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jueves, 13 de abril de 2017

LAPLACE, EL NEWTON FRANCÉS


Pierre Simon Laplace nació en 1749 en la localidad normanda de Beaumont en Auge. Sus padres, unos modestos granjeros, no habrían podido costear sus estudios, pero el pequeño Pierre fue un escolar tan brillante que muy pronto, mediante la recomendación de sus profesores, consiguió ingresar en la Universidad de Caen, donde disfrutó de la especial protección del enciclopedista D'Alembert, toda una celebridad científica de su tiempo. Antes de cumplir los veinte años, Laplace ocupó el puesto de profesor de matemáticas en la Escuela Militar de París, donde enseñó entre otros a Napoleón Bonaparte. Fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias y del Instituto de Ciencias y Artes. Se casó ya mayor y tuvo dos hijos. El varón, Charles Émile Laplace hizo carrera en la milicia, alcanzando el grado de general. Laplace llegó a ser ministro del Interior durante el periodo revolucionario, y más tarde Napoleón le concedió la Legión de Honor y el título de conde del Imperio. Tras la caída de Bonaparte se las arregló muy bien para no caer en desgracia, hasta el punto de ser nombrado marqués de Laplace en 1817, título por el que se le sigue conociendo oficialmente.

Hasta aquí los datos biográficos. En cuanto a su carrera, Laplace fue todo un gigante de la ciencia, destacando sobre todo en matemáticas y astronomía. Se le conoce como el Newton francés, y ciertamente no es ninguna exageración. Su Exposición del sistema del mundo, obra publicada en 1796, describe la formación del sistema solar a partir de una nube de polvo y gas. Lejos de perder vigencia, esta teoría se ha visto reforzada con el tiempo, y constituye el fundamento básico de la teoría de formación estelar. En su Teoría analítica de las probabilidades, Laplace formuló el método de los mínimos cuadrados.


Pero su obra más importante es el Tratado de mecánica celeste, que concluyó en 1825, un compendio de toda la astronomía de su época, donde llegó a perfeccionar el método de Newton en cuanto a las órbitas de Júpiter, Saturno y la Luna. Laplace fue el principal abanderado del determinismo científico iniciado por Newton. Tenía como él la convicción de que si pudiéramos conocer el estado de todas las fuerzas que animan la naturaleza y la posición en el espacio de los cuerpos, sería posible predecir mediante una fórmula matemática los sucesos futuros. Junto a su modelo de cálculo de probabilidades puede situarse en importancia la Transformada de Laplace, una herramienta matemática indispensable, que utiliza integrales para resolver las ecuaciones diferenciales. Su discípulo Joseph Fourier, trabajando en este campo, lograría años más tarde perfeccionar el método.


En lo relativo a las ideas, Laplace fue un convencido y ferviente racionalista. Se cuenta que Napoleón, hombre a su manera religioso, le hizo notar en cierta ocasión que en sus trabajos sobre la formación de los cuerpos celestes, había olvidado mencionar al creador (recuérdese que Isaac Newton concibió el universo como una obra divina). Al parecer, Laplace, siempre fiel a sus principios, contestó sin inmutarse: Sire, yo nunca he necesitado esa hipótesis.
El profe Bigotini, que tampoco maneja hipótesis extravagantes, rinde desde aquí su modesto tributo de admiración por la enorme figura científica de Pierre Simon Laplace, un gran sabio y un gran hombre.

-¿Qué tal te va en Corea del Norte?
-Bueno, no me puedo quejar...
-Entonces te va bien.
-No, no. Verás, no me has entendido...