El bachiller
Luis Vélez de Guevara fue un ecijano
nacido en 1579 en el seno de una familia de mediano pasar de lejana ascendencia
conversa. Estudió con los jesuitas de su Écija natal, fue paje del arzobispo de
Sevilla, Rodrigo de Castro, y marchó como soldado a Italia, donde participó en
las campañas de Saboya, Milán y Nápoles. También estuvo en la jornada de Argel,
en las galeras napolitanas al mando del almirante genovés Andrea Doria. Al
volver a España residió en Sevilla y en las cortes de Valladolid y Madrid, al
servicio del conde de Saldaña, hijo del duque de Lerma, todopoderoso valido de
Felipe III.
Se
le conocen al menos tres esposas legítimas, Úrsula Remesyl, Ana María del Valle
y María López de Palacios. Tuvo además varias amantes y un número indeterminado
de hijos, pero en todo caso muy elevado, por lo que a pesar de que ganó dineros
con sus comedias, pasó gran parte de su vida agobiado por las deudas.
Existe
controversia sobre un posible cuarto matrimonio y por su cambio de apellidos,
que en un principio eran Vélez de Santander, y mudó por Vélez de Guevara.
Justificó la mudanza por honrar a un antepasado Guevara que se distinguió en la
conquista de Jerez de la Frontera en tiempos de Alfonso X, pero parece más
plausible que lo hiciera para ocultar sus orígenes judaicos, pues un pariente
llamado Luis de Santander fue quemado en Écija por judaizar en 1554. Por
parecidos motivos debió también cambiar el apellido Remesyl de su primera
esposa por los más hidalgos Bravo de Laguna. Desde nuestra óptica neomilenaria
todas éstas mudanzas y trueques nos pueden sonar a ínfulas y vanidades, pero no
se engañe el lector, porque en el siglo XVI de éstos y otros parecidos manejos
dependía seguir comiendo caliente y a veces hasta la misma supervivencia.
En
cuanto a la obra literaria de Vélez, lo más importante de su producción fueron
las comedias, de las que se dice que llegó a escribir cuatrocientas, y hasta
nosotros han llegado aproximadamente un centenar. El Vélez de Guevara
dramaturgo cosechó grandes éxitos en su momento, representándose sus comedias
no sólo en la corte, sino también en otras ciudades y provincias, lo que estaba
al alcance de muy pocos. Encontramos alabanzas de su trabajo y de su persona en
ingenios tan ilustres como Miguel de Cervantes, Bernardo de Quirós, Lope de
Vega, Andrés de Claramonte, Francisco de Quevedo o Juan Pérez de Montalbán.
Cervantes dice de Vélez como persona que tiene lustre, alegría y discreción de trato. Quevedo y Lope no le
escatiman elogios. Montalbán por su parte dice que Vélez de Guevara… había escrito más de cuatrocientas comedias,
y todas ellas de pensamientos sutiles, arrojamientos poéticos y versos
excelentísimos y bizarros, en que no admite comparación su valiente espíritu.
En
su época Vélez llegó a rivalizar con Lope y Calderón por el cetro del teatro
español. Como poeta cabe etiquetar sus versos en el estilo y el ámbito del
conceptismo, como los de Góngora o Quevedo. Algunas de sus comedias más
exitosas fueron La serrana de la Vera,
de 1613, obra que dedicó a la representanta Jusepa Vaca de sobrenombre la Gallarda, actriz con la que mantuvo
un idilio extramatrimonial; La luna de la
sierra, de 1614; El diablo está en
Cantillana, de 1620; Los novios de
Hornachuelos, del mismo año; o Reinar
después de morir, de 1635. Tocó todos los registros teatrales, desde las
comedias de enredo a los dramas históricos. Tanto Lope como Calderón
versionaron con su licencia alguna de sus comedias. La crítica moderna alaba
sobre todo la precisión de sus indicaciones escénicas, que aparecen entre
paréntesis al margen de los parlamentos de los actores. En alguna comedia sacó
a los representantes del escenario para ponerlos en el corral, lo que hoy
llamamos el patio de butacas, y en fin Vélez fue un auténtico innovador de la
escena.
