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viernes, 25 de agosto de 2017

EL ORIGEN DE LAS FACCIONES DEL ISLAM


En el siglo VII de nuestra era, Mahoma unió a las diferentes tribus de la región sur occidental de la Península Arábiga, a la vez que les inspiró una ferviente creencia en su nueva religión, una absoluta confianza en la justicia de su causa y la promesa de la inmediata recompensa del Paraíso para quienes luchasen y muriesen por ella.
La religión recibió el nombre de islam, con el significado de sumisión. Sus adeptos son los musulmanes, que puede traducirse como los que se entregan. Mahoma fue sucedido por su suegro Abú Bakr, que fue su primer califa o sucesor. Los musulmanes tomaron Judea y Siria en el 636, Egipto en el 640, y tras la decisiva batalla de Qadisiya, en el 642, se apoderaron de Persia, inaugurando de esta forma fulminante una época de inusitada expansión que abarcó en muy pocos años desde los confines de la India hasta la totalidad del Norte de África, e incluso la Península Ibérica en el 711.


En el 644, poco después de la conquista de Persia, fue elegido califa Otmán, un yerno de Mahoma, perteneciente a una familia noble, los omeyas. Pronto cundió el descontento entre sus adversarios, se produjeron diversos motines, y en el 656 los soldados egipcios asesinaron a Otmán, proclamando nuevo califa a Alí, otro de los yernos del Profeta. Alí instaló su capital en Kufa, pero no fue reconocido por los omeyas que continuaron siendo fuertes en Siria. La guerra fue inevitable y se entabló entre los omeyas sirios capitaneados por Muawiya y los partidarios de Alí procedentes en su mayoría de la antigua Mesopotamia (actual Iraq) y Persia (actual Irán). Resultó triunfador Muawiya, y proclamó la capitalidad de Damasco, ciudad que durante al menos todo el siglo siguiente fue la capital del poderoso Califato Omeya.
Los musulmanes persas no se dieron por vencidos, y eligieron sucesivamente a diversos pretendientes al califato: Hassán, hijo mayor de Alí, Husseín, el hijo menor, y unos cuantos más a lo largo de varias décadas. Todos fueron derrotados, pero pese a sus sucesivos fracasos el grupo sobrevivió y sus adeptos fueron llamados chiitas, del vocablo árabe que significa partidario.


Aún hoy en día, los chiitas, que representan alrededor del 20% de los musulmanes, son mayoría en Irán, el sur de Iraq, las montañas afganas y algunas zonas de Turquía. Se consideran legítimos herederos de Alí, y depositarios de la verdadera fe. A ellos se oponen los sunníes, de la palabra árabe que significa tradición. Los sunníes (80%) son mayoritarios en el resto de los países islámicos, insisten en ser descendientes directos del legítimo, ortodoxo e histórico Califato.
En los últimos tiempos, contando con el patrocinio de potencias económicas como Arabia Saudí o Qatar, el credo sunní se ha radicalizado, derivando en un integrismo que aspira a gobernar mediante la aplicación a rajatabla de la sharía, ley islámica que atenta de forma flagrante contra los más elementales derechos humanos. Los sunníes son los inspiradores ideológicos de grupos terroristas como ISIS o Al-Qaeda. Sus cabecillas predican con total impunidad desde poderosos medios como la televisión Al-Jazzeera (la buena nueva, de la misma raíz árabe que nuestra Algeciras) y las redes sociales. Predican la Yihad, la Guerra Santa que han declarado contra la minoría chiita y contra los demás infieles, o sea, nosotros mismos sin ir más lejos. Así pues, aunque muchos se nieguen tercamente a aceptarlo, estamos en guerra, como lo prueban los recientes zarpazos terroristas que hemos sufrido. No nos queda más remedio que depositar todas nuestras esperanzas y prestar nuestro apoyo a la minoría chiita, y esperar que por fin se impongan después de trece siglos de derrotas. Así que los ayatollah (señalados de Dios), por muy estrafalarios que puedan parecernos con esos turbantes y esas barbas, son el último bastión del mundo civilizado frente a la barbarie.

Si medias entre dos amigos tuyos, uno de ellos dejará de serlo. Proverbio árabe.