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lunes, 11 de diciembre de 2017

ASURNASIRPAL II, EL TERROR DE MESOPOTAMIA


De los términos griegos mesos y potamos, deriva Mesopotamia (Mesopotamia), la tierra que está entre los ríos. En este caso los ríos son el Eúfrates y el Tigris. Sus cauces delimitaron una extensa región que se conoce como el Creciente fértil, donde según todos los indicios arqueológicos, se produjo la revolución neolítica en el continente Euroasiático, nació la agricultura basada en el trigo y otros cereales, se levantaron los primeros núcleos urbanos, aparecieron los primeros testimonios escritos, y en definitiva se inauguró lo que llamamos la Historia. Sumerios, acadios, babilonios, fueron sucesivamente, y con el permiso de otros pueblos periféricos como los hititas, los hurritas, los elamitas, los amorreos o los arameos, quienes dominaron la región en diferentes etapas históricas, hasta el segundo milenio antes de lo que llamamos “nuestra era”.

Los asirios, unas gentes belicosas de lengua semítica, que ya venían realizando diferentes incursiones en esta zona geográfica probablemente desde el tercer milenio a.C., se establecieron hacia el 1800 como el Imperio dominante. Su nombre deriva de Assur, a orillas del cauce alto del Tigris, la ciudad de donde provenían, y que ha dado lugar al término moderno de Siria. En 883 a.C., tras la muerte de Tukulti-Ninurta II, que había consolidado el reino, accedió al trono Asurnasirpal II, cuyo nombre significa Assur es quien guarda al heredero. Durante su reinado, que se prolongó hasta 859 a.C., consolidó y acrecentó considerablemente la herencia recibida, y lo logró a base de inaugurar un reinado de terror hasta entonces desconocido. Este Asurnasirpal era un tipo duro, hoy diríamos que un auténtico psicópata, que haría pasar a Jack el destripador por un parvulito. Además al parecer no se arrepintió lo más mínimo de sus fechorías. Muy al contrario, las hizo glosar a los escribas y grabar en las estelas, por eso sus acciones execrables han llegado hasta nosotros.


Para entonces hacía tiempo ya que las armas de hierro habían sustituido a las menos eficaces de bronce. Los caballos y los carros de guerra se habían incorporado a los ejércitos. Antes de Asurnasirpal II la mayoría de las batallas se libraban en campo abierto, de manera que cuando un bando se veía en inferioridad, emprendía la retirada, y de esta forma las bajas del bando derrotado eran relativamente pocas. También era común el asedio a las ciudades. Tradicionalmente consistía en que el ejército sitiador rodeaba las murallas impidiendo la entrada de víveres o de refuerzos, de manera que los sitiados se rendían por hambre. Tampoco para los sitiadores la situación era precisamente cómoda. Al final las cosas solían resolverse con la rendición y sometimiento de la ciudad asediada y el establecimiento de tributos que se pagaban a los vencedores a veces durante años. Pero Asurnasirpal II tenía un estilo diferente, digamos que más brutal. Perfeccionó diferentes máquinas de asedio que pueden verse en los relieves, con las que su ejército derribaba las puertas más sólidas. Los guerreros que las manejaban se cubrían con parapetos que les protegían de flechas, piedras y otros medios de defensa...


Finalmente, cuando conseguían entrar en las ciudades, la consigna era no dejar piedra sobre piedra. Violaban a las mujeres, esclavizaban a los niños y asesinaban a los defensores con inusitada saña. El empalamiento, la decapitación y todo tipo de torturas, formaban parte habitual del repertorio de este sádico. Existe constancia de al menos catorce campañas bélicas durante su reinado, varias contra los arameos. Por occidente llegó hasta Fenicia, el actual Líbano, en la costa del Mediterráneo. Hacia oriente extendió su dominio hasta las estribaciones de los montes Zagros, donde construyó la mítica fortaleza de Dur Assur. Estableció su capital en Kalhu, donde edificó un magnífico palacio. Asurnasirpal II fue también un incansable cazador (parece que no tenía suficiente con asesinar seres humanos). Son notables los relieves que le representan en su carro alanceando leones o tigres.


A su muerte, como suele ocurrir con frecuencia, la posición del Imperio asirio se debilitó considerablemente, y acabó desmoronándose años más tarde. Polvo al polvo y eterna maldición al infame Asurnasirpal II, uno de los más siniestros personajes de la Historia.

La próxima vez que le vea, recuérdeme por favor que no le salude. Groucho Marx.