Translate

martes, 19 de septiembre de 2017

EL LOIRA Y SUS CASTILLOS. EL JARDÍN DE FRANCIA


Tours
Bigotini y sus chicas comenzaron su ruta por la que acaso sea la región más hermosa de Europa, la del Loira, en la nobilísima y antigua ciudad de Tours, capital de la Turena, que lo fue de toda Francia bajo el reinado de Luis XI. Tours, una ciudad provinciana y sensatamente urbanizada, guarda tesoros como su bien conservado casco histórico, su plaza medieval o su magnífica catedral, que aunque está consagrada a San Gaciano, reserva abundante iconografía a San Martín de Tours, el centurión romano que dividió su capa para vestir al desnudo. Tours es parada obligada en el Camino de Santiago centroeuropeo y por propios méritos, lugar de peregrinación desde los remotos tiempos medievales. Especialmente recomendable es su museo histórico, concebido sobre todo para visitas escolares, que además de ilustrar sobre la Historia de la Turena, proporciona un rato de sano esparcimiento al visitante con sus dioramas a tamaño natural y su teatral puesta en escena.


Los viajeros que estrenaban un nuevo automóvil, tuvieron que alojarse en un hotelito de las afueras de la población, al no encontrar vacantes en el centro. Este pequeño inconveniente hizo que encontraran las cocinas de los restaurantes ya cerradas, así que tuvieron que entrar a tomar un bocado en el típico bar de pueblo donde un puñado de lugareños con boina miraban en el televisor el final de la etapa del tour, todo un clásico en Francia y en julio. La tabernera se disculpó: excusez-moi, mais la cuisine est fermée. La buena mujer improvisó cualquier cosa sobre la marcha, y “cualquier cosa” consistió en unas sopas de cebolla, unos jugosos bistecs y un paté de campaña casero con sus pepinillos y su mostaza de Dijon para entretener la breve espera. Fresas de postre y un vinillo alsaciano para refrescar el gaznate. O sea, todo un festín. Y es que en Francia (con la excepción de París, que ya hemos comentado otras veces) se come de maravilla.


En Villandry, lo más impresionante de su famoso castillo son los magníficos jardines. En el más puro estilo francés-versallesco de jardinería, ofrecen al visitante un variado mosaico de setos artísticamente recortados e hileras de fragantes flores. A escasa distancia del castillo, siguiendo la ruta carretera, Villandry obsequia al asombrado turista con las asombrosas grottes pétrifiantes de Savonnières, un recorrido troglodítico por galerías plagadas de estalagmitas que gotean concreciones calcáreas sobre cualquier objeto que se deposite bajo aquella lluvia milagrosa. También en Savonnières, en la misma carretera, casi frente a la entrada a las grutas, puede disfrutarse de uno de los entrecots más tiernos y sabrosos de Francia. Recomendado queda.

Villandry

Amboise
Los castillos de Amboise y Chenonceau están tan próximos que pueden visitarse en un solo día. Ambos adquirieron su magnificencia en una misma época, la del mayor esplendor renacentista francés. El de Amboise, más sobrio que su vecino, tiene un inconfundible aire militar. Armaduras, lanzas, caballos acorazados... Pesadas cadenas y puentes levadizos: c'est la guerre, mon ami. Chenonceau es más cortesano, como corresponde al nido de amor que fue. Levantado como una de tantas fortificaciones feudales sobre el cauce del río Cher, sirvió después a Enrique II para establecer en él la residencia de su amante, Diana de Poitiers. Ella fue quien ordenó la construcción del puente que une el castillo con la margen derecha del río. Poco más tarde, tras el fallecimiento prematuro del rey, Catalina de Médicis desalojó del castillo a Diana, su rival, y edificó sobre el puente la espléndida galería fluvial que confiere a Chenonceau su encantadora e inconfundible silueta. Se trata nada menos que del edificio histórico más visitado de Francia. Siempre ha deslumbrado a sus visitantes. Uno de los más ilustres, el compositor Claude Debussy, quedó prendado de Chenonceau. A Bigotini y sus chicas les sucedió otro tanto.

