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domingo, 18 de octubre de 2026

LÁZARO DE TORMES. BARROQUISMOS, PICARDÍAS Y GERMANÍAS

 


Fue Lázaro de Tormes tan hijo de Salamanca como de su río:

Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

Oficialmente La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades sigue siendo y seguramente seguirá siendo obra de autoría anónima. Pero lo cierto es que cada vez son más los críticos e investigadores que se inclinan por adjudicar su autoría a Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, diplomático, humanista y poeta granadino nacido en 1504, que estudió en Salamanca, y ya desde el siglo XVII fue señalado por muchos como autor del Lazarillo. En 2010, la paleógrafa Mercedes Agulló y Cobo descubrió en un inventario de los papeles de Juan López de Velasco, corrector de la edición censurada de la novela y de la Propaladia de Bartolomé Torres Naharro, una alusión directa a Hurtado de Mendoza en relación con el Lazarillo, lo que parece probar su autoría.

Sea su autor Hurtado de Mendoza o sea otro, el Lazarillo es una novela, quizá la primera novela moderna escrita en castellano. La obra relata en primera persona las fortunas y adversidades (sobre todo éstas últimas) de Lázaro de Tormes, desde que se inicia como guía (lazarillo) de un ciego al que le encomienda su madre en su Salamanca natal, hasta que ya adulto encuentra empleo a cambio de hacerse cornudo consentido. La obra es además, la primera novela picaresca, inaugurando el género.


A Lázaro de Tormes cabe el honor no solo de ser el primero, sino de ser acaso el más genuino y logrado de nuestros pícaros. La primera edición segura es la cuádruple de 1554 (Burgos, Amberes, Medina del Campo y Alcalá), aunque todo indica que debió existir una edición anterior hoy perdida, de 1552 o 53. Los investigadores sitúan su escritura entre 1540 y 1550. Ninguna de las ediciones incluyó el nombre de su autor, que optó prudentemente por conservar el anonimato. Hizo bien. En la España teocrática y contrarreformista de su tiempo en la que el Santo Oficio no se andaba con chiquitas, resultaba muy peligrosa la exhibición de ciertas ideas contenidas en El Lazarillo. En 1559 se incluyó en el tristemente célebre índice de libros prohibidos, no permitiéndose su reimpresión hasta 1573 en un formato convenientemente expurgado y mutilado.

La obra está impregnada de un erasmismo inequívoco y patente. Lázaro, cuyo único delito es haber nacido pobre, comienza sirviendo a un ciego, en el que sin duda es el episodio más conocido y popular, hasta el punto de originar el término lazarillo para describir a quienes ejercen esa función. Pasa sucesivamente por servir a un clérigo en Maqueda, a un hidalgo paupérrimo, a un fraile mercedario, a un charlatán vendedor de bulas, un pintor de panderos, un capellán y un aguador, antes de conseguir un puesto como alguacil y pregonero a través de su matrimonio de conveniencia con la amante de un arcipreste. El lacerado Lázaro acaba como casado cornudo que renuncia a su dignidad para poder comer caliente. El mensaje no puede ser pues más fatalista. Una lucha a brazo partido por la supervivencia en una sociedad podrida y miserable, que concluye de la peor manera, con una rendición incondicional en la que el protagonista termina por aceptar la derrota afrentosa, integrándose y formando parte activa de la injusticia contra la que durante toda su vida se había rebelado.


Los antecedentes del Lazarillo habrá que buscarlos en los clásicos. Luciano de Samosata y Apuleyo, cuyo Asno de oro fue traducido del latín precisamente por el mismo Erasmo de Rotterdam. Las Confesiones de San Agustín, una de cuyas reediciones apareció por cierto poco antes de la publicación del Lazarillo. Acaso también el autor bebió en las fuentes de Boccaccio y en las muy caudalosas de la infinidad de libros de caballerías, género de ficción que hizo furor en su tiempo. A su vez, la obra dio lugar a diferentes secuelas. Hay una Segunda parte también anónima aparecida en Amberes en 1555, en la que Lázaro participa en guerras submarinas transformado en atún. Otra Segunda parte se publicó en París en 1560, y estaba firmada por el aragonés Juan de Luna. No es Lázaro el único pícaro de la novela. Hay en ella otros personajes de aquella España miserable que exhiben sus miserias y a las veces hacen gala de sus picardías.

La novela picaresca es sin duda el género más emblemático de la literatura española durante el llamado siglo de oro, que abarca prácticamente dos centurias. Cervantes, en su primera parte del Quijote, utiliza el término género, precisamente referido al Lazarillo. Antes, Mateo Alemán había introducido el adjetivo pícaro en su Vida del pícaro Guzmán de Alfarache (1599). Más tarde llegarían La pícara Justina, El buscón, El Marcos de Obregón, El Guitón Onofre, La ingeniosa Elena, La garduña de Sevilla, La niña de los embustes, El Estebanillo González, El Lucas Trapaza, Don Gregorio Guadaña, Periquillo el de las gallineras, y tantos otros personajes que fueron a engrosar la nutrida tropa de nuestros pícaros nacionales. Por haber los hubo hasta internacionales, como el francés Gil Blas, el germánico Simplicius Simplicísimus o el irlandés Tristram Shandy.

