
Pero
además de la clorofila, la mayor parte de las hojas contienen otros pigmentos
secundarios que, aunque no puedan fotosintetizar por sí mismos, ceden a la
clorofila la energía lumínica que captan. Muchos de estos pigmentos son
amarillos, anaranjados o rojos. Estas sustancias son en su mayoría carotenoides, pertenecen al mismo grupo
bioquímico que el familiar betacaroteno contenido en hortalizas como las
zanahorias o los tomates.
Mediante
un proceso de cromatografía, pueden desvelarse todos esos colores secundarios
que contienen las hojas verdes. Aunque realmente no es necesario disponer de
sofisticados cromatógrafos para apreciarlos. Basta con introducir una hoja en
medio de dos papeles de filtro blancos o simplemente un papel poroso doblado.
Si frotáis con el canto de una moneda por encima del papel, procurando
presionar la hoja para que se rompan las membranas celulares, y a continuación
impregnáis un extremo del papel con alcohol, dejando que progrese por
capilaridad, podréis apreciar, agrupados en líneas, los diferentes colores
contenidos en la hoja. Es un sencillo experimento casero que os animo a enseñar
a los niños. Por muy jóvenes que sean, disfrutarán la magia de la vida y se
maravillarán con este pequeño milagro natural.
Dejé
de creer en Santa Claus a los seis años, cuando me pidió un autógrafo. Shirley
Temple.
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