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miércoles, 10 de enero de 2018

CÓMO SURGEN LAS ESPECIES


Publicado en nuestro antiguo blog en abril de 2012

El viejo Darwin nos mostró el camino. Él acuñó el principio de la evolución de las especies a través de la selección natural. Todo el mundo con una mínima formación y un poco de sentido común, parece comprender de qué se trata. Sin embargo, ¿de verdad estamos seguros de entenderlo?

Hay una explicación rudimentaria que más o menos viene a decir lo siguiente:

1.- Los seres vivos, obedeciendo a su instinto, tienden a reproducirse.

2.- Cada nuevo ser vivo, es esencialmente semejante a sus dos progenitores (esto en el caso de la reproducción sexual, que es la fórmula idónea para que surja la variedad entre la descendencia).

3.- En ocasiones, bien por puro azar, o bien por diversas causas, se producen variaciones (hoy en día sabemos que son mutaciones o recombinaciones genéticas), que hacen que el nuevo ser vivo presente rasgos diferentes, ya sea en aspectos puramente físicos, o de comportamiento (conductuales).

4.- Las condiciones del medio natural pueden penalizar estos nuevos rasgos, haciendo que el individuo fallezca en edad temprana sin alcanzar la edad reproductiva. Pero en determinados casos y condiciones, los nuevos rasgos pueden favorecer la supervivencia del individuo y/o su atractivo sexual, de manera que los transmitirá a su descendencia, y se perpetuarán a través de sucesivas generaciones. (Este punto es  el que se conoce como supervivencia de los más aptos).

Bueno, pues así es como funciona. Todo esto es completamente exacto, palabra por palabra. Sin embargo, para que se produzca la evolución de las especies hace falta algo más. Naturalmente, hace falta que surjan nuevas especies. Fijémonos en los puntos 2 y 3: cada ser vivo es semejante a sus progenitores, aunque puede ocurrir que presente algunos rasgos diferentes. Ahora demos por hecho el último párrafo del punto 4, es decir, supongamos que sus nuevos rasgos o habilidades hacen al individuo más apto para la supervivencia y la reproducción. Pues bien, este individuo (o individua) deberá reproducirse con otro del sexo opuesto. ¿Tendrá que esperar a que nazca un ejemplar del sexo opuesto que también presente sus nuevos rasgos? Pues que espere sentado/a, porque las mutaciones son bastante improbables. El individuo, por muy longevo que fuera, moriría sin haber encontrado a su media naranja.
No, el nuevo ser vivo, de hecho cualquier ser vivo, todo ser vivo por definición, pertenece a la misma especie que sus progenitores, y por lo tanto es perfectamente capaz de cruzarse con ellos, con sus hermanos/as, o con sus primos/as y tener descendencia fértil. Así y no de ninguna otra manera, es como se las arregla para transmitir su acervo genético.
Cuidado porque aquí es fácil caer en una especie de trampa filosófica que en su día explotaron los detractores del evolucionismo, y que puso en serios aprietos a evolucionistas como Wallace, Huxley o el propio Darwin: si partimos de la premisa indiscutible de que cualquier hijo pertenece a la misma especie que sus progenitores, y viceversa, ¿en qué punto comienza una especie nueva? O en otras palabras, si tuvo que existir una primera jirafa, ¿qué eran sus padres, otra cosa? Ya veis que se trata de un razonamiento circular del que se sale difícilmente. El problema de Darwin y sus contemporáneos era que aun no se conocía la genética. Efectivamente, como ya hemos dicho aquí alguna vez, los protagonistas de la evolución no somos los individuos, sino los genes. Es el acervo genético concreto el que define a las poblaciones, y por supuesto, a las especies.
¿Qué hace falta pues para que surja una nueva especie? Muy sencillo, dos cosas o la combinación de ambas: tiempo y distancia.

Si nos inclinamos por la opción del tiempo, conviene tener paciencia, porque hace falta mucho tiempo. Muchas generaciones, y sucesivas mutaciones/recombinaciones, para llegar a un individuo varios miles o incluso millones de años más tarde, que no sea ya capaz de cruzarse con sus antepasados de antaño, y tener (fijaos bien en la cantinela, porque es muy importante) descendencia fértil. Es este un principio imposible de probar experimentalmente, claro está, porque cuando el nuevo ser vivo haya alcanzado un grado de diferenciación que lo convierta en incapaz de cruzarse con sus remotos antepasados, estos habrán desaparecido ya hace milenios.

