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domingo, 18 de febrero de 2018

LA LECHERA EN EL CONGRESO


Juan Pedro Martínez Longhands estaba nervioso. Era diputado desde las últimas elecciones celebradas solo un par de meses atrás. De hecho, era uno de los más jóvenes diputados en la historia de la democracia. Se había afiliado a su partido muy poco antes de la convocatoria electoral, y había salido elegido casi de milagro. Ocupaba el quinto lugar en las listas de su provincia. Le habían puesto allí porque era joven y quizá porque gracias a su madre británica, tenía unos apellidos mixtos que sonaban muy bien en este país de papanatas. El caso es que la renuncia de última hora del número uno de su partido en la lista provincial (caso que suscitó una gran polémica), y la muerte repentina, ya tras las elecciones, de la compañera que iba en cuarto lugar de aquella lista paritaria (chico, chica, chico, chica...) le situaron en el tercer puesto. Para acabar de rematar la carambola, por primera vez en su provincia salieron elegidos tres diputados del partido más votado (el suyo). Tradicionalmente solían sacar sólo uno o a lo sumo dos de los tres escaños que correspondían a la provincia, pero esta vez, y por sólo un puñado de votos de diferencia, salieron los tres primeros, y claro, aunque de rebote, él era el tercero.


Juan Pedro Martínez Longhands estaba nervioso porque de un momento a otro iba a producirse en el congreso de los diputados la votación para aprobar la subida de tarifas eléctricas. Unos días antes había comprometido su voto favorable a cambio de un dinero importante que alguna mano amiga depositaría en cierta cuenta de Suiza, y de la promesa de una silla en el consejo de administración de la compañía cuando concluyera la legislatura. Tenía puestas en esa votación grandes esperanzas para su futuro. Y es que la cosa no iba a parar ahí. Su perfecto dominio del inglés y su gran ambición no habían pasado inadvertidas a ciertos personajes poderosos que iban a ocuparse de su carrera política. Sería primero eurodiputado y después su grupo en la eurocámara lo propondría para presidir la comisión europea. Todo estaba calculado al milímetro. Desde su importante puesto favorecería los intereses de quienes le patrocinaban en la sombra, lo que le reportaría una suma astronómica. Soñaba ya con embarcaciones de recreo, espléndidas amantes, automóviles de lujo, riqueza, poder...


Juan Pedro Martínez Longhands estaba nervioso. Tan nervioso estaba, y tan absorto en sus pensamientos más propios de la lechera del cuento que de un político sensato, que no escuchó al presidente del congreso cuando dio paso a la votación, y en consecuencia el incremento de las tarifas eléctricas se aprobó sin su voto. Contempló a sus pies los restos de la lechera rota. Adiós embarcaciones de recreo, adiós riqueza y adiós poder. Se contempló a si mismo sentado en su escaño rodeado de decenas de compañeros de partido y a la vez solo, completamente solo. Vio el reproche pintado en los rostros que le rodeaban. Sabía que todos ellos recibirían su recompensa de aquellas manos amigas. Aquellas manos a las que él ya no podría recurrir más. Volvió a mirar uno a uno a aquellos que a partir de entonces iban a darle la espalda, y en su boca se formó una mueca de desprecio y resonó en su interior una palabra que estalló en sus labios como una bomba: ¡corruptos!

Juan Pedro Martínez Longhands estaba nervioso, pero su nerviosismo no le impidió recorrer las redacciones de los diarios, los estudios radiofónicos y los platós televisivos repitiendo a voz en grito aquella acusación: ¡corruptos!
Poco después renunció a su escaño. Formó su propio partido. Un partido honrado compuesto por militantes honrados. Con la honradez por bandera continuó en política muchos años. Nunca llegó a ocupar cargos públicos de importancia. Nunca llegó a enriquecerse. Se hizo viejo y le sorprendió la muerte soñando aun con aquellas amantes esculturales, aquellos automóviles de lujo, aquella riqueza que nunca disfrutó y aquel poder que nunca pudo ejercer. Tuvo una sepultura sencilla, desprovista de cualquier signo exterior de riqueza, sin ningún lujo. Ese lujo que tanto aborreció públicamente a lo largo de su andadura en política. El sencillo epitafio rezaba: “Aquí yace un hombre honrado”.
Al principio muchos simpatizantes y muchas personas de bien iban a llevarle flores. Con el tiempo las visitas se hicieron cada vez menos frecuentes. Alrededor de la tumba circulaba una curiosa leyenda: cada vez que alguien se acercaba allí con alguna vasija, algún objeto de cristal o de otras materias frágiles, se les escurrían de las manos como peces, y acababan en el suelo hechas añicos, como acaban a veces las esperanzas de algunos.


Para triunfar en política, el secreto es la honradez. Olvídate de la honradez y el triunfo está asegurado.