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martes, 28 de noviembre de 2017

EXTINCIÓN DE LA MEGAFAUNA AMERICANA. CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA


Publicado en nuestro anterior blog en enero de 2013

En 1956 Paul Martin, un paleoecólogo que investigaba en el laboratorio botánico del desierto de Carnegie, muy cerca de Tucson, Arizona, abrió un texto de taxonomía y empezó a calcular el número de mamíferos que habían desaparecido en Norteamérica durante los últimos 65 millones de años. Cuando llegó al último periodo del Pleistoceno, que duró hasta hace unos 10.000 años, y el principio del Holoceno, que dura hasta nuestros días, comprobó que en ese breve periodo de tiempo (brevísimo al menos en términos geológicos) habían desaparecido nada menos que setenta géneros de animales, todos ellos de grandes mamíferos terrestres, que comprendían cientos de especies. Los ratones, ratas, musarañas y otras criaturas pequeñas habían salido indemnes, lo mismo que los mamíferos marinos. Sin embargo, la megafauna terrestre había sufrido un golpe mortal.


Entre los gigantes extinguidos cabe citar a los enormes armadillos y a sus parientes los gliptodontes, monstruos acorazados del tamaño de un automóvil, provistos de largas colas terminadas en una bola de púas. Castores del tamaño de un oso. Leones de las cavernas bastante mayores que las especies africanas actuales. Lobos gigantes (los mayores cánidos que han existido). Cerdos salvajes. Osos cavernarios de largas patas y doble corpulencia que los actuales osos grises. Tres especies de caballos americanos. Unas cuantas variedades de camellos y tapires. Numerosas criaturas astadas, desde el berrendo gigante al alce-ciervo, una especie de mezcla entre alce y uapití, pero de un tamaño colosal. Tigres dientes de sable. Guepardos americanos de talla extraordinaria. Perezosos gigantes. Megaterios de hasta seis toneladas…

Pero acaso los ejemplares más espectaculares de esta fauna extraordinaria eran los proboscidios. El mamut lanudo americano, el mayor elefante de que se tiene noticia, que superaba incluso a su pariente siberiano, pesando más de diez toneladas. El mamut colombino, una especie sin pelo que vivía en latitudes más cálidas. El mamut enano, de alzada no superior a la de un hombre, que habitaba en las islas del Canal de California. El mastodonte americano, un coloso que extendía su hábitat desde México hasta Alaska…

El término griego holocausto significa literalmente sacrificio de cien bueyes. En sentido figurado lo empleamos para referirnos a grandes masacres. ¿Es apropiado utilizarlo en el caso de la megafauna americana? Paul Martin comprendió inmediatamente que si. Toda esta fantástica fauna desapareció en apenas mil años, un abrir y cerrar de ojos geológico, y lo hizo… pues si, a manos del hombre, el mayor depredador sobre la faz de la Tierra. Cuando nuestros primeros ancestros abandonaron África para repartirse por el resto de los continentes, comenzó a gestarse la tragedia. La teoría de Martin, que no tardó en ser bautizada como la guerra relámpago, sostiene que, empezando por Australia hace unos 48.000 años, cuando los humanos llegaban a un nuevo continente, encontraban allí animales que no sospechaban que aquel insignificante mono sin pelo resultaría tan terriblemente voraz.


Los herbívoros africanos han sobrevivido a la extinción porque desde hace más de un millón de años aprendieron a desconfiar de los temibles homo erectus que comenzaban a fabricar hachas y cuchillos de piedra. Cuando aquellos depredadores llegaron al puente terrestre de Bering y se plantaron a las puertas del continente americano hace ahora 13.000 años, llevaban ya al menos otros 50.000 siendo homo sapiens. Eran más listos y poseían una tecnología mortífera: lanzas, jabalinas, propulsores, arcos y flechas… Las sutiles y altamente perfeccionadas puntas líticas de la cultura de Clovis, datan según los arqueólogos de hace 13.325 años. Los primeros pobladores humanos de América llegaron poseyendo ya esta depurada técnica. Martin comprobó que en al menos catorce yacimientos las puntas de Clovis se encontraron acompañadas de esqueletos de mamut o de mastodonte, y algunas de ellas incrustadas entre sus costillas. Los confiados gigantes americanos no tuvieron la menor oportunidad. Todos los herbívoros fueron masacrados. Es de suponer que los grandes carnívoros murieron de hambre al carecer de presas.


“Si el continente americano hubiera sido inaccesible a los humanos, hoy Norteamérica tendría el triple de animales de más de una tonelada que África”, afirma Martin. Y aun más si añadimos también los de Suramérica: la macrauquenia, una especie de camello provisto de trompa; el toxodonte, una mole a medio camino entre hipopótamo y rinoceronte; los perezosos gigantes; o los enormes megaterios de la Patagonia… Algunos investigadores cuestionan la teoría de la guerra relámpago para algunas de las especies mencionadas. En todo caso lo circunstancial no invalida el postulado principal: desde nuestra aparición en el planeta como especie social y organizada, los seres humanos constituimos la más acabada máquina de matar. Nuestra capacidad de destrucción supera con creces a los cambios climáticos, las erupciones volcánicas o los impactos de meteoritos. Así de triste y así de exacto.

Contemplando a aquel valiente soldado enfermo, se me partió el corazón. ¡Fiebre tifoidea! O te mata o te deja tonto. Yo lo sé bien porque combatiendo en la campaña de Argelia, contraje la enfermedad.  Patrice Mac-Mahon, Presidente de la República francesa..