En
Arabia, la gran península desértica cuya raíz árabe arab significa árido,
nació en 569 un niño cuya madre, Amina, llamó Mohamed, con el significado de “el altamente alabado”. En occidente le
damos el nombre más común de Mahoma. En esa fecha gobernaba en Bizancio
Teodora, la viuda del emperador Justiniano que había muerto cuatro años antes.
Italia la señoreaban los duques longobardos, en Francia reinaban los
merovingios, y en gran parte de España los visigodos.
Mahoma
nació huérfano, pues su padre había fallecido en Medina unos pocos meses antes.
La viuda Amina no era rica. Poseía cinco camellos, un pequeño rebaño de cabras,
una modesta casa de adobes y una esclava que amamantó a su hijo. Murió también
Amina cuando el pequeño Mahoma tenía seis años. Se hizo cargo de él su abuelo
paterno, Adb al-Muttalib. El joven Mahoma jamás aprendió a leer y escribir, lo
que no fue obstáculo para que dictara el que se convirtió con el tiempo en el
libro más grande y poético en lengua árabe.
Se
dice que a los doce años viajó en la caravana de su tío Abu Talib hasta Siria,
donde se supone que oyó hablar de las religiones monoteístas, el judaísmo y el
cristianismo, y acaso conoció algo del antiguo y del nuevo testamento bíblicos.
Por entonces sus compatriotas árabes practicaban una extraña religión
politeísta que adoraba al sol, la luna, las estrellas y a una legión de yinn o espíritus un tanto misteriosos.
Sus leyendas relatadas en torno a las hogueras en las frías noches del
desierto, hablaban de héroes guerreros que al morir eran transportados a un
paraíso lleno de mujeres, caballos y batallas. En La Meca rendían culto a la
que llamaban Piedra Negra, aunque en realidad era de color rojizo,
probablemente los restos de un meteorito, que se guardaba en un altar situado
en la Kaaba, edificio rectangular con el significado de cubo. Según la
tradición, la Kaaba había sido construida nueve veces. La primera por los
ángeles, la segunda por Adán, el primer hombre, y las siguientes por los
sucesivos patriarcas que aparecen en la Biblia, y que también recogían las
leyendas de los hombres del desierto.
Mahoma
se casó a los veinticinco años con Jadiya, una viuda rica que entonces tenía
cuarenta. Con ella tuvo una hija, Fátima, y dos hijos que murieron siendo
niños. Adoptó como hijo a su primo Alí, hijo de su tío Abu Talib, con quien
había viajado de joven. Mientras vivió Jadiya, Mahoma fue escrupulosamente
monógamo. Al quedar viudo, la sustituyó por varias mujeres jóvenes, pero
ninguna consiguió hacerle olvidar a Jadiya. En La Meca entabló amistad con un
cristiano, primo de Jadiya, que seguramente le instruyó en las escrituras. En
Medina conoció y trató a varios hebreos que le comunicaron su doctrina.
Probablemente de aquellos contactos con cristianos y judíos surgió la idea de
un Dios único. Y también probablemente la idea de Mahoma surgió en un momento
propicio para ser aceptada por sus compatriotas, que acaso en aquel tiempo
atribuían su pobreza a la ausencia de unas leyes morales y de un libro sagrado
como el que poseían sus vecinos judíos y cristianos a quienes objetivamente les
iban mejor las cosas.
Bien,
pues ahí estaba Mahoma. A los cuarenta años tomó la costumbre de retirarse a
orar y meditar en una gruta del monte Hira, durante el mes santo del Ramadán.
En 610 se le apareció una de esas noches místicas el arcángel Gabriel,
mostrándole una tela con inscripciones árabes, y diciéndole: lee. Él contestó
que no sabía leer, pero ante la insistencia del arcángel, leyó aquellas palabras
como si le hubieran sido dictadas por su mente. Al despertar las recordó, y
ascendió montaña arriba hasta oír una voz que desde el cielo gritaba: ¡Oh, Mahoma! Tú eres el mensajero de Alá y
yo soy Gabriel.
Desde
entonces las experiencias extáticas se repitieron con frecuencia, seguidas
muchas veces de desvanecimientos. Se ha aventurado que quizá padecía epilepsia.
En cualquier caso, en esos estados de trance recibía revelaciones que dictaba
luego y se recogían por escrito. Así nació el Corán, el Libro Sagrado del
Islam. Mahoma fue autor también de la décima y última reconstrucción de la
Kaaba. Permitid que nos quedemos en esos primeros balbuceos del que llegaría a
ser uno de los más importantes fenómenos históricos, culturales y religiosos.
¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Albert Einstein.




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