Fue
Lázaro de Tormes tan hijo de Salamanca como de su río:
Pues sepa vuestra merced, ante todas
cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona
Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del
río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi
padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que
está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y,
estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y
parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.
Oficialmente La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades sigue siendo y seguramente seguirá siendo obra de autoría anónima. Pero lo cierto es que cada vez son más los críticos e investigadores que se inclinan por adjudicar su autoría a Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, diplomático, humanista y poeta granadino nacido en 1504, que estudió en Salamanca, y ya desde el siglo XVII fue señalado por muchos como autor del Lazarillo. En 2010, la paleógrafa Mercedes Agulló y Cobo descubrió en un inventario de los papeles de Juan López de Velasco, corrector de la edición censurada de la novela y de la Propaladia de Bartolomé Torres Naharro, una alusión directa a Hurtado de Mendoza en relación con el Lazarillo, lo que parece probar su autoría.
Sea
su autor Hurtado de Mendoza o sea otro, el Lazarillo
es una novela, quizá la primera novela moderna escrita en castellano. La obra
relata en primera persona las fortunas y adversidades (sobre todo éstas
últimas) de Lázaro de Tormes, desde que se inicia como guía (lazarillo) de un
ciego al que le encomienda su madre en su Salamanca natal, hasta que ya adulto
encuentra empleo a cambio de hacerse cornudo consentido. La obra es además, la
primera novela picaresca, inaugurando el género.
A
Lázaro de Tormes cabe el honor no solo de ser el primero, sino de ser acaso el
más genuino y logrado de nuestros pícaros. La primera edición segura es la
cuádruple de 1554 (Burgos, Amberes, Medina del Campo y Alcalá), aunque todo
indica que debió existir una edición anterior hoy perdida, de 1552 o 53. Los
investigadores sitúan su escritura entre 1540 y 1550. Ninguna de las ediciones
incluyó el nombre de su autor, que optó prudentemente por conservar el
anonimato. Hizo bien. En la España teocrática y contrarreformista de su tiempo
en la que el Santo Oficio no se andaba con chiquitas, resultaba muy peligrosa
la exhibición de ciertas ideas contenidas en El Lazarillo. En 1559 se incluyó en el tristemente célebre índice
de libros prohibidos, no permitiéndose su reimpresión hasta 1573 en un formato
convenientemente expurgado y mutilado.
La obra está impregnada de un erasmismo inequívoco y patente. Lázaro, cuyo único delito es haber nacido pobre, comienza sirviendo a un ciego, en el que sin duda es el episodio más conocido y popular, hasta el punto de originar el término lazarillo para describir a quienes ejercen esa función. Pasa sucesivamente por servir a un clérigo en Maqueda, a un hidalgo paupérrimo, a un fraile mercedario, a un charlatán vendedor de bulas, un pintor de panderos, un capellán y un aguador, antes de conseguir un puesto como alguacil y pregonero a través de su matrimonio de conveniencia con la amante de un arcipreste. El lacerado Lázaro acaba como casado cornudo que renuncia a su dignidad para poder comer caliente. El mensaje no puede ser pues más fatalista. Una lucha a brazo partido por la supervivencia en una sociedad podrida y miserable, que concluye de la peor manera, con una rendición incondicional en la que el protagonista termina por aceptar la derrota afrentosa, integrándose y formando parte activa de la injusticia contra la que durante toda su vida se había rebelado.
Los
antecedentes del Lazarillo habrá que
buscarlos en los clásicos. Luciano de Samosata y Apuleyo, cuyo Asno de oro fue traducido del latín
precisamente por el mismo Erasmo de Rotterdam. Las Confesiones de San Agustín, una de cuyas reediciones apareció
por cierto poco antes de la publicación del Lazarillo.
Acaso también el autor bebió en las fuentes de Boccaccio y en las muy
caudalosas de la infinidad de libros de caballerías, género de ficción que hizo
furor en su tiempo. A su vez, la obra dio lugar a diferentes secuelas. Hay una
Segunda parte también anónima aparecida en Amberes en 1555, en la que Lázaro
participa en guerras submarinas transformado en atún. Otra Segunda parte se
publicó en París en 1560, y estaba firmada por el aragonés Juan de Luna. No es
Lázaro el único pícaro de la novela. Hay en ella otros personajes de aquella
España miserable que exhiben sus miserias y a las veces hacen gala de sus
picardías.
