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jueves, 28 de diciembre de 2017

ROMA, BIGOTINI Y LOS ROMANOS


Reproducimos a continuación los fragmentos del diario de viajes del profe, durante su estancia en Roma. Abróchense los cinturones.
Lo que tienen los vuelos baratos es que hay que ir un poco apretados. Doy gracias al Dios Nuestro Señor por ser tan bajito, aunque esta maldita nariz golpea todo el tiempo en el asiento delantero. El boeing 747 de Volare. Web airlines despega de Bilbao ante la incredulidad de todo el pasaje y en apenas un par de horas, llegamos a Roma. Es un rato que se pasa casi sin sentir, primero con las risas de las explicaciones de los salvavidas y luego con las películas cómicas que ponen en unas pantallitas delante de cada fila de asientos. Han tenido la delicadeza de no programar una de catástrofes aéreas. Aterrizamos en Fiumiccino sin novedad. Aunque parezca mentira, este aeropuerto es algo mayor que el de Bilbao. El avión casi pasa más tiempo recorriendo las pistas como un autobús, que el que nos ha costado volar desde España. Seguimos al rebaño a recoger las maletas en la cinta sin fin. Las nuestras salen sin el menor problema (¡bieen!). Corremos a tomar un tren que nos llevará a Roma. Es el expreso Da Vinci, que va diretto de Fiumiccino a stazione Términi y hace recorridos cada media hora. En esta ocasión, tarda en llegar una hora y cuarto, y además va parando en todas partes.


Por fin en Roma. Para ser más exactos, en la estación Termini, que viene a ser como la madre de todas las estaciones ferroviarias. Más tarde, mirando el mapa nos percatamos de que la estación representa quizá la sexta parte de la superficie de Roma. Un gigante. Hay varias plantas, decenas de andenes, un sinfín de tiendas... Por fortuna, nada más salir a la calle, preguntamos por Vía Milazzo, que es la calle de nuestro hotel, y resulta estar nada más cruzar el paso de peatones. Inmediatamente vemos el cartel del hotel. Ya hemos llegado. Laus Deo.


En la recepción del hotel Milazzo, mantenemos la siguiente conversación con el encargado:
YO: Buona sera
ENCARGADO: Buona sera, signori
YO: Alora; abbiamo fatto resevazione d’una cámera per l’internet
ENCARGADO: larga e incomprensible parrafada en italiano
LOS TRES: ¿Eeeh?
ENCARGADO: ¡Ah!, Ma ¿non sei italiani?
YO: Ma non, noi siami spagnoli
ENCARGADO: Bene, bien, estupendo, perche la ragazza recezionista e spagnola cosi. Ora e andatta per un café, ma io la clamarei súbito.
Conclusión: si uno se esfuerza en hablar en italiano a los italianos, ellos creen que verdaderamente entiendes el italiano y te responden de forma que no te enteras de nada. Es preferible, por lo tanto, hablar español en todas partes. En días sucesivos hemos ido comprobando que en Italia hablan español los géneros de personas siguientes:
  1. policías.
  2. taxistas.
  3. camareros y resto del personal de hostelería y comercio.
  4. curas y monjas (incluidas las africanas y asiáticas).
  5. mendigos, con gran soltura.
  6. vendedores ambulantes.
  7. cualquier persona de la calle (incluidos los turistas de aspecto nórdico).
Como excepción a esta regla, no hablan una sola palabra de castellano:
  1. los sordomudos, que realmente no lo conocen, aunque muestran gran interés por entenderlo y hacen loables esfuerzos para balbucir algunas frases.
  2. los catalanes y los franceses, que fingen desconocerlo.

Los semáforos en Roma están puestos sólo como mera orientación. Nadie los respeta lo más mínimo. Los peatones cruzan en rojo, los autos cruzan en rojo y las motos en todos los colores. No es más que cuestión de decisión. Si no se ve claro, lo aconsejable es esperar a que otro peatón más decidido se arriesgue y aprovechar su iniciativa para pasar. Si el curioso viajero quiere chancearse un rato a costa de los conductores romanos, lo mejor es amagar varias veces que cruzas, para luego no cruzar. Los conductores también hablan español, al menos los insultos se les entienden perfectamente. Debe ser porque ven las retransmisiones de fútbol de la liga española. Cuando se toma un taxi, se aconseja ponerse el cinturón y permanecer en estado de alerta sensorial y tensión muscular durante todo el trayecto.


