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sábado, 8 de agosto de 2020

CINCINATO Y CAMILO, DOS ROMANOS DE BIEN



La República romana de los primeros tiempos tuvo sus héroes, quién sabe si reales o mitificados por la leyenda áurea y el patriotismo de los historiadores. Uno de ellos fue Lucio Quincio Cincinato, un patricio de intachable reputación que se ganaba el sustento labrando las tierras de que era propietario. En 431 a.C., los ecuos, belicosos habitantes de la Italia central, saquearon Frascati, pusieron de su parte a antiguos aliados de Roma, sitiaron a las legiones y marcharon sobre la urbe con aviesas intenciones. En tanto apuro se vieron los romanos, que el Senado, con carácter excepcional, concedió plenos poderes de dictador a Cincinato. Con un nuevo ejército improvisado y compuesto en su mayoría por miembros de la plebe, primero rompió el cerco enemigo, liberando a las legiones, y luego condujo a estas a una definitiva victoria sobre los ecuos. Todos estos acontecimientos se produjeron en el breve plazo de dieciséis días. Transcurridas esas poco más de dos semanas, Lucio Quincio Cincinato renunció a su cargo, se retiró a su quinta y siguió manejando el arado como si nada. La ciudad norteamericana de Cincinati debe su nombre a tan admirable ciudadano romano.


Otro importante héroe republicano fue Marco Furio Camilo. Mientras Roma se defendía de volscos y ecuos, los etruscos de Veyes preparaban un nuevo ataque desde el norte. La guerra se prolongó durante años, endureciéndose tanto que otra vez los senadores se vieron en la necesidad de nombrar otro dictador. El nombramiento recayó en Camilo que había ganado justa fama de gran soldado y hombre de bien. Camilo aportó a las legiones romanas la novedad del estipendio, sueldo, soldada o peculio, así llamado por el cordero (pecus) cuya figura ostentaban en aquel tiempo los ases, la moneda más corriente. La tropa, que hasta entonces había combatido gratis, acogió la innovación con gran entusiasmo, redobló su celo en la lucha, y conquistó Veyes, haciendo prisioneros y reduciendo a la esclavitud a los últimos etruscos levantiscos.

La victoria supuso cuadruplicar el territorio romano, que se extendió más de dos mil kilómetros cuadrados. Pero ya se sabe que el éxito también provoca envidias y recelos. Muchos tildaron a Camilo de ambicioso, también corrieron rumores de que se había quedado con parte del botín de guerra, así que el general, muy digno, renunció al mando y se exilió voluntariamente en Árdea.
Así hubiera terminado la historia de Camilo, de no ser porque al poco tiempo una horda de salvajes galos al mando de su caudillo Brenno, llegaron desde el lejano norte y en pocas jornadas se adueñaron de Chiusi, pusieron en fuga a las legiones carentes de mando cerca del río Alia, y marcharon sobre Roma dispuestos al saqueo. Cuenta la leyenda que cuando los galos intentaron escalar el Capitolio, los gansos consagrados a Juno dieron la voz de alarma. Despertaron a Manlio Capitolino que al frente de los defensores rechazó el ataque. Mito o realidad, lo cierto es que los frustrados asaltantes del Capitolio no eran sino una minúscula partida. Los restantes galos penetraron en la ciudad por diferentes lugares, tomándola y saqueándola a su capricho. Muchos ciudadanos habían huido a los montes circundantes. Quienes quedaron en Roma dieron muestras de gran dignidad, sufriendo toda clase de vejaciones. Se dice que Brenno exigió como rescate de la urbe una cantidad exorbitante de oro que se pesó en una balanza trucada. Ante las protestas de los senadores, el galo añadió al contrapeso su propia espada de hierro mientra pronunciaba la famosa sentencia: vae victis (¡ay de los vencidos!).

Quiere la tradición que en aquel momento preciso regresara a Roma Marco Furio Camilo, el héroe difamado, que declamó orgulloso: Non auro sedferro recuperada est patria (la patria se restaura con hierro, no con oro). Acto seguido, siempre según la tradición, Camilo expulsó a los invasores al frente de un ejército que nadie es capaz de explicar de dónde salió.
Leyendas aparte, lo cierto e histórico es que los galos saquearon Roma a su antojo, y cuando se cansaron de violar y escarnecer, regresaron a su tierra con el botín, pues no eran más que bandoleros carentes de la menor aspiración política.
Volvió Camilo a aceptar el título de dictador. Los mismos que le habían tildado de ambicioso y ladrón, le dieron el epíteto de segundo fundador de Roma. Camilo se aplicó en la reparación de los daños y en la reorganización del ejército. Si aquellos salvajes galos hubieran intuido la venganza que más tarde Roma se iba a cobrar de la humillación sufrida, no habrían dejado piedra sobre piedra.

-Paco, nunca me escuchas cuando te hablo.
-Cualquier cosa, Montse, una tortilla o algo ligerito.




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