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sábado, 21 de febrero de 2026

LA CORTE DE CARLOMAGNO. ORGANIZANDO UN IMPERIO

 


Un logro mucho mayor que las victorias militares y la expansión territorial del Imperio Carolingio, fue su capacidad organizativa. Con los merovingios, la anterior dinastía, la administración franca había estado sumida en el caos más absoluto. Carlos Martel y Pipino el Breve la reconstruyeron, pero fue Carlomagno quien la consolidó. Estableció un régimen que sería imitado por los diferentes reinos cristianos europeos por su singular eficacia.

En la cúspide del mando estaba el poder central encarnado en el soberano, y con escenario en las ciudades donde residía la corte. Carlomagno convocaba consejos de ministros, órganos consultivos que él mismo presidía, y en ellos se tomaban decisiones inapelables. En aquellos consejos intervenían  los secretarios de estado: el archicapellán, el conde de palacio, el camarero, el senescal, el copero y el condestable. Se suprimió el cargo de mayordomo que habían ostentado los fundadores de la dinastía, acaso temiendo que la historia se repitiera y los mayordomos tuvieran la tentación de deponer otra vez a los reyes.


El archicapellán o ministro del culto era el maestro de capilla de la escuela palatina y de la cancillería. De él dependía una legión de notarios y archiveros, es decir, la burocracia. Era el más alto dignatario de la corte, y ocupaba el primer puesto en la jerarquía de palacio. A menudo era un hombre de Iglesia. El conde palatino administraba la justicia, era una especie de ministro del interior. El camarero llevaba los asuntos exteriores, las finanzas y el tesoro. El senescal y el copero eran intendentes encargados de proporcionar a la casa real y a la corte los medios materiales necesarios. El condestable, también llamado caballerizo mayor, mandaba el ejército cuya espina dorsal era la caballería acorazada, feroces jinetes provistos de pesadas armaduras que en las guerras hacían méritos para ascender en el escalafón cortesano.


Los gobiernos locales se encarnaban en los condados regidos por un conde o prefecto nombrado por el rey. Se le conferían poderes militares, fiscales y judiciales, mientras los religiosos eran ejercidos por los obispos dependientes en teoría del papa de Roma, aunque generalmente eran hombres del agrado del rey y las noblezas locales. Las relaciones obispo-conde reproducían a un nivel más bajo las de Papa-emperador. Cuando estallaba una guerra en los condados periféricos, de entre los condes, era elegido un duque o marqués que comandaba los ejércitos y tenía poder para hacer levas y reclutar hombres entre la población. Los gobiernos locales se sometían al control de los missi dominici o inspectores regios, clérigos o laicos, una especie de delegados del gobierno que sólo rendían cuentas al emperador. Fue esta una figura clave para corregir desviaciones de los funcionarios periféricos, llegando en ocasiones a destituir a los condes. Así como los condados pasaban de padres a hijos, los missi dominici eran cargos temporales que el monarca enviaba a distintos territorios. De esa forma tenían menos oportunidad de corromperse, y defendían los intereses reales de una forma que podría adjetivarse de profesional.



Los súbditos realizaban un juramento de fidelidad al soberano llamado sacramentum fidelitatis, habitualmente prestado en una iglesia sobre las reliquias de algún santo. Dicho juramento implicaba tres deberes principales: el pago de impuestos, el bando u obligación de participar en prestaciones de trabajo gratuitas de utilidad pública, y el servicio militar o leva.

El servicio de armas era una carga privada. Los reclutados aportaban su propio equipo y mantenimiento. Se computaba en base al manso o extensión de tierra suficiente para mantener a una familia. Los que poseían menos de cuatro mansos quedaban libres del servicio. Los latifundistas y los grandes monasterios aportaban un número de soldados en proporción al número de mansos dividido por cuatro. Para librarse de la leva se pagaba una multa de ciento sesenta sueldos, que era el coste medio de un soldado, porque se estimaba que los soldados de a pie sobrevivían un promedio de ciento sesenta días. También se libraba de la leva quien renunciaba a la propiedad e ingresaba en una orden religiosa, pero tenía que designar a un seglar que ocupara su puesto, y proveerlo de sustento y armamento. Se admitía y hasta se alentaba el saqueo, con el que las tropas se resarcían de los gastos que ocasionaba el servicio. Los pobres eran infantes que combatían a pie. Los ricos que poseían caballos, formaban la caballería.

-Mamá, te llamo porque ha terminado el juicio y me han declarado culpable.

-¿Y la pena?

-La pena, mamá, es que me pillaran, ya lo sabes.

-No, si digo el tiempo...

-El tiempo un poco nublado, mamá, pero parece mentira, me condenan y tú preguntando tonterías.


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