Hay también secuelas del mismo Lazarillo. Está en primer lugar El Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés de Tolosa, que aunque no alcanza la calidad literaria de su modelo, es la que más se ajusta a su esquema narrativo, mozo de muchos amos que pasa por diversas desventuras y peripecias. En 1555, aprovechando el éxito de la novela original, se publicó en Amberes y en castellano La segunda parte de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Es también de autor anónimo y ciertamente imaginativo, pues iniciándose como novela picaresca, continuación del Lazarillo original, deriva pronto hacia el género fantástico. En ésta segunda parte, Lázaro de Tormes se metamorfosea en criatura anfibia, y participa en guerras submarinas que se libran entre los peces. Tenemos todavía otra secuela firmada por H. de Luna que se dice intérprete de la lengua española y afirma bajo el título Otra segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes, estar sacada de las crónicas antiguas de Toledo. En ella Lázaro se embarca en Cartagena, hace también vida de pez habitando las aguas marinas, de las que lo sacan unos pescadores que lo vuelven a España. Hay por último un Lazarillo más moderno y americano, El Lazarillo de ciegos caminantes, escrito por un tal Concolorcorvo y publicado en 1773 en Buenos Aires. En la novela el Lazarillo describe los itinerarios de Buenos Aires a Lima, según puntual observación, y brinda noticias útiles a los nuevos comerciantes que tratan en mulas. Se trata de una guía pintoresca y útil aderezada con jocosidades para entretenimiento de caminantes.

Puede verse por estos ejemplos la enorme influencia ejercida por el Lazarillo original, la primera novela picaresca de nuestras letras.


La primera y la precursora de otras muchas obras que podemos encuadrar en ese género, el de la novela picaresca, acaso el más genuinamente español de los géneros. En la predilección por los pícaros, en definitiva por los pobres, de los autores de nuestro siglo XVI, quizá podemos entrever un reflejo de la identificación emocional de nuestros ingenios con los desheredados. Empatía con ese mundo de marginación poblado por quienes Bronislaw Geremek llamó la estirpe de Caín. Fueron todas víctimas inocentes de la selección social. Marginados en las orillas del camino que inició España a partir de 1492, la senda del nacionalcatolicismo reduccionista. Como lúcidamente apunta Ricardo García Cárcel, la pobreza, la mendicidad, la miseria social fueron inicialmente un producto rentable, bien amortizado tanto espiritual como materialmente.

La legión de marginados se convirtió en un ejército de reserva del que la sociedad se alimentó para abastecer ejércitos, rebajar niveles salariales y costear el largo proceso de transición hacia el capitalismo iniciado ya en los albores de la edad moderna. ¿Una canción que suena alarmantemente actual? Efectivamente. Las medias de pobreza tolerable que se habían mantenido en torno del 10 o 15%, pasaron en algunas ciudades como Sevilla, Toledo, Valladolid o Madrid a situarse prácticamente en el 50% (Bennassar). El problema de la pobreza y la marginalidad amenazaba con romper las precarias costuras del sistema social. Niños abandonados, mendicidad y delito pasaron a formar parte del paisaje habitual de la España del barroco. En su Amparo de pobres, Pérez de Herrera relata el llanto y las súplicas de una madre que rogaba a su marido que no cegara con un hierro al rojo a su tercer hijo como había hecho con los dos anteriores. Era un medio del que se valían los mendigos para conmover a la gente y obtener más limosnas.

El autor del Lazarillo idealiza a su personaje, y lo mismo harán Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache o Cervantes con Rinconete y Cortadillo. Los autores del XVI español atribuyen muchas veces a sus héroes desheredados la limpieza de sangre de la que carecen los ricos, conversos en su mayoría. Seguramente no hay en Europa otra literatura que como la española, se alinee a favor del oprimido y el marginal. La llamada literatura de la canalla fue en Europa mucho menos indulgente que la española con la marginalidad. Rabelais, Villon o Shakespeare  nunca idealizaron a los marginales. Hay que esperar a Dickens en Inglaterra, y en Francia a Victor Hugo con su Ruy Blas y sus Miserables para apreciar la compasión hacia el débil que ya era signo identitario de nuestras letras.


Las cosas darán un cambio radical en el XVII. Autores como Quevedo con su Buscón o el doctor Carlos García en La desordenada codicia de los bienes agenos, retiraron el aura de dignidad con que sus predecesores habían revestido a pícaros, locos, prostitutas, pobres y marginados en general, convirtiéndolos en delincuentes y cínicos carentes de escrúpulos. La pícara Justina que para su creador López de Úbeda había sido una moza alegre de las de aires bola, se convertirá unas décadas más tarde en una vulgar ramera. El celo inquisitorial del XVII se encargará de mutilar El Lazarillo y La Celestina o de exterminar quemando sus libros a La Lozana andaluza. Los marginados marcharán condenados a apalear sardinas  a base de golpes de remo en las galeras, a colgar de una soga en los patíbulos o a consumirse en las hogueras. Sólo se librarán los más grotescos, los más deformes. Muchos de ellos sobrevivirán en la corte para recreo de príncipes y petimetres palaciegos. Velázquez inmortalizó a meninas, enanos y bufones, Ribera a la mujer barbuda, y Carreño de Miranda a la monstrua desnuda.

Paralela al género de la novela picaresca es la aparición y difusión de una jerga o argot propio de pícaros, marginados y delincuentes. Autores tanto del XVI como del XVII reflejan en sus obras esa casi forma dialectal del castellano que generalmente se conocerá como germanía, es decir, el lenguaje o la parla de los agermanados, que se habla en las cárceles, los burdeles y los figones; que puede escucharse en la plaza mayor de Madrid, en el Zocodover toledano, en el Potro de Córdoba o en la sevillana alameda de Hércules. Recogen esas expresiones el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo (seudónimo de Cristóbal de Chaves) publicado en 1779, y más modernamente Rafael Salillas en su obra El delincuente español.

