrustó en las mallas de la portería del Arsenal en la final de la Recopa del 95. Ella a buen seguro ha velado por el equipo, al menos hasta que el equipo comenzó a apartarse del buen camino para internarse en el lado oscuro (¡maldito Agapito!) y sumirse en las insondables tinieblas balompédicas de la segunda división, que viene a ser un Mordor futbolero con orcos y todo.


A lo largo de veinte siglos, millones de niños han pasado y siguen pasando bajo su manto protector. Sus padres los presentan a la virgen del Pilar, como hacían los antiguos moradores de Europa con los suyos ante los altares de Isis, de Deméter o de Cibeles. Desde este modesto foro sugerimos al cabildo que contrate a algún fornido monaguillo de dos metros, que se encargue de tomar en brazos a los visitantes ya crecidos, y los pase por la virgen. Sería un aliciente turístico muy interesante.
Y a lo largo de estos veinte siglos, millones de bocas piadosas han besado y siguen besando el pilar, a despecho de devastadoras epidemias de peste y decepcionantes pandemias de gripe. Tanto los zaragozanos de pura cepa como los turistas de fin de semana, besan con unción emocionada el sagrado pilar, se ciñen bien la bufanda desafiando al helado cierzo, y marchan decididos al tubo a tomarse su vermú con unas caras de felicidad que da gusto verlos.

Pensaba que mi mayor defecto era la indecisión, pero ahora... ahora no estoy tan seguro.





martes, 4 de septiembre de 2018

VIVIR CONECTADOS. NEURONAS, EL PASO DECISIVO


Para que el caballo pueda trotar, el pez nadar y el águila volar, hace falta que determinados grupos musculares se muevan de forma coordinada. Para que el murciélago se oriente en la oscuridad de la gruta, para que la imagen del depredador desencadene en la presa el impulso de huída, para que el olor de la polilla hembra despierte el instinto sexual del macho, hace falta que las percepciones sensoriales sean evaluadas y transformadas en reacciones. Para que se produzcan estos sucesos y una infinidad de otros igualmente fundamentales, es imprescindible un trabajo coordinado, es necesaria la existencia de un sistema nervioso central. Es necesaria la existencia del cerebro.

Esta necesidad de reconocimiento de los estímulos y respuesta coordinada, surge ya en la fase evolutiva de los organismos unicelulares. Estos organismos son capaces por ejemplo, de moverse en el medio acuático mediante la acción coordinada de un gran número de cilios o pestañas. Si cada uno de esos cilios se moviera de forma independiente, no se produciría un movimiento direccional determinado. Y si la coordinación es importante en los seres unicelulares, la importancia aumenta de forma exponencial en los organismos más complejos. En su lucha por la supervivencia, los animales han desarrollado un tipo especial de células encargadas de esta función de transmisión de estímulos, de respuestas y en definitiva, de la coordinación. Constituyen el punto de partida de la tercera y definitiva fase de la evolución. Son las células nerviosas o neuronas.

¿Qué tienen de extraordinario las neuronas, que no tengan el resto de las células especializadas? Desde luego, contienen el mismo ADN en su núcleo, y utilizan el mismo código genético para la síntesis de proteínas que todas las demás células. Pero se caracterizan por dos cualidades importantes: su peculiar forma y las especiales propiedades de su membrana. Las neuronas pueden alcanzar una longitud de hasta 1,5 mm., lo que para una célula constituye un gigantismo excepcional. Presentan una forma que recuerda a la de un árbol. Las raíces están formadas por las dendritas, que sirven para conectarse con otras neuronas y canalizar las señales procedentes de ellas. El tronco se denomina axón, y transmite las señales a las dendritas de otras neuronas a través de sus ramificaciones. Pero lo más singular es que las neuronas tienen la capacidad de generar y transmitir impulsos eléctricos. Esta facultad se basa en las asombrosas propiedades de la membrana, que, por decirlo de algún modo, se comporta como una larga hilera de fichas de dominó con sus correspondientes polos eléctricos (positivo y negativo). Cuando se tumba una de las fichas de los extremos, la señal recorre toda la hilera de fichas a lo largo del axón, distribuyéndose por todas sus ramificaciones. Tras un brevísimo periodo de descanso de apenas unos milisegundos, todas las fichas vuelven a ponerse en pie, y quedan listas para transmitir una nueva señal.

Una sola neurona puede llegar a establecer hasta 10.000 sinapsis o conexiones con otras neuronas, llegando a formarse una red de gran complejidad, frente a la cual el diagrama de cualquier aparato electrónico sofisticado, resultaría de una simplicidad ridícula. La velocidad de transmisión en organismos primitivos es del orden de 1 cm. por segundo, y llega a superar los 120 m. por segundo en los mamíferos. Para alcanzar este nivel fue de vital importancia el paso evolutivo hacia la sangre caliente. La temperatura alta y constante permite el funcionamiento continuo y eficiente del sistema nervioso. No es casual que los dos órdenes de animales con mayor rendimiento cerebral (aves y mamíferos) seamos animales de sangre caliente.

Lo más importante para el desarrollo de la capacidad del sistema nervioso es el patrón de conexión de las neuronas. En los gusanos nematodos, que presentan un patrón muy simple, ha sido posible estudiar todo el esquema de conexiones de sus células nerviosas, comprobándose que en todos los ejemplares de la misma especie las conexiones derivan de un mismo diagrama patrón. Esto quiere decir que el diagrama de conexiones está predefinido en la información genética, así que salvo eventuales mutaciones, todos los nematodos de la misma especie presentan idéntico esquema cerebral.

Podríamos preguntarnos si es posible que la información contenida en el ADN resulte suficiente para determinar la construcción de un circuito mucho más complejo, como el de los animales superiores, y concretamente como el de nuestros cerebros. La respuesta es categórica: esto no es posible. La cantidad de ADN de los organismos superiores no es suficiente para determinar las sinapsis que deben establecerse, ni con qué neuronas deben establecerse. El ADN se limita a marcar unas directrices generales de los mecanismos más elementales e imprescindibles para la supervivencia. Nada más. ¿Qué quiere decir esto? Ni más ni menos que lo siguiente: en el momento del nacimiento, nuestros cerebros son una especie de libros en blanco. No contienen más que unos pocos trazos esquemáticos (aprovechando la analogía del libro, algo así como la división de los capítulos y poco más). El libro lo tendremos que escribir nosotros a lo largo de nuestra vida. Las conexiones se van conformando a través de nuestras experiencias particulares, hasta constituir una extensa y complejísima red de sinapsis completamente única e irrepetible. Ni siquiera los gemelos idénticos procedentes de un único zigoto y con idéntica carga genética, tienen un cerebro igual, porque desde el mismo nacimiento, cada uno habrá ido escribiendo su libro en blanco a su manera y mediante sus propias experiencias personales.

¿No os parece fascinante? El anciano profesor, desde la agreste montaña de sus muchos años y el pozo de su mucha ignorancia, os aconseja que no perdáis el tiempo. Esforzaos en escribir con buena letra las páginas en blanco que os queden. Creedme amigos, en este mundo ya no cabe ni un tonto más. Me parece que tenemos bastante con los gobernantes y los que salen en televisión.


Es preferible permanecer callado y parecer idiota, que hablar y despejar las dudas definitivamente.  Groucho Marx.