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domingo, 19 de abril de 2026

LUIS VÉLEZ DE GUEVARA Y SU GENIAL NOVELA DE LA OTRA VIDA

 


El bachiller Luis Vélez de Guevara fue un ecijano nacido en 1579 en el seno de una familia de mediano pasar de lejana ascendencia conversa. Estudió con los jesuitas de su Écija natal, fue paje del arzobispo de Sevilla, Rodrigo de Castro, y marchó como soldado a Italia, donde participó en las campañas de Saboya, Milán y Nápoles. También estuvo en la jornada de Argel, en las galeras napolitanas al mando del almirante genovés Andrea Doria. Al volver a España residió en Sevilla y en las cortes de Valladolid y Madrid, al servicio del conde de Saldaña, hijo del duque de Lerma, todopoderoso valido de Felipe III.

Se le conocen al menos tres esposas legítimas, Úrsula Remesyl, Ana María del Valle y María López de Palacios. Tuvo además varias amantes y un número indeterminado de hijos, pero en todo caso muy elevado, por lo que a pesar de que ganó dineros con sus comedias, pasó gran parte de su vida agobiado por las deudas.


Existe controversia sobre un posible cuarto matrimonio y por su cambio de apellidos, que en un principio eran Vélez de Santander, y mudó por Vélez de Guevara. Justificó la mudanza por honrar a un antepasado Guevara que se distinguió en la conquista de Jerez de la Frontera en tiempos de Alfonso X, pero parece más plausible que lo hiciera para ocultar sus orígenes judaicos, pues un pariente llamado Luis de Santander fue quemado en Écija por judaizar en 1554. Por parecidos motivos debió también cambiar el apellido Remesyl de su primera esposa por los más hidalgos Bravo de Laguna. Desde nuestra óptica neomilenaria todas éstas mudanzas y trueques nos pueden sonar a ínfulas y vanidades, pero no se engañe el lector, porque en el siglo XVI de éstos y otros parecidos manejos dependía seguir comiendo caliente y a veces hasta la misma supervivencia.


En cuanto a la obra literaria de Vélez, lo más importante de su producción fueron las comedias, de las que se dice que llegó a escribir cuatrocientas, y hasta nosotros han llegado aproximadamente un centenar. El Vélez de Guevara dramaturgo cosechó grandes éxitos en su momento, representándose sus comedias no sólo en la corte, sino también en otras ciudades y provincias, lo que estaba al alcance de muy pocos. Encontramos alabanzas de su trabajo y de su persona en ingenios tan ilustres como Miguel de Cervantes, Bernardo de Quirós, Lope de Vega, Andrés de Claramonte, Francisco de Quevedo o Juan Pérez de Montalbán. Cervantes dice de Vélez como persona que tiene lustre, alegría y discreción de trato. Quevedo y Lope no le escatiman elogios. Montalbán por su parte dice que Vélez de Guevara… había escrito más de cuatrocientas comedias, y todas ellas de pensamientos sutiles, arrojamientos poéticos y versos excelentísimos y bizarros, en que no admite comparación su valiente espíritu.

En su época Vélez llegó a rivalizar con Lope y Calderón por el cetro del teatro español. Como poeta cabe etiquetar sus versos en el estilo y el ámbito del conceptismo, como los de Góngora o Quevedo. Algunas de sus comedias más exitosas fueron La serrana de la Vera, de 1613, obra que dedicó a la representanta Jusepa Vaca de sobrenombre la Gallarda, actriz con la que mantuvo un idilio extramatrimonial; La luna de la sierra, de 1614; El diablo está en Cantillana, de 1620; Los novios de Hornachuelos, del mismo año; o Reinar después de morir, de 1635. Tocó todos los registros teatrales, desde las comedias de enredo a los dramas históricos. Tanto Lope como Calderón versionaron con su licencia alguna de sus comedias. La crítica moderna alaba sobre todo la precisión de sus indicaciones escénicas, que aparecen entre paréntesis al margen de los parlamentos de los actores. En alguna comedia sacó a los representantes del escenario para ponerlos en el corral, lo que hoy llamamos el patio de butacas, y en fin Vélez fue un auténtico innovador de la escena.


Parte de la culpa de que actualmente esté un poco olvidado como autor dramático, la tiene precisamente su novela El diablo Cojuelo, cuya gracia y originalidad llegó a eclipsar el resto de su producción literaria. El diablo Cojuelo se publicó por primera vez en 1641. Tuvo después innumerables ediciones, traducciones y adaptaciones. El hispanista George Ticknor la califica como la más picante y animada entre todas las sátiras en prosa de la literatura moderna.

El argumento de la novela, una admirable fantasía, lo ha resumido admirablemente Alonso Zamora Vicente:

 

Novela picaresco-satírica, original de Luis Vélez de Guevara (1579-1644), publicada en Madrid, 1641. En ella, un estudiante, don Cleofás Pérez Zam­bullo, escapando de la justicia por los te­jados de la corte, a causa de una aventura con su amada, doña Tomasa de Vitigudino, va a caer en la buhardilla de un astró­logo.

Allí está la redoma mágica que en­cierra al diablillo cojo. Cleofás lo libera y el diablo, agradecido, le lleva, volando, a lo alto de la torre de San Salvador, la más alta de Madrid, desde donde, levantando la tapadera de los tejados, le muestra la realidad de la vida. Allí se ve al lindo que duerme con las guedejas trenzadas, alqui­mistas, bodegoneros, médicos, todos afana­dos en sus trampas. También se ve a doña Tomasa, que en aquellos momentos recibe a otro amante. Al amanecer, ven el mani­comio, visita llena de observaciones de aguda comicidad. El Cojuelo lleva al estu­diante por el aire a varias ciudades de Es­paña.

En Toledo, don Cleofás espera el re­greso del Diablo Cojuelo, quien hace una rápida excursión hasta Constantinopla, a fin de alborotar el serrallo. Después visitan Córdoba, Écija (patria chica de Luis Vélez de Guevara) y Sevilla. En Écija, a causa de traer unas varas de justicia les toman por autoridades, y la justicia de Écija les ofrece sus respetos. (Gran elogio de la ciudad). Entre tanto, Satanás ha mandado al diablo Cienllamas para que capture al Cojuelo, pero el tal mensajero se equivoca y, confundido, toma a un mendigo profe­sional (al que también llaman Cojuelo) por el Diablo que ha de capturar.

En Se­villa, por medio de un espejo mágico, el estudiante puede ver reflejada la calle Ma­yor de Madrid, con su pintoresco desfile de coches, literas, jinetes, damas, etc. Tam­bién asisten en Sevilla a una academia poética o reunión literaria, donde Cleofás lee unas Premáticas, en las que se precep­túa, entre otras cosas, que los poetas escri­ban de manera que se entienda, y que no hablen mal de los demás poetas más que dos veces a la semana, o que no se cante más al ave Fénix por sospechosa de sangre, ya que no tiene «abuelo que no haya sido quemado». En los artículos dirigidos a los poetas cultos se leen interesantes notas sobre el léxico poético. A estas alturas del diablesco viaje, doña Tomasa llega a Se­villa y logra hacer que un soldado que la acompaña detenga al estudiante y al Cojuelo, pero éste soborna al alguacil.

Doña Tomasa se marcha a Indias con el soldado, el estudiante regresa a Alcalá a terminar sus estudios y el Cojuelo, metién­dose por la boca en un escribano (el me­jor refugio que pudo hallar), va al infierno. Este es, a grandes rasgos, el argumento de la novela. Está dividida en trancos, que equivalen a capítulos. Más que una novela picaresca es una sátira de la sociedad, cuya idea fundamental podemos encontrar en Los sueños de Quevedo. El recurso de levantar los tejados «como hojaldrado» pue­de haber salido de Los antojos de mejor vista, de Rodrigo Fernández de Ribera, libro publicado en Sevilla hacia 1625, don­de el Desengaño enseña, desde lo alto de la Giralda, la vida real de la ciudad con tintes análogos.