Chenonceau

El formidable castillo de Blois preside y domina la ciudad del mismo nombre. Es puro Renacimiento y fue residencia de Francisco I, que trasladó allí su Corte desde Amboise. En su capilla había rezado años atrás Juana de Arco. Si el viajero posee suficiente sensibilidad, podrá dejarse penetrar por el espíritu de la doncella de Orleans.
En Blois se dan cita diferentes estilos arquitectónicos, desde el gótico al neoclásico, pasando por el renacentista de inspiración italiana, que domina la mayor parte del conjunto. A destacar la monumental escalera exterior, la fachada de las Logias o la formidable estatua ecuestre del soberano. El edificio sufrió un enorme deterioro durante el periodo revolucionario, siendo restaurado posteriormente hasta volver a alcanzar su antiguo esplendor. Fue declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Actualmente es propiedad del municipio de Blois.

Blois

Descendiendo a la ciudad pueden hallarse rincones interesantes y algún que otro templo gastronómico. Si Santa Juana se postró frente al altar, el turista hambriento y sediento bien puede inclinarse por unas deliciosas costillitas de cordero, y acompañarlas con algún vino de la región. El restaurante se abandona con la contradictoria sensación de plenitud sensorial y vacío monetario, tan característica de los establecimientos hosteleros de nuestro país vecino.


Siguiente parada: Chambord, cien por cien Renacimiento francés. Chambord es grande, muy grande. Es una enorme locura de nuestro amiguito Francisco I, que mientras residió en Amboise y en Blois, utilizó esta descomunal construcción como pabellón de caza. También está declarado patrimonio de la humanidad, como por otra parte lo está toda la región y sus castillos, así que resulta ocioso repetirlo. Parece que Leonardo de Vinci, que fue protegido de Francisco, participó en el diseño de algunas de sus dependencias. Sus ocho torres inmensas, sus casi quinientas habitaciones y sus innumerables escaleras convierten a Chambord en un monstruo imposible de visitar por completo. El turista sensato hará bien en dosificar el esfuerzo, limitarse a las partes más interesantes, y reservar fuerzas para siguientes jornadas y más encomiables empresas. Lo que no puede uno perderse es la monumental escalera central, que se ha convertido en el más célebre paradigma de la arquitectura renacentista francesa.

Chambord

No puede abandonarse la región sin visitar el monumental château de Valençay. En él residió el príncipe de Talleyrand, y durante nuestra guerra de Independencia sirvió de refugio a la familia de Carlos IV, incluido el infame Fernandito. Unas décadas más tarde, durante el Romanticismo, sus espléndidos jardines enamoraron a la muy romántica y enamoradiza George Sand. Los suntuosos salones, repletos de muebles estilo Imperio, constituyen un recorrido extenuante. Pero en fin, merece la pena, y si París bien vale una misa, Valençay bien vale una caminata. Si al extenuado turista le quedan fuerzas suficientes, puede pasarse por la mansión-museo en que habitó Leonardo de Vinci. Allí se exponen las reproducciones de algunas de sus máquinas móviles y otras fantásticas invenciones.

Valençay

En última instancia, podrá reponer fuerzas en cualquiera de los establecimientos de la zona. El valle del Loira es uno de esos lugares en los que en cualquier sitio (desde los que exhiben estrellas, hasta los bares más humildes) se puede comer como un príncipe. ¡Cómo irse de allí sin probar un delicioso confit de canard o un micuit aux fruits du bois! Mención aparte merecen las omnipresentes omelettes, tortillas rellenas de los más variopintos ingredientes, y siempre exquisitas.
En fin, de vuelta en casa, nos consolaremos de haber engordado un poco, con el seguro adelgazamiento de la billetera o la flaccidez de la pobre tarjeta de crédito. Claro, que eso no es ningún consuelo, ¿verdad? Pues, ¡qué le vamos a hacer!

Para conseguir un préstamo debes demostrar al banco que no lo necesitas. Enrique Jardiel Poncela.