Un
logro mucho mayor que las victorias militares y la expansión territorial del
Imperio Carolingio, fue su capacidad organizativa. Con los merovingios, la
anterior dinastía, la administración franca había estado sumida en el caos más
absoluto. Carlos Martel y Pipino el Breve la reconstruyeron, pero fue
Carlomagno quien la consolidó. Estableció un régimen que sería imitado por los
diferentes reinos cristianos europeos por su singular eficacia.
En
la cúspide del mando estaba el poder central encarnado en el soberano, y con
escenario en las ciudades donde residía la corte. Carlomagno convocaba consejos
de ministros, órganos consultivos que él mismo presidía, y en ellos se tomaban
decisiones inapelables. En aquellos consejos intervenían los secretarios de estado: el archicapellán,
el conde de palacio, el camarero, el senescal, el copero y el condestable. Se
suprimió el cargo de mayordomo que habían ostentado los fundadores de la
dinastía, acaso temiendo que la historia se repitiera y los mayordomos tuvieran
la tentación de deponer otra vez a los reyes.
El
archicapellán o ministro del culto era el maestro de capilla de la escuela
palatina y de la cancillería. De él dependía una legión de notarios y
archiveros, es decir, la burocracia. Era el más alto dignatario de la corte, y
ocupaba el primer puesto en la jerarquía de palacio. A menudo era un hombre de
Iglesia. El conde palatino administraba la justicia, era una especie de
ministro del interior. El camarero llevaba los asuntos exteriores, las finanzas
y el tesoro. El senescal y el copero eran intendentes encargados de proporcionar
a la casa real y a la corte los medios materiales necesarios. El condestable,
también llamado caballerizo mayor, mandaba el ejército cuya espina dorsal era
la caballería acorazada, feroces jinetes provistos de pesadas armaduras que en
las guerras hacían méritos para ascender en el escalafón cortesano.
Los
gobiernos locales se encarnaban en los condados regidos por un conde o prefecto
nombrado por el rey. Se le conferían poderes militares, fiscales y judiciales,
mientras los religiosos eran ejercidos por los obispos dependientes en teoría
del papa de Roma, aunque generalmente eran hombres del agrado del rey y las
noblezas locales. Las relaciones obispo-conde reproducían a un nivel más bajo
las de Papa-emperador. Cuando estallaba una guerra en los condados periféricos,
de entre los condes, era elegido un duque o marqués que comandaba los ejércitos
y tenía poder para hacer levas y reclutar hombres entre la población. Los
gobiernos locales se sometían al control de los missi dominici o inspectores regios, clérigos o laicos, una especie
de delegados del gobierno que sólo rendían cuentas al emperador. Fue esta una
figura clave para corregir desviaciones de los funcionarios periféricos,
llegando en ocasiones a destituir a los condes. Así como los condados pasaban
de padres a hijos, los missi dominici eran
cargos temporales que el monarca enviaba a distintos territorios. De esa forma
tenían menos oportunidad de corromperse, y defendían los intereses reales de
una forma que podría adjetivarse de profesional.
Los
súbditos realizaban un juramento de fidelidad al soberano llamado sacramentum fidelitatis, habitualmente
prestado en una iglesia sobre las reliquias de algún santo. Dicho juramento
implicaba tres deberes principales: el pago de impuestos, el bando u obligación
de participar en prestaciones de trabajo gratuitas de utilidad pública, y el
servicio militar o leva.
El servicio de armas era una carga privada. Los reclutados aportaban su propio equipo y mantenimiento. Se computaba en base al manso o extensión de tierra suficiente para mantener a una familia. Los que poseían menos de cuatro mansos quedaban libres del servicio. Los latifundistas y los grandes monasterios aportaban un número de soldados en proporción al número de mansos dividido por cuatro. Para librarse de la leva se pagaba una multa de ciento sesenta sueldos, que era el coste medio de un soldado, porque se estimaba que los soldados de a pie sobrevivían un promedio de ciento sesenta días. También se libraba de la leva quien renunciaba a la propiedad e ingresaba en una orden religiosa, pero tenía que designar a un seglar que ocupara su puesto, y proveerlo de sustento y armamento. Se admitía y hasta se alentaba el saqueo, con el que las tropas se resarcían de los gastos que ocasionaba el servicio. Los pobres eran infantes que combatían a pie. Los ricos que poseían caballos, formaban la caballería.
-Mamá,
te llamo porque ha terminado el juicio y me han declarado culpable.
-¿Y
la pena?
-La
pena, mamá, es que me pillaran, ya lo sabes.
-No,
si digo el tiempo...
-El
tiempo un poco nublado, mamá, pero parece mentira, me condenan y tú preguntando
tonterías.



.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario