Juan Ramón Jiménez nació en 1881 en una
hermosa casa de estilo colonial de la calle de la Ribera de la onubense Moguer.
Sus padres, Víctor y Purificación, eran unos burgueses acaudalados de
ascendencia riojana que habían hecho fortuna en Andalucía con el comercio del
vino. El pequeño Juan Ramón fue una especie de niño prodigio que obtenía
excelentes calificaciones en los estudios, dibujaba primorosamente y escribía
sus primeros poemas que vio publicados en diferentes periódicos y revistas de
Huelva y de Sevilla, mientras por imposición paterna estudiaba derecho en la
capital del Guadalquivir. Se trasladó a Madrid en 1900 donde adquirió fama de
joven promesa de la poesía. Allí le sorprendió la muerte de su padre que
significó la ruina familiar al tener que hacer frente a numerosas deudas.
Aquello afectó mucho a Juan Ramón que tuvo que ser ingresado en un sanatorio de
Burdeos por depresión severa. Su carácter era hiperestésico y neurótico. Rubén
Darío le definió como nefelibata, un
adjetivo que le aplicó el poeta nicaragüense con cierto matiz ridículo, y que
designa a una persona soñadora y algo afectada que vive permanentemente en las
nubes y alejada de la realidad.
En
esa primera etapa poética, Juan Ramón Jiménez siguió la pauta del Modernismo
imperante en aquellos años. Acaso también exageró conscientemente su pose de
joven poeta atractivo y sensible, para explotar su vocación de donjuán. En esos
primeros años tuvo aventuras eróticas con solteras, con casadas, con una
norteamericana residente en Burdeos madre de una niña, con varias monjas (que,
al decir de su editor, eran su especialidad), y hasta con la esposa del
psiquiatra que le trataba, lo que precipitó su expulsión del sanatorio. De
regreso a su Moguer natal, residió en una modesta vivienda de la calle de la
Aceña, etapa de pobreza material, pero de gran riqueza literaria coincidente
con la segunda década del siglo XX, en la que el poeta abrazó el Simbolismo.
Por
medio del empresario teatral Gregorio Martínez Sierra, conoció en Madrid a Luisa
Grimm, una atractiva estadounidense casada con el millonario español Antonio
Muriedas que, desentendido de su esposa, pasaba el tiempo ocupándose de sus
negocios en México. Juan Ramón le propuso matrimonio, pero ella, con buen
criterio, juzgó más prudente no renunciar a los millones de su marido,
disfrutando al mismo tiempo del ardor amoroso de su joven poeta. Hasta 1915, el
onubense mantuvo con la Grimm una apasionada correspondencia. Ella le dio a
conocer la obra de los poetas románticos ingleses, que Juan Ramón se afanó en
traducir y publicar en España por medio del editor Alberto Jiménez Fraud.
En
1913 conoció a la traductora al castellano del poeta bengalí Rabindranath
Tagore, Zenobia Camprubí, que a la postre habría de ser la mujer de su vida.
Ambos se casaron en Estados Unidos en 1916, a donde viajó Juan Ramón por
encargo de las Ediciones de la Residencia de Estudiantes madrileña. De aquel
viaje y aquella luna de miel fue resultado el Diario de un poeta recién casado, que supuso también el
redescubrimiento del mar como pasión estética, y en palabras del propio autor,
el paso de su etapa sensitiva a la intelectual, como bautizó ambos
periodos. Colaboró con Zenobia en sus traducciones de Tagore, y apareció en
1917 la primera edición de Platero y yo,
que sería siempre su obra más famosa. En 1918, Juan Ramón Jiménez era ya
probablemente el poeta más célebre y conocido en lengua española. Lideró el
movimiento de renovación poética de aquel tiempo e influyó notablemente en la
generación poética e intelectual del 27.
Entre 1925 y 1935 publicó sus Cuadernos, una recopilación de toda su obra anterior, un caso insólito de publicación de unas obras completas de un autor entonces todavía relativamente joven. Jiménez se manifestó siempre como un perfeccionista al borde de la neurosis, repasando, retocando y corrigiendo todo lo anteriormente escrito, hasta el punto de que entre varias ediciones de las mismas obras aparecen diferencias apreciables. En 1930 conoció en un concierto a una amiga de Zenobia, la escritora y escultora Margarita Gil Roësset, que inmediatamente se enamoró del poeta. Juan Ramón la rechazó en diferentes ocasiones, y eso a pesar de que Zenobia Camprubí no se oponía a compartir a su marido con su amiga. Tras varios intentos infructuosos de conseguir el amor de Juan Ramón, Margarita se suicidó en 1932, causando grandísimo dolor tanto a él como a Zenobia que por entonces sufría ya los primeros síntomas del cáncer que acabaría con su vida.
1936
marca el paso de la etapa intelectual
a la etapa suficiente o verdadera del
poeta, siempre siguiendo su propia definición. También marca, como para el
resto de los españoles, el momento crítico de la sublevación franquista y de la
guerra. A pesar de su decidido apoyo a la legalidad republicana, Juan Ramón no
se sentía seguro en Madrid debido a la campaña contra los intelectuales
emprendida por algún sector de la izquierda. Manuel Azaña le ayudó a abandonar
España por vía diplomática, instalándose primero en Washington como agregado
cultural, y después en Cuba donde dictó un ciclo de conferencias. En 1938 el
matrimonio recibió la noticia de la muerte en el frente de Teruel de Juan Ramón
Jiménez Bayo, el sobrino falangista del poeta y su familiar más querido, lo que,
unido al reciente recuerdo del suicidio de Margarita, y a la cada vez más
avanzada enfermedad de Zenobia, terminó de sumir al poeta en una profunda
depresión.
Entre
1939 y 1942 la pareja residió en Miami, desde donde se trasladaron a
Washington. Entre 1944 y 1946 Zenobia y Juan Ramón fueron contratados como
profesores en la Universidad de Maryland. Tras una exitosa gira por Argentina y
Uruguay en 1948, la pareja se instaló definitivamente en Puerto Rico, donde a
partir de 1950, impartieron clases en su Universidad.
En
1956 llegó el Premio Nobel de Literatura, que Juan Ramón no pudo recoger
personalmente debido a una recaída en su depresión. Tres días después de la
ceremonia de entrega del Nobel falleció Zenobia, y dos años más tarde, en 1958,
murió el poeta en la misma clínica de San Juan de Puerto Rico. Se trasladaron
sus restos al cementerio de su Moguer natal en junio de aquel mismo año, donde
reposan desde entonces.
Aparte de su archifamoso Platero y yo, la obra de Juan Ramón Jiménez es tan extensa que la sola enumeración de los títulos resulta abrumadora. Labor que además se dificulta porque el autor, en las sucesivas ediciones de sus obras se dedicó no sólo a variar sustancialmente los textos, sino en ocasiones también los títulos, lo que induce a una confusión notable. De nuestra modesta biblioteca Bigotini extraemos la edición digital de una brevísima pero jugosa antología poética del gran autor onubense. Hágase clic en el enlace y disfrútese:
Te llevaré Moguer a todos los lugares y a todos los tiempos, serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los logreros, inmortal.






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