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miércoles, 12 de septiembre de 2018

ANDRÉ BRETON, EL SURREALISTA INSOBORNABLE


André Breton nació en Trinchebray, Normandía, en 1896. Inició los estudios de medicina que abandonó en 1916 al ser llamado a filas durante la Primera Guerra Mundial. Destinado en un hospital psiquiátrico, estudió la obra de Freud y se interesó por la escritura automática, fenómeno que exploró de manera exhaustiva. En esos años tomó contacto con Jacques Vaché y con el poeta Paul Valéry. Conoció también el movimiento dadaísta, por el que se sintió fascinado. Publicó su primera obra, Los campos magnéticos, en 1920. En ella profundizó en las posibilidades de la escritura automática, y a través de ese trabajo sentó las bases de la expresión artística sin intervención consciente del intelecto, una idea que está en la misma raíz del surrealismo, movimiento del que Breton puede considerarse fundador junto a Louis Aragon y Philippe Soupault. Con ellos dirigió la revista Littérature, y en 1924 redactó el Manifiesto del Surrealismo, un opúsculo que hizo furor entre muchos intelectuales revolucionarios de su tiempo. Con Aragon y Éluard se afilió al Partido Comunista.


En 1926, con ocasión de la publicación del Segundo Manifiesto Surrealista, Bretón unió de forma indisoluble el movimiento artístico al marxismo, lo que provocó una especie de cisma y numerosas escisiones entre los intelectuales y artistas afines al surrealismo. Para quienes le conocieron y trataron íntimamente, André Breton fue una especie de paradoja viviente, pues si en el terreno personal era amable y cálido, en lo relativo a la defensa de las esencias del movimiento actuó de forma implacable, por lo que se le consideró el “papa del surrealismo”. Entre los excomulgados o expulsados destacan nombres como los de Robert Desnos y Salvador Dalí, a quien Breton rebautizó como “Ávida Dollars”, transcripción malintencionada y sin embargo muy acertada, de las letras de su nombre.
Viajó a España por vez primera en 1922, frecuentando nuestro país en los años treinta, durante la época republicana. En el 34 viajó a México y conoció a Trotski, cuya amistad le reafirmó en sus principios revolucionarios. Redactó entonces su Manifiesto por un arte revolucionario independiente.


Con Francia invadida se embarcó hacia Martinica, donde fue internado en un campo de prisioneros. Conoció allí al prestigioso antropólogo Claude Lévi-Strauss, a quien le unió una gran amistad. Huyó a Santo Domingo y más tarde a Nueva York, donde publicó el tercer manifiesto surrealista con el curioso título de Prolegómenos a un tercer manifiesto o no. En Nueva York fundó la revista VVV, y conoció a Elisa Bindhoff Enet, su segunda y definitiva esposa.
Regresó a París en 1946, donde residió ya hasta su muerte en 1966. A través de publicaciones como Le Surrealisme Méme, continuó defendiendo de forma incansable los valores del movimiento, si bien al parecer en sus últimos años se mostró acaso un tanto desengañado. Confesó a Luis Buñuel su desencanto porque ya nadie se escandalizaba por nada, con lo que se estaba perdiendo el potencial provocador que un día tuvo el surrealismo.
En su obra intelectual, además de los manifiestos surrealistas citados, cabe destacar su Antología del humor negro, Los pasos perdidos o El surrealismo y la pintura. Mucho más extensa es su obra poética. Hoy en Bigotini os sugerimos la lectura (clic en la ilustración) de Hotel de las centellas, un brevísimo poema de André Breton, uno de los más importantes intelectuales del siglo XX, un surrealista insobornable.

Toda idea que triunfa marcha hacia su perdición. André Breton.