Resulta imposible hacer una foto en la fontana de Trevi, en la que no aparezcan varias decenas de extras. Es una odisea encontrar hueco para un culo de dimensión estándar en las escaleras de la plaza de España. Toda Roma está abarrotada de turistas. A mediodía, o más bien a primera hora de la tarde, comida rápida de bocadillo (panino); por la noche, cena a base de pasta en una terraza con otros turistas. El recorrido por el foro romano hizo llorar a lord Byron cuando visitó por vez primera la ciudad eterna. No es para menos. El foro, el coliseo y los museos capitolinos son capaces de dejar sin aliento a cualquier persona con un mínimo sentido estético e histórico, con el despliegue de arte y de belleza que se desarrolla ante los ojos atónitos del visitante. La colección de escultura clásica es como para pasmar a cualquiera. En la pinacoteca del capitolio tienen un Velázquez medio olvidado detrás de una puerta, como si fuera el cartelillo de peligro de incendios.


En Piazza Navonna vemos a un mimo que, vestido con un traje de ejecutivo, convenientemente amañado con alambres, hace de hombre de negocios apresurado en un día de mucho viento. Un grupo de japoneses le da dinero. Una pareja de alemanes con un niño gordito, le da dinero. El niño aplaude y los japoneses le siguen. Un éxito. Pocos metros más adelante, hay una vieja mendiga acurrucada en el suelo. Mantiene una postura imposible que proporcionaría la medalla de oro a cualquier gimnasta olímpico. Con una voz inimitable, que parece surgir de la misma tierra y que desgarra las entrañas, inicia una letanía y un lamento lloroso que pone los pelos de punta: ¡Signori, tengo fame!, ¡Molta fame! Los japoneses le dan dinero. El niño gordito inicia un aplauso entusiasta. Su madre le da una colleja.


Las italianas son en general, muy guapas; y algunas van muy bien arregladas. Con ropas de marca y con mucho estilo. Como científico acostumbrado a interesarme por multitud de fenómenos, no he podido evitar fijarme en que algunas italianas conducen motocicletas con faldas cortitas. Considero que se trata de una costumbre encantadora que proporciona al peatón una fugaz pero estimulante visión, y a las motociclistas, un fresquito gratificante en pleno rigor del estío. Cuando transcribo ya de vuelta, las apresuradas notas del diario, recuerdo que días después en Florencia, me dí cuenta de que esta simpática moda de montar con minifalda, ha sido adoptada también por las muchachas que van en bici. Esto hace que las visiones que se ofrecen al paseante, sean tanto más estimulantes, cuanto menos fugaces. Pido disculpas al lector por no extenderme más en esta materia; pero debe comprenderse que viajando acompañado de Marisol y Laura, no hubiera sido correcto avanzar más en mis inocentes observaciones.


En cuanto al Vaticano, sin ninguna duda, es esta la mayor concentración de arte y belleza, no ya por metro cuadrado, sino por centímetro cuadrado. Impresionante la basílica de san Pedro y mucho más los museos vaticanos. Hacemos el recorrido largo, con parada para tomar un bocado y continuar. La capilla sistina es la guinda de un recorrido plagado de sorpresas estéticas. Miguel Ángel, Rafael, la biblioteca, la sala cartográfica, la pinacoteca, los artesonados de los techos, el mobiliario... Todo es excepcional, todo hermoso, todo inolvidable.


Callejuelas estrechas con un fuerte sabor y tipismo. Esta es la Roma de Fellini. La Roma de las pelis italianas de los años cincuenta, que veíamos de chicos en España, cuando mirábamos a Lucía Bosé o a Anita Ekberg con cara de bobos. Entramos en un bar cualquiera del Trastevere, a tomar una cerveza. En la pared, fotos de las viejas estrellas de Cinecita que en sus tiempos visitaron el local. En una de ellas reconozco a una impresionante Anna Magnani besando al buenazo de Alberto Sordi. Tras agotadoras subidas y bajadas para ver el templete circular del colegio español, cena en L’spaguettinni en piazza S. Cosimano, el corazón del Trastevere. Terraza en la calle, con el fresquito de la noche, pero (por primera vez) sin turistas. Aquí sólo vienen italianos y algunos despistados como nosotros. Todo está delicioso. Pasta con salsa amatriciana y saltimboca alla romana (inolvidable). El postre de lujo. Las chicas piden tiramisú y está para chuparse los dedos. Yo me decido por un affogatto (ahogado) de helado al coñac. Una delicia. ¡Adoro Roma!


El sistema de desayunos del hotel Milazzo es curiosísimo. Como el hotel no tiene cafetería, la ragazza de recepción te proporciona un tiket para tomar la prima collazione en el bar de la esquina, un snak regentado por chinos, o vietnamitas o algo así. Los bollos y croisanes no son gran cosa (bollería industrial), pero el café es excepcionalmente bueno. Hacen un capuccino cubierto de una crema espesa y reconfortante, que cada mañana nos deja preparados para afrontar un nuevo día de duro recorrido turístico y cruce de avenidas sin semáforos. Quizá las repetidas lecturas del Señor de los Anillos o quizá cierto don natural para la orientación espacial, hacen de Laura una experta guía, capaz de manejar el plano de Roma (y después de las otras ciudades) con eficacia. Cada día nos conduce por intrincados dédalos de calles y callejas, hasta alcanzar los objetivos que previamente nos hemos fijado. Sirva esta mención en el presente cuaderno de bitácora como reconocimiento de unos padres agradecidos y aturdidos como Paco Martínez Soria con su cesta de pollos, a la pericia de su hija muy amada.


