
Los
primates son (somos) un grupo de mamíferos muy antiguo, probablemente tanto
como los marsupiales, y sólo superados por los monotremas, que glosamos en
nuestra anterior entrega sobre evolución. Los primates surgieron al final del Cretácico,
hace unos 70 millones de años. Aquellos antiguos antepasados convivieron pues
con los dinosaurios, y sobrevivieron de forma milagrosa al cataclismo que acabó
con ellos, sea cual fuere su naturaleza.
Eran
criaturas pequeñas con aspecto similar al de las actuales musarañas. Sus
hábitos eran nocturnos y probablemente arborícolas. Seres insignificantes y a
simple vista, poco prometedores desde el punto de vista genético. Sin embargo
ya poseían algunas características y potencialidades que habrían de conducir a
sus descendientes a conquistar otros hábitats y a experimentar un crecimiento
insólito, y esperemos que no tan efímero como algunas de nuestras
autodestructivas inclinaciones hacen temer. Adaptaciones como la visión
binocular, esencial para calcular las distancias en los movimientos de rama en
rama, como los cinco dedos prensiles al final de cada extremidad, o como un
índice de encefalización relativamente elevado, con toda probabilidad estarían
ya presentes en ellos, y han resultado una valiosa herencia.

En
las ilustraciones ofrecemos un abanico de las distintas interpretaciones que a
partir de estos escasos datos, han realizado los artistas y paleontólogos que
recrean a las criaturas extinguidas. El profe Bigotini, cuando se encoge
replegado sobre sí mismo en los meses invernales, no da la impresión de ser
mucho mayor que Purgatorius. Eso unido a su proverbial timidez y sus retraídas
costumbres, acaban por hacerle del todo semejante a aquel pequeño y gran
ancestro.
El
sexo es un buen comienzo para cualquier relación, y dista mucho de ser un mal
final.
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