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martes, 15 de mayo de 2018

CRISTIANISMO Y OTROS CULTOS ORIENTALES EN EL MUNDO GRECO-LATINO



La vieja religión griega se extendió en Egipto y Oriente tras las conquistas de Alejandro, y los imperios construidos por sus sucesores. Como contrapartida, también al Mediterráneo llegaron cultos exóticos y coloristas, cuyo misticismo resultó muy atractivo a griegos y romanos, acostumbrados como estaban a los funcionales ritos relacionados con los ciclos agrícolas. En pleno apogeo del Imperio Romano, contribuyó a ello la vieja costumbre de adoptar como propias a las deidades de los pueblos sometidos, así como el regreso al hogar de legionarios licenciados (eméritos), que trajeron consigo costumbres y cultos religiosos procedentes de culturas lejanas.

De Egipto procedía el fuertemente helenizado culto de Serapis tan denostado por Augusto y Tiberio, que se remontaba a los tiempos de los grandes constructores de pirámides, tres mil años atrás. También egipcio era el culto de Isis, la atractiva Reina de los Cielos, a la que ya se habían encomendado oficialmente los romanos en los difíciles días de Aníbal, cuando viendo peligrar la integridad de la propia metrópoli, abrazaron la religión isiaca como tabla de salvación. Tanto el mazdeísmo como el mitraísmo ganaron miles de adeptos en diferentes lugares del Imperio. Pero, como sabemos, a todas ellas se acabó imponiendo una religión procedente de Judea que rendía culto al Mesías Joshua, más conocido por la forma griega de su nombre: Jesucristo. Al menos otra media docena de sectas judías fueron contemporáneas a la de los seguidores del nazareno, y algunas de ellas (esenios y zelotes, por ejemplo) contaban con muchos más adeptos.


Así que en sus primeros años nadie habría apostado un sextercio por que el cristianismo llegase a ser en apenas tres siglos la religión oficial del Imperio, la religión “universal”, pues ese es el significado del término griego católica. A tan sorprendente y rápido éxito contribuyeron sin duda muy diversos factores. Uno de los principales tiene nombre propio: Pablo de Tarso. En efecto, san Pablo, el apóstol número trece que cayó del caballo camino de Damasco cegado por la luz de la fe, y convertido de feroz perseguidor, en el mayor propagandista de Cristo. San Pablo era ciudadano romano, un raro privilegio en ese tiempo, que le convertía en un personaje importante. Era además lo que ahora llamaríamos un genio del marketing. La gran idea de san Pablo fue extender el cristianismo a los no judíos, a los gentiles, como les llamaban los israelitas. Otro acierto decisivo fue permitir a las mujeres participar de forma activa en el culto, lo que equivalía a tender la mano al cincuenta por ciento de la población. Las mujeres fueron decisivas en los primeros tiempos de la extensión del cristianismo, haciendo prosélitos entre maridos e hijos.


Otro factor crucial en el éxito del cristianismo fue la aceptación y asimilación de la cultura y la filosofía greco-romanas, así como de las fiestas tradicionales “paganas”. El término latino pagano procede de pagus, el campo. Efectivamente, los primeros padres de la Iglesia vieron con preocupación que el cristianismo arraigaba en las ciudades, pero no en las extensas y muy pobladas zonas rurales, cuyos habitantes, los paganos, se aferraban a la vieja religión porque resultaba enormemente práctica. Los antiguos ritos y tradiciones indicaban cuándo sembrar, cuándo llegaba el tiempo de lluvias y cuándo cosechar. Contenían además un sinfín de consejos y enseñanzas acerca de labores agrícolas, pecuarias o artesanales (como muestra por ejemplo, la obra de Hesiodo Los trabajos y las horas). De manera que, haciendo de la necesidad virtud, aquellos primitivos cristianos diseñaron una ecuménica mezcla de cristianismo y paganismo que ha heredado hasta hoy nuestra llamada cultura occidental.


Nos resistimos a concluir esta breve reflexión sin una última alusión a las influencias orientales, y más concretamente egipcias, en el desarrollo de la nueva religión universal. Se trata otra vez de la encantadora diosa Isis. Bella, maternal, caritativa Isis que sostenía dulcemente en sus brazos al pequeño Horus, cuya cabeza de halcón fue sustituida en el periodo helenístico por una graciosa cabeza de niño. El paso de la gentil Isis a la muy católica y virginal María fue muy sencillo. Una curiosidad: las representaciones egipcias del joven Horus en el regazo de Isis, solían incluir dos dedos del infante próximos a la boca. Seguramente se trataba de la típica actitud infantil de chuparse el dedo. Los griegos interpretaron el gesto como una petición de silencio, convirtiendo en su panteón al pequeño Horus en Harpócrates, el dios del silencio, derivado del vocablo egipcio Harpechruti (Horus el niño). La evolución cristiana de la imagen transformó el signo en una señal de bendición que nos dedica el sonriente niño Jesús desde los brazos maternales de María Virgen. ¿Qué os parece? El profe Bigotini ya os ha dicho otras veces que en estos asuntos de religión está todo inventado desde los albores de la Historia. Quién sabe si desde el mismo Neolítico...

Creo haber encontrado el eslabón perdido entre el homínido primitivo y el hombre civilizado: somos nosotros. Konrad Lorenz.