Mucho más eficaz y probable en términos evolutivos es la opción de la distancia. Cuando dos poblaciones de la misma especie (dos bandadas de pinzones, dos manadas de équidos, dos grupos familiares de simios antropoides, etc.) toman caminos distintos y divergentes, se produce el aislamiento poblacional, condición previa y cuasi imprescindible para el fenómeno de la especiación. La población aislada encontrará un hábitat distinto, es posible que también encuentre nuevos alimentos, un clima diferente… En definitiva, una serie de condiciones ambientales nuevas que presionarán en el sentido de favorecer la supervivencia y capacidad reproductiva de aquellos que por sus características físicas y/o de comportamiento, se adapten de manera más exitosa al nuevo medio. Su acervo genético se irá transmitiendo generación tras generación a sus sucesivos descendientes, hasta que más tarde o más temprano llegue el momento en que la población de pinzones de una de las Islas Galápago sea ya una especie distinta de otra que vive en la isla vecina. Unos se alimentarán de semillas y tendrán el pico muy grueso para poder triturarlas, porque generación tras generación, la selección natural ha favorecido la supervivencia de aquellos que tenían el pico más fuerte. Los de la isla vecina serán insectívoros, y tendrán el pico largo y afilado, para encontrar el sustento en las cavidades de los árboles. Si tomamos un macho de una isla y una hembra de la otra, no serán capaces de tener descendencia, aunque hace sólo unos milenios (muy poco tiempo en términos evolutivos) pertenecieron ambos a la misma especie de pinzón común que migró a las Galápago desde el continente americano.


Viajemos ahora hasta las inmensas estepas de Asia Central. Veamos a la gran manada de équidos separarse en dos grupos que marcharán cada uno por su lado, siguiendo cada uno a su líder. Con el tiempo el aislamiento poblacional dará lugar también a dos especies distintas: caballos y asnos. Esto no ha ocurrido hace demasiado tiempo. Sucedió cuando los grandes mamuts poblaban aquellas heladas praderas. Oye, espera un momento, parece que ese asno está montando a una yegua… Pero no. Ya sabes lo que ocurrirá. Dentro de unos meses la yegua dará a luz a un potrillo o potrilla de mula. El problema es que los mulos no son fértiles. Parecía que la puerta estaba entreabierta, pero lo cierto es que se cerró para siempre. Caballos y asnos son ya especies distintas, incapaces de tener descendencia fértil.

En el África oriental dos grupos familiares de simios antropoides caminan en direcciones opuestas. Unos se adentrarán en la espesa selva y haciendo valer sus habilidades trepadoras, prosperarán alimentándose de frutos y vegetales. Los otros habitarán las desoladas sabanas, con el tiempo adquirirán una postura erguida y formarán bandas de cazadores que llegarán a disputar las presas a los chacales y la carroña a las hienas. Después aprenderán a fabricar herramientas y a comunicarse mediante sonidos articulados…


Así es como se produce la especiación. Una advertencia: no os dejéis engañar por las apariencias. Hay caballos de tiro que pueden pesar una tonelada, y hay caballitos pequeños, los poneys, muy populares entre la chiquillería. Ambos son caballos. Pertenecen a la misma especie y, por lo tanto son capaces de cruzarse y tener descendencia fértil. Fijaos en los perros. Existen centenares de variedades diferentes de perros, son todos completamente dispares, y a pesar de eso, todos son miembros de la misma especie, canis lupus. Un macho de la variedad chihuahua es perfectamente capaz de unirse a una hembra de San Bernardo, dando lugar a descendencia fértil. Repito, las apariencias engañan. Por cierto, ya veis que empleo el término variedad. Además de ser más correcto desde el punto de vista científico, es más adecuado que el de raza y mucho menos conflictivo.

Para terminar, dejadme que destruya otro mito muy extendido. Mucha gente piensa que a base de selección natural y de supervivencia de los más aptos, las especies modernas, las actuales, son de alguna manera, más acabadas y adaptadas al medio que sus antecesoras. Hay quien cree que las especies extinguidas se extinguieron porque eran defectuosas o menos perfeccionadas que sus sucesoras. Pues bien, nada más equivocado. Las especies de cualquier tiempo estaban perfectamente adaptadas, y eran todas ellas sin excepción, maravillosas máquinas biológicas. Si desaparecieron fue sencillamente porque fueron sustituidas por otras o porque se produjeron catástrofes naturales (erupciones volcánicas, impactos de meteoritos) que acabaron con ellas. Lo mismo ocurrirá fatalmente con todas y cada una de las especies actuales, incluidos nosotros mismos, por supuesto. Ese día llegará tarde o temprano. Rezad cada noche para que no llegue la mañana siguiente.

La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia.