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miércoles, 9 de mayo de 2018

EL SILENCIO DE LOS CALAMARES EN SU TINTA



Un día, allá en mi lejana etapa prealcohólica, fui un poli limpio y atildado. Tanto, que ingresé en la academia de los federales en Quantico. De aquellos tiempos, aun recuerdo mi primer caso con un estremecimiento de terror. Yo era todavía un joven noble e idealista, cuando el capitán Sanders me encargó que visitara la prisión de máxima seguridad donde cumplía condena Asdrúbal Lecter, ese infame caníbal que gozaba convirtiendo a sus víctimas en salami ahumado, para deleitarse luego merendándoselos en emparedados con sabanitas de queso y salsa de rábanos. El gourmet más despreciable desde Brillat-Savarin. Recuerdo con verdadero asco aquel sonido espantoso que producía Asdrúbal sorbiendo la saliva, y su mirada torva a través de la máscara de cuero.
-Te esperaba -dijo-, y husmeando el aire detrás del grueso cristal que nos separaba, siguió: -No creas jovencito, que ese perfume caro que te has puesto, enmascara otros aromas. En realidad no eres más que un chico de la calle. Hueles a barrio, a boquerones fritos y calamares en su tinta. Tus genes apestan a Floïd * y a jabón de afeitar barato. Además hoy no te has cambiado de calzoncillos.

¡Maldita sea!, pensé, ¿cómo se habrá dado cuenta este cabrón? Son mis mejores calzoncillos, y es verdad que me los puse ayer, pero esta mañana seguían estando impecables... En fin, adopté el aire más profesional de que fui capaz, e inicié el interrogatorio que había preparado meticulosamente.
Lecter debía darme alguna pista que nos ayudara a descubrir al asesino en serie que andábamos persiguiendo. Aquellos fueron unos minutos muy intensos, pero finalmente me ofreció algo valioso. -Quid pro quo -advirtió-. El muy hijo de puta quería algo a cambio de la información, y no tuve más remedio que dárselo. Salí del presidio con una valiosa pista, pero sin calzoncillos. La satisfacción que sentí al informar al capitán Sanders, quedó algo eclipsada por el intenso picor que los pantalones de lana me producían en el escroto, dicho sea con perdón de la palabra.

Sólo unas horas más tarde habíamos dado con la guarida del carnicero. En los días sucesivos desenterraron doce cadáveres del jardín de aquel maníaco. Recordar el siniestro espectáculo que contemplamos allí, todavía me pone los pelos de punta. Sometía a sus indefensas presas a torturas tan crueles, que habrían revuelto el estómago al más templado. Conservaba como fetiches los más diversos objetos personales de las víctimas, lo que resultó muy útil al fiscal para obtener un veredicto de culpabilidad y un pasaje de 2000 voltios al infierno. Coleccionaba discos de Bing Crosby y había acumulado suficiente pelusa de ombligo como para rellenar un colchón, pero lo más repugnante eran aquellos recortables que tapizaban su mazmorra. 


Al recordarlos, un estremecimiento recorre mi espina dorsal. -No sirves para esto, muchacho -me dijo el capitán Sanders-, y pienso que tenía razón. Abandoné la agencia a los pocos meses, y después de aquello no he hecho otra cosa que ir dando tumbos por ahí. En cuanto a Asdrúbal Lecter, falleció al poco tiempo de iniciar una desintoxicación a base de dieta vegetariana. Supe que había legado su cuerpo a la ciencia, concretamente al departamento de investigación de la compañía McDonald.

Prefiero ser incinerado a ser enterrado vivo, y ambas cosas a pasar un fin de semana con mi exmujer. Woody Allen.

*La colonia Floïd era el equivalente americano de nuestra españolísima Varón Dandy