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miércoles, 29 de abril de 2020

HIDALGOS Y VILLANOS. EL HIDALGUISMO COMO LACRA SOCIAL


En los siglos XVI y XVII, no sólo América, también Europa se llenó de españoles. La mayoría de ellos, decenas de miles, eran soldados. Otros desempeñaron algún cargo burocrático o funcionarial en los diversos virreinatos, gobiernos y administraciones desde Flandes hasta Nápoles que salpicaron aquel Imperio español destinado a extinguirse con los últimos Austrias. A los italianos, a los alemanes, a los belgas, a todos los europeos de aquel tiempo, causaban asombro esos tipos peninsulares. Según muchos testimonios, los juzgaban soberbios, pendencieros y locuaces. Pero lo que acaso les causaba más asombro era la gran cantidad de españoles que se decían nobles, hidalgos era el término más utilizado. Quizá algunos mentían sobre su origen. En Brujas, Colonia o Milán, a falta de paisanos que pudieran desmentirles, presumirían de blasones quienes se habían criado en el Potro de Córdoba o en el toledano Zocodover.

Pero lo cierto es que, mentiras aparte, la cantidad de hidalgos e infanzones, miembros de lo que se ha llamado la baja nobleza, era en los reinos españoles muy importante. Ese exceso de hidalguía, o más bien de hidalguismo, así, con su carga patológica, causó un daño irreparable al tejido económico y social del país, y fue sin duda uno de los factores principales del retroceso y secular atraso de España en el periodo posterior. Es notoria la repugnancia de una buena parte de la población española de los siglos XVI y XVII al ejercicio de los oficios manuales, considerados deshonrosos por los hidalgos o nobles. Ahí está el germen del tristemente célebre “que inventen ellos”, ese exabrupto mostrenco causante de tantas desdichas.


Sobre el origen de ese desmesurado hidalguismo, escribe Américo Castro que el hispanocristiano alcanzó la plenitud de su conciencia histórica como un combatiente vencedor; que al vencer iba encontrándose, sin necesidad de otro trámite, instalado sobre unas gentes que le hacían las ‘cosas’, más de las que podía manejar y dirigir. Juzga Castro que el hidalguismo, el desdén por las tareas mecánicas y la incapacidad para crear cosas, proceden conjuntamente de ese señorear por los cristianos el rico botín de las técnicas de moros y judíos. Se apoya en unos versos del Cantar de Mío Cid:

En este castiello grand aver avemos preso;
los moros yazen muertos, de bivos pocos veo.
Los moros e las moras vender non los podremos,
que los descabeçemos nada non ganaremos;
cojásmoslos de dentro, ca el señorío tenemos;
posaremos en sus casas, e dellos nos serviremos.

Claudio Sánchez Albornoz, difiere en esto, como en muchas otras materias, de Castro, y encuentra la explicación demasiado simplista. Apunta Albornoz que hasta finales del siglo XI no dominaron los cristianos españoles tierras pobladas de moros que pudieran señorear, y no convivieron con abundantes y hábiles masas de judíos de cuyas técnicas pudieran servirse. Sostiene que mucho antes de aquella fecha se habían ya concretado los rasgos esenciales de la vida social, política y económica de la cristiandad peninsular, entre otros el del hidalguismo del que tratamos. Además, después de entrar en posesión de las técnicas manufactureras de judíos y moros, las actividades industriales de Castilla y de los otros reinos peninsulares siguieron siendo reducidas, continuaron importando productos manufacturados y exportando materias primas (lana), y prosiguieron viviendo en evidente dependencia económica de la Europa cristiana.

