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viernes, 25 de mayo de 2018

EL OJO. LA HISTORIA DE UN MILAGRO


Publicado en nuestro anterior blog en junio de 2012.


Creacionistas, fanáticos religiosos y negacionistas de toda condición, en su afán de contradecir la evidencia científica, se han servido durante más de siglo y medio del ejemplo del ojo humano. El argumento que esgrimían podría simplificarse más o menos de esta manera: ¿Cómo es posible que un instrumento de tan delicada perfección como nuestro ojo, sea fruto de sucesivos y aberrantes cambios que se han sucedido de forma aleatoria? ¿No es el ojo humano, como lo es el cerebro y otros órganos, una prueba palpable del plan divino? ¿Qué puede ser sino el testimonio vivo de la obra de Dios? ¿De qué servían unos ojos primitivos, chapuceros e imperfectos a las criaturas que según los darwinistas, vivieron hace millones de años? Sin duda aquellos remotos reptiles y toda suerte de desgraciadas criaturas medio ciegas debieron pasar sus miserables existencias tropezándose unas contra otras, y sumidas en densas tinieblas…

De este tenor era el discurso, y ciertamente puso en más de un aprieto al propio Charles Darwin y a no pocos de sus seguidores decimonónicos, que por entonces aun no poseían muchas de las claves evolutivas de que disponemos actualmente.

Conviene matizar para empezar, que el ojo humano dista mucho de poseer la precisión y la sutileza que a veces se le atribuye. Hoy sabemos que algunas aves rapaces, ciertos carnívoros e incluso muchos insectos, tienen órganos visuales que superan en muchos aspectos a los nuestros. En cuanto a la historia evolutiva, los investigadores y especialistas en la materia tienen bastante claras las sucesivas etapas del desarrollo filogenético de los órganos visuales. Aquí ofrecemos algunas ilustraciones donde pueden distinguirse esas etapas de forma esquemática.


1. Ciertas criaturas primitivas parecidas a gusanos, que se desenvolvían en la turbidez del medio acuático hace más de quinientos millones de años, poseían algunas células fotosensibles en su piel, con terminaciones nerviosas que conducían los estímulos luminosos hasta el nudo neural o cerebro primitivo.

2. El siguiente paso fue la aparición de un pliegue en la zona de piel fotosensible, formando una especie de copa, en cuyo fondo las fibras nerviosas se aglutinaron para dar lugar a un primitivo nervio óptico. Es el “ojo” que aun podemos apreciar en determinados moluscos gasterópodos.
3. La hendidura fue haciéndose más profunda, hasta constituir una estructura esférica hueca y abierta al medio acuático, tapizada por la capa de células fotorreceptoras que podría ya considerarse precursora de la retina. El estrechamiento progresivo del orificio de entrada, iría consiguiendo mayor resolución visual. Este tipo de ojo corresponde a cefalópodos del tipo del nautilus, que puede verse en la ilustración de más abajo.

4. El salto siguiente conduce al cierre de la esfera mediante una fina cutícula transparente, quedando la cavidad ocular ocupada por un fluido celular de consistencia uniforme. En este medio estable, las células receptoras se habrían ido diferenciando, especializándose en diferentes tareas, tales como distinguir colores o formas. Tenemos ya una verdadera retina que podría corresponder al ojo de un caracol terrestre.

5. La cutícula aislante se convierte en una capa córnea, y en la región frontal aparece una estructura lenticular rellena de líquido transparente. Es el ojo de los peces.

6. Finalmente la lente o cristalino se rodea de una estructura pupilar capaz de cambiar de tamaño según la intensidad de la luz, del mismo modo que los obturadores de las cámaras fotográficas. Ya tenemos un ojo moderno correspondiente a los tetrápodos terrestres.


El milagro de la visión está servido, amigos. ¿Hay algo más asombroso y más mágico que la vida y la naturaleza? Probablemente no. Y para que sigáis asombrados, permitidme que os sugiera un pequeño juego con la imagen de la modelo cuyo negativo reproducimos al pie.
Se trata en realidad de un truco basado en la tricromía y en el fenómeno conocido como persistencia de la visión.

Tenéis que mirar fijamente el punto rojo de la nariz durante 30 segundos. A continuación fijar la vista en una pared blanca o en una superficie clara, y parpadear unas cuantas veces…
¿Verdad que es asombroso?


 Recordad que estamos luchando por el honor de esa mujer, lo que probablemente es más de lo que ella hizo jamás.  Groucho Marx.