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jueves, 15 de abril de 2021

REVOLUCIÓN NEOLÍTICA. ¿Y SI ESTÁBAMOS EQUIVOCADOS?


 

La expresión revolución neolítica se acuñó en la década de 1920 para describir la transición del estilo de vida paleolítico, con pequeños grupos familiares de cazadores-recolectores que practicaban el nomadeo siguiendo las migraciones de los animales que les servían de presa, a la nueva existencia en que los humanos comenzaron a establecerse en pequeños poblados permanentes, y pasaron de recolectar su alimento a producirlo. En lugar de sustentarse de aquello que la naturaleza les ofrecía, las gentes de esos poblados aprovechaban materiales sin ningún valor intrínseco en su forma natural, para modificarlos convirtiéndolos en objetos valiosos. Levantaron chozas de madera, piedra o adobe, forjaron herramientas con el cobre que encontraban, con ramas flexibles fabricaron cestos, y aprovecharon las fibras vegetales para tejer ropas ligeras, porosas y más fáciles de limpiar que las antiguas pieles de animales. También modelaron y cocieron recipientes de barro que usaron para cocinar y para almacenar los excedentes de comida. Y sobre todo, aprendieron a domesticar determinadas especies vegetales y animales, plantando, cultivando y recolectando cereales o legumbres, y pastoreando el ganado para obtener carne, leche o vestidos.


A la vista de todo lo anterior, siempre habíamos pensado que esa revolución neolítica había sido una adaptación dirigida a hacer más fácil la vida. El cambio climático del final de las glaciaciones hace diez o doce mil años, provocó la extinción de muchos grandes herbívoros y alteró las pautas migratorias de muchos otros. La hipótesis más extendida era que los grupos humanos reaccionaron ante aquel cambio drástico, modificando a su vez su estilo de vida. También se especulaba que el crecimiento de las poblaciones hizo que la caza y la recolección no fueran suficientes para alimentarlas.

Pero esta visión tan aparentemente lógica comenzó a tambalearse a partir de los años ochenta, cuando se perfeccionaron muchas técnicas arqueológicas. En efecto, las enfermedades y la malnutrición dejan huellas en los huesos y en los dientes. Las investigaciones realizadas sobre los restos esqueléticos del periodo anterior al neolítico no revelaron ninguno de estos daños, lo que sugiere que los viejos cazadores no sufrían privaciones nutricionales. Por el contrario, los primeros agricultores tenían más problemas de columna, peor dentadura, más anemia, deficiencias vitamínicas, y morían más jóvenes que las poblaciones que les precedieron.



Recientes estudios sobre grupos de cazadores-recolectores actuales como los bosquimanos africanos demuestran que los nómadas trabajan por término medio sólo de dos a cuatro horas al día, y sus recursos alimenticios, incluso en las regiones más áridas, resultan más variados y abundantes. En definitiva, sus actividades para obtener alimento son más eficaces que las de los agricultores europeos de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Existen además indicios de que en ciertos casos los asentamientos permanentes y el abandono del nomadeo precedieron en el tiempo al desarrollo de las labores agrícolas o ganaderas. Todo ello invita a pensar que la revolución neolítica no fue en primer término, inspirada por consideraciones prácticas, sino más bien una revolución mental y cultural alimentada por el crecimiento de la espiritualidad humana, y el sentimiento de pertenencia a la comunidad. En palabras de Leonard Mlodinow, a quien seguimos en este breve comentario, la neolítica fue una revolución fundamentalmente social y cultural.


Este punto de vista se sustenta en el que quizá sea el más sorprendente y notable descubrimiento arqueológico de los tiempos modernos, que nos sugiere que la nueva manera de relacionarse con la naturaleza no siguió al desarrollo de un modo de vida sedentario, sino que lo precedió. Ese descubrimiento es el gran monumento conocido como Göbekli Tepe, una expresión turca que describe el aspecto que tenía antes de ser excavado: colina panzuda.

Situado en la provincia de Urfa, al sureste de Turquía, Göbekli Tepe es una magnífica estructura construida hace 11.500 años, 7.000 antes que la Gran Pirámide, gracias a los hercúleos esfuerzos no de pobladores neolíticos, sino de cazadores-recolectores que todavía no habían abandonado el modo de vida nómada. Todo parece indicar que nos encontramos ante el que acaso fue el primer santuario religioso de la Historia. Su construcción requirió el transporte de enormes piedras, algunas de hasta dieciséis toneladas, antes de la invención de la rueda, antes del uso de herramientas metálicas y antes del empleo de animales como bestias de carga. Más aun: antes de que la gente viviera en poblados que pudieran proveer una fuente numerosa y organizada de trabajadores. Todavía existían en aquella región felinos de dientes de sable. Nunca se han hallado indicios de que nadie viviera en aquella zona: ni fuentes de agua, ni casas, ni restos de hogares. Lo que sí encontraron los arqueólogos fueron los huesos de miles de gacelas y uros que debieron ser transportados desde lejanos territorios de caza. Los indicios señalan que Göbekli Tepe atraía a cazadores-recolectores nómadas de hasta cien kilómetros a la redonda.


A apenas unos cientos de kilómetros al oeste de Göbekli Tepe se encuentra el asentamiento de Catal Höyük, construido hacia 7500 a.C., que pasa por ser la primera ciudad que merece tal nombre. Los análisis de restos de animales y plantas hallados allí, sugieren que sus habitantes cazaban toros, cerdos y caballos salvajes, y recogían tubérculos, gramíneas, bellotas y pistachos, pero se dedicaban poco o nada a la agricultura. Una población de hasta ocho mil personas, donde no existía la división del trabajo y donde todos iban a lo suyo. Cada familia construía y mantenía su casa y realizaba su propio arte. Por eso muchos arqueólogos sostienen que el asentamiento de Catal Höyük no era propiamente una ciudad o un poblado neolítico tal como lo entendemos, sino un conjunto de viviendas habitadas por gentes dedicadas a la caza y la recolección, sin dependencia mutua. Si aquellas gentes no podían comprar carne al carnicero ni vasijas al alfarero, lo que las vinculaba con los demás parece haber sido lo mismo que vinculaba a sus remotos ancestros de Göbekli Tepe: los inicios de una cultura común y unas creencias espirituales compartidas.

Uno de los indicios más esclarecedores de la naturaleza cultural de esos vínculos es sin duda el culto a los muertos, muy diferente ya del que observaban los nómadas. Los nómadas en su continuo peregrinaje dejan atrás a los débiles, los enfermos y los viejos. Las nuevas gentes de aquellos primitivos asentamientos los cuidan y hasta entierran a sus muertos bajo el mismo suelo de sus viviendas. En Catal Höyük decapitaban sus cadáveres y utilizaban las cabezas con fines ceremoniales. Una revolución cultural y social que muy probablemente precedió a la agricultura y la ganadería.

-Querido amigo, no tienes ni idea de lo que soporto.

-Pues claro que sí, hombre, es una ciudad de Portugal.

 


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