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domingo, 16 de abril de 2017

LA ESPOSA DEL DIABLO


Las Vegas en verano es lo más parecido al infierno en la tierra, sobre todo cuando no funciona el aire acondicionado. Aquella mañana allí estaba yo, cubierto de sudor, intentando sin éxito arreglar un viejo ventilador estropeado, cuando entró ella en la oficina.
Era Salomé Deville, la mujer más sexy que he visto jamás. Tenía un cuerpo soberbio, una voz sugerente, unos labios sensuales y unos ojos hipnóticos. Su perfume resultaba irresistible. Hubiera querido decirle algo ingenioso y genial, pero en lugar de eso, me quedé mirándola como un pasmarote. Buscó a su alrededor donde sentarse, y le ofrecí la única silla libre de trastos de aquel lamentable cuchitril que parecía más una chatarrería que el despacho de un detective. Es este maldito calor, dije sin pensar en lo que decía. Su reacción ante una aclaración tan absurda me sorprendió. Por un instante creí que iba a echarse a reír, sin embargo, Salomé Deville rompió a llorar desconsoladamente.

Siempre me acabo acostando
con las chicas que lloran así
Debí haberle ofrecido un pañuelo, pero en mi cubil los pañuelos escaseaban aun más que las sillas vacías, así que terminó por sacar del bolso uno de delicados encajes, con el que se sonó ruidosamente. Mientras la contemplaba frágil e indefensa, pensé: siempre me acabo acostando con las chicas que lloran así. Dejé que se desahogara sin presionarla, y una vez que se hubo tranquilizado lo suficiente para hablar de negocios, fue directa al grano: tengo motivos para sospechar que mi marido es el diablo. Otro caso de adulterio, pensé, o quizá de crueldad doméstica... Pero no. No era nada de eso. Poco a poco, Salomé se fue explicando. Yo cada vez más asombrado, finalmente comprendí lo que quería decirme. Ella realmente estaba convencida de que su marido era el demonio, pero no en sentido figurado, no. Estaba convencida de haberse casado con el Señor de las tinieblas, con Satán, Lucifer, o como quiera que de verdad se llame el Príncipe de la oscuridad, el Ángel caído. No sabría explicar por qué, pero lo cierto es que al escucharla me estremecí. Ella se refugió en mis brazos. No estoy seguro de si lo hizo buscando protección o lo hizo para protegerme a mí. El caso es que allí estábamos los dos, acariciándonos suavemente mientras yo aspiraba las fragancias de su piel y ella el sudor de mis axilas sin protestar lo más mínimo. Calculé mentalmente que aquella noche haríamos el amor. Me equivoqué. Antes del mediodía estábamos en la cama extenuados después de una agotadora sesión de sexo.

Pongamos las cartas boca arriba
¿no le parece?
Salomé sabía separar el placer y los negocios. Me pagó tres mil pavos por adelantado, y me puso al corriente de ciertos detalles. Te llamaré cuando averigüe algo, prometí, y se despidió con un beso que me dejó loco de deseo. En los días siguientes desplegué toda mi experiencia de sabueso. Por supuesto, deseché cualquier prejuicio irracional, pero conforme iba atando cabos, me inquietaba más y más, hasta que, aunque me avergüence reconocerlo, llegué a barruntar que Salomé podía estar en lo cierto. No me extenderé en tediosos detalles de vigilancias, sobornos y otras pesquisas. El caso es que el final del camino que había iniciado, me condujo a Maurice Deville en persona. El personaje era un magnate del juego. Una tapadera muy lógica en Las Vegas. Tenía su despacho en el último piso de uno de los principales casinos de la ciudad. Cuando me presenté allí me temblaban las piernas. El sujeto era uno de esos tipos atildados que visten impecablemente. Su cuidadísimo bigote, su acento vagamente europeo y sus elegantes maneras, le daban un aire decididamente mefistofélico. Eh bien, mon ami, me dijo sonriendo mientras me invitaba a sentarme, rien ne va plus. Pongamos las cartas boca arriba, ¿no le parece?, añadió mientras jugueteaba diestramente con una baraja. Casi tartamudeando, comencé un torpe circunloquio que él interrumpió con gesto de hastío. No se canse más, mon ami. La respuesta es si, oui, ja. Yo soy quien soy. Y a la vez que lo decía, se materializó entre una nube de azufre la inconfundible figura del maligno, sin que faltaran los cuernos, el rabo, las patas de macho cabrío, ni el resto de los familiares detalles que recoge la tradición diabólica.

...debe estar en Acapulco, seduciendo
a su profesor de tenis
¿Qué quiere de mí?, preguntó con una solemnidad que hubiera hecho parecer un payaso al emperador de China. En vano traté de contestar que no quería nada, pero adelantándose incluso a mis más ocultos pensamientos, prosiguió: todo el mundo quiere algo de mí. ¡Lujuria!, sentenció. Eso es lo que veo escrito en su rostro y en cada rincón de su ridículo cuerpo mortal. ¡Lujuria!¿Disfrutó con mi pequeña Salomé, n'est pas?, dijo riendo. A estas horas debe estar en Acapulco seduciendo a su profesor de tenis. Pero no nos desviemos del tema: voilá, mon cherí monsieur fisgón, sus más secretos deseos se verán cumplidos. Podrá satisfacer su lujuria hasta el final de su vida. Claro que cuando llegue ese final...
No necesitó decir nada más. Estábamos sellando un pacto. Un pacto sin documentos ni firmas, pero sin posibilidad de ruptura.
Me despidió con un gesto displicente. Ya estaba en el umbral de la puerta, cuando me volví y le dije con voz temblorosa: disculpe Mr. Deville, ¿no es costumbre permitir al contratante elegir la forma en que desea morir? Mais oui, concedió. Así que nuestro hombretón desea morir... ¿de viejo? ¿Un centenario follador, tal vez? O bien una muerte dulce... ¿Durante el sueño? ¿Un accidente, quizá?
Me armé de valor, tragué saliva, y en un arranque de coraje le grité: ¡de parto!

Han pasado dos semanas desde aquella terrible entrevista, y casi un mes desde que la voluptuosa Salomé Deville entró por esa puerta. No he vuelto a verla ni a llamarla, y curiosamente tampoco tengo gana de hacerlo. Lo cierto es que de un tiempo a esta parte no tengo gana de nada. Estoy mareado desde que me acosté con ella. Hoy he vomitado ya tres veces. Me noto pesado, hinchado... A veces lloro sin ningún motivo y me siento hipersensible. Voy al baño para hacer esa maldita prueba. En la farmacia me han asegurado que bastan un par de gotas de orina.


Si no quieres tener hijos, lo mejor es que te acuestes con tu cuñada. Así tendrás sobrinos.