
La
búsqueda se ha visto viciada por diversas clases de prejuicios, mezclándose
demasiado a menudo los conceptos de lengua y raza, a veces para servir
intereses políticos que una vez desenmascarados, resultan abominables. De esta
forma, los prejuicios nacionalistas llevaron a situar en Alemania la cuna de
los indoeuropeos, identificados con tipos raciales germánicos, olvidando por
ejemplo que los gitanos perseguidos en nombre de la pureza racial, hablan
también una lengua indoeuropea, procedente de la península indostánica. Durante
mucho tiempo se pretendió reconstruir el primitivo idioma, llegando Augusto
Frick al extremo de lo grotesco, traduciendo al “indoeuropeo” el padrenuestro.
Siguiendo
al filólogo Francisco Rodríguez Adrados, podemos fijar las características de
las antiguas culturas que precedieron a las invasiones indoeuropeas. La
principal conclusión es que desde los comienzos del Neolítico, hacia el año 7000 a .C., existía en la
región de los Balcanes y el Danubio, de Grecia y el Egeo, de Ucrania hasta el
Dnieper, del litoral de Asia Menor al sur de Italia, una cultura agrícola (o
una serie de ellas) muy avanzada. Las dataciones con carbono-14 demuestran que
son tan antiguas como las de Mesopotamia, y no son derivadas de estas. Son en
conjunto lo que Marija Gimbutas ha llamado antigua cultura
europea, que existió en las regiones citadas durante el
Neolítico y el Calcolítico, en que a partir del 5500 a .C. comenzó a
utilizarse el cobre. Estos pueblos
preindoeuropeos practicaban una agricultura intensiva en los
valles, habían domesticado a los animales con excepción del caballo, habían
desarrollado la cerámica y los trabajos en hueso y en piedra.

Entre
los prehistoriadotes dominó desde principios del pasado siglo, sobre todo en
Alemania, la idea de que los indoeuropeos procedían de las culturas neolíticas
de Sajonia y Dinamarca. En la década de los treinta, una reacción promovida por
los arqueólogos ingleses Peake y Childe, trasladó la patria de los indoeuropeos
a las estepas rusas. Marija Gimbutas suscribe esta hipótesis, y sitúa el origen
de los pueblos indoeuropeos en la cultura de los
kurganes, unos túmulos neolíticos entre el Don y los Urales.
Aunque la paleontología lingüística no termina de resolver el problema, sugiere
un territorio interior, no litoral, situado en el Norte o el Nordeste. Abona
esta opinión el hecho de que en el indoeuropeo primitivo no existen palabras
para designar el mar, ni para animales o plantas mediterráneos, asiáticos o del
Occidente europeo, tales como conejo, liebre o acebo…
No
obstante, ni la arqueología ni la paleontología lingüística son capaces de
proporcionar certezas absolutas. Las sucesivas oleadas migratorias
protagonizadas por los nómadas de Asia Central que han llegado hasta épocas
históricas, y las diferentes invasiones de territorios, no contribuyen
precisamente a aclarar el panorama. En cualquier caso, el grupo lingüístico
indoeuropeo ha experimentado en los últimos 7000 años una expansión geográfica
que llega a eclipsar el desarrollo de los otros grandes grupos: semítico y
chino. El griego y el latín han sido durante muchos siglos, los principales
vehículos de lo que llamamos la cultura occidental. En la etapa histórica más
reciente, lenguas indoeuropeas modernas como el inglés o el español, se han
convertido en las formas de expresión predominantes en grandes áreas del
planeta.
Yo
no hablo inglés, ni Dios lo “premita”. Lola Flores.
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