Al final de cada calle de Roma hay una plaza y en cada plaza hay una fuente donde el caminante puede reposar y saciar su sed con el agua romana, fresca y agradable, que llega a la ciudad desde las montañas cercanas a través de los acueductos que hizo construir el cónsul Apio Claudio el ciego, en la época republicana. Hay también por lo menos una iglesia en cada plaza. Y en las plazas grandes dos o tres iglesias. En las guías turísticas aparecen sólo las más importantes, pero cada pequeña iglesia desconocida y anónima encierra alguna riqueza artística. Los turistas católicos obtenemos mayor placer que los demás al callejear por Roma, porque a los encantos conocidos de la ciudad sumamos las visitas a toda esa infinidad de pequeñas iglesias. Es muy dura la vida del turista. En nuestra cuarta jornada en Roma, se nos ocurre ir al hotel después de la comida, para pasar sesteando y con el alivio de la climatización, las horas más calurosas del día. Grave error: cuando volvemos a la carga, a las siete de la tarde, encontramos las iglesias y los lugares turísticos cerrados. No se concede un solo respiro al sufrido viajero.
Restaurante Santi, en la Vía Daniele Manin, muy cerca de la estación Termini. Calamares fritos, rissotos, espaguetis con almejas, hígado encebollado, pan con ajo, más saltimboca, en fin, cocina típica romana quintaesenciada en un ambiente familiar, como de tasca de pueblo. Todo un hallazgo. Hasta nos planteamos volver al día siguiente.


Es tan exuberante la riqueza artística de esta ciudad que hay libros de arte y calendarios dedicados monográficamente a los elefantes de Roma, los leones, o los perros que pueden encontrarse en pinturas, frescos o esculturas. En una papelería, Laura y Marisol compran un calendario de gatos y otro de angelitos. Veo uno titulado Pisello de Roma, donde aparece en la portada el pene de algún David o algún Apolo.
Poesía:
Il dolore piú dolorosso,
il dolore piú inumano,
sei “pillarse” il pisello
con la tapa dello piano


Roma depara una sorpresa a la vuelta de cada esquina. Vamos de San Juan de Letrán a San Clemente, y al entrar en el patio de la basílica, encontramos a una compañía de ópera ensayando el don Giovanni de Mozart. Allí nos hemos quedado un rato viendo y escuchando, porque era todo un espectáculo. Estrenan la noche siguiente. Otra sorpresa: Pizzería Cucuma, en Vía Merulana, esquina con Vía Poliziano. Comida rápida de calidad. Pizzas, pasta, carne a la brasa, horno de leña. Es un autoservicio frecuentado por romanos que trabajan en el barrio. Un sitio excelente para comer en media hora. El calor intenso y las largas caminatas, poco a poco van minando la resistencia de los fatigados turistas. Los sesenta y cuatro escalones de subida a la basílica de San Pedro Encadenado (la de la estatua del Moisés), terminan de darnos la puntilla en una tarde que seguramente está batiendo records de temperaturas altas. Curiosamente no vemos termómetros por las calles de Roma. Creo que es buena idea que no los haya. Es preferible no alarmar al personal.


Nuestra última velada en Roma la celebramos por todo lo alto en un sitio de postín. Es el restaurante Da Fortunatto, en la Vía del Pantheon. Los rissotti están cremosos, el ossobucco delicioso, el carpaccio fresquísimo se acompaña de un parmesano de lujo y hasta el jamón curado de Parma es de lo mejor. El ambiente es muy agradable y por todas partes hay fotos firmadas de los clientes célebres, entre los que destacan el clan Sinatra y todos los ítalo-americanos de Hollywood. El servicio es impecable y el dueño (preguntar por Mario) se pasa por todas las mesas haciendo amistad con los comensales. Reina en el local un guirigay de torre de Babel (se oyen hablar el inglés americano, el francés, el español, el italiano y quizá el ruso). Las garrafitas de chianti van forradas con hojas de palma y toda la estética del local recuerda a los restaurantes italianos de Chicago que se ven en las películas de gansters y mafiosos. Es muy divertido. Cuando hacemos saber a Mario que no le pagaremos con tarjeta, como hacen casi todos, sino en effetivo, besa los billetes y le falta poco para ponerse a bailar. Risas. Al hotel a descansar y al día siguiente, destino Florencia. Seguiremos allí nuestra crónica.


La vida es un viaje sin origen ni destino. Viaja y disfruta la vida.