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lunes, 6 de marzo de 2017

GALILEO GALILEI. EPPUR SI MUOVE


Vincenzo Galilei, un reputado músico y matemático de la nobleza florentina, tuvo seis hijos. Galileo Galilei era el mayor de ellos. Galileo nació en Pisa en 1564. Cursó sus primeros estudios en un convento de Florencia, donde manifestó una incipiente vocación religiosa que su padre se encargó de quitarle de la cabeza. Lo hizo enviándole a la Universidad de Pisa a estudiar medicina y filosofía. Pero el joven Galileo prefirió las matemáticas, tal vez porque en Pisa encontró un excepcional maestro en la persona de Ostilio Ricci, que a su vez había sido alumno del gran Tartaglia, nada menos. Ricci, como Tartaglia, fue un visionario adelantado a su tiempo, que no se conformaba con enseñar la teoría, sino que ideaba continuamente pruebas y experimentos. Galileo se contagió de su entusiasmo, y desde entonces no quiso ya saber nada de medicina ni de disputas escolásticas. En esa etapa parece que nuestro joven estudiante redactó un panfleto en el que se burlaba de muchos de sus maestros, a quienes tildaba de dogmáticos, rutinarios e inmovilistas. Por esta causa no consiguió alcanzar su título académico. Regresó a Florencia sin diploma, pero con el cerebro y el corazón rebosantes de proyectos científicos.


En sus primeros trabajos, centrados en la geometría euclídea, se ocupó del centro de gravedad de los sólidos. También se embarcó en la construcción de una balanza de Arquímedes, y se interesó por los péndulos, por el movimiento oscilatorio, y por la caída de los cuerpos. A él se debe la invención del pulsómetro, y algo que hoy nos parece tan extravagante como el cálculo de las dimensiones del infierno que describió Dante en La Divina Comedia. Por disparatado que pueda parecernos, dictó sobre este tema en 1588 dos lecciones en la Academia de Florencia, con gran éxito de asistentes y críticas entusiastas. Conoció y trató a reputados científicos de su tiempo, como Christopher Clavius o Guidobaldo del Monte, que lo recomendó a Fernando de Medici para encargarse de la cátedra de matemáticas de la Universidad de Pisa. Así que Galileo regresó en triunfo entre quienes unos pocos años antes le habían puesto en la calle. Dictó su lección inaugural en 1589.


Poco después, gracias a su descubrimiento del cicloide, fue capaz de diseñar arcos de puente de una solidez hasta entonces desconocida. También en esos años tuvo conocimiento de los trabajos de Copérnico, y muy pronto se convirtió en decidido partidario del sistema copernicano, frente al modelo aristotélico entonces imperante. Galileo no debía tener muy buen carácter. Al parecer tuvo una disputa con los hijos del duque de Medici, su protector, por lo que prudentemente optó por trasladarse a Padua, en cuya Universidad enseñó geometría, mecánica y astronomía. Como Padua pertenecía a la Serenísima República de Venecia, donde no llegaba o lo hacía con menos fuerza, el largo brazo de la Inquisición, Galileo gozó durante ese tiempo de una amplia libertad intelectual. Eso constituyó sin duda un gran acicate para su inquieta mente de científico, aunque acaso pecó de cierto exceso de confianza que más tarde iba a causarle serios disgustos.


No es mucho lo que se sabe de su vida privada. Sin llegar a casarse o ni siquiera a convivir, mantuvo una prolongada relación con la joven veneciana Marina Gamba, con la que tuvo dos hijas y un hijo. Las hijas, que nunca fueron reconocidas, acabaron en un convento, siguiendo las severas costumbres de la época. En cambio el varón fue legitimado. En 1604 Galileo inventó una eficacísima bomba de agua, enunció su ley del movimiento uniformemente acelerado, y descubrió una estrella de vida efímera que según los indicios que nos han llegado, debió ser una supernova, si bien entonces todavía se desconocían este tipo de fenómenos. Trabajó en el estudio de las trayectorias parabólicas de los proyectiles, y en 1606 construyó el primer termoscopio, lúcido antecedente del termómetro, y estudió las características físicas de los imanes. En 1609 tuvo la primera noticia de la invención del telescopio fabricado en las lejanas tierras holandesas. Valiéndose de simples descripciones, Galileo fue capaz de fabricar uno para su uso personal. Esto le abrió de par en par las puertas a la observación de lo que para él era un mundo nuevo y fantástico.

Fue entonces cuando realizó sus detalladas observaciones de la luna, descubrió la verdadera naturaleza de la Vía Láctea, y los cuatro satélites jovianos que hoy llamamos galileanos. Como siempre albergó la intención de regresar a su patria florentina, Galileo llamó a estos satélites los astros mediceos, en honor de Cosme de Medicis, el gran duque de Toscana, con quien años atrás había tenido sus más y sus menos. También tituló uno de sus trabajos Cósmica sidérea, así que ya veis que términos hoy en día tan familares como cosmos o cosmología, aluden directamente a Cosme, el gran patricio de Florencia.
Galileo se creció con su Florencia y con sus éxitos. Aun en la seguridad que antes le había brindado Padua, procuró pasar por aristotélico en público, aunque en privado se mostrara copernicano. En la capital toscana abandonó toda precaución y proclamó a los cuatro vientos la validez del sistema heliocéntrico. Como es bien sabido, tuvo que pagarlo muy caro. La Inquisición Romana lo sometió a un largo proceso, al final del cual se vio obligado a retractarse de sus afirmaciones. Que inmediatatamente después añadiera “por lo bajini” aquello de eppur si muove (y sin embargo se mueve), refiriéndose a la Tierra, es algo que acaso forma más parte de la leyenda que de la realidad. Permaneció recluido en su propia casa hasta su muerte acaecida en 1642, curiosamente el mismo año en que nació Isaac Newton.

La figura científica de Galileo ha sido revindicada por todos los grandes sabios que le sucedieron, desde el mismo Newton hasta Einstein, que le consideraba el padre de la ciencia moderna. Aunque parezca mentira, la iglesia católica todavía no ha sido capaz de pedir disculpas por su comportamiento afrentoso e injusto. Pío XII se limitó a manifestar su pena por lo sucedido, y Benedicto XVI, en tiempos recientísimos, aun insistía tercamente en que la Inquisición actuó correctamente, puesto que Galileo no aportó ninguna prueba definitiva sobre sus aseveraciones. Vergonzoso.

Dadme una palanca lo bastante grande, y atracaré una joyería. Anónimo.