A pesar de tratarse de un texto inaugural, o acaso precisamente por eso, El Lazarillo apenas contiene expresiones agermanadas. Su autor alude a la jerigonza de los ciegos sin desvelar un solo término de ella. El primer tesoro de la parla en germanía nos lo ofrece Mateo Alemán por boca de su pícaro Guzmán de Alfarache, que no se contenta con usar y abusar del vocabulario patrio, sino que incluye muchas expresiones del hampa romana, cuando el protagonista se traslada a Italia. Guzmán, delincuente incorregible, juega de dedillo, balanza y golpete, sisa en las cocinas los percances, troca a trascantón, muda y trasteja, dice la venturilla, plaguea para mendigar, marisca, descorna y avizora. Por su parte, La pícara Justina es durindana que toma las del martillado, echa de la oseta, birla y atraviesa el ocho. El Estebanillo González hace peñas y Juan Danzante, teme que un padre de damas descorne su flor, anda brivando por todo el reino y tiene más de negro que de blanco. También descorna la flor el escudero Marcos de Obregón y coge luego las del martillado. Son catedráticos de la lengua agermanada El Soldado Píndaro, El Diablo Cojuelo, Lucas Trapaza, La garduña de Sevilla, Don Gregorio Guadaña y Periquillo el de las gallineras.



Mención aparte merece la germanía cervantina que en Rinconete y Cortadillo destila con la mayor desenvoltura todo el repertorio que el antiguo soldado y poeta en ciernes Miguel de Cervantes aprendió en la prisión sevillana. De Salillas tomo una muestra: cañuto, entrevar, aduana, finibusterre, embesados, gurapas, ansias, cuatrero, murciado, roznos, cantar, guro, trena, guras, postas, avizorando, floreo de villano, retén, humillo, sola, raspadillo, verrugueta, colmillo, tercio de chanza, astillazo, blanco, gorja, levas, cica, trainel, sorna, bajamanero, avispones, avispando, guzpataros, palomas, rufo, flores y bajón. A quien considere que no es suficiente la retahíla, convido desde aquí a releer La Gitanilla, El coloquio de los perros o el mismo Quijote, donde se hallarán otros tantos y mil ejemplos más de parla agermanada.

De nuestra biblioteca Bigotini traemos la versión digital de la Segunda parte del Lazarillo de Tormes. Hágase clic en el enlace:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=La+segunda+parte+de+Lazarillo+de+Tormes+y+de+sus+fortunas+y.pdf

-Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aún más, si es menester, sin comer.

-Vivirás más y más sano -me respondió-, porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.


martes, 29 de septiembre de 2026

FRANZ KAFKA CUANDO GREGORIO SAMSA SE DESPERTÓ

 


Franz Kafka nació en 1883 en Praga, en una familia acomodada de comerciantes judíos con muy poco o ningún apego a las tradiciones religiosas. El Reino de Bohemia pertenecía entonces al Imperio austrohúngaro. Su infancia quedó marcada por un padre autoritario y despótico, Hermann Kafka. Su madre, Julie Löwy provenía de una familia germano hablante y tuvo una educación refinada que supo transmitir a su hijo. Franz fue el primogénito. Sus hermanos menores, Georg y Heinrich, fallecieron antes de cumplir los dos años. Franz, que tenía sólo siete cuando murió el más pequeño, se sintió siempre responsable por ello, culpándose de sus celos infantiles. Tuvo después otras tres hermanas, Gabriele, Valerie y Ottilie, que entre 1941 y 1943 murieron víctimas de los nazis en el holocausto. Franz huía de la severidad paterna refugiándose en su madre. Resultado de aquella doble influencia fue que el Franz Kafka adulto, aunque capaz de escribir bien en ambos idiomas, hablaba checo con un pronunciado acento alemán, y hablaba alemán con acento checo, lo que le causó algunos problemas durante la etapa escolar.


Entre los diez y los dieciocho años, estudió en el Instituto de Enseñanza Media Imperial Real, centro regido por una disciplina militar en el que menudeaban los castigos físicos. Sus calificaciones fueron correctas pero no brillantes, y junto a su compañero Oskar Pollak se interesó por las ciencias naturales y por la historia del arte. Atraído por la cultura francesa, aprendió francés por iniciativa propia. Entre sus lecturas favoritas de adolescente se cuentan Flaubert, Dickens, Cervantes y Goethe. Leyó también ávidamente a Nietzsche, Darwin y Haeckel, se acercó ideológicamente al socialismo y se consideró siempre ateo. A los catorce años comenzó a escribir, aunque después destruyó esos textos de los que se sentía avergonzado. Tras el bachillerato, inició estudios de química, de historia del arte y de filología alemana, pero su padre le obligó a abandonarlos y a matricularse en derecho. En la facultad de Leyes, su profesor de sociología, Alfred Weber, el hermano del célebre Max Weber, fue su principal mentor y dirigió su tesis doctoral, que completó en 1906. En la universidad conoció a su amigo Max Brod, de quien se haría inseparable. Brod, junto a los también escritores Winder, Baum y Werfel, y junto al periodista Felix Weltch y al actor Yitzchak Lowy, formaron alrededor de Franz Kafka el grupo que se llamó El estrecho círculo de Praga.


Kafka era muy tímido y hablaba muy poco, pero lo que decía era de tal profundidad que causaba la admiración de cuantos le escuchaban. En esa época comenzó a deteriorarse su salud. Frecuentó los sanatorios desde 1905, cuando se diagnosticó su tuberculosis. Esa fue la enfermedad que finalmente le llevaría a la tumba en 1924 residiendo en la localidad austriaca de Klosterneuburg. Sus restos se trasladaron al cementerio judío de Praga.