La novela picaresca es sin duda el género más emblemático de la literatura española durante el llamado siglo de oro, que abarca prácticamente dos centurias. Cervantes, en su primera parte del Quijote, utiliza el término género, precisamente referido al Lazarillo. Antes, Mateo Alemán había introducido el adjetivo pícaro en su Vida del pícaro Guzmán de Alfarache (1599). Más tarde llegarían La pícara Justina, El buscón, El Marcos de Obregón, El Guitón Onofre, La ingeniosa Elena, La garduña de Sevilla, La niña de los embustes, El Estebanillo González, El Lucas Trapaza, Don Gregorio Guadaña, Periquillo el de las gallineras, y tantos otros personajes que fueron a engrosar la nutrida tropa de nuestros pícaros nacionales. Por haber los hubo hasta internacionales, como el francés Gil Blas, el germánico Simplicius Simplicísimus o el irlandés Tristram Shandy.
Hay
también secuelas del mismo Lazarillo.
Está en primer lugar El Lazarillo de
Manzanares de Juan Cortés de Tolosa, que aunque no alcanza la calidad
literaria de su modelo, es la que más se ajusta a su esquema narrativo, mozo de
muchos amos que pasa por diversas desventuras y peripecias. En 1555,
aprovechando el éxito de la novela original, se publicó en Amberes y en
castellano La segunda parte de Lazarillo
de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Es también de autor anónimo y
ciertamente imaginativo, pues iniciándose como novela picaresca, continuación
del Lazarillo original, deriva pronto
hacia el género fantástico. En ésta segunda parte, Lázaro de Tormes se
metamorfosea en criatura anfibia, y participa en guerras submarinas que se
libran entre los peces. Tenemos todavía otra secuela firmada por H. de Luna que
se dice intérprete de la lengua española y afirma bajo el título Otra segunda parte de la vida de Lazarillo
de Tormes, estar sacada de las crónicas antiguas de Toledo. En ella Lázaro
se embarca en Cartagena, hace también vida de pez habitando las aguas marinas,
de las que lo sacan unos pescadores que lo vuelven a España. Hay por último un
Lazarillo más moderno y americano, El
Lazarillo de ciegos caminantes, escrito por un tal Concolorcorvo y
publicado en 1773 en Buenos Aires. En la novela el Lazarillo describe los
itinerarios de Buenos Aires a Lima, según puntual observación, y brinda
noticias útiles a los nuevos comerciantes que tratan en mulas. Se trata de una
guía pintoresca y útil aderezada con jocosidades para entretenimiento de
caminantes.
Puede
verse por estos ejemplos la enorme influencia ejercida por el Lazarillo original, la primera novela
picaresca de nuestras letras.
La primera
y la precursora de otras muchas obras que podemos encuadrar en ese género, el
de la novela picaresca, acaso el más
genuinamente español de los géneros. En la predilección por los pícaros, en
definitiva por los pobres, de los autores de nuestro siglo XVI, quizá podemos
entrever un reflejo de la identificación emocional de nuestros ingenios con los
desheredados. Empatía con ese mundo de marginación poblado por quienes
Bronislaw Geremek llamó la estirpe de
Caín. Fueron todas víctimas inocentes de la selección social. Marginados en
las orillas del camino que inició España a partir de 1492, la senda del
nacionalcatolicismo reduccionista. Como lúcidamente apunta Ricardo García
Cárcel, la pobreza, la mendicidad, la miseria social fueron inicialmente un
producto rentable, bien amortizado tanto espiritual como materialmente.
La
legión de marginados se convirtió en un ejército de reserva del que la sociedad
se alimentó para abastecer ejércitos, rebajar niveles salariales y costear el
largo proceso de transición hacia el capitalismo iniciado ya en los albores de
la edad moderna. ¿Una canción que suena alarmantemente actual? Efectivamente.
Las medias de pobreza tolerable que se habían mantenido en torno del 10 o 15%,
pasaron en algunas ciudades como Sevilla, Toledo, Valladolid o Madrid a
situarse prácticamente en el 50% (Bennassar). El problema de la pobreza y la
marginalidad amenazaba con romper las precarias costuras del sistema social.
Niños abandonados, mendicidad y delito pasaron a formar parte del paisaje
habitual de la España del barroco. En su Amparo
de pobres, Pérez de Herrera relata el llanto y las súplicas de una madre
que rogaba a su marido que no cegara con un hierro al rojo a su tercer hijo
como había hecho con los dos anteriores. Era un medio del que se valían los
mendigos para conmover a la gente y obtener más limosnas.
El
autor del Lazarillo idealiza a su
personaje, y lo mismo harán Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache o Cervantes con Rinconete y Cortadillo. Los autores del XVI español atribuyen
muchas veces a sus héroes desheredados la limpieza de sangre de la que carecen
los ricos, conversos en su mayoría. Seguramente no hay en Europa otra
literatura que como la española, se alinee a favor del oprimido y el marginal.
La llamada literatura de la canalla
fue en Europa mucho menos indulgente que la española con la marginalidad.
