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domingo, 17 de diciembre de 2017

JENNY, LA CHICA SIN APELLIDO


Las hay turbias como los amaneceres neblinosos
Mi viejo y querido tío Oscar me dijo un día: muchacho, para enamorar a una chica basta con que la hagas sonreír. Puse en práctica aquel sabio consejo, pero me salió el tiro por la culata. En cuanto una mujer me sonríe, soy yo quien se enamora de ella como un colegial. Posiblemente por ese motivo mi situación sentimental ha sido siempre la de un pianista de burdel, que atiende a todas las pupilas por igual, intentando no provocar los celos de ninguna.
Ocurre que ese peregrinaje sonámbulo por las camas de pago, te lleva a conocer a putas de todas clases. Las hay turbias como los atardeceres neblinosos, chicas desgraciadas que arrastran su oscuro pasado como un fardo. Tienen cicatrices en la cara y en el alma, ojos soñadores y vaginas gonorréicas. Parecen recién desembarcadas de un junco pirata del mar de China.
También están las odiosas Lolitas superficiales de pelo oxigenado y felaciones de goma de mascar. En el gremio puteril son como esas malas novelas, escritas por juntaletras que desprecian la literatura, y leídas con avidez por lectores sin escolarizar. Novelas baratas, putas de escaparate, polvos con be, bragas con uve, efímeros analfabetismos de diez minutos...

Polvos con be, bragas con uve...

Eran una pareja interracial
en una sociedad intolerante
La pobre Jenny no era ni lo uno ni lo otro. Apenas sonreía, pero cuando lo hacía, aunque fuera una sonrisa forzada, te enamoraba para toda la noche. No tenía apellido. Quizá no lo usaba para que no se le gastase. Hacía lo mismo con las medias, que siempre se quitaba antes de follar, con un cuidado litúrgico, o con el medio cigarrillo que reservaba para después en el cenicero. Una noche la encontré sentada en su taburete de siempre, acodada en la barra del Majestic, que a pesar del nombre pretencioso, era el más apestoso tugurio de Chicago. Hacía frío. Se acercaba la navidad, y las gentes de bien ponían árboles junto a la chimenea y adornos en las ventanas. Era una de esas noches invernales en las que uno renuncia a calentar la entrepierna, y prefiere templar el estómago con un bourbon y el corazón con una voz amiga. Diez pavos por una sonrisa, le dije, y me obsequió con la sonrisa más amarga que he visto jamás. Después del tercer trago, Jenny se sinceró conmigo, y entre sollozos me contó sus penas. Tuvo un novio, un buen chico al que quería apasionadamente. Era un buen chico, si, pero un chico negro. El chico tenía nombre y apellido, Bugsie Fitzgerald. Había estado en Corea, era sargento... y estuvo en Pusan y en el río Nakdong, le atajé sobresaltado.

un chulito de una banda irlandesa
Claro que si. Verdaderamente el mundo es un pañuelo. Su novio era Bugsie Fitzgerald, el gran Bugui-bugui, mi sargento en Pusan, un compañero de armas, un hermano por el que habría dado la vida. Pero mi repentina alegría se esfumó al escuchar el resto de la historia. Eran una pareja interracial en una sociedad intolerante. Estaban a punto de casarse cuando un tal Tommy Travers, un chulito de una banda irlandesa, lo asesinó a tiros detrás de una gasolinera en Detroit. Travers y otros racistas se la tenían jurada desde que vieron sus labios de negro besando a la blanquísima Jenny. El asesino apenas estuvo unos meses en la cárcel por posesión de armas. Un jurado compuesto por doce hombres blancos lo declaró inocente del cargo de homicidio, al considerar que actuó en defensa propia. ¡En defensa propia!

Jenny y yo terminamos aquella noche de llorar a Bugsie, al tiempo que terminamos la botella. La acompañé hasta su cuarto, y no quise subir cuando me invitó. Después de aquella noche no regresé al Majestic y no volví a verla más. No me fue difícil encontrar a Tommy Travers. Una rata semejante va dejando rastro en todas las cloacas que frecuenta. Me bastó una sola noche para dar con el lugar y el momento propicios. Le metí dos balas. Una en los huevos: esta por el sargento primero de infantería de marina Benjamin Franklin Fitzgerald. Otra en el corazón: esta por Jenny, la chica sin apellido.

No soporto el eco. Siempre tiene que decir la última palabra.