La relación de Kafka con las mujeres fue siempre problemática. Su amigo Brod afirmaba que siempre estuvo torturado por el deseo sexual insatisfecho. Mantuvo una relación entre 1913 y 1917 con Felice Bauer, con la que estuvo a punto de casarse en dos ocasiones, frustrándose en ambas la boda. Durante su estancia en el sanatorio de Riva del Garda conoció a una mujer de iniciales G.W. a quien identifica como “la suiza” en sus diarios. En el sanatorio de Schlesen tuvo una relación con la joven Julie Wohryzek, frustrando el compromiso el autoritario padre de Kafka. La penúltima mujer de su vida fue la escritora y periodista checa Milena Jesenská, a la que conoció en 1920, cuando ella tenía veinticuatro años. Ella fue también depositaria de varios escritos inéditos que hoy se consideran perdidos al ser capturada Milena por la Gestapo. Finalmente conoció en 1923, ya gravemente enfermo, a Dora Diamant, una joven periodista judía ortodoxa que reavivó en Kafka el interés por el judaísmo.


Al decir de sus amigos, frecuentó los burdeles con asiduidad y estuvo interesado por la pornografía y el sadomasoquismo que reflejó también en algún escrito. En sus diarios aparecen fantasías homoeróticas hacia Oskar Pollak, su compañero de estudios, y hacia sus amigos Franz Werfel y Robert Klopstock. Algún biógrafo apunta un posible trastorno esquizoide y una alteración límite de la personalidad con tendencia al insomnio y a la anorexia nerviosa, depresión y tendencias suicidas.

Mantuvo Kafka una relación extraña con el judaísmo, que osciló entre su declarado ateísmo y negación de su origen cultural y religioso, y una tardía obsesión por conocer Palestina estando ya muy enfermo, que su amiga Dora Diamant trató de quitarle de la cabeza. En lo político, Kafka se acercó al anarquismo, movimiento en el que según algunos biógrafos, llegó a militar brevemente. Y en cuanto a su sentimiento nacional, es muy difícil aventurar una adscripción nacionalista. Al parecer se consideró culturalmente un alemán de Bohemia, de Praga. Téngase en cuenta que en vida de Kafka Checoeslovaquia o la República Checa ni existían ni nadie las imaginaba todavía. Al comienzo de la Gran Guerra asistió a algunos mítines patrióticos e intentó alistarse aunque sin éxito debido a su mala salud.


Entre 1907 y 1922, año en que se jubiló prematuramente por causa de su enfermedad, trabajó sucesivamente en dos compañías de seguros. Era un trabajo a tiempo parcial que abandonaba a las dos de la tarde para dedicar el resto de la jornada a escribir. Su severo padre le recriminó por ello tildándole de vago e indolente, porque el sueldo apenas alcanzaba para cubrir sus necesidades. En sus escritos Franz se refirió alguna vez a ese trabajo como rutinario y burocrático, pero sus biógrafos han descubierto que Kafka se lo tomó muy en serio. Se dedicaba principalmente a evaluar los riesgos de las empresas para ajustar el coste de sus pólizas de seguros. Parece probado que elaboró informes describiendo los accidentes en fábricas que empleaban tornos, taladros, sierras y diversas máquinas, para las que propuso instalar medidas de seguridad que evitaran las frecuentes muertes y amputaciones de los obreros. Quien esto escribe, dedicado durante más de veinte años a la salud laboral, no puede sino admirar la labor pionera de Franz Kafka en esta materia.

Excepto alguna narración breve que publicó en vida, la mayor parte de la obra de Franz Kafka vio la luz después de su muerte. Debemos agradecerlo a su amigo y albacea Max Brod, que faltó a su promesa de destruir sus escritos. Así que Franz Kafka fue en vida un ser anónimo, un desconocido sin la menor trascendencia, pasando a ser después de su muerte uno de los autores más importantes e influyentes del siglo XX. A pesar de que algunos críticos literarios lo han calificado de modernista o de realista, lo cierto es que la obra de Kafka es fundamentalmente expresionista, iniciando en literatura el camino artístico que seguirían después muchos autores del área germánica. Escribió prácticamente siempre en alemán, y su técnica narrativa se basa en la parábola y el relato simbólico, eso sí, desprovisto de cualquier moraleja o enseñanza, lo que conduce su escritura al absurdo más cercano al surrealismo y al dadaísmo anarquista que a cualquier otra tendencia. La desesperación y el absurdo que reflejan sus obras se han considerado emblemáticos del existencialismo, según han reconocido voces tan autorizadas como las de Jean-Paul Sartre o Albert Camus. Un ejemplo puede ser su microrrelato La partida, en el que escribe:

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, ensillé mi caballo y lo monté. A distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni había oído nada. En el portal me detuvo y preguntó:

—¿Adónde va el patrón? —No lo sé —le dije— simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más; es la única manera en que puedo alcanzar mi meta. —¿Así que usted conoce su meta? —preguntó él.

—Sí —repliqué— te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta.

A muy pocos autores en la historia está reservado el honor de crear un adjetivo que trascienda la mera autoría. Si a Dante Alighieri se atribuye lo dantesco, a Franz Kafka debemos lo kafkiano. El adjetivo kafkiano/a se emplea para describir situaciones opresivas y fuera de toda razón.

