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domingo, 17 de junio de 2018

POSESIONES DIABÓLICAS


los Proctor, lo que se dice un matrimonio modelo
Creedme si os digo que las posesiones diabólicas están entre las cosas que más me incomodan de este mundo. Recuerdo con especial repugnancia el caso de los Proctor, lo que se dice un matrimonio modelo. Era una hermosa tarde de primavera. Yo estaba en mi oficina, dormitando con los pies sobre el escritorio después de haberme zampado tres sandwiches de mantequilla de cacahuete, cuando Samuel L. Proctor entró como una exhalación en el despacho. ¡Tienes que ayudarme!, suplicó. ¡Mi esposa está siendo poseída! ¡Es el diablo!, gritó. ¡Dios mío, es el diablo! Y se abrazó a mí sollozando. ¡Te pagaré lo que me pidas!, dijo. Bueno, contesté, ayer le cobré trescientos pavos a un tipo de Brooklyn por librarle de un inquilino indeseable. ¿Qué te parecen quinientos? Te daré seiscientos si consigues librar a Martha de ese demonio, propuso. Okey, acepté, vamos allá. Aquello ocurrió antes de mi estancia en Las Vegas, así que yo no tenía demasiada experiencia en estos casos de posesión. Por suerte el padre Karras, el famoso sacerdote católico especialista en exorcismos, vivía no muy lejos de mi oficina, así que arrastré a Sam Proctor hasta mi coche, y en un instante nos plantamos en el despacho parroquial.

Una hermosa joven lanzó pétalos a nuestro paso
Encontramos al padre Karras en el patio, haciendo prácticas de exorcismos de emergencia. Vestía un chaleco militar con los bolsillos repletos de rosarios y crucifijos. Sostenía una especie de lanza de agua, conectada a una mochila-depósito que cargaba a la espalda, y apuntaba a un maniquí de cartón montado sobre un viejo perchero. Al vernos llegar nos obsequió con una de sus beatíficas sonrisas. Es agua bendita, explicó. Yo mismo la he bendecido. Y luego, adoptando un aire confidencial, nos dijo: quiero confesaros... ¡No hay tiempo para confesiones, padre, absuelvanos sumariamente! Y le puse al corriente del problema de la señora Proctor. No, no, aclaró, digo que quiero confesaros algo: he bendecido toda el agua de la depuradora y los depósitos municipales, así que desde hace días todo el barrio bebe y se ducha con agua bendita, ¡qué os parece! Sam y yo no tuvimos más remedio que manifestar de la manera más vehemente que pudimos, nuestra más rendida admiración a aquel gran hombre. Al atravesar el barrio comprobamos los efectos causados por el agua bendita. Los pajarillos cantaban, las parejas paseaban cogidas de la mano, los niños jugaban alegremente, y hasta los delincuentes juveniles ayudaban a cruzar la calle a las viejecitas. Una hermosa joven lanzó pétalos a nuestro paso. Un agente de tráfico nos dio paso en el cruce de la 38 con Madison, mientras sostenía en brazos a un chiquillo negro. En pocos minutos llegamos al domicilio de los Proctor.

Mientras Sam Proctor introducía la llave en la cerradura con el mayor sigilo, el padre Karras empuñó su lanza de agua bendita. Su semblante transmitía la más firme decisión. Yo, por mi parte, amartillé mi viejo revólver. Cuando las cosas se ponen feas, no hay nada como las confiables seis balas de plomo de un Colt 45. Pasamos al dormitorio, y allí estaba Martha Proctor, desnuda en la cama con un tipo también desnudo. Llegas demasiado pronto, Sam, dijo ella. ¿Quién es ese hombre?, se atrevió a preguntar Samuel L. Proctor con un hilo de voz. Es el diablo, naturalmente. ¿Te ha poseído? ¡Ya lo creo, varias veces! Pero ahora ya esta fuera de mí, y se marchará enseguida, ¿no es verdad?, preguntó dirigiéndose al maligno. El diablo dio la última calada a su cigarrillo y contestó: si, ahora mismo me voy, querida. Hay que reconocer (todos estuvimos de acuerdo en ello después) que aquel engendro de los infiernos había adoptado una apariencia humana bastante atractiva. Tenía también una voz agradable. Me llamo Pitt, nos dijo, y el padre Karras nos susurró que nunca antes se había enfrentado a un demonio tan amistoso. No os confiéis, advirtió. No le quitamos ojo mientras se vestía unos vaqueros ceñidos y una camiseta de repartidor de Coca-Cola. Luego sonrió y se marchó tranquilamente. Desde la ventana le vimos montar en la camioneta de reparto. Sam pudo al fin abrazar a su querida esposa. Antes el buen sacerdote se había cerciorado de que no le hubieran quedado las clásicas marcas satánicas en ningún lugar del cuerpo, y todos dimos gracias a Dios. Sam me pagó mis seiscientos.

¿Te ha poseído? ¡Ya lo creo, varias veces!

Estábamos el padre Karras y yo a punto de marchar también, cuando Proctor tuvo una idea repentina. Un momento, dijo, Martha no tiene marcas por fuera, pero ¿y si esa criatura maligna ha dejado algo infernal dentro de ella? El cura y yo nos miramos perplejos. Él marchó al cuarto de baño y vació la cisterna del inodoro. Luego la volvió a llenar con parte del agua bendita de su depósito-mochila. Cuando tu esposa expulse lo que pudiera llevar dentro, el agua bendita se encargará de arrastrarlo hasta los sumideros, dijo para tranquilizar a Samuel. Yo, para tranquilizar a Martha, le di una cajita con dos dosis de progesterona. Es lo que llaman la píldora del día después.

-¡Ay Manolo, ese bebé no es nuestro hijo!
-Bueno, el niño se cagó y me pediste que lo cambiara, ¿recuerdas?
-Si, claro que lo recuerdo.
-Pues bien, ya está, lo cambié.