*Adaptación
libérrima de un relato de W.W. Jacobs.

Sean,
el legendario as de los cuadriláteros, se había propuesto retirarse
en la verde campiña de su querida Irlanda natal. Se había propuesto
no trabajar. Cierto que tenía unos ahorros bastante pingües, pero
fue agotándolos a base de visitas al pub de Pat Cohan. Primero con
su cuñado y compadre, el buenazo de Will Danaher. Más tarde,
después del previsible fallecimiento del gigantón a causa de la
cirrosis, comenzó volviendo solo al pub para ahogar sus penas, y
continuó luego pegando la hebra con los muchachos del IRA o con su
amigo, el pequeño Michaleen Flynn. Hasta alguna noche terminó
entonando viejas baladas con el padre Lonegan, que aunque era un
santo, no desdeñaba una buena pinta de cerveza de vez en cuando.


Bien,
precisamente nuestra pequeña historia comienza un día primaveral en
que la señora Flynn, acompañada de su tambaleante esposo Michaleen,
visitó a su amiga la señora Thornton. El hombre de la casa estaba
ausente, como casi siempre. Mrs. Flynn se fijó inmediatamente en el
hueco vacío que quedaba allí donde había estado el clavecín de
Mary Kate. Bastó una mirada para que Mrs. Thornton bajara
avergonzada la cabeza. La última hazaña de su marido había sido el
empeño de aquel querido instrumento. Aquello ya era demasiado.
Michaleen dio un respingo al ver el decidido gesto de determinación
de su esposa. La conocía bien y sabía que aquello no presagiaba
nada bueno. Tenemos que hacer algo, querida -dijo a Mary kate su
amiga-, algo que asuste de verdad a ese hombre.
Trazar
su plan sólo le llevó unos minutos. Las dos mujeres acordaron que
el señor Flynn se quedara en la casa en calidad de nuevo dueño.
Harían creer a Sean Thornton que sus deudas le habían hecho perder
la casa, y que esta había sido comprada por la doble viuda, la
señora Flynn. Michaleen protestó, pero no le sirvió de nada, nunca
le servía con su autoritaria esposa. Mary Kate y su amiga salieron
de la casa justo cuando vieron llegar a Sean. Mrs. Thornton llorosa,
Mrs. Flynn con fingida altanería. ¿Estarás satisfecho, no? ¡Por
tu culpa nos quedamos en la calle!, le espetó Mary Kate entre
sollozos. El ex-campeón quedó un momento perplejo, y entró luego
en la casa como un torbellino. Allí encontró a Michaleen Flynn
cómodamente sentado en la mejor butaca. Como tenía la lección bien
aprendida, al principio el hombrecillo se mostró altivo, pero en
cuanto vio que Thornton se remangaba, comenzó a temblar como un
junco. Lo confesó todo sin necesidad de violencia alguna.

En
la posada de Cohan corrió el whiskey como el agua. El hombretón,
sentado frente a la chimenea, y el hombrecillo sentado en su regazo,
entonaron una tras otra sus canciones favoritas, incluida aquella
vieja tonada blasfema en la que San Patricio desplazaba a Jesucristo
de la derecha del Padre, porque si éste convirtió una vez el agua
en vino, el santo irlandés le superó convirtiendo el cereal en
whiskey. Pasados unos días, inquietos por la tardanza del dinero
prometido, ambos decidieron enviar un telegrama: “Barco dispuesto a
zarpar, stop, urge dinero, stop, Thornton”. Al cabo de unas horas
recibieron la siguiente respuesta: “Flynn vivo, stop, sólo un poco
magullado, stop, se dirige a Innisfree dispuesto a perdonar, stop,
MKT & SF”. Michaleen y Sean se miraron perplejos, y apenas
tuvieron tiempo de nada más, porque se abrió la puerta de la
habitación y entraron por ella sus queridas esposas. Les acompañaban
el padre Lonegan y el reverendo Playfair, dignísimos representantes
de las iglesias católica y anglicana. ¡Esta mujer es el mismo
demonio! -exclamó Michaleen Flynn.
Una
semana más tarde Thornton estaba trabajando (¡por fin!) como
capataz en las fincas de la señora Flynn, la astuta doble y casi
triple viuda. Por su parte, Michaleen Flynn entró al servicio del
padre Lonegan como sacristán. Mary Kate Thornton recuperó su
querido clavecín y los demás enseres desaparecidos. Sean Thornton
recuperó su reloj de plata y su dignidad. Cuando regresó a su casa
después de una fatigosa jornada de trabajo, le esperaba su mujercita
con un sabroso guiso de cordero con patatas y una pinta de cerveza.
¡Esta mujer es el mismo demonio! -exclamó-, y ambos se besaron aun
más apasionadamente que en la vieja película de Ford.
¡Nunca
pensé que este hijo de puta supiera actuar! John Ford después de
ver a John Wayne en “Río rojo” de Howard Hawks.
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