Sus obras más notables y conocidas son La Metamorfosis (1915), En la colonia penitenciaria (1919), Un médico rural (1919), Informe para una academia (1917), El desaparecido (1912), El proceso (1914-1915) y El castillo (1922). Nuestra biblioteca Bigotini os brinda el enlace con la versión digital de La metamorfosis, un asfixiante relato y seguramente uno de los más representativos del personal estilo de su autor:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=La+metamorfosis.pdf

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.


martes, 8 de septiembre de 2026

FRANCISCO LÓPEZ DE ÚBEDA Y LA PÍCARA JUSTINA

 


Francisco López de Úbeda fue un médico y escritor del Siglo de Oro nacido en 1560 en Medina del Campo y fallecido hacia 1606. Si como afirman la mayoría de los historiadores de nuestra literatura, fue el autor del Libro de entretenimiento de la pícara Justina, es muy probable que viviera mucho tiempo en territorio leonés o berciano, por las numerosas palabras y giros dialectales leoneses que contiene la novela. La autoría del libro se ha atribuido por algunos al dominico leonés fray Andrés Pérez, y al también dominico vallisoletano fray Baltasar Navarrete. No obstante, los analistas más prestigiosos con Marcel Bataillon en cabeza, consideran a la Pícara Justina obra de Francisco López de Úbeda, que solía formar parte del séquito de Felipe III, monarca al que entretenía con sus ingeniosas ocurrencias. Le acompañó precisamente en un viaje que el rey hizo por tierras leonesas en 1605.


La primera edición del libro data precisamente de 1605 y fue impresa en Medina del Campo. Ese mismo año apareció en Barcelona con el título de La Pícara montañesa llamada Justina. Se reeditó en Bruselas en 1608. Se tradujo al italiano en dos volúmenes aparecidos en 1624 y 1625, y al inglés en 1707 por John Stevens, con el título de The Spanish Jilt (la española desdeñosa). La pícara Justina pertenece de forma innegable al género de la novela picaresca, y a la vez es ejemplo perfecto del exceso barroco. Como ejemplo, el título italiano de la edición de su primera parte en 1624:

Vita della Picara Giustina Diez; Regola degli animi licentiosi: In cui con gratiosa maniera si mostrano gl’inganni, che hoggidì frequentemente s’usano; s’additano le vie di superarli; e si leggono Sentenze gravi, Documenti morali, Precetti Politici, Avvenimenti curiosi, e Favole facete, e piacevoli.


Barroquismo incontenible que se manifiesta desde el mismo título. La novela de López de Úbeda fue aborrecida por Miguel de Cervantes, detalle que ya de entrada pudiera inclinar en su contra a quienes admiramos al extremo de la reverencia al autor del Quijote. Sin embargo, vista desde nuestra perspectiva, La pícara Justina ofrece rasgos muy interesantes. Es novela picaresca como fruto de la literatura ligera de su tiempo, pero muestra rasgos del género bufonesco medieval que recuerdan intensamente a un Rabelais. La protagonista, Justina, se desenvuelve en un entorno social irreverente y marginal. Hoy diríamos que Justina era una muchacha antisistema. El humor alcanza en la novela lo burlesco y lo sardónico. López de Úbeda realiza una acerada y desenfadada crítica social que no deja títere con cabeza. Tiene La pícara Justina una deriva metaliteraria, pues hace pepitoria de otras novelas y de otros autores. Aparece como personaje (novio de Justina) el pícaro Guzmán de Alfarache, protagonista de la novela de Mateo Alemán. Es personaje también de la novela Pero Grullo, el paladín de la obviedad, en una de sus primeras apariciones literarias.


La novela anuncia con descarada hipocresía su intención moralizante y ejemplarizante (niños, no hagáis esto), pero lo cierto es que brilla por su ausencia desde el principio hasta el final. El hecho de que en la España de su tiempo gozase de una amplia difusión, probablemente tuvo su origen en la especial protección que Felipe III y su valido el duque de Lerma dispensaron al autor. Cervantes, como he dicho, no fue precisamente partidario de la obra, que se publicó casi a la vez, sólo unas pocas semanas antes, que la primera parte del Quijote, y situó a su autor en cabeza de la relación de poetas chirles que aparece en su Viaje del Parnaso:

 

Haldeando venía y trasudando

el autor de La pícara Justina,

capellán lego del contrario bando;

y, cual si fuera de una culebrina,

disparó de sus manos su librazo,

que fue de nuestro campo la ruïna:

al buen Tomás Gracián mancó de un brazo,

a Medinilla derribó una muela

y le llevó de un muslo un gran pedazo.

Una despierta nuestra centinela

gritó: ¡Todos abajen la cabeza,

que dispara el contrario otra novela!

Dos polearon una larga pieza,

y el uno al otro, con instancia loca,

de un envión, con arte y con destreza,

seis seguidillas le encajó en la boca

con que le hizo vomitar el alma,

que salió libre de su estrecha roca.

 