Para Albornoz, el hidalguismo y la repugnancia de los nobles por la economía productiva, es anterior incluso a la presencia de moros en la Península. Se remonta al tiempo de los godos, y es común al resto de Europa, donde los usos góticos establecieron también castas que a partir de los primeros señores de la guerra, se transmitieron en herencia a sus descendientes, y constituyen el germen del feudalismo medieval. La diferencia con Europa estribaría en dos puntos clave. Primero la desmesurada cantidad de nobles que proliferaron en los reinos peninsulares, muy superior a la del resto de los reinos de allende los Pirineos. Segundo, derivado del primero, la persistencia de esa desproporción numérica en tiempos más modernos.
En cuanto a la proliferación de los hidalgos, digamos que mucho tiene que ver en ella el constante estado de guerra en que permanecieron los reinos cristianos peninsulares durante el periodo de la reconquista. Fue práctica común la concesión de títulos nobiliarios a quienes se habían distinguido en la batalla. El fuero de Castrojeriz del 976, al convertir en infanzones (más tarde se llamarían hidalgos) a los caballeros (en el sentido de hombre de a caballo) villanos de la plaza, les concedió como primer privilegio, el de vivir señorialmente del trabajo de labradores de ínfima condición. La ascensión del villanaje a la infanzonía fue una constante a lo largo de varios siglos.

Por otra parte, la condición de fillii primatum, antecedente histórico de los hijos de algo o hidalgos, conllevó desde el principio de la etapa gótica, no sólo el privilegio o derecho de vivir del trabajo de los siervos, sino incluso la obligación de hacerlo, con expresa prohibición de trabajar con las manos. Así, Alfonso X dispone en las Partidas ( II. 21. 25) que perdiera la honra de la caballería el caballero que vsasse publicamente el mismo de mercaduría, o obrasse de algun vil menester de manos, por ganar dineros, no seyendo cativo. Idénticas o parecidas leyes regían en el resto de Europa, como está documentado en Francia o en Inglaterra. El noble sólo tenía por ocupación digna de su clase la guerra o el servicio de la corte. Aunque en España no hubieran entrado moros ni judíos, los hidalgos habrían tenido por indigno trabajar en el campo, la industria o el comercio.

Sólo casos extremos de pobreza movían al noble a renunciar a su hidalguía para trabajar como villano. En Castilla tal renuncia exigía un rito público y pintoresco recogido en el Fuero Viejo I. V. 16: Si algund ome nobre vinier a probedat, e non podier mantener nobredat, e venier a la Igresia, e dixier en Conceio: Sepades que quiero ser vostro vecino en infurcion, e en toda facienda vostra; e aduxere una aguijada, e tovieren la aguijada dos omes en los cuellos, e pasare tres veces sobre ella e dijier dexo nobredat, e torno villano; e estonces serà villano, e quantos fijos e fijas tovier en aquel tiempo todos seran villanos.
Otras veces el amor podía llevar a una mujer noble a perder esa condición casándose con un villano. Para recuperarla a la muerte de su marido, según el Fuero Viejo I. V. 17: Deve tomar a cuestas la Dueña una albarda, e deve ir sobre la fuesa del suo marido, e deve decir tres veces, dando con el canto del albarda sobre la fuesa: Villano toma tu villania, da a mi mia fidalguia.


Con el tiempo y con los cambios sociales que se produjeron en la mayor parte de los reinos europeos, incluido el apogeo de las grandes ciudades, muchos miembros de la baja nobleza pasaron a formar parte de lo que se llamó la burguesía urbana, haciendo negocio en el comercio o la incipiente industria. Mientras tanto en nuestro suelo perduró y hasta se multiplicó la figura del hidalgo pobre, como aquel que se describe en El Lazarillo, que guardaba un mendrugo de pan duro para ponerse unas migas sobre la pechera al salir de casa, y hacer creer a los vecinos que había comido, cuando en realidad no había probado bocado.
Así es la Historia, amigos. Tiene sus grandezas y sus miserias, y es preciso conocer ambas para procurar evitar caer en los mismos errores del pasado. Al profe Bigotini y a mí, sólo nos llaman caballero los camareros y los taxistas. Somos villanos, ¡qué le vamos a hacer!, y hemos tenido que trabajar toda la vida, probablemente porque no servimos para otra cosa.


-López, estamos muy insatisfechos con su rendimiento en el trabajo.
-Joder, jefe, ¿y para decirme eso me despierta?



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