

Como
el resto de sus parientes australopitecinos,
P.
robustus había
abandonado los bosques y se había adaptado a la vida en las
planicies. Por los detalles de su dentadura, puede afirmarse casi con
total seguridad que se trataba de una criatura exclusivamente
vegetariana. Sus potentes mandíbulas y poderosos molares le
permitirían alimentarse de raíces, semillas, tallos y frutos duros.
Todo parece indicar que en la cadena trófica de la sabana africana,
Paranthropus
no era un cazador, sino más bien una presa, ya que la mayor parte de
los esqueletos mejor conservados proceden de cadáveres que habían
sido la comida de algún carnívoro. Existe un célebre cráneo roto
con marcas que coinciden exactamente con los dientes de un leopardo.

A
la vista de los fósiles de que hasta el momento disponemos, todo
indica que la línea evolutiva que a través de Homo
habilis y Homo
erectus conduce
hasta nuestra especie, pudo partir con mayor probabilidad de
Australopithecus
afarensis, la
pequeña y grácil Lucy de la que hablamos en un reciente artículo.
Así pues, Paranthropus
robustus no
fue más que otro callejón sin salida evolutivo, un pariente más
simiesco que humano. Pero cuidado, como hemos dicho tantas veces, no
por eso debemos considerarlo como una especie de fracaso. Ni mucho
menos.
Paranthropus
robustus
floreció durante un millón y medio de años (mayor antigüedad de
la que hasta ahora tiene nuestra especie). Durante todo ese tiempo
fue capaz de sobrevivir con notable éxito en un ambiente hostil
plagado de predadores e innumerables peligros. No cabe duda de que
eran criaturas perfectamente competentes biológicamente y
extraordinariamente adaptadas a su hábitat. Quede constancia de
nuestro modesto tributo a tan inteligentes simios, y de nuestro
agradecimiento por las excelentes reconstrucciones de Raúl Martín y
Mauricio Antón.
Yo
no soy vegetariano, pero me gusta comer animales que si lo son.
Groucho Marx.
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