Es de resaltar en la novela el protagonismo de una heroína femenina. Justina tiene los notables precedentes de Celestina y sus pupilas, y de la Lozana andaluza de Delicado. Otros personajes femeninos destacados de nuestro barroco son la monja alférez, que escribió su propia autobiografía, las protagonistas de algunas comedias de Lope, y las mujeres de la obra cervantina. Tenemos por ejemplo en las Novelas ejemplares a la Gitanilla, la ilustre fregona o la española inglesa. También en el Quijote incluye Cervantes a la pastora Marcela, mujer hermosa y libre que para serlo, escoge la libertad de los campos, gentil antecedente literario del feminismo. Como leemos a Ricardo García Cárcel, la liberación de la mujer de los corsés asignados es un hecho incontrovertible que la literatura se limita a registrar en algunos casos (Cervantes), mientras que en otros lo denuncia (Quevedo). El sentido patrimonial del honor perteneciente en exclusiva al varón, padre, hermano o marido, se tambalea. En El celoso extremeño, Cervantes redime al adulterio de su carga afrentosa en el marco de la unión matrimonial carente de afecto entre un hombre viejo y una mujer joven. Otro tanto hace Rojas Zorrilla en Cada cual lo que le toca, con el añadido de ser aquí la mujer quien mata a su violador, asumiendo un papel activo y vengador de su propia afrenta. Cervantes (otra vez Cervantes) proclama como en un manifiesto, la autonomía de Preciosa, su gitanilla de las Novelas ejemplares, cuando la muchacha advierte: Sepa que conmigo ha de andar siempre la libertad desenfadada, sin que la ahogue ni turbe la pesadumbre de los celos. En muchas comedias de Lope aparece la mujer travestida de varón, medio del que se vale para conseguir el éxito de su propósito amoroso. El papel asignado a la mujer dentro del matrimonio cristiano, y hasta el mismo matrimonio, hacen aguas por momentos. Leemos en El curioso impertinente:

 

El casamiento a mi ver

cuando bien lo estoy mirando

no es más que estarse engañando

un hombre y una mujer.

 

Y en La malcasada de Valencia hallamos esta desengañada definición del matrimonio:

 

…yugo pesado, violento,

si no fueras sacramento,

dijera que eres demonio.

Así, el matrimonio que en Lope era muchas veces solución y final feliz, se convierte en fracaso para Guillén de Castro o Rojas Zorrilla.

 

Justina es también mujer libre, pero muy alejada de la admirable Marcela, y acaso más próxima a Elicia y Areusa, las sobrinas de Celestina, o a la Gananciosa, la Escalanta y la Cariharta, prostitutas que aparecen en el patio del seor Monipodio en Rinconete y Cortadillo. Justina es sobre todo, descarada e irreverente, un dolor de cabeza permanente para cuantos la rodean.

El lenguaje en La pícara Justina es barroco como queda dicho, y está lleno además de leonesismos, lusismos, arcaísmos y vocabulario de germanía, jerga en la que López de Úbeda demuestra ser un auténtico experto. Quienes compusieron el Diccionario de Autoridades, y el padre Esteban de Terreros, autor del otro gran diccionario del siglo XVIII, el Diccionario castellano, hallaron en La pícara Justina un verdadero filón. López de Úbeda demuestra una desbordante creatividad léxica, siendo abundantes en su Justina los neologismos de todo tipo.

En fin, que en mi modesta opinión, pocos libros habrá más apropiados que este Libro de entretenimiento de la pícara Justina para ahondar en los caminos de nuestra literatura, porque resume en sus páginas el espíritu literario de las dos grandes épocas de la literatura hispánica, la medieval reflejada en la intención burlesca, rabelesiana y por momentos goliárdica de su autor, y la barroca, plasmada en su abigarrada prosa. Para que saque el lector conclusión propia, dejamos aquí el enlace con la versión digital de la novela:

 

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=EL+LIBRO+DE+ENTRETENIMIENTO+DE+LA+P%C3%8DCARA+JUSTINA.pdf

 

Señoras sardinas: el salmón, mi señor, besa a vuesas mercedes las manos, y dice que, por acá, en agosto hay frío en rostro, y así que vuesas mercedes se vengan acercando adonde suele.


miércoles, 19 de agosto de 2026

EL LIBRO DE ALEXANDRE, UN TESORO PALENTINO

 


Escrito en cuaderna vía o tetrástrofo monorrimo alejandrino, el Libro de Alexandre, con sus diez mil setecientos versos, constituye uno de los mayores monumentos de la lírica medieval europea. La obra se atribuyó a un Juan Lorenzo de Astorga, autor de una copia seguramente del siglo XIV con abundantes leonesismos. Otra copia, descubierta en París en el siglo XIX, llegó a atribuirse a Berceo por adoptar rasgos del dialecto riojano. La crítica moderna ha descartado a ambos, por lo que la obra se considera anónima. El entorno geográfico de su desconocido autor se situaría entre las provincias de Logroño y Soria, dando por seguro que debió escribir sus versos en el Estudio General de Palencia, y no descartándose que después se hubiera trasladado a París.

El asunto del Libro de Alexandre es la vida y hechos de Alejandro Magno, salpicada de otros temas y relatos como la misma guerra de Troya con la que el príncipe macedonio no tuvo ninguna relación. El argumento es el propio de una epopeya, así que se da la paradoja de ser una obra perteneciente al mester de clerecía, pero con un tema más propio del mester de juglaría. Algo así como si Frederick Chopin hubiera compuesto el himno de un equipo de fútbol.


La datación del texto es muy incierta. Se han propuesto fechas que van de 1202 a 1230, pero parece seguro que se escribió a principios del siglo XIII. El autor utilizó fuentes diversas y desde luego, muy distintas a las que han inspirado otras piezas del mester de clerecía. Se basa con seguridad en el Alexandreis de Gautier de Châtillon, un poema latino compuesto hacia 1180, e incorpora argumentos de la Historia de preliis, una adaptación medieval del Romance de Alejandro del siglo III (aquí el término romance no debe entenderse como lo hacemos nosotros, sino como equivalente a novela que suele usarse en el resto de Europa). También se aprecia influencia de Li Romans d’Alixandre, un poema épico francés del siglo XII, del Pseudo-Calístenes, o en la parte de la guerra de Troya, la Ilias latina del siglo I, una especie de resumen de La Iliada en hexámetros latinos.