Parte
de la culpa de que actualmente esté un poco olvidado como autor dramático, la
tiene precisamente su novela El diablo Cojuelo, cuya gracia y
originalidad llegó a eclipsar el resto de su producción literaria. El diablo Cojuelo se publicó por primera
vez en 1641. Tuvo después innumerables ediciones, traducciones y adaptaciones.
El hispanista George Ticknor la califica como la más picante y animada entre todas las sátiras en prosa de la
literatura moderna.
El
argumento de la novela, una admirable fantasía, lo ha resumido admirablemente
Alonso Zamora Vicente:
Novela picaresco-satírica, original de
Luis Vélez de Guevara (1579-1644), publicada en Madrid, 1641. En ella, un
estudiante, don Cleofás Pérez Zambullo, escapando de la justicia por los tejados
de la corte, a causa de una aventura con su amada, doña Tomasa de Vitigudino,
va a caer en la buhardilla de un astrólogo.
Allí está la redoma mágica que encierra
al diablillo cojo. Cleofás lo libera y el diablo, agradecido, le lleva,
volando, a lo alto de la torre de San Salvador, la más alta de Madrid, desde
donde, levantando la tapadera de los tejados, le muestra la realidad de la
vida. Allí se ve al lindo que duerme con las guedejas trenzadas, alquimistas,
bodegoneros, médicos, todos afanados en sus trampas. También se ve a doña
Tomasa, que en aquellos momentos recibe a otro amante. Al amanecer, ven el manicomio,
visita llena de observaciones de aguda comicidad. El Cojuelo lleva al estudiante
por el aire a varias ciudades de España.
En Toledo, don Cleofás espera el regreso
del Diablo Cojuelo, quien hace una rápida excursión hasta Constantinopla, a fin
de alborotar el serrallo. Después visitan Córdoba, Écija (patria chica de Luis
Vélez de Guevara) y Sevilla. En Écija, a causa de traer unas varas de justicia
les toman por autoridades, y la justicia de Écija les ofrece sus respetos.
(Gran elogio de la ciudad). Entre tanto, Satanás ha mandado al diablo
Cienllamas para que capture al Cojuelo, pero el tal mensajero se equivoca y,
confundido, toma a un mendigo profesional (al que también llaman Cojuelo) por
el Diablo que ha de capturar.
En Sevilla, por medio de un espejo
mágico, el estudiante puede ver reflejada la calle Mayor de Madrid, con su
pintoresco desfile de coches, literas, jinetes, damas, etc. También asisten en
Sevilla a una academia poética o reunión literaria, donde Cleofás lee unas
Premáticas, en las que se preceptúa, entre otras cosas, que los poetas escriban
de manera que se entienda, y que no hablen mal de los demás poetas más que dos
veces a la semana, o que no se cante más al ave Fénix por sospechosa de sangre,
ya que no tiene «abuelo que no haya sido quemado». En los artículos dirigidos a
los poetas cultos se leen interesantes notas sobre el léxico poético. A estas
alturas del diablesco viaje, doña Tomasa llega a Sevilla y logra hacer que un
soldado que la acompaña detenga al estudiante y al Cojuelo, pero éste soborna
al alguacil.
Doña Tomasa se marcha a Indias con el
soldado, el estudiante regresa a Alcalá a terminar sus estudios y el Cojuelo,
metiéndose por la boca en un escribano (el mejor refugio que pudo hallar), va
al infierno. Este es, a grandes rasgos, el argumento de la novela. Está
dividida en trancos, que equivalen a capítulos. Más que una novela picaresca es
una sátira de la sociedad, cuya idea fundamental podemos encontrar en Los
sueños de Quevedo. El recurso de levantar los tejados «como hojaldrado» puede
haber salido de Los antojos de mejor vista, de Rodrigo Fernández de Ribera,
libro publicado en Sevilla hacia 1625, donde el Desengaño enseña, desde lo
alto de la Giralda, la vida real de la ciudad con tintes análogos.
