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jueves, 4 de mayo de 2017

VOLTAIRE, EL PALADÍN DE LA TOLERANCIA


François-Marie Arouet, más conocido por su seudónimo de Voltaire, fue un parisino nacido en 1694. Era el quinto hijo de una familia burguesa de provincias que prosperó durante los últimos años del reinado de Luis XIV, el mítico rey sol. Cursó sus primeros estudios con los jesuitas, y escribió su primera tragedia (Amulius y Numitor) a la temprana edad de doce años. Inició luego sus estudios de Derecho, quedando en esos años bajo la tutela de su padrino, el Abad de Châteauneuf, hombre que a pesar de su cargo eclesiástico y su aspecto venerable, introdujo a su pupilo en una vida disipada. El joven François-Marie formó parte de la Sociedad del Temple, que era célebre por las costumbres libertinas de sus miembros. Recibió entonces una cuantiosa suma de manos de Ninon de Lenclos, famosa cortesana que prendada del muchacho, invirtió en él parte de su fortuna.

Obtuvo un empleo como secretario de la embajada francesa en La Haya, del que fue despedido tras protagonizar un episodio galante con cierta refugiada política. Tras la muerte de Luis XIV asumió la regencia el duque de Orleans. Nuestro joven intelectual escribió contra él y su hija, la duquesa de Berry, una descarnada sátira, que le granjeó una condena de reclusión en la Bastilla. Allí prosiguió sus estudios literarios y escribió su tragedia Edipo, que obtuvo gran éxito de crítica. Sufrió más tarde destierro en una remota provincia francesa, y después en Inglaterra, tras mantener una agria disputa con un joven de la nobleza, en competencia por los favores de una dama. Fue al parecer en este tiempo cuando adoptó el seudónimo de Voltaire, en el que algunos han creído encontrar complicados anagramas, pero que seguramente no es más que un vulgarismo derivado del adjetivo revoltai (revoltoso).

En Gran Bretaña se empapó de las ideas científicas y filosóficas de hombres de la talla de Newton o Locke. En sus obras Historia de Carlos XII y Cartas filosóficas, criticó con dureza el inmovilismo y la intolerancia de la sociedad francesa de la época, y fue precisamente en este tiempo, hacia 1734, cuando aparece en su pensamiento el concepto de tolerancia, una idea-fuerza que iba a caracterizar el resto de su obra y de su trayectoria intelectual. Esa década de los treinta y el principio de la siguiente, fueron quizá las más prolíficas de nuestro hombre. Zaire, Adelaide du Guesclin, La muerte de César, Alzira, El hijo pródigo, Mérope o El fanatismo (subtitulada Mahoma), constituyen otros tantos ejemplos de esta línea de pensamiento. Precisamente esta última obra fue prohibida en 1742. Marchó a Berlín, siendo acogido en la Corte de Federico el Grande, hasta que, como producto de una disputa con el monarca, fue también expulsado de Alemania.


Voltaire se refugió en Ginebra, donde sus ideas tolerantes chocaron con la intransigencia de los calvinistas. En particular un opúsculo dedicado al martirio de Miguel Servet, escandalizó a los ginebrinos y le granjeó nuevos enemigos. Paradójicamente, este incansable predicador de la tolerancia, encontró intolerancia y rechazo allí donde fue. Tampoco los católicos le tenían demasiado cariño. Su colaboración con la Enciclopedia de Diderot y D'Alambert y el poema que dedicó a Juana de Arco en 1755, no sentaron nada bien a la jerarquía eclesiástica. Tampoco gustó a sus muchos enemigos su encendida defensa de la abolición de la esclavitud. Voltaire satirizó a clérigos, nobles, militares y reyes. Se instaló en su residencia de Ferney, donde se dedicó a recibir a sus amigos y a redactar sus polémicos escritos. En la década de 1760 completó su Tratado sobre la tolerancia, en el que defendió la libertad y se opuso frontalmente al dogmatismo y al fanatismo. Voltaire falleció en París en 1778. Además de las obras citadas, cabe destacar Zadig o El destino, Nanine o El prejuicio vencido, Cándido o El optimismo, Diccionario filosófico y El filósofo ignorante, entre otras muchas que debemos a la pluma de este gran hombre que supo anteponer los sagrados principios de la tolerancia y la libertad a todo cuanto desde la dogmática e intolerante sociedad de su época le pretendió ser impuesto.

Hijo, para ser un hombre debes conocer el éxito y el fracaso, y desconfiar de ambos. Rudyard Kipling.