Críticos como Menéndez Pidal o Joan Corominas se inclinan por el origen leonés del anónimo autor del Alexandre, destacando los rasgos dialectales de la lengua romance occidental. Müller y Emilio Alarcos se inclinan hacia un original más castellano. Todos parecen estar de acuerdo en que se trataba de un clérigo (somos los simples clérigos errados e viçiosos) muy culto como se desprende de las muchas fuentes en que apoya su relato, y perfecto conocedor del latín y del francés.

En cuanto al propósito edificante o moralizante del poema, que no podía estar ausente en ninguna obra del mester de clerecía, diremos que siendo Alejandro de Macedonia un héroe pagano, el autor del Alexandre lo trata como tal. Hay sin embargo en el personaje un punto de religiosidad precristiana. El Alexandre del poema cree en Dios con mayúscula, atribuyendo al personaje un monoteísmo que en su tiempo aún distaba mucho de ser una realidad. Exalta el autor los valores caballerescos, el coraje de los guerreros, la fidelidad a su señor natural, la piedad religiosa…, rechazando en cambio, la cobardía, la deslealtad y el pecado. Es decir, nuestro autor, hombre de su siglo al fin, relata la vida y hechos de Alejandro Magno en clave total y absolutamente medieval, del mismo modo que los grandes artistas del gótico y el prerrenacimiento visten con ropajes de su tiempo a los personajes de la edad antigua.

El interés de uno o varios poetas bajomedievales españoles por la figura histórica de Alejandro de Macedonia coincide con el de otros autores europeos de aquel tiempo, ya sean anteriores, posteriores o coetáneos a la escritura palentina del Libro de Alexandre. Cabe suponer que existiría también en nuestro suelo, como en el resto de Europa, cierta curiosidad intelectual por la narración de las hazañas de Alejandro Magno. El personaje histórico desde luego no fue indiferente a los intelectuales y los poetas. También Alejandro suscitó controversia. Dante lo admiraba profundamente, mientras que Petrarca aseguraba detestarlo.

Según Francisco Marcos Marín, en nuestro castellano (o leonés) Libro de Alexandre aparecen tres aspectos bien diferenciados del héroe: el primero es por supuesto, el modelo de héroe guerrero, de caballero, lo que convierte al poema, a pesar de tratarse de un preclaro ejemplo de mester de clerecía, en un clarísimo precursor de las novelas y libros de caballerías que harán furor entre lectores y oyentes en los siglos siguientes. Sólo el aspecto amoroso del héroe falla en este modelo caballeresco. Quizá esta carencia deba atribuirse a la escasez de material biográfico con que se contaba sobre un personaje tan lejano ya en lo cronológico, o más probablemente el autor o los autores del Alexandre palentino, en definitiva clericii, no consideraron apropiado ni moral penetrar ese resbaladizo terreno de lo erótico, que en los libros de caballerías de la novelística prerrenacentista y renacentista iban a ser elemento fundamental de las tramas y argumentos.

Sin embargo, existían antecedentes de sobra para componer una historia erótica de Alejandro, y sobre todo de su maestro Aristóteles. Durante la Edad Media y el Renacimiento se popularizó la historia de los amores de Aristóteles y Filis, hoy caída en el olvido, pero muy arraigada en la Europa medieval. Según esta tradición impía, Filis era una bellísima cortesana por la que se sentía atraído Alejandro de Macedonia aun adolescente. Su preceptor Aristóteles, queriendo alejarle del mal camino, amonestó al muchacho con elocuentes razones y le previno contra la mala influencia de las mujeres. Debió ser muy persuasivo, porque Alejandro le obedeció, y se apartó de la tentación. La despechada Filis, que era mujer de recursos, se propuso vengarse del maestro. Para ello utilizó sus infalibles armas de seducción. Dispuso las cosas de manera que Aristóteles pudiera contemplarla en un jardín, bailando lúbricamente y practicando “ciertas deshonestidades”. El preceptor-voyeur, cautivado por sus encantos, solicitó sus favores, y ella accedió sólo a cambio de que el grave Aristóteles, el sabio eminente y varón ejemplar, fuera su montura. En efecto, Filis ensilló al viejo maestro, le puso un bocado de hierro, y fue su cruel amazona fustigándole sin piedad. He aquí un precedente de Sacher Masoch y del bondage más pecaminoso. Semejante cuento rijoso circuló por los monasterios y cenobios de Europa entera, y si en el refectorio debió ser motivo de risitas y cuchicheos, en el scriptorium lo fue de versos satíricos y hasta de ilustraciones escasamente honestas. La fábula sirvió de inspiración a infinidad de artistas plásticos. Pinturas, grabados, esculturas y arte mueble (relieves de sillería) reprodujeron al pobre Aristóteles a cuatro patas con Filis a cuestas. Además de infinidad de miniaturas policromadas sobre pergamino, obras de artistas como Albert Durero, Pieter Brueghel o Hans Holbein, dan fiel testimonio de la popularidad que llegó a alcanzar el cuento.

El segundo aspecto es el modelo didáctico y moral. Alejandro de Macedonia es además de héroe guerrero y epígono caballeresco, un joven ansioso de conocimientos al que instruyó su maestro Aristóteles. El Libro de Alexandre castellano-leonés ofrece una continua actitud educativa y moralizante que incluye prolijos episodios de consejos de Aristóteles a su joven alumno. La tradición hispánica de libros del género espejo de príncipes, del que la obra del infante don Juan Manuel El conde Lucanor, puede ser el principal pero de ninguna manera el único ejemplo, se nutre además de en la literatura sapiencial orientalizante, en un buen número de anécdotas alejandrinas contenidas muchas de ellas en el Alexandre palentino.

