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viernes, 15 de junio de 2018

LO QUE CABE EN UN MILÍMETRO. EL UNIVERSO ATÓMICO


Aunque en el plano teórico el concepto de átomo como mínima partícula indivisible que forma la materia, ya se había formulado en la Grecia clásica (a-tomos = que no puede partirse), la verdadera paternidad del átomo en su concepción moderna debe atribuirse al escocés John Dalton, cuya aportación consistió en considerar los tamaños relativos, las características de los átomos y sus formas de unión. Dalton, a quien también se debe el nombre de la ceguera cromática que padeció, y conocemos como daltonismo (véase el post que dedicamos a esta afección), asignó al hidrógeno, el elemento más ligero, el peso atómico de uno. A partir del hidrógeno, fue asignando pesos atómicos al resto de los elementos entonces conocidos. Su voluminosa obra Un nuevo sistema de filosofía química, publicada en 1808, contenía numerosos errores, por ejemplo, asignaba al oxígeno un peso atómico de 7, cuando en realidad es de 16, pero su principio era sólido, y sentó las bases de la química moderna y de una gran parte del resto de la ciencia actual.


El testigo de Dalton lo tomó ya en los albores del siglo XX otro escocés que accidentalmente había nacido en Nueva Zelanda. Ernest Rutherford, un personaje brillante y excéntrico que se consideraba ante todo un físico, y despreciaba todo lo que se apartara de la física. Rutherford decía que toda la ciencia es física o es filatelia. Cuando supo que la mujer de su colega, el físico austriaco Wolfgang Paul, había abandonado a este por un químico, comentó asombrado: si hubiese elegido a un torero, lo habría entendido, pero un químico… Paradójicamente, Rutherford fue galardonado en 1908 con el premio Nobel de química. Aceptó el premio, pero no llegó a comprenderlo en toda su vida.

Lo que más sorprendió a Rutherford cuando tuvo conciencia de la verdadera naturaleza del átomo, fue la extraordinariamente inmensa cantidad de espacio vacío que contiene. Esto es algo que ciertamente nos sorprende a todos. Si consideramos los tamaños relativos, el denso núcleo del átomo sería como la cabeza de un alfiler puesta en medio de un espacioso estadio de fútbol. Ahora bien, esa cabeza de alfiler, ese núcleo compuesto por protones y neutrones, tiene una masa millones de veces más pesada que el mismo estadio, es decir, el átomo. Se mire como se mire, la materia es mayoritariamente espacio vacío, y son las fuerzas de interacción eléctrica las únicas responsables de la impenetrabilidad de los cuerpos que nos muestra la experiencia cotidiana.

También sorprende la extraordinaria pequeñez de los átomos, y por supuesto, su número, tan inconcebiblemente grande, que a todos los efectos prácticos, podría considerarse infinito. Como sabéis, los átomos nunca se encuentran aislados, sino que se agrupan entre sí, formando moléculas. Un centímetro cúbico de aire, que ocupa el volumen aproximado del clásico terrón de azúcar, contiene 45.000 millones de millones de moléculas. Si pensáis en cuántos terrones de azúcar harían falta para llenar el universo, llegaréis a la conclusión de que el número de átomos debe ser verdaderamente colosal.
La escala del átomo es la diezmillonésima de milímetro. Si un milímetro es el espacio que ocupa aproximadamente este guión que pongo entre paréntesis: (-), imaginadlo dividido en diez mil millones, y tendréis una idea de la pequeñez del átomo.

Además de numerosos, los átomos son muy duraderos. Martin Rees aventura que la vida media de un átomo podría llegar a 1035 años, un uno seguido de tantos ceros, que haría falta una libreta muy voluminosa para poder escribirlos. Como los átomos tienen una vida tan larga, han corrido mucho mundo. Cada uno de mis átomos, o de los vuestros, probablemente ha formado parte de varias estrellas, y por supuesto, de millones de organismos vivos aquí en la Tierra. Los átomos se reciclan solos, sin ayuda de contenedores de colores. Al morir, nuestros átomos pasarán a formar parte de otros organismos, del mismo modo que los átomos que ahora mismo poseéis quienes estáis leyendo esto, han formado parte de otros organismos.

Un cálculo bastante verosímil arroja que cada uno de nosotros tenemos unos mil millones de átomos que un día pertenecieron a Cervantes, y otros mil millones procedentes de Mozart o de Julio César. Visto así suena muy bien, pero es que también tendremos mil millones de átomos que pertenecieron a millones de personas anónimas, y atención, a animales, plantas y toda clase tanto de seres vivos como de objetos inanimados. Tienes millones de átomos que un día estuvieron en la más profunda fosa del océano Pacífico, que orbitaron alrededor de Saturno o que ardieron y estallaron en el interior de soles lejanos. Eres una minúscula porción viva, andante y pensante del inmenso universo que te alberga y del que formas parte. Piensa en ello, y no podrás negar que la realidad y la naturaleza son infinitamente más fantásticas que la más fantástica fábula.




era ese tipo de persona que se pasa la vida haciendo cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita y comprar cosas que no quiere, para impresionar a gente que odia. Emile Henry Gauvreay.