En el tranco IV figura un poetón desmesurado que puede tener sus claros hermanos en el Coloquio de los perros cervantino o en el Buscón de Que­vedo. También hay un ascendiente queve­desco (La hora de todos) en la pelea de franceses, italianos y alemanes del tranco quinto. En muchas ocasiones, Cervantes y Quevedo son los modelos claros de Vélez. Aparte de la realidad libresca del Cojuelo, es abundantísimo el caudal de noticias, chas­carrillos, dichos, tradiciones locales anda­luzas, etc., que encierra. Son copiosos los juegos de palabras, las metáforas desorbita­das, los refranes y citas burlescamente con­trahechos. Su lectura es mucho más suges­tiva por la gimnasia permanente y graciosa del idioma que por el interés de los episo­dios en sí. En francés, Lesage hizo un arre­glo libre del libro de Vélez, donde pres­cindió de mucho español y añadió mucho de francés, mezcla poco afortunada. Fue traducido muy pronto al italiano y al por­tugués.


El diablo Cojuelo es por su despiadada sátira social, asimilable a la novela picaresca, aunque carece de algunos de los elementos principales del género como el autobiografismo o el paso por el servicio a varios amos. Se acerca también a la sátira lucianesca de las costumbres, pareciéndose en eso al Asno de oro, a los Sueños de Quevedo o a Los anteojos de mejor vista de Rodrigo Fernández de Ribera. Vélez ataca y ridiculiza la hipocresía y los vicios de la nobleza madrileña y andaluza. Es según original definición de su autor, novela de la otra vida, y lo es no sólo por su argumento fantástico e infernal, sino porque satiriza con singular gracia la otra vida oculta de las gentes de su tiempo. Sin embargo, el autor se modera un poco en el tranco V, ya al final de la novela, acaso por ser consciente de haberse pasado de la raya en la primera parte. En el final, Vélez introduce alabanzas y loas de sus amigos y protectores.

Es novela de estilo acusadamente conceptista, tanto que a veces cuesta entender algunos párrafos en los que el autor se deja llevar por retruécanos, elipsis, dobles sentidos y juegos de palabras. Compite en eso Vélez con Quevedo, y hasta le supera en algunos párrafos que resultan en prolijas y divertidas relaciones de disparates grotescos. Vélez de Guevara es quizá por encima de todo, un humorista que no desperdicia ocasión de introducir un chiste, una burla o un chascarrillo.

 

No puedo dejar de hallar cierto paralelismo entre El Lazarillo de Tormes, novela inaugural y piedra de toque del género picaresco, y El diablo Cojuelo. Lázaro protesta y reniega continuamente de una sociedad injusta e hipócrita, para rendirse finalmente y aceptar ser marido cornudo a cambio de un modesto empleo y comida en el plato. Una visión fatalista de la sociedad y de la misma existencia que veremos corregida y aumentada en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, y en La Vida del buscón de Francisco de Quevedo. Vélez por su parte, satiriza, parodia y zahiere a unos personajes regentes de la sociedad a los que muestra como sabandijas humanas, para pisar el freno al final de su novela, dorando la píldora a quienes le protegen y favorecen.

El lector moderno debe comprender que ninguno de los autores citados (ni siquiera el del Lazarillo escudándose en su anonimato) está en condiciones de levantarse y luchar en solitario contra el mundo entero. Un mundo que por muy podrido que estuviera, era el mundo en que les tocó vivir y en el que se veían obligados a transigir con muchas cosas si querían llenar el puchero. Una mera cuestión de supervivencia. Un Bertolt Brecht o un Miguel Hernández, pongo por caso, pueden denunciar el crimen y cantar a la libertad con ardor revolucionario, porque viven en un mundo, también podrido, sí, pero que ya ha vivido una toma de la Bastilla y una declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.

En fin, nuestra variopinta biblioteca Bigotini os brinda el acceso a la versión digital de la inmortal novela de Luis Vélez de Guevara. Haced, si os place, clic en este enlace:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=El+diablo+cojuelo.pdf

-¿Eres demonio plebeyo, o de los de nombre?

-Y de gran nombre –le repitió el vidrio endemoniado-, y el más celebrado en entrambos mundos.


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