

En
astronomía nuestro hombre fue el
primero en suponer con acierto, que la Luna no genera luz propia, sino que se
trata de un simple reflejo. Lamentablemente, estropeó su genial intuición
añadiendo idéntico juicio relativo al Sol. Fue también pionero en considerar a
la Tierra una esfera, apreciación que le sitúa en la vanguardia de la
observación astronómica. Empedocles falleció hacia 430, probablemente de muerte
natural en el Peloponeso, aunque algunos biógrafos de imaginación exaltada,
afirman que murió lanzándose al cráter del Etna, para hallar así un final digno
de su grandeza. Ya hemos visto que a menudo a los grandes hombres se les suele
envolver en este tipo de misteriosas fantasías.
En
el título calificábamos a Empédocles de Agrigento como “el primer evolucionista”. Bueno, admito que puede ser un poco
exagerado, pero juzgad vosotros mismos leyendo este breve párrafo de su pluma,
citado por Mason en su Historia de las ciencias:
Muchas
especies de criaturas vivas tienen que haber sido incapaces de propagar su
linaje, ya que en cada una de las especies hoy día existentes, o el ingenio o
el valor o la velocidad han protegido desde el principio su existencia,
conservándola.
No
me digáis que no hay aquí un embrión de las ideas darwinianas de selección natural y supervivencia de los más
aptos. Teniendo en cuenta que la formulación es de hace unos mil quinientos
años, el profesor Bigotini se quita respetuosamente el sombrero ante
Empédocles. Si pudiera se quitaría también la nariz, pero tememos que no hay
cirujano plástico que se atreva con semejante apéndice.
Quien
no puede pensar es un idiota. Quien no se atreve a pensar es un
cobarde. Quien no quiere pensar es un fanático.
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