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martes, 17 de enero de 2017

TYCHO BRAHE, EL HOMBRE DE LA NARIZ DE ORO


El que fue el más grande astrónomo de la era pretecnológica nació en 1546 en Escania, que actualmente se encuentra en Suecia, pero entonces pertenecía a Dinamarca. Un danés de familia noble muy ligada a la casa real. Se crió con su tío Joergen, que le proporcionó una sólida educación. Mientras estudiaba en la Universidad de Copenhague, el joven Tycho fue testigo de un eclipse solar, lo que le produjo una extraordinaria impresión, y dirigió su interés hacia la astronomía. Tycho Brahe marchó después a la Universidad de Leipzig, donde en 1563 volvió a presenciar un acontecimiento astronómico singular, la conjunción de Júpiter y Saturno. El joven astrónomo se propuso entonces mejorar las previsiones acerca del movimiento de los astros, que por aquel entonces resultaban no demasiado fiables. Tras un paréntesis en que regresó a Dinamarca para participar en la guerra que libró su país contra sus vecinos suecos, amplió sus estudios en las universidades de Wittenberg y Rostock. Su familia se oponía a su pasión por la astronomía, no obstante, tras la muerte de su tío Joergen, Tycho heredó una considerable fortuna que le garantizó la independencia suficiente para dedicarse en cuerpo y alma a su vocación, sin reparar en medios.


Y llegamos al curioso episodio en el que Tycho Brahe perdió su nariz. Ya se sabe que los astrónomos de tiempos pretéritos tenían tendencia a mezclar sus observaciones científicas con la afición por esa pseudociencia llamada astrología. El caso es que a nuestro hombre no se le ocurrió otra cosa que predecir el fallecimiento del sultán Solimán el Magnífico, que en esa época era el enemigo público número uno de la cristiandad. Ahora bien, como entonces no había noticiarios televisivos ni nada parecido, resulta que cuando Brahe anunció orgulloso su pronóstico, hacía ya varios días que el sultán otomano había muerto. El consiguiente choteo que siguió a semejante chasco, fue aumentando hasta llegar al insulto personal, y Tycho Brahe que era de temperamento fogoso, llegó a las manos con un noble danés. En el combate pugilístico perdió la nariz, y tuvo que hacerse fabricar una prótesis de oro según unas versiones o de plata dorada según otras. En algunos retratos se representa al astrónomo con esa nariz postiza. Para colmo de males, según ciertos biógrafos, a Tycho le quedó un ojo algo deformado de tanto mirar a través del objetivo del telescopio. Si a todo ello unimos esos bigotes tan pintorescos que lucía, la verdad es que la imagen del excelso científico no podía ser más estrafalaria.


Brahe continuó sus observaciones en Basilea y Augsburgo. Construyó un magnífico observatorio en Uraniborg, que dotó de un gigantesco cuadrante de seis metros. Edificó otro observatorio en la isla de Hven, donde realizó nuevos descubrimientos. También se dotó de una imprenta y una fábrica de papel propias, para asegurar la publicación de sus trabajos. La lista de aportaciones que hizo Tycho Brahe a la astronomía resultaría interminable. Midió las posiciones de los planetas del sistema solar con asombrosa precisión, e incorporó los cálculos matemáticos y trigonométricos a la astronomía. Llegó a completar un catálogo de un millar de estrellas desconocidas hasta entonces, y precisó la posición celeste de estrellas y constelaciones ya conocidas.


Pero lo bueno no podía durar eternamente. A la muerte del rey danés Federico II, gran amigo y protector de Brahe, sucedió el reinado de Cristián IV, que no le tenía demasiado aprecio. En sus últimos años tuvo que exiliarse en Praga, donde bajo la protección de Rodolfo II de Habsburgo, colaboró estrechamente con su colega Johannes Kepler. Entre los dos recopilaron unas nuevas y muy precisas tablas de posiciones estelares, que conocemos con el nombre de Tablas rudolfinas. La breve etapa de colaboración con Kepler resultó enormemente fructífera. Desgraciadamente, en 1601 terminaron los trabajos de Tycho Brahe y terminó su vida. Si hemos de creer la versión de algún biógrafo y la de su socio Kepler, nuestro protagonista fue víctima de lo que podríamos llamar la buena educación. Parece ser que durante un banquete de cierta etiqueta, Brahe evitó abandonar la mesa para acudir a sus necesidades para no desairar a sus invitados. El caso es que sufrió una uremia, algo así como una intoxicación producida por su propia orina, falleciendo a los pocos días. Antes encomendó a su amigo Johannes Kepler completar la tarea iniciada con las Tablas rudolfinas. Los restos de Tycho Brahe reposan en la iglesia praguense de Nuestra Señora de Tyn. El profe Bigotini que muestra siempre gran simpatía por quienes lucen narices estrambóticas, no puede menos que venerar la memoria del astrónomo de las narices de oro.

La amistad es como la mayonesa. Cuesta un huevo y hay que tratar de que no se corte. Woody Allen