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domingo, 28 de mayo de 2017

CANNELLONI ROSSINI


Supongo que a base de consumir bourbon barato durante décadas he debido quemar mis papilas gustativas. El caso es que aunque resulte difícil de creer, un día fui todo un gourmet que sabía apreciar la buena mesa. Por ejemplo en mi etapa de poli en Nueva York. Por Entonces solía patrullar con mi compañero Benny Petersen, a quien con toda justicia apodaban Benny el zampabollos. Un gran tipo. Frecuentábamos un pequeño restaurante en Little Italy, Il Sorrentino, un templo de la mejor cucina italiana. Lo regentaba Dino Costello, un italiano orondo y jovial que siempre estaba de buen humor. En los fogones reinaba Gina, su mujer. Gina era toda una belleza napolitana exuberante y apasionada, con un extraordinario parecido a Sophia Loren.
Gina podría haber triunfado en las pantallas, si hubiera tenido unas mínimas dotes interpretativas y se hubiera depilado un poco. Esa encantadora sombra de bigote que en muchas hembras meridionales resulta tan graciosa, en ella quedaba un poco excesiva. Vamos, que la bella Gina te daba un abrazo y te cepillaba el traje.

Dino estaba loco por ella... y por sus deliciosos platos. A menudo bromeaba con los amigos contando que antes de probar su osso buco, había concebido un ingenioso y original plan para, fingiendo que marchaba a comprar cigarrillos, huir a algún país extranjero con el que no existiera tratado de extradición. Pero una vez hubo degustado aquella maravilla, fue como si Cupido le disparara un millar de saetas. Quedó, decía, flotando en una nube rosa, hasta que aterrizó en un sórdido despacho parroquial. Era un tipo divertido ese Dino. Y enamorado, muy enamorado. Muchas veces abandonaba la barra del establecimiento para espiar a su adorada Gina por una ventanita en forma de cerradura que comunicaba la sala con la cocina. Aquel bombón de cocinera bordaba los platos de pasta fresca. Sus spaguetti alla carbonara eran famosos en la ciudad, lo mismo que sus fetuccini y sus gnocchi. Pero los que realmente hicieron célebre a Il Sorrentino fueron sus cannelloni Rossini. Estaban rellenos con una sabrosa carne picada, sabiamente sazonada, y cubiertos de un exquisito tomate, la besamel más increíblemente suave y el parmigiano gratinado más delicioso. Todo un placer para los sentidos.

Mucha gente ignora (Benny y yo no lo supimos hasta que nos lo contó Dino) que el apellido Rossini que ostenta el plato se debe al célebre compositor italiano. En efecto, Gioachino Antonio Rossini, el autor de La Gazza Ladra y tantas otras óperas geniales, fue también el inventor de la delicatessen a la que dio nombre. Además de un gran músico, Rossini fue un gran gourmet, o por mejor decir, un gran tragón. Sus biógrafos relatan graciosas anécdotas como la de aquel empresario que para obligarlo a terminar una partitura le mantuvo encerrado sin comida durante un par de días; o como aquella otra ocasión en la que Rossini lloró como un niño cuando, durante un picnic, navegando en barca por un estanque, cayó al agua un pollo relleno que reservaba para el aperitivo. En fin, todo un bon vivant ese Rossini...

Dino y Gina Costello contrataron como pinche al pequeño Mungo Harris. Era un muchacho bajito y esmirriado que padecía una extraña alopecia. Calvo como una bola de billar, Mungo guardaba cierto parecido con el enano mudito de Blancanieves. También él era prácticamente mudo. Apenas se le podían sacar dos palabras seguidas, quizá por timidez o acaso por su carácter algo huraño. Aquel Mungo era un James Dean, un rebelde sin causa o puede que con motivo, quien sabe. El caso es que Gina y su mudito pasaban muchas horas en la cocina, y ya se sabe que el roce hace el cariño. Una mañana Dino Costello regresó del mercado. La pizarra anunciaba como plato del día almeja con linguini. Dino sorprendió a Gina y Mungo en la cocina linguineando la almeja, ...literalmente.
Bueno, bajo su apariencia inofensiva, borboteaba un dormido volcán, que albergaba al terrible (y redundante) Dino. Despertó aquel Vesubio y para los desprevenidos adúlteros se abrieron las puertas del infierno. Los degolló con el cuchillo del pan, el único que nunca se afilaba. Luego puso los cadáveres en el fondo del arcón congelador, y limpió cuidadosamente la escena del crimen.

Benny Petersen y yo fuimos los primeros polis a los que Dino denunció la desaparición. Pasaron varios meses durante los que tuvo que encargarse él solo del negocio. Poco a poco los parroquianos nos fuimos olvidando de la voluptuosa e inolvidable Gina... Pero claro está, no hay crimen perfecto. Y la delatora no podía ser otra que precisamente La Gazza Ladra, la urraca ladrona. El encargado de un vertedero observó a una urraca extrayendo del montón de basura algo dorado con el pico. Era un diente de oro de la difunta Gina. Allí estaban las calaveras y algunos otros huesos de la pareja de amantes. Lo demás fue muy sencillo para los de homicidios. Dino se derrumbó y lo confesó todo. Había deshuesado los cadáveres y había picado la carne para cocinar... Pues si, claro, cannelloni Rossini, la especialidad de la casa que estuvimos consumiendo los clientes durante las semanas que siguieron al asesinato. Mi compañero y yo nos comimos a la signora Costello y al pequeño Mungo.
Benny el zampabollos se hizo vegetariano. Yo me hice viejo sin dejar de pensar en Il Sorrentino y en aquellos fantásticos cannelloni Rossini.


-Para perder peso bastará con que mueva la cabeza a un lado y otro.
-¿Cuántas veces, doctor?
-Cada vez que le ofrezcan comida.