Rabelais, Villon o Shakespeare nunca
idealizaron a los marginales. Hay que esperar a Dickens en Inglaterra, y en
Francia a Victor Hugo con su Ruy Blas
y sus Miserables para apreciar la
compasión hacia el débil que ya era signo identitario de nuestras letras.
Las
cosas darán un cambio radical en el XVII. Autores como Quevedo con su Buscón o el doctor Carlos García en La desordenada codicia de los bienes agenos,
retiraron el aura de dignidad con que sus predecesores habían revestido a
pícaros, locos, prostitutas, pobres y marginados en general, convirtiéndolos en
delincuentes y cínicos carentes de escrúpulos. La pícara Justina que para su creador López de Úbeda había sido una moza alegre de las de aires bola, se
convertirá unas décadas más tarde en una vulgar ramera. El celo inquisitorial
del XVII se encargará de mutilar El
Lazarillo y La Celestina o de
exterminar quemando sus libros a La
Lozana andaluza. Los marginados marcharán condenados a apalear
sardinas a base de golpes de remo en las
galeras, a colgar de una soga en los patíbulos o a consumirse en las hogueras.
Sólo se librarán los más grotescos, los más deformes. Muchos de ellos
sobrevivirán en la corte para recreo de príncipes y petimetres palaciegos.
Velázquez inmortalizó a meninas, enanos y bufones, Ribera a la mujer barbuda, y
Carreño de Miranda a la monstrua desnuda.
Paralela al género de la novela picaresca es la aparición y difusión de una jerga o argot propio de pícaros, marginados y delincuentes. Autores tanto del XVI como del XVII reflejan en sus obras esa casi forma dialectal del castellano que generalmente se conocerá como germanía, es decir, el lenguaje o la parla de los agermanados, que se habla en las cárceles, los burdeles y los figones; que puede escucharse en la plaza mayor de Madrid, en el Zocodover toledano, en el Potro de Córdoba o en la sevillana alameda de Hércules. Recogen esas expresiones el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo (seudónimo de Cristóbal de Chaves) publicado en 1779, y más modernamente Rafael Salillas en su obra El delincuente español.
A
pesar de tratarse de un texto inaugural, o acaso precisamente por eso, El Lazarillo apenas contiene expresiones
agermanadas. Su autor alude a la jerigonza de los ciegos sin desvelar un solo
término de ella. El primer tesoro de la parla en germanía nos lo ofrece Mateo
Alemán por boca de su pícaro Guzmán de
Alfarache, que no se contenta con usar y abusar del vocabulario patrio,
sino que incluye muchas expresiones del hampa romana, cuando el protagonista se
traslada a Italia. Guzmán, delincuente incorregible, juega de dedillo, balanza
y golpete, sisa en las cocinas los percances, troca a trascantón, muda y
trasteja, dice la venturilla, plaguea para mendigar, marisca, descorna y
avizora. Por su parte, La pícara Justina
es durindana que toma las del martillado, echa de la oseta, birla y atraviesa
el ocho. El Estebanillo González hace
peñas y Juan Danzante, teme que un padre de damas descorne su flor, anda
brivando por todo el reino y tiene más de negro que de blanco. También descorna
la flor el escudero Marcos de Obregón
y coge luego las del martillado. Son catedráticos de la lengua agermanada El Soldado Píndaro, El Diablo Cojuelo, Lucas
Trapaza, La garduña de Sevilla, Don Gregorio Guadaña y Periquillo el de las
gallineras.
Mención
aparte merece la germanía cervantina que en Rinconete
y Cortadillo destila con la mayor desenvoltura todo el repertorio que el
antiguo soldado y poeta en ciernes Miguel de Cervantes aprendió en la prisión
sevillana. De Salillas tomo una muestra: cañuto, entrevar, aduana,
finibusterre, embesados, gurapas, ansias, cuatrero, murciado, roznos, cantar,
guro, trena, guras, postas, avizorando, floreo de villano, retén, humillo,
sola, raspadillo, verrugueta, colmillo, tercio de chanza, astillazo, blanco,
gorja, levas, cica, trainel, sorna, bajamanero, avispones, avispando, guzpataros,
palomas, rufo, flores y bajón. A quien considere que no es suficiente la
retahíla, convido desde aquí a releer La
Gitanilla, El coloquio de los perros
o el mismo Quijote, donde se hallarán
otros tantos y mil ejemplos más de parla agermanada.
De nuestra biblioteca Bigotini traemos la versión digital de la Segunda parte del Lazarillo de Tormes. Hágase clic en el enlace:
-Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aún más, si es menester, sin comer.
-Vivirás
más y más sano -me respondió-, porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el
mundo para vivir mucho que comer poco.













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