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viernes, 14 de julio de 2017

LANGUEDOC, ROSELLÓN Y PROVENZA. TRAS LAS HUELLAS DE ARAGÓN


Un caluroso verano, Bigotini y sus chicas, ávidos de aventuras, cargaron el auto de maletas y cruzaron la frontera francesa por los puertos andorranos, para internarse en el Midí francés, recorriendo los caminos de aquellas tierras que un día pertenecieron a la Corona de Aragón.
Los rótulos de calles y plazas, que en muchos lugares alternan el francés con la langue d'Oc u occitano y el provenzal, viejas lenguas romances que antaño se hablaron por allí, recuerdan aquel remoto pasado y reviven sentimientos de antigua hermandad. Aún en alguna plaza, puede el viajero escuchar a algún grupo de ancianos expresarse en un perfecto castellano. Son viejos exiliados españoles que echaron raíces en su patria de adopción transpirenáica.

Carcassone

La primera parada Foix, capital del antiguo condado, hermosa ciudad amurallada que creció a la sombra de su vetusto castillo en que destacan sus tres esbeltas torres. Calles serpenteantes conducen, siempre cuesta arriba, hasta las mismas puertas de la fortaleza medieval. Como resulta imprescindible reponer fuerzas, lo más apropiado es el típico cassoulet, acaso el plato más emblemático de la región, donde las alubias se acompañan de jugosas salchichas o sabrosos muslos de pato. Es también imponente la iglesia de San Volusiano, un monumento gótico admirable. Un breve desvío a oriente desde Foix conduce a Carcasona, ejemplo de conservación urbanística con su vieja ciudadela porticada que atrae turistas por millares como la miel a las moscas.

Albí

El conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Los grandes sillares tiznados de hollines seculares recuerdan ecos de hogueras, torturas y matanzas, cuando los cruzados aniquilaron allí a los herejes cátaros, extirpando a sangre y fuego la herejía albigense. Tan recomendable como la propia ciudadela es aquí el viejo cementerio que se alza extramuros con sus imponentes cipreses y sus abigarradas tumbas decimonónicas. Si el turista ha cobrado alguna afición al cassoulet, en Carcasona lo hallará en sus más variadas versiones, incluidas algunas tan modernas como las que lo presentan envuelto en un canelón y flanqueado por delicias de pato. Es este simpático ánade en Francia el equivalente a nuestro cerdo, del que se aprovecha hasta el último centímetro.

Por una pintoresca y angosta carretera sembrada de curvas cerradas, puede llegarse hasta Albí, cuna de los famosos albigenses de la herejía. También puede hacerse el trayecto por la autopista, pero Bigotini y las chicas prefirieron la carretera, sin prever que se verían sorprendidos por la mayor tormenta que vieron los siglos. Superadas la cortina de agua, las interminables curvas y la procelosa oscuridad, Albí recibió con los brazos abiertos a los viajeros. La ciudad roja debe el calificativo al color bermejo de sus muros, construidos con calizas rojizas que se extrajeron de las canteras cercanas. Destaca en Albi la roja catedral, el claustro recoleto de su vieja abadía, y la casa-museo de Toulouse Lautrec, un imponente palacio donde nació y creció (en espíritu, que no en cuerpo) el genial artista. Puede visitarse su interior donde se conservan algunos grabados y dibujos de su etapa juvenil.


Aix-en-Provence fue la siguiente parada. Se trata de la vieja Aquae Sextiae de los romanos, ciudad termal que guarda celosamente las Bocas del Ródano, y fue capital de la Galia Narbonense. Aix es una ciudad deliciosamente provenzal y provinciana, donde da gusto pasear. Naturales y forasteros lo hacen por su famoso Cours Mirabeau, un sombreado paseo adornado por varias fuentes monumentales, que conduce a la plaza de los delfines, presidida por la fuente del mismo nombre. En la arquitectura religiosa destacan las iglesias del Salvador, de Notre Dame, del Espíritu Santo, de San Juan de Malta y de la Magdalena. La gastronomía provenzal ofrece exquisiteces que nada tienen que envidiar a las de los mejores restaurantes parisinos, a precios notablemente más razonables. A destacar los estofados y las bullabesas de pescado, que suelen acompañarse de sus tostaditas con ali-oli.

Arlés

Nimes y Arlés son dos joyas engastadas en la corona provenzal. Monumentales vestigios romanos son sus asombrosos coliseos. Cuna de toros y toreros, ambas ciudades se disputan la capitalidad de la Francia taurina. Esa Francia gitana de los gipsy kings, patria del lolailo y las deliciosas tapenades de aceitunas, se alza ante el viajero, imponente y fantástica. El coso de Arlés, está rodeado del otro coso urbano, curvilíneo y abigarrado hervidero de bares, gitanas y rumberos. Para acompañar las tapenades conviene pedir unos calamares a la plancha.


Conviene también abandonar de vez en cuando los escenarios urbanos, para perderse en el campo. El interior de la Provenza está tachonado de fragantes plantaciones de lavanda que surten a la floreciente (y floral) industria perfumera francesa. Hacia el sur se extiende la Camarga, extensa marisma litoral azotada por el mistral. Las manadas de caballos blancos de hocicos rosados trotan por las playas salpicando de sal los sentidos y el alma. Galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya. En el interior hay aldeas bellísimas de calles estrechas y ventanas floridas. En el litoral, pueblos multicolores, casitas de juguete, y barcas con velas latinas, meciéndose en el abrigo de los puertos. Esta es la Provenza y esta es la Camarga. Ambas sedujeron a pintores tan importantes como Matisse, Monet, Renoir, Degas, Cézanne o Van Gogh, que quedaron deslumbrados por su luz.




Nuestro periplo debía conducirnos todavía a Aviñón. La ciudad papal al pie de los Alpes Marítimos, es uno de los más deliciosos lugares que pueden visitarse en Europa. Conserva Aviñón también sus antiguas murallas, defensa de la fe y del católico dogma en aquellos difíciles años de trinchera religiosa. El palacio de los pontífices es una construcción más militar que civil. También es famoso el puente, y no solo por la célebre canción infantil. Un puente sobre el Ródano cortado en su mitad es la mejor metáfora de aquel tiempo heroico truncado por la ambición de los príncipes. Curiosamente la palabra pontífice designa al constructor de puentes, y precisamente el puente de los pontífices quedó a medio construir. Marisol, Laura y Bigotini se alojaron en un céntrico hotel de la bulliciosa y peatonal calle principal de Aviñón. Sin calcularlo se hallaron en pleno festival del teatro, un acontecimiento que anualmente acoge la ciudad.

Avignon

Los grupos teatrales animan las calles en esos días. Todo es música, risas y bulliciosa felicidad. Una cena en el velador de una tranquila plaza puede de repente convertirse en un espectáculo en el que una compañía de actores se desnuda frente a los comensales y entona una canción a capella. Pero como al fin todo se acaba, aquel feliz viaje terminó, y los viajeros tuvieron que regresar a las rutinarias obligaciones. Atrás quedó el mistral azotando los rostros. Atrás quedaron los históricos escenarios y los ecos de un pasado romántico. Atrás las maravillas culinarias...
Bigotini y las chicas se despidieron de su periplo francés con una copa de fragante vino de las costas del Ródano, un néctar afrutado que debe disfrutarse como la propia vida, a pequeños sorbos. Salud.


¿Alguien sabe en dónde se hará el próximo festival de Cannes? Christina Aguilera.