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domingo, 12 de julio de 2026

SIMÓN EL MAGO, EL PRIMER GNÓSTICO

 


A veces se atribuye a Simón el Mago, un personaje contemporáneo de Cristo, ser el fundador de la Gnosis. Aunque no fuera así, es cierto que fue uno de sus primeros iniciadores, acaso el gnóstico más legendario. Ireneo le llamó el padre de todos los herejes, si bien el término hereje no parece el más apropiado, puesto que Simón jamás profesó la religión cristiana. Su doctrina era más bien la de Empédocles y la de los magos persas. El papa Clemente I, que había sido secretario de san Pedro, compuso una especie de biografía fantástica de Simón el Mago, al que también llamó Simón el precursor, asociándole a san Pedro en virtud de la llamada ley sizigía, que establece parejas opuestas y complementarias, el cielo y la tierra, el día y la noche, la vida y la muerte, etc. En estas obras de Dios, las primeras son siempre superiores, mientras que entre las sizigías humanas ocurre al contrario, siendo Abel superior a Caín, su hermano mayor, lo mismo que Jacob, el menor, supera a Esaú, Moisés supera a Aarón y Cristo supera a Juan el Bautista.


De forma que según su sizigía, Pedro vence a Simón, porque le sucede, como sucede la luz a las tinieblas, la sabiduría a la ignorancia y la curación a la enfermedad. Clemente I confirma así que cuando san Pedro inició sus predicaciones en Roma, ya había impartido allí su doctrina Simón.

Sus biógrafos le hacen oriundo de Ghitta, población samaritana. Estudió en Alejandría y regresó a su tierra donde predicó su filosofía en Palestina y Fenicia. Proclamaba el Gran poder de Dios, y lo demostraba mediante diversos números de magia. Su discípulo y amigo Aquila cuenta que hace andar a las estatuas, se revuelca en el fuego sin quemarse, a veces vuela, convierte las piedras en panes, se convierte en serpiente o en cabra, abre puertas cerradas, rompe barras de hierro, hace aparecer oro, invoca a los fantasmas, y a una orden suya, los enseres de la cocina se ponen a trabajar solos. Aparte de todos estos prodigios, seguramente exagerados por el amor de su discípulo y propagandista, las enseñanzas filosóficas de Simón el Mago se contienen en Megalê Apóphasis (La Gran Revelación). En ese texto designa al fuego como raíz de todo. Se trata no del fuego común, sino del fuego oculto y supracelestial, que compara a un árbol gigantesco cuyos frutos son las almas humanas. El cosmos ha recibido por medio de ese fuego, seis principios agrupados por parejas: Espíritu y Pensamiento, Voz y Nombre, Razón y Reflexión. Todos estos principios dependen de una séptima potencia: El que se mantiene en pie, ente equivalente a Dios, hestôs, el Inmutable, que Simón atribuye a su persona, cuya primera iniciativa fue producir el Gran Pensamiento, la Énnoia, destinada a ser la Madre de todos los seres humanos.


Simón, un hebreo muy helenizado, conocía a fondo los misterios de Eleusis, y seguramente estaría también iniciado en la religión de Isis, claro antecedente del culto mariano, que por entonces ganaba adeptos en todo el Imperio romano. La Énnoia, la Gran Madre, prisionera en la tierra, había pasado a lo largo de los tiempos de un cuerpo de mujer a otro. El Espíritu de Dios, es decir, el propio Simón, decidió bajar entre los hombres para buscarla, y por fin la halló reencarnada en una prostituta de un lupanar de Tiro. A partir de entonces, Simón se hizo acompañar por ella a todas partes. A Helena (ese era su nombre terrenal) la presentaba como el Primer Pensamiento de Dios. Era la misma Helena causante de la guerra de Troya, y los simonianos le daban el título de Soberana. La gnosis simoniana muestra aquí un carácter revolucionario y de una audacia sin precedentes, al hacer del Primer Pensamiento de Dios un principio femenino, y al personalizarlo en una ramera de un burdel fenicio, cuando Atenea, la idealización del Pensamiento en el mundo clásico, era una virgen purísima surgida de la cabeza de Zeus.


La idea, acaso remoto precedente del feminismo, en que Simón el Mago fundamenta la teología erótica de la gnosis, repugna tanto a paganos como a cristianos. Tuvo Simón más de doce apóstoles, en concreto treinta. Observaba el Sabbat los días once de cada mes. Acostumbraba a leer en público los pasajes más controvertidos del Antiguo Testamento, para mostrar los puntos débiles del Jehová bíblico, y afirmar así su propia superioridad como Dios único. Judíos y cristianos le tenían por blasfemo. Clemente I le tilda de poder siniestro. Según la tradición, murió Simón cuando voló sobre el pueblo de Roma que le contemplaba atónito. Al ponerse a rezar san Pedro, se precipitó del cielo y se mató. Otra versión, la de Hipólito, cuenta que enseñaba bajo un plátano, y que se hizo enterrar vivo en una fosa afirmando que resucitaría a los tres días, pero no lo consiguió.


La gnosis simoniana se perpetuó con diversas modificaciones durante los primeros siglos del cristianismo. Según el mártir Justino, casi todos los samaritanos y algunos de otras naciones lo reconocen y adoran como su primera divinidad. Uno de sus seguidores, Menandro, administraba a los adeptos un bautismo de agua y de fuego. Otro, un tal Satornilo, prescindió de las mujeres en su culto, prohibiendo el matrimonio y la procreación. Hipólito, que escribió en el siglo III, dice que los simonianos de ese tiempo se asemejaban más a los libertinos que a los gnósticos, considerándose libres de hacer lo que les viniera en gana, porque serían salvados por la gracia de Simón. Para ellos el mal no existía, y sólo era fruto de las convenciones sociales.

La nómina de los gnósticos aumentaría durante los siglos siguientes, sin que nada o muy poco de sus doctrinas y filosofías tuviera ya nada que ver con las enseñanzas de Simón el Mago, una figura sobresaliente del siglo I que ha sido sistemáticamente silenciada por la jerarquía eclesiástica.

-Toma, te devuelvo tu anillo. No quiero casarme contigo porque eres un tacaño.

-Está bien, trae acá. ¿Y la cajita?


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