En el tranco IV figura un poetón
desmesurado que puede tener sus claros hermanos en el Coloquio de los perros
cervantino o en el Buscón de Quevedo. También hay un ascendiente quevedesco
(La hora de todos) en la pelea de franceses, italianos y alemanes del tranco
quinto. En muchas ocasiones, Cervantes y Quevedo son los modelos claros de
Vélez. Aparte de la realidad libresca del Cojuelo, es abundantísimo el caudal
de noticias, chascarrillos, dichos, tradiciones locales andaluzas, etc., que
encierra. Son copiosos los juegos de palabras, las metáforas desorbitadas, los
refranes y citas burlescamente contrahechos. Su lectura es mucho más sugestiva
por la gimnasia permanente y graciosa del idioma que por el interés de los
episodios en sí. En francés, Lesage hizo un arreglo libre del libro de Vélez,
donde prescindió de mucho español y añadió mucho de francés, mezcla poco
afortunada. Fue traducido muy pronto al italiano y al portugués.
El diablo Cojuelo es
por su despiadada sátira social, asimilable a la novela picaresca, aunque
carece de algunos de los elementos principales del género como el
autobiografismo o el paso por el servicio a varios amos. Se acerca también a la
sátira lucianesca de las costumbres, pareciéndose en eso al Asno de oro, a los Sueños de Quevedo o a Los
anteojos de mejor vista de Rodrigo Fernández de Ribera. Vélez ataca y
ridiculiza la hipocresía y los vicios de la nobleza madrileña y andaluza. Es
según original definición de su autor, novela
de la otra vida, y lo es no sólo por su argumento fantástico e infernal,
sino porque satiriza con singular gracia la
otra vida oculta de las gentes de su tiempo. Sin embargo, el autor se
modera un poco en el tranco V, ya al final de la novela, acaso por ser
consciente de haberse pasado de la raya en la primera parte. En el final, Vélez
introduce alabanzas y loas de sus amigos y protectores.
Es
novela de estilo acusadamente conceptista, tanto que a veces cuesta entender
algunos párrafos en los que el autor se deja llevar por retruécanos, elipsis,
dobles sentidos y juegos de palabras. Compite en eso Vélez con Quevedo, y hasta
le supera en algunos párrafos que resultan en prolijas y divertidas relaciones
de disparates grotescos. Vélez de Guevara es quizá por encima de todo, un
humorista que no desperdicia ocasión de introducir un chiste, una burla o un
chascarrillo.
No
puedo dejar de hallar cierto paralelismo entre El Lazarillo de Tormes, novela inaugural y piedra de toque del
género picaresco, y El diablo Cojuelo.
Lázaro protesta y reniega continuamente de una sociedad injusta e hipócrita,
para rendirse finalmente y aceptar ser marido cornudo a cambio de un modesto
empleo y comida en el plato. Una visión fatalista de la sociedad y de la misma
existencia que veremos corregida y aumentada en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, y en La Vida del buscón de Francisco de Quevedo. Vélez por su parte,
satiriza, parodia y zahiere a unos personajes regentes de la sociedad a los que
muestra como sabandijas humanas, para
pisar el freno al final de su novela, dorando la píldora a quienes le protegen
y favorecen.
El
lector moderno debe comprender que ninguno de los autores citados (ni siquiera
el del Lazarillo escudándose en su
anonimato) está en condiciones de levantarse y luchar en solitario contra el
mundo entero. Un mundo que por muy podrido que estuviera, era el mundo en que
les tocó vivir y en el que se veían obligados a transigir con muchas cosas si
querían llenar el puchero. Una mera cuestión de supervivencia. Un Bertolt
Brecht o un Miguel Hernández, pongo por caso, pueden denunciar el crimen y
cantar a la libertad con ardor revolucionario, porque viven en un mundo,
también podrido, sí, pero que ya ha vivido una toma de la Bastilla y una
declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.
En fin, nuestra variopinta biblioteca Bigotini os brinda el acceso a la versión digital de la inmortal novela de Luis Vélez de Guevara. Haced, si os place, clic en este enlace:
https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=El+diablo+cojuelo.pdf
-¿Eres
demonio plebeyo, o de los de nombre?
-Y
de gran nombre –le repitió el vidrio endemoniado-, y el más celebrado en
entrambos mundos.






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