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jueves, 5 de abril de 2018

LA PERVERSA BABILONIA Y EL NACIMIENTO DE LA BIBLIA



En el imaginario colectivo de nuestra cultura judeo-cristiana, Biblos o Babilonia, la gran metrópoli del Creciente Fértil, ha sido siempre sinónimo de pecado y maldad. De esta negativa imagen acaso el principal responsable sea el libro bíblico de Daniel, donde se narra la persecución sufrida por Sidraj, Misaj, Abed-Nego y el mismo Daniel, por parte del rey Nabucodonosor, al que se presenta como un monstruo que arrojaba a sus inocentes víctimas a fosos repletos de leones o los asaba en hornos llameantes. Muchos siglos más tarde, en la ópera Nabuco de Verdi, aparecían también los judíos como infelices cautivos maltratados por sus opresores. Conviene sin embargo, aclarar que el libro de Daniel fue escrito cuatro siglos después del cautiverio babilónico, en el periodo helenístico, cuando los judíos sufrían la represión de Antíoco IV, un monarca grecohablante. El libro de Daniel probablemente sirvió al interés de los judíos helenizados a la fuerza, que no pudiendo expresar claramente su rebeldía contra Antíoco, emplearon el conocido recurso de la metáfora para hacer patente su descontento.


Porque lo cierto es que el llamado cautiverio de Babilonia, exilio forzoso de los judíos (de una selección de las familias importantes) tras la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor en 587 a.C., no fue ni mucho menos tan trágico como se pinta en el libro de Daniel. Al contrario. Babilonia era una ciudad cosmopolita donde reinaba una atmósfera de tolerancia religiosa. Los babilonios no hicieron el menor esfuerzo para obligar a los judíos a adorar a Marduk. Lejos de ser oprimidos, los judíos pudieron adquirir allí tierras y propiedades, hacer negocios y prosperar considerablemente. Conforme muchos de ellos iban regresando a Judea, sus parientes babilónicos se habían enriquecido lo suficiente como para ofrecerles un gran apoyo económico. En ningún documento histórico existe indicio de que los judíos crearan algún problema a las autoridades babilónicas.


Ezequiel fue el principal profeta judío del exilio. Por lo que sabemos, Ezequiel se condujo en todo momento como un ejemplar patriota babilonio. Lanzó feroces invectivas contra los enemigos de Nabucodonosor (Tiro y Egipto). Incluso culpó de la destrucción de Jerusalén y su templo no a Nabucodonosor, sino a los pecados y las costumbres licenciosas de sus propios compatriotas judíos. Ezequiel mantenía que el Dios de Israel estaba disgustado y quería castigar a los suyos. Cuando hubieran cumplido su condena, retornarían a su patria. Con esta astuta fórmula, el profeta evitó que sus paisanos, y de paso sus anfitriones, adoptaran la entonces extendida creencia de que al ser derrotado un pueblo, perdía su identidad nacional y sus dioses morían con él. De esta manera Ezequiel mantuvo viva la llama del judaísmo. Aun más, bajo la guía de Ezequiel un puñado de sabios escribas exiliados comenzó a poner por escrito las viejas leyendas, los testimonios históricos y las tradiciones orales del pueblo judío. Nacieron así los primeros libros de la Biblia tal como los conocemos. Sus conocimientos se remontaban a la entrada en Canáan y a las remotas leyendas de Moisés y de los viejos patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.


Para todo lo anterior carecían de tradiciones, de manera que adaptaron algunas antiguas leyendas de sus anfitriones babilonios. Los primeros relatos del Génesis que hacen referencia a la creación, al Jardín del Edén o al diluvio, son claramente de inspiración babilónica. Así, Tiamat, el monstruo del caos, se convierte en Tehom (lo profundo), la lista de los patriarcas ultralongevos anteriores al diluvio, parece provenir directamente de los registros sumerios conservados por los sacerdotes babilonios de aquel tiempo. La torre de Babel no es sino una versión magnificada del zigurat dedicado a Marduk que quedó a medio terminar. El peregrinaje de Abraham desde Harrán a Canáan y su procedencia de Ur de los caldeos, no hace otra cosa que describir el itinerario que la tradición otorgaba a los orígenes de los propios habitantes de Babilonia. En definitiva, los primeros libros bíblicos hunden sus raíces en la tradición babilonica.


Pero volviendo a la perversidad de Babilonia, cuando se adquiere cierta fama, es muy difícil desprenderse de ella. En parte por el citado libro de Daniel, y en parte por las diversas fuentes posteriores de la tradición religiosa y/o literaria (en el Apocalipsis de san Juan se la describe como cloaca de vicios), Babilonia, que probablemente no era ni más ni menos perversa que cualquier otra gran ciudad, pasaría a la historia como la quintaesencia de lo malvado y lo pecaminoso. Siglos después de ser destruida Babilonia, este discutible cetro de la maldad pasaría a Roma como metrópoli dominante del ámbito mediterráneo. Mucho más tarde no se librarán del sambenito la Sevilla del barroco español, la Venecia de Casanova, el París del can-can o el Las Vegas de los casinos. Realidad, fantasía... quién sabe.

Mi mujer me ha dado un ultimatum. Dice que o le presto atención cuando me habla... o no sé qué más...