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martes, 15 de agosto de 2017

ROBERT BOYLE, EL SABIO ESCRUPULOSO


Este señor con esa impresionante peluca era Robert Boyle, a quien se considera uno de los fundadores de la química moderna. Hijo del aristocrático conde de Cork, Robert nació en Irlanda, en el castillo de Lismore, en 1627. A los ocho años conocía el francés, el griego y el latín. Estudió en Eton y en Génova, y a partir de 1644 se instaló definitivamente en Inglaterra, dedicando todos sus esfuerzos y la considerable fortuna que había heredado a la ciencia. Antes había intentado durante un breve periodo residir en Irlanda, pero desistió por considerar su isla natal un país atrasado y salvaje.
En Inglaterra fue inmediatamente admitido en el selecto club de científicos conocido como el Colegio Invisible, germen de lo que más tarde sería la Royal Society, cuyos miembros se reunían en Oxford y en el Gresham College londinense. Entre sus primeros logros destaca la fabricación de un motor neumático junto con su condiscípulo Robert Hooke. Sus experiencias en este campo le llevaron a formular la célebre ley que establece que el volumen de un gas es inversamente proporcional a la presión que se ejerce sobre él. En su honor se conoce como Ley de Boyle en el ámbito anglosajón, y como Ley de Boyle-Mariotte en el resto de Europa.


A pesar de su enorme contribución a la moderna química científica, Boyle se consideró siempre un alquimista. Estaba convencido de la posibilidad de la transmutación de los metales. Poseía la que acaso fue la principal biblioteca de su tiempo en materia de alquimia y hermetismo. Además consiguió con su influencia en las esferas del poder político, que Enrique IV aboliera la antigua ley que prohibía la creación de oro y plata por procedimientos alquímicos. En física, Boyle investigó sobre la propagación del sonido a través del aire, y también sobre electricidad, densidad, congelación del agua, hidrostática, combustión, respiración, propiedad de refracción de la luz en los cristales y naturaleza de los colores. Aunque estudió muchas obras de medicina y fisiología, su delicado espíritu le impidió llegar más lejos en sus investigaciones, ya que su naturaleza sensible rechazaba las disecciones anatómicas de animales, y mucho menos de criaturas vivas.


El último periodo de su vida estuvo marcado por un creciente retraimiento social y por sus sentimientos religiosos, que llevó al extremo del fanatismo. Estuvo atormentado por el dilema de que el desarrollo de la ciencia tenía un efecto inevitable en la pérdida de fe religiosa. Dedicó sus últimos años a la confección de su obra El Cristiano Virtuoso, que se dio a la imprenta en 1690. En su calidad de presidente de la Compañía de las Indias Orientales, gastó ingentes cantidades de dinero en la evangelización de los desdichados salvajes, contribuyendo a la creación de sociedades misioneras y al establecimiento de misiones en los más apartados lugares del planeta. Muchos de los religiosos enviados al extremo oriente o a las islas del Pacífico, terminaron sus días asesinados o en los estómagos de los antropófagos. También se empeñó Boyle en que la Biblia fuera conocida por todos los pobladores de la Tierra, así que a él se debe que se tradujera a un sinfín de lenguas exóticas. En muchos de esos idiomas las Escrituras sólo han podido ser leídas por los eruditos que las tradujeron, en unos casos porque los hablantes no sabían leer, y en otros porque cuando la traducción quedó terminada, los indígenas que un día hablaron esa lengua habían sido exterminados por sus bienintencionados civilizadores.


Robert Boyle falleció en 1691 en su residencia londinense de Pall Mall, poco después de que muriera lady Ranelagh, su hermana, única mujer de su vida a quien le unió el más profundo amor fraterno. En Bigotini hace ya tiempo que perdimos la fe, así que además de ser unos ateazos del quince, somos bastante menos sensibles que el bueno de Boyle, llegando a veces al extremo de la ordinariez y la barbarie que tanto aborreció el pobrecillo. A pesar de todo, levantamos nuestras jarras de espumosa cerveza brindando por su memoria, echamos un buen trago y después nos limpiamos los bigotes con la manga, ¡hala!

Yo no suelo rezar nunca, pero si estás ahí... ¡sálvame Supermán! Homer Simpson.