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sábado, 14 de enero de 2017

MITOLOGÍA Y FAUNA MARINAS. DIOSES EN LA PLAYA


La navegación y la pesca como actividades económicas importantes se iniciaron en el Mediterráneo Oriental hace al menos cinco mil años. Sin salir de nuestro ámbito cultural, primero Creta, luego el resto de las islas y las poleis griegas, y más tarde el Imperio romano, fueron grandes potencias navales. Acaso por ello se consolidaron en el imaginario colectivo de los pueblos mediterráneos las viejas narraciones y leyendas nacidas en la noche de los tiempos entre las gentes de la costa, que han sobrevivido hasta nuestros días para engrosar la rica herencia folklórica que hemos recibido.

Posidón, el dios del mar del mundo clásico, que los romanos rebautizaron como Neptuno tomando el nombre de una deidad etrusca (Nethuns), mostraba a los habitantes de costas e islas dos caras muy diferentes. Era por una parte la personificación de la prosperidad, por la abundancia de pesca que procuraba. También era el semental fecundador de la Tierra. La etimología: Posis (esposo) y Da (tierra), no deja lugar a dudas. Pero por otra parte Posidón puede ser terrible si se lo propone. En el mar se desencadenan tempestades capaces de echar a pique el mejor navío, o de arrasar poblaciones costeras. Posidón es el Despotes Hippon, el Señor de los Caballos, cuya espuma recuerda las crines de los caballos galopando sobre las olas enbravecidas. Se convirtió en uno de los principales dioses del panteón clásico con la llegada al Mediterráneo de los aqueos provenientes del continente. Se establecieron principalmente en las costas de Jonia, donde se convirtieron en notables navegantes. En muchos lugares, y sobre todo en Arcadia, los caballos estaban especialmente consagrados al dios, y se le veneraba bajo apariencia equina.

La mitología nos dice que en aquellas costas tuvo lugar la unión del dios con Demeter, diosa terrestre y fecunda, principio de la feminidad, frente a la virilidad del dios marino. Para escapar del ardiente deseo de Posidón, Démeter se transformó en yegua. Posidón la violó adoptando la apariencia de un caballo, acto en el que tal vez se advierte una metáfora de la invasión aquea de la región, donde la Diosa Madre se representaba con cabeza de yegua. Otros epítetos de Posidón eran los relativos a su capacidad de producir terremotos. Es el turbador del suelo, según los poemas homéricos. Este mismo atributo caracterizó en otros lugares, como las costas de Asia Menor o la misma Creta, al Posidón tauróctono. El toro es también un símbolo de masculinidad y fuerza, sin embargo no puede competir con el caballo en velocidad, así que la tradición poética clásica sigue prefiriendo al caballo. Cuando tras el destronamiento de Cronos (otra alegoría de los nuevos tiempos), se produjo el reparto del mundo entre los dioses, los mitógrafos griegos consagraron a Posidón definitivamente como dios marino, y sus caballos, se convirtieron a su vez en criaturas marinas: hipocampos, literalmente caballos (hippos) que se retuercen (campein). Mudaron sus crines por coronas de espuma, y sus cuartos traseros se transformaron en colas pisciformes. Enganchados al carro del dios, se encargan de transportarle sobre las olas marinas.


El delfín, animal inteligente y dócil, sirvió en los mitos clásicos como alegoría del mar tranquilo y en calma. Su condición de pez piloto, que guía las embarcaciones entre los escollos de acantilados y pasos angostos, no pasó desapercibida a los primeros navegantes. Es antiquísima la tradición de que los delfines son hombres venidos a menos. Dionisos, cuando regresaba de la India camino de Naxos para desposarse con Ariadna, contrató a unos piratas tirrenos que pretendieron engañar al dios, dirigiendo la nave a Asia para venderlo como esclavo. Dionisos se percató de la trampa, y según cuenta Ovidio en sus Metamorfosis: Baco resplandeció cubierto de pámpanos y agitando el tirso. Le rodeaban linces, tigres y panteras. Poco a poco, en cada uno de los raptores se iba operando un cambio espantoso. Empezaron unos a ennegrecerse y a disminuir. Se cubrieron como de escamas. Otros veían sus brazos convertidos en alas. Aquellos, ya peces, se zambullían en el mar. Estos, ya aves, revoloteaban graznando...
Así pues, los delfines son piratas arrepentidos, por lo que el gran mitógrafo Pierre Grimal no se asombra de que los delfines sean amigos de los hombres y se esfuercen en sarvarlos.

En cuanto a las sirenas, contra lo que suele creerse, su condición de mujeres-pez es relativamente moderna, pues no la encontramos hasta el periodo medieval. En la mitología clásica las sirenas son sin excepción mujeres-ave. El episodio literario más conocido sobre estos seres míticos es el pasaje del canto duodécimo de La Odisea. En él Ulises, amarrado fuertemente al mástil de su embarcación, pudo hacer realidad el deseo de escuchar las dulces armonías de su engañoso canto. En este pasaje, Homero eleva el lirismo hasta extremos de profunda emoción. Ulises intenta desasirse, ruega y amenaza a sus hombres para que le suelten. Ellos, que se han tapado los oídos con cera, prosiguen el viaje sin atender las súplicas de su señor, lo que finalmente le salva de caer en las garras de las sirenas, donde sin duda habría encontrado la muerte.


Sobre cómo se convirtieron las sirenas en esos seres mixtos existe alguna división de opiniones. Pausanias argumenta que las sirenas eran muchachas que instigadas por Hera, pretendieron competir con las Musas en la belleza de su canto, por lo que primero las transformaron y después les arrancaron las plumas para hacerse con ellas coronas. De ahí el aspecto desaliñado con que se las representa. Ovidio cuenta que las sirenas eran originalmente acompañantes de Perséfone, y que cuando ésta fue raptada por Hades suplicaron a los dioses que les otorgaran alas para volar en busca de su compañera. Otras versiones aseguran que la transformación fue un castigo impuesto por Demeter por no haber cuidado de su hija con suficiente celo. Y aun otras atribuyen el castigo a Afrodita, que les arrebató su belleza por haber despreciado los placeres del amor.


En cualquier caso, la mayor parte de los relatos sobre sirenas obedecen a una intención que podría calificarse como antifemenina o antifeminista. La mujer es en ellos, causa de todos los males que sobrevienen al hombre. Con cantos y actitudes obscenas, las sirenas tientan, incitan a los hombres al pecado. En su apariencia monstruosa subyace la amenaza de enfermedades y ruina. El mito en los siglos posteriores vino como anillo al dedo a cierta casuística cristiana que identificaba a la mujer con el mal. La caza de brujas bajomedieval y renacentista hunde sus raíces en este abonado terreno mitológico.

La mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Oscar Wilde