
El libro apareció en
Tarragona en 1614, vendiéndose en la librería de Felipe Roberto, con el título
de Segundo
tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, que contiene su tercera
salida y es la quinta parte de sus aventuras. Se añade en la portada
que está compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de
la villa de Tordesillas, que a todas luces es un nombre falso.
Al calor del éxito que
cosechó Cervantes con la primera parte de su obra (1605), y alentadas por la
tardanza de la prometida continuación, surgieron varias imitaciones, pero ninguna
alcanzó la difusión y el aplauso que obtuvo la de Avellaneda. Entre todas las
continuaciones apócrifas fue esta la única que realmente hizo daño a Cervantes.
Le causó un notable quebranto económico, y sobre todo un importante daño moral,
que el inmortal autor acusó en el prólogo y en varios pasajes de su verdadera y
ya definitiva segunda parte.

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El Quijote visto por Moebius |
En cuanto a la verdadera
identidad de Avellaneda, se han hecho muchas conjeturas. Hubo un cura en
Avellaneda (Ávila) llamado Alonso Fernández de Zapata, que se ha descartado por
completo. Los especialistas parecen estar de acuerdo en que el misterioso autor
debió ser aragonés o haber vivido muchos años en Aragón, por la abundancia de
aragonesismos y giros propios del habla aragonesa que contiene la obra. También
se acepta generalmente que o bien se trata de un clérigo o de persona cercana o
versada en materia religiosa, y afín a la orden dominica. Se señaló a los
hermanos Argensola (Bartolomé y Lupercio Leonardo). También fue sospechoso
Pedro Liñán de Riaza, aragonés amigo de Lope de Vega. Según los defensores de
esta teoría, Liñan escribió la mayor parte del libro, pero murió antes de su
publicación, por lo que lo habrían terminado sus amigos Baltasar Elisio de
Medinilla y el mismo Lope de Vega, a quien se debería el mordaz prólogo en el
que aconseja a Cervantes: conténtese con su Galatea y comedias en
prosa, que eso son las más de sus novelas: no nos canse.
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Ilustración de Gustavo Doré |
Lope y Cervantes, vecinos
de la misma calle madrileña, siempre se llevaron mal, existiendo numerosas
pruebas escritas de su animadversión, lo que confiere a esta hipótesis cierta
verosimilitud. Sin embargo, desde Biblioteca Bigotini suscribimos abiertamente
la tesis del profesor Martín de Riquer,
nuestro más ilustre cervantista, en el sentido de que tras el seudónimo de
Avellaneda se oculta la identidad de Jerónimo de
Pasamonte.
Jerónimo de Pasamonte y
Godino nació en Ibdes (Zaragoza) en 1553. Desde los 18 años fue soldado,
luchando junto a Cervantes en Lepanto, en 1571, y después en las batallas de
Navarino (1572) y Túnez (1573). Fue hecho prisionero en esta última, y permaneció
durante 18 años cautivo de los turcos, como Cervantes lo estuvo en Argel. Tras
muchas penalidades y varios intentos de fuga, fue liberado en 1592, regresando
primero a España y marchando luego a Italia, donde escribió sus memorias: Vida
y trabajos de Jerónimo de Pasamonte, que permaneció inédita nada menos
que hasta 1922. Falleció tras haber profesado como cisterciense, pues era
hombre profundamente religioso.
Cervantes y Pasamonte
coincidieron como soldados, y todo indica que quizá tuvieron algún encuentro (o
desencuentro) durante sus cautiverios. Quizá se vieron también en España. En
cualquier caso, no parece que existiera entre ellos mucha simpatía mutua. Por
lo que sabemos del aragonés, era un sujeto enfermizo, neurótico y religioso
hasta el fanatismo. En cuanto a Cervantes, según sus biógrafos, no era persona
de trato fácil. El caso es que Cervantes situó a Pasamonte en su primera parte
del Quijote, en una cuerda de presos, en el capítulo 22 de la liberación de los
galeotes. Allí le da el nombre de Ginés de
Pasamonte y más tarde el de Ginesillo de
Parapilla, que hurtó al pobre Sancho Panza su querido asno
Rucio. Con este sinónimo voluntario,
Cervantes tachó a su antiguo camarada de ladrón y desagradecido, acaso
recordando algún episodio bélico o de su común cautiverio. También se acordó de
él en la segunda parte, haciéndole representar el papel de maese
Pedro el titiritero, que adoptó como fugitivo de la justicia en
el episodio del retablo de las maravillas.
Como modesto homenaje a
esta obra tan notable y tan injustamente denostada, Biblioteca Bigotini se
complace en ofrecer a sus fieles lectores una magnífica versión digital del Quijote de Avellaneda. Está tomada de la Biblioteca
Digital Miguel de Cervantes, y respeta escrupulosamente la primera
edición tarraconense de 1614. Haced clic en la portada y disfrutad de la sal
gorda de su humor despiadado. Advirtamos que el autor (hemos quedado en que
Pasamonte) no tiene la menor caridad con los personajes cervantinos (Alonso
Quijano y Sancho), que se comportan como un loco y un zafio gañán. Para quienes
amamos el Quijote genuino, esto resulta un poco cruel, la verdad. Sin embargo,
merece la pena asomarse a esta otra visión, que siendo tan diferente, no carece
ni de interés ni de gracia.
Caló el chapeo, requirió
la espada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada. Miguel de Cervantes.
Para quienes amamos el Quijote genuino, esto resulta un poco cruel, la verdad. Sin embargo, merece la pena asomarse a esta otra visión, que siendo tan diferente, no carece ni de interés ni de gracia.
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