Un tercer aspecto es el del Alejandro curioso, investigador y viajero. Enlaza con la literatura didáctica alejandrina, con la Epístola de Aristóteles, y se plasma en episodios fantásticos que entroncan con los libros de viajes europeos y con las relaciones de países lejanos procedentes del mundo literario musulmán. Finalmente, el autor o los autores del Alexandre no pueden obviar el barniz moralizante imprescindible en toda obra de su época. Alejandro, conquistador y dominador de pueblos y extensos territorios, sucumbirá y volverá al polvo como cualquier mortal, será enterrado en una modesta sepultura: 

Alexandre, que era rëy de grant poder,

que en mares nin tierra non podíe caber,

en una foya hovo en cabo a caer

que non pudo de término doze piedes tener.

Os dejamos el enlace con la versión digital de la obra. Procede de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y su edición está a cargo de Francisco Marcos Marín. 

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=Libro+de+Alexandre.pdf

 


 


miércoles, 29 de julio de 2026

HORACIO O LA INFLUENCIA DEL POETA LIBERTINO

 


Quinto Horacio Flaco, conocido universalmente como Horacio, fue uno de los grandes poetas clásicos latinos, el principal de los líricos, y con permiso del bilbilitano Marcial, acaso también el principal satírico. Nació en el año 65 a.C. en Venosia, actual Venosa, en la provincia itálica de Basilicata. Los datos que actualmente conocemos de su biografía los debemos a sus propios escritos, por lo que cabe considerar a Horacio como el primer autobiógrafo de la historia literaria. Todos los detalles que sobre su vida ofrece Suetonio en su Vida de Horacio están tomados del propio poeta. En su región natal, cercana a Apulia y Lucania, se hablaban diferentes dialectos latinos trufados de términos griegos, lo que contribuyó notablemente a enriquecer el vocabulario de Horacio. Siempre guardó un profundo sentimiento de gratitud a su patria chica, e incluso después de haber triunfado en Roma, siguió considerándose samnita o sabelio.


Su padre fue un esclavo sabino capturado durante las guerras samnitas, que fue manumitido y declarado liberto, lo mismo que su madre, también esclava liberta, por lo que Horacio fue lo que entonces llamaban un libertino, condición que siempre tuvo a gala y de la que jamás se avergonzó. En su tiempo muchos romanos de familia patricia juzgaban a los libertinos severamente, por lo que el término llegó a convertirse en un adjetivo descalificante.

El poeta rindió homenaje a su padre en una breve pieza que incluye el siguiente pasaje:

Si mi carácter está viciado por algunas faltas menores, pero por lo demás es decente y moral, si sólo puedes señalar algunas manchas dispersas en una superficie por lo demás inmaculada, si nadie puede acusarme de avaricia, ni de mojigatería, ni de despilfarro, si vivo una vida virtuosa, libre de mancilla (perdona, por un momento, mi autoelogio), y si soy para mis amigos un buen amigo, mi padre merece todo el crédito.... Tal como es ahora, merece de mí gratitud y alabanza sin reservas. Nunca podría avergonzarme de un padre así, ni siento ninguna necesidad, como mucha gente, de disculparme por ser hijo de un liberto.


Después del asesinato de César, Horacio se unió al ejército republicano de Marco Junio Bruto, opuesto al triunvirato que formaron Octavio Augusto, Marco Antonio y Lépido. Tras la derrota de Filipos (42 a.C.) regresó el joven poeta a Roma vencido y pobre. Consiguió trabajo como escribiente de un cuestor, lo que le permitió comenzar a cultivar la poesía. Ingresó en el cerrado círculo literario de otros autores como Virgilio y Lucio Vario Rufo, lo que le llevó a ser protegido del mismo emperador Augusto y de su consejero Mecenas, con el que entabló una amistad tan estrecha que al final de los días de ambos, fueron enterrados el uno junto al otro.


En la obra de Horacio se distinguen dos etapas. La primera fue en la que compuso las Sátiras y los Epodos, composiciones con un fuerte componente de crítica social. En el segundo periodo escribió las Odas y las Epístolas, de contenido lírico, en las que predomina el elogio de la amistad, del amor y de la naturaleza, sin faltar en ellas una encendida alabanza de Augusto. En su filosofía, básicamente epicúrea, destacan de forma especial tres temas principales: la aurea mediocritas, bendita mediocridad que aconseja al prudente no intentar sobresalir y ponerse en riesgo, permaneciendo en un discreto segundo plano; el carpe diem, que invita a vivir y disfrutar el presente ante la incertidumbre del futuro; y el beatus ille, que alaba la sencillez de la vida campestre y retirada, lejos de intrigas palaciegas.

Los tres son principios que no solo sedujeron a sus contemporáneos como Cicerón, Ovidio o Virgilio, sino que trascendieron la romanidad, e hicieron fortuna entre los autores medievales, los renacentistas e incluso han llegado hasta tiempos tan recientes como los actuales. En base a esos principios, Horacio ha influido en autores como el arcipreste de Hita, Ronsard, Petrarca, Garcilaso, fray Antonio de Guevara, fray Luis de León, Cervantes, Shakespeare, José Cadalso, Leandro Fernández de Moratín, John Keats, John Milton, e incluso en Jorge Guillén y otros poetas de nuestra generación del 27. Así que difícilmente se hallará otro autor con mayor influencia que Horacio en las letras universales.

Falleció el poeta en Roma en el año 8 a.C., casi al mismo tiempo que Mecenas, su amigo y protector. Os dejamos un enlace con la versión digital de una selección de sus poemas:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=Poemas.pdf

Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy. Captúralo. No fíes del incierto mañana